Anzoátegui, o la izquierda de la literatura de derecha

En esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son sólo los demás y no nos dejan nada. El fascismo, ya se sabe, son siempre los demás, y uno puede dejar de fascista a cualquiera con sólo correrse unos centímetros a la izquierda, aunque el pobre fascista en realidad no se haya movido del centro. Todo esto sucede en España desde que la izquierda patrimonializa la industria cultural, quede lo que quede de este oxímoron entrañable. Sin embargo hubo una época felizmente superada en que el fascismo no se limitaba a una acusación vertida para robarle a otro la silla en la tertulia de radio sino que informaba de una condición lealmente asumida, y presumida. En 1934 hubo en Argentina un hombre que antes de cumplir la treintena publicó una obra maestra de la diatriba literaria y que no tenía complejo en empezar un artículo confesando: “Seamos claros: soy nazi”. Se llamaba Ignacio Braulio Anzoátegui y su caso ilustra violentamente el viejo debate de la ortodoxia ideológica del escritor –¿necesidad, irrelevancia o directamente pose?– que enseguida se plantea en los suplementos culturales cuando llega el centenario de primera comunión de un Céline, un Sartre, un Pound, un Hamsun, un Nobel chino o un Foxá al que se niega plaza en el callejero municipal andaluz.

Después de leer sus inmortales Vidas de muertos, uno opina que Anzoátegui era mucho menos fascista de lo que él deseaba. El propio José Antonio, cuando cenaba con Lorca o abrazaba en el hemiciclo a Indalecio Prieto, avergonzaba un poco a sus seguidores menos ilustrados y más ortodoxos. Llevarse la mano a la pistola cuando se oye la palabra cultura es el haz de una frase bárbara cuyo envés arranca en el escándalo igualmente bobo de esta falsa premisa: “¡Cómo Alemania, la nación más culta de Europa, fue capaz de…”. Las naciones no son cultas, lo son sólo los individuos, y hay muy pocos que lo sean de verdad porque cuesta mucho llegar a serlo, ahora con el iPhone más. Una verdadera cultura comporta tolerancia del mismo modo que el analfabetismo prepara la exclusión, del mismo modo que la duda es otro de los nombres de la inteligencia del mismo modo que un millón de dólares invita a la cobardía. Hannibal Lecter es un paradigma imposible.

El principal problema que para su normal desarrollo encontraba el fascismo declarativo de Anzoátegui lo representaba la cultura indisimulable de Anzoátegui. Cuando el nombre de este atrabiliario ensayista argentino salía en las sobremesas top de Borges y Bioy, ambos escritores solían extrañarse de “que una prosa tan violenta tuviera detrás a un caballero tan cordial y educado”, según apunta Juan Bonilla en su magnífica reseña del libro que nos ocupa. Fuera de que en mi (aún corta) experiencia laboral ha constatado con significativa frecuencia esa paradoja –que el columnista más intransigente, incluso orgulloso de su delirio predemocrático, se conduzca cotidianamente como un perfecto caballero y viceversa, que el laico paladín del progreso teórico putee como un miserable a sus colaboradores más cercanos–, el caso de Anzoátegui escenifica un conflicto interior entre el mundo moderno y su credo tridentino de sorprendentes resultados. Porque la prosa de Anzoátegui, estamos seguros, no va a morir fácilmente, y este libro se leerá mientras existan lectores capaces de aislar el placer literario de la calaña mental de su productor.

Si la primera paradoja de Anzoátegui se tensa entre su ideología y su conducta, la segunda paradoja la entablan la forma y el fondo, o el estilo y el prejuicio. Anzoátegui acertó al pulir una fórmula decididamente antirromántica y antirretórica que conserva sus frases restallantes en el formol de la sobriedad conceptista. No sobra nada. Hiere hondo con cuatro palabras (“Dijo: “gobernar es poblar” y se quedó soltero”). Le basta un párrafo de plomo lacónicamente graneado para apear de su peana en el parque a la glorias literarias patrias, las mismas que aspiraban a la educación sentimental del pueblo (Jorge Isaacs con su hoy ilegible María) o bien le prescribían el corpus legislativo volteriano que lo sacaría de su atraso secular (Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi). Anzoátegui piensa como un medieval, pero escribe como un tuitero insuperable, afilado y original, imbatible en su humor irreverente y en su cultivada sagacidad, razones por las que le auguro prontas reediciones. Por supuesto no estarán exentas de polémica, porque hablamos de alguien que proclamó su admiración por Franco y Mussolini, de un tipo al que Sócrates ya le parecía un peligroso izquierdista, de un nacionalista beligerante que recetaba el retorno a la teocracia católica como único medio de devolver la salud a la raza. El responsable de su recuperación editorial en Argentina, Horacio González, ya supo defender con habilidad la naturaleza heterodoxa de su oficio: “La de Anzoátegui no es una escritura encasillable, lo que hace que la experiencia de lectura que propone suceda en un límite. Se trata de motivos cristianos que no evitan el grotesco ni el collage. Es como la izquierda de la literatura de derecha, lo que produce un extraño efecto: el de un fascismo que ríe”. Esa crueldad divertida y quevedesca aleja a Anzoátegui de otro reaccionario eminente pero de temperamento más sapiencial como Nicolás Gómez Dávila –también lo separa del optimista Chesterton– y lo emparenta con el talante zumbón y malicioso de Alberto Guillén, el corrosivo autor de La linterna de Diógenes. En su enmienda total a la modernidad también le acompañaría el jesuita argentino Leonardo Castellani, tratadista de cabecera de Juan Manuel de Prada, y prosista de no poca agudeza.

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30 septiembre, 2013 · 12:12

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