Archivo mensual: octubre 2013

Papá, ¿por qué estamos en Europa?

Qué jartá de democracia, oigan. Aguanté cinco horas exactas de debate parlamentario, de pluralismo político, de polifonías minoritarias, de réplicas y contrarréplicas, de bostezos ahogados e incontinencia urinaria. Es lo que pasa cuando la sesión de control al Gobierno de los miércoles viene precedida de la sesión informativa del Consejo Europeo. De Europa siempre vuelve Mariano Rajoy más estadista que nunca, intenso y pedagógico como una institutriz de piano. Como ese tipo tan pesado del chiste al que le preguntas qué tal está y va y te lo cuenta.

Bueno pues Rajoy nos ha contado hoy cómo están las cosas por Europa con tanta paciencia, con tanta prolijidad que a los cronistas más jóvenes nos entraban ganas de coger a los venerables reporteros de la Transición por allí aún presentes y preguntarles por qué estamos en Europa, como el niño del Atleti que necesita que su padre le invoque razones que justifiquen tan ardua militancia.

A la mañana de este miércoles en el Congreso le pasa lo que según Camba les ocurre a las palabras alemanas, que son tan largas que hay que coger perspectiva y entornar los párpados para juzgarlas en toda su magnitud. A las nueve y cinco comenzó el presidente a desgranar la letanía temática: del comercio interior al mercado digital único, de la unión bancaria a la convergencia fiscal. Pero se extendió sobre dos asuntos de rabiosa actualidad: la escandalera clueca del espionaje yanqui –qué fuerte, qué fuerte– y el grito en el cielo de la tragedia de Lampedusa.

Ambos temas se prestaban luego a atractivas bifurcaciones dialécticas en torno a las partidas de cooperación, los incentivos al desarrollo, la prevención en origen, la inteligencia compartida y otros entretenidos sintagmas informalmente distribuidos a lo largo de la rica gama que media entre el pleonasmo y el oxímoron.

Oxímoron parece la comparecencia del director del CNI, general Félix Sanz Roldán, que vendrá al Congreso a hablar para que nadie se entere, pues lo hace en la comisión de secretos oficiales que cursa a puerta cerrada como los entrenos de Mourinho. Suponemos que Obama fletará un par de unidades móviles para asegurarse de que llega la señal sin interferencias.

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30 octubre, 2013 · 19:32

Un clásico sin relato

Al clásico le faltó relato, que es lo que sucede cuando lo viejo (Xavi Hernández) no acaba de morir y lo nuevo (el Madrid de Ancelotti) no acaba de nacer. El resultado es un partido que no tiene otra vibración que su nombre, su propaganda fatigosa, su exceso retórico sin fundamentación en el juego. Del Barça dominador solo quedan el canto de cisne de Valdés, los coros y danzas de Neymar, el rondo contestatario en torno al árbitro y el cariño fiel de los narradores del Plus. Del Madrid que tomó el Camp Nou con la agresividad perdida del Innombrable no quedó hoy más que el contraataque que culminó Jesé y un cierto orden táctico desde la salida de Illarra.

Se rumoreaba un ataque de entrenador de Carletto y se acabó constatando: Ramos de medio centro y la primera parte regalada al Barça más flojo del lustro, un gesto de cesión desidiosa como de aristócrata cansado de sus riquezas. Iker saludaba afectuoso a sus amigos azulgrana en el túnel de vestuarios, que es su forma pueril de aplicar el discurso del Príncipe en Oviedo. Se veía un 4-3-3 claro, pero no se veía a Cristiano, que es lo que yo quiero ver antes, durante y después de cualquier alarde de pizarra. Bale en punta puso voluntad, arrancadas herbívoras y disparos de zapatones. Di María no encontraba yesca sobre la que prender su chispa y solo Modric demostraba algo de criterio, de ganas de ganar, en medio del respeto beato que el Madrid en general parecía profesarle al Barcelona después de habérselo perdido gloriosamente en las últimas visitas a domicilio.

A un gripado Iniesta, triste por lo suyo, le bastó un primer y único acelerón para habilitar a Neymar, que marcó con fortuna por roce de Carvajal. Pero ni siquiera el graderío que más cerrilmente se calaba la boina de la estelada daba al Madrid por muerto tras el 1-0, no porque el Madrid llevara peligro, sino porque el equipo del Tata estaba lejos de exhibir una ambición ofensiva medianamente precisa y constante. Por momentos tiquitaqueaba el Real y contragolpeaba el Barça, pero ambos profesaban ese credo sin ninguna convicción, como cuando le aceptamos un folleto al testigo de Jehová que nos timbra la puerta.

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27 octubre, 2013 · 11:55

Luis Paret, nuestro primer dandi

'Carlos III, comiendo ante su corte'. Una sutil obra maestra del detalle y la ironía.

‘Carlos III, comiendo ante su corte’. Una sutil obra maestra del detalle y la ironía.

Me gustó el cuadro en cuanto lo vi, reproducido en aquella antología de El Prado que cogía polvo en la biblioteca de mi padre. Se trataba de Carlos III, comiendo ante su corte y lo pintó en 1775 el divino Luis Paret y Alcázar (Madrid, 1746-Madrid, 1799), que es uno de los artistas especialmente seleccionados para la muestra que el museo dirigido por Miguel Zugaza ha dado en titular “Belleza cautiva”. Hay que darse prisa en ir a ver la exposición porque echa el cierre el 10 de noviembre.

Paret es noticia porque El Prado ha adquirido un nuevo cuadro suyo para esta exposición, Muchacha dormida, aunque a mí me bastaba con ese almuerzo de Carlos III que forma parte de la colección permanente y que merecería traspasar el círculo admirativo de los iniciados para obtener algún predicamento popular, porque parece que en el XVIII español no hay más pintor que Goya. Quien por otra parte no es más que un oscuro busto de una gala de cine.

El cuadro es un portento barroco. El ángulo elegido para representar la escena no puede ser más teatral: desde la sombra de una suntuaria sala del Palacio Real asistimos a la pomposa comida del rey, servido por su corte con arreglo a un minucioso, exquisito y extenuante protocolo. Cada uno de esos adjetivos está subrayado por la técnica empastada de Paret, un caso originalísimo de terquedad rococó a lo Watteu en tiempos en que el canon lo marcaba el neoclasicismo ideal de Mengs que, muy pronto, conocería la brusca contestación prerromántica de lo goyesco. Paret ingresaría en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (en la que empezó su formación a los diez años de edad) al tiempo que Goya, en 1780, cuando el aragonés aún no había abandonado el clasicismo de escuela con toque rococó para emprender su huida sorda y genial.

Paret no poseía la personalidad vehemente del genio, sino la chispeante del dandi, pero en sus mejores momentos de juvenil desinhibición sí alcanzó la genialidad pictórica, para más tarde abandonar la ardua senda del personalismo y acomodarse al canon imperante. Hay un famoso autorretrato suyo en que se dibuja engalanado de pitiminí, rodeado de elementos que lo identifican como un cruce entre el Amadeus de Milos Forman y un Oscar Wilde avant la lettre. Fue Paret un pre-prerrafaelita madrileño que había venido a este mundo a divertirse, a gozar de los placeres del absolutismo y de los saberes de la Ilustración, y a rodearse de belleza. También a rodear de belleza a los demás, en concreto al hermano de Carlos III, el infante don Luis, mujeriego compulsivo a quien Paret abastecía de cortesanas como un auténtico proxeneta de altos vuelos. Tan es así que el rey acabó enterándose y lo mandó al destierro.

Lo que a uno le gusta de Paret es una paradoja: la combinación inopinada entre su gusto por el primor y su discreta distancia de lo que pinta; Paret es el primer dandi de la corte madrileña porque atiende al detalle, y lo fija con esmero, pero al mismo tiempo se distancia de él como previendo la ridiculez anacrónica del absolutismo engolado a punto de ser barrido por los vientos de la historia.

Se ha señalado de Paret su sentido escenográfico, pero sobre todo su sentido del humor. Hay en este cuadro de Carlos III una guasa sutilísima, con algo de sátira y con nada de denuncia, porque Paret se sabe miembro propagandístico del Antiguo Régimen, y astuto logrero de sus favores pese a destierros y escándalos, pero al mismo tiempo adivina lo efímero del tiempo incierto que le ha tocado vivir. Mirando sus cuadros uno advierte un tributo último de devoción por el despotismo ilustrado, y también un guiño abierto al gozne de las revoluciones por venir.

De Paret admiramos su técnica puntillosa, colorista, delicada. Pero sobre todo aplaudimos una sabia sutileza que no rompe con lo vigente pero ahorra una sonrisa eterna para el futuro.

(Publicado en Suma Cultural, 25 de octubre de 2013)

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Estamos todos un poco trufados

Eso declaró hoy, en la última intervención del insufrible debate de los Presupuestos, Cristóbal Montoro tras confundir a Carlos Salvador con un Sebastián, supongo que Miguel Sebastián, o bien el cangrejo de La sirenita, o el mayordomo de Clara, la amiga de Heidi. No se nos ocurren muchos más.

–Estamos todos ya un poco trufados.

Pero olvidó usted el suplemento del verbo, don Cristóbal, que es lo que conferiría algún sentido a la frase: ¿trufados de qué? ¿Trufados de dinero, como asegura Botín, suponemos que por experiencia? ¿Trufados de cifras a favor y de realidades en contra? Hemos superado la recesión, dice el Banco de España, pero quizá lo que quiere decir es que estamos trufados de recuperación económica, que es una fórmula más compasiva con los hechos, menos pretenciosa que declarar con entusiasmo la inauguración de la prosperidad.

Por eso, a falta de suplemento don Cristóbal enunciaba esta mañana una verdad espontánea con su frase a medio construir. Estaban sus señorías tan trufadas por día y medio de debate presupuestario que tras la frase de Montoro se procedió a la votación a fin de evitar que la trufa nacional se desbordase definitivamente.

A las nueve de la mañana se reanudaba la sesión abierta en la tarde del martes y el hemiciclo comparecía desértico como pedía la ocasión, porque eso de que la Ley de Presupuestos es la cita más importante del año legislativo no pasa de fanfarronada administrativa, de postureo de funcionario. En términos políticos se trata de una sesión amortizadísima por la mayoría gubernamental, y en términos retóricos lo mismo porque los portavoces llegan vaciados al escaño después de pasar semanas criticando las cuentas en las radios y en las teles.

Los pocos diputados montaraces que no tenían otra cosa mejor que hacer que asistir al debate parlamentario de los Presupuestos Generales del Estado estaban mentalmente muy lejos de allí, deslizando el dedo por el iPad, leyendo El País o hablando por el móvil como Casillas en el banquillo: tapándose la boca. Toni Cantó (o Cantuvo) consultaba (¿incendiaba?) Twitter, otros escribían en su portátil, Sánchez Llibre tomaba notas, Irene Lozano llegaba tarde embutida en una bata galáctica, el diputado popular Javier Puente –así apellidado porque colinda con el Mordor parlamentario que empieza en Amaiur– le preguntaba cosas al portavoz abertzale Larreina, Soraya Rodríguez se acercaba al escaño de Rosa Díez y esta le elogiaba la falda, una diputada de vaqueros burdeos se cambiaba de asiento para poder tener a alguien con quien charlar y el resto sesteaba con los ojos abiertos. Y tampoco estamos seguros de que no llevasen gafas con pupilas pintadas.

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23 octubre, 2013 · 16:35

Mi tarde con Loquillo

[Reproduzco, por si fuere oportuno y al hilo de una mención de Pedro Ampudia, la entrevista que le hice a Loquillo en Donosti, una tarde otoñal de 2010. Fue de las mejores cosas que hice como reportero de Época. A pesar de su extensión final, corté mucho material que conservo grabado, lo cual no bastó para que tras la publicación me llamara el representante del artista hecho un basilisco por el exceso de opiniones políticas vertidas, como si no hubiese una grabadora en rojo sobre la mesa y como si Loquillo no fuera Loquillo, en definitiva. Ahora que arrecia el tabarrón catalán, quizá sea de algún interés]

Hall del aristocrático hotel María Cristina, un diván alargado y una lengua rock.

Hall del aristocrático hotel María Cristina, un diván alargado y una lengua rock.

Nació José María Sanz Beltrán en el barrio barcelonés de Clot. Cuenta 49 años de edad y 30 de carrera. Tiró una vez una tele desde el piso 25 de un hotel a la piscina. Loquillo se lo puso Epi, con quien machacó aros en su primera juventud. Hizo la mili en la Armada. Culto, incorrecto, informado, indomable. Le hartaron de vivir en Barcelona los nacionalistas excluyentes. Nos recibe en su Donosti de adopción, villa bonita, fuerte y formal, para confirmarles a los lectores de ÉPOCA aquella declaración de principios propia de una rock star que no se apaga: “Abrirás una revista y me encontrarás a mí”.

-Dice Miguel Ríos que hay una edad límite en el rock. ¿Es así?
-No. Para su generación, igual sí.

-¿Cómo es su generación?
-Pues bastante distinta. Yo vengo del ruido, y él del paz y amor, no puede ser igual. No sé cómo será, pero desde luego no igual. Yo he nacido con el punk. Pero yo soy de la generación del 77, no tengo nada que ver con los hippies, ni en forma de actuar ni de pensar, musicalmente no tenemos nada que ver.

-¿Está muerto el rock and roll?
-Bueno, es evidente que estamos viviendo el final de una época y de una tradición y de unos valores. No sé si el rock va a sobrevivir a eso, pero creo que más que el rock and roll, lo que existe es una manera de entender la vida que también tenían los románticos del siglo XIX o los poetas beatnicks de los años cuarenta y cincuenta. Sí es cierto que la cultura rock empapa toda la sociedad de los últimos 30 años. En nuestro país, los mítines se parecen cada vez más a un concierto de rock. El rock ha sido portavoz o ha sido la punta de lanza de un modo distinto de entender la vida. Siempre hubo actitudes así, en otros siglos se ha llamado de otra manera.

-¿Qué cambio ha supuesto la Red?
-Un cambio absoluto, una vuelta a empezar. Hay quien dice que es el final y yo digo que es el principio. La Red ayuda a que la música que no suena en las emisoras de radio comerciales llegue a los demás. Con lo que somos los primeros en agradecerlo. Y por otro lado, ha creado una vuelta a los inicios. La música se había convertido a mitad de los años noventa en una industria tan controlada que en España el músico se acababa a los 30 años. No existías. Lo decían las radiofórmulas. Vino la Red, y nos salvó. Las radios ya no marcan nada. Los críticos de rock son crepusculares. La crítica real está en la Red. Tu mismo público hace la crítica continuamente.

-Pero está por ver que eso cristalice en unos beneficios…
-Yo creo que el artista debe tener el derecho de hacer con su obra lo que quiera. Yo tengo en mi página varios de mis discos colgados para descargar, pero lo digo yo, y no cobro por ello. Entiendo que tiene que haber una Red, donde tú puedas escuchar música y comprarla si tú quieres, pero por otro lado entiendo que la gente intercambie canciones porque eso es lo que hacíamos nosotros cuando grabábamos casetes.

-¿Y esa forma de pensar por qué no impera en una sociedad tan criticada como la SGAE?
-LA SGAE tiene un problema que arrastra desde hace muchos años. Yo creo que es un cementerio de elefantes. Yo soy partidario de que las sociedades de gestión tienen que ser llevadas por gestores. El problema de la SGAE viene de muy lejos. Ahora no está ni Ramoncín ni Víctor Manuel y el problema sigue igual. Ahora está Jorge Drexler. ¿Tú te crees que a mí me va a defender Jorge Drexler? No se da cuenta de que le han puesto ahí de parapeto. Pero el problema son los que están detrás, y los que quieren venir. Y por otro lado, hay muchísimos factores interesados en esa guerra. Porque los máximos beneficiarios de esa guerra son las empresas de telecomunicaciones. Cuanto más pirateo, más ganan. Y en cambio tenemos las tarifas de Adsl más caras de Europa.

-La SGAE no ha entendido como usted que la Red es el principio…
-Lo que a mí me parece un abuso es haber estado cobrando una pasta a la gente por un trozo de plástico con un redondel, y además tres veces seguidas. Primero el disco, después el de grandes éxitos y después el cd. Es normal que la gente se rebote. La SGAE es un gran negocio. Lo que sí noto es la gran cantidad de ignorancia sobre el tema en España. Qué poco nos creemos la cultura que tenemos y qué poco la respetamos. A un francés le es muy difícil comprar algo que está en el suelo, y para un español es como decir: “¡Eh, que le estoy engañando a alguien!”

-¿Cómo se veía a una banda de rock en los primeros ochenta?
-En esa época se nos consideraba pro-yanquis. Nos llamaban fascistas por ir de cuero. Yo les decía: “¡Pero si en el asalto al Palacio de Invierno los bolcheviques vestían gabardinas de cuero!”.

-¿Fueron tan salvajes los 80 como se dice? ¿Llegó usted a tocar fondo?
-No, no me lo podía permitir. Porque mi padre no era diplomático, tampoco estrella del toreo, ni actor de cine. Mi padre era estibador del puerto de Barcelona. He crecido en un piso de 49 metros cuadrados, donde vivíamos en el pasillo, porque vivíamos mi padre, mi madre, mi tía y mi abuela. Cuando tú creces en eso, cuando ganas un dinero en esto, sabes lo que ganas y le das un valor a lo que ganas. Y si depende de ti una familia y te han educado con la cultura de los valores, puedes pasarte tres pueblos, pero llega un momento en el que te das cuenta de que no puedes pasarte más. Y eso es lo que me ha salvado a mí.

Carlos Ruiz-Ocaña, Loquillo y yo, con un corte infame, durante el cigarrito de después.

Carlos Ruiz-Ocaña, Loquillo y yo, con un corte infame, durante el cigarrito de después.

-¿Qué le parece esta ley del tabaco?
-Una vergüenza. No se puede adoptar una norma en un país como el nuestro, de hostelería, de servicios. Y aquí vienen los guiris a desgravarse. ¿Por qué no podemos vivir de ellos? Y además, el que quiera ir a un sitio de fumadores que vaya, y el que no quiera ir que no vaya. Yo fumo muy poco, pero me gusta de vez en cuando fumarme un cigarrillo. ¿Por qué nos complicamos tanto la vida? ¿A ti te obligan a ir a misa o a ir a los toros? ¿No, verdad? Si quieres vas, si quieres no vas. Se acabó. Esto no es Suecia. Aquí la gente, de entrada, grita. En segundo lugar, la gente se relaciona. La forma de relacionarse es bebiendo, alternando y hasta hace poco fumando. ¿Quién no ha intentado ligar ofreciendo un cigarro? ¿Alguien se imagina un concierto de jazz sin tabaco? Yo he crecido con el cine negro americano o francés. Jean Paul Belmondo o Humphrey Bogart fuman. ¡Me ofrecéis estos modelos masculinos y ahora me decís que no molan! Me parece impresentable.

-Ha tenido la surte de tocar como telonero de The Who y The Rolling Stones. ¿Qué siente cuando mira atrás y ve que lo ha conseguido?
-A veces uno piensa: “Lo he hecho, lo demás no”. Pero también pienso: “Yo lo creí más que lo demás”. Querer es poder. Ya estuve en 1999 con los Rolling haciéndoles una coña. Entré con Gay Mercader en el camerino, con un maletín y vestido de negro. Y Gay les dice: “Es el hombre del cash”. Y los tíos se quedan flipando como diciendo: ¿Nos van a pagar aquí con una maletín? La coña es que el maletín estaba lleno de chocolatinas de billetes con su cara.

-¿Para cuándo una reunión en directo de los hombres de negro: Calamaro, Bunbury, Urrutia y usted?
-Está más cerca de lo que parece. Los artistas están de acuerdo. Los mánagers han hablado. Lo dejo ahí.

-¡Vaya cuarteto!
-Los cuatro somos para darnos de comer aparte. El mundo del cine es corporativista. De ahí la vinculación de muchos al comunismo o socialismo. Es difícil en el cine ser individual. Ese corporativismo hace que tengan un lobby de poder muy gordo con el cual logran que les subvencionen todo y más. En el mundo de la música todos somos individuales y las compañías se las ven y las desean para lanzar a los músicos al mercado. Lo que conseguimos lo hacemos solos. Con lo que se subvenciona una película, se podría subvencionar toda una discográfica durante un año. Pero creo que la cultura subvencionada termina matando al artista. Se deben subvencionar los locales, promocionar la cultura en los medios, pero el mantener y subvencionar a fondo fijo a compañías de teatro, a gente del cine… ¡Deja que vengan otros! Lo cierto es que los cuatro hemos ido a nuestra bola. Enrique se ha metido en Latinoamérica a base de constancia y trabajo, y de invertir su propia pasta. Andrés se vino de Argentina a España a buscarse la vida. No le ayudó nadie. Y Jaime, creo que debería estar en la RAE… ¿No está Cebrián? Este señor ha escrito 30 de los mejores poemas musicados de los últimos 30 años en España. Una lección de castellano.

-Que Alaska se dedique ahora a participar en tertulias del corazón, ¿qué le sugiere?
Olvido siempre ha sido así. No engaña a nadie. Ha intentado mantener un cierto equilibrio entre intelectualismo y hedonismo. No me sorprende, va con ella. Tanto Nacho Canut como Olvido son personajes que quiero mucho y que se inventan a sí mismos. Me encantan los desplantes de Nacho y las salidas de maruja de Alaska.

-Si su hijo le dijera que le gusta la música de Bisbal, ¿qué le diría?
-Mi hijo es fan de Morrissey y los Who. Esos programas siempre han existido: Mecano salió de algo parecido. El problema es que sólo salen cantantes melódicos. Hay un pensamiento único de música. El problema de ese programa, que ha hecho mucho daño a la generación que estaba emergiendo en aquella época porque no pudieron llegar, el verdadero problema es que estaba pagado con dinero público. Y que las compañías de discos y agencias de contratación, que se forraron con ello, las hemos subvencionado nosotros.

-Eso no solo ocurre con la música…
-Te contaré una cosa. Hace poco recibí una llamada de una serie de televisión que quería describir una parte de la historia de España. Yo les dije que si era una productora privada, yo cobraba. Si era TVE, lo hacía gratis. Hay que tener ética en esto. Tú puedes engañar a la gente durante un tiempo, pero si no tienes ética, te vas a la mierda. En España, durante muchos años, uno tenía que vender los derechos de autor a una emisora de radio para sonar; ahora es a la compañía directamente. ¿Hemos avanzado algo? No. ¿Cuál es la ética? No hacerlo. Yo desde el año 92 no sueno en las emisoras comerciales. Pero en cambio tengo una editorial propia y la gestiono yo mismo. Siempre se lo digo a la gente que empieza: cuidad de vuestros derechos de autor. Es el legado de tu familia.

-Ha participado en varias películas, ha escrito dos novelas. ¿No le bastaba con el rock para expresarse?
-Hay que aprender divirtiéndote y trabajando a la vez. De joven era muy fan de Charlton Heston y siempre pensaba que se lo debía pasar que te cagas porque siempre aparecía en sus películas disfrazado de algo. En las dos pelis que he hecho, en una hago de guardaespaldas de los años veinte; fue en La ciudad de los prodigios, basada en la novela de Eduardo Mendoza, gran Premio Planeta. En la otra hago de falangista. A ver qué me toca la próxima. En cuanto a lo de escribir, lo hago para reflejar la historia no contada de mi ciudad. Fue una explosión de cultura. Todos los grandes, empezando por Vargas Llosa, venían. Y llegó Pujol y se lo cargó. Antes de que cuenten una historia distorsionada, pues la cuento yo.

-Se acercan los comicios catalanes…
-No voy a votar a un partido para que administre mi voto otro. Merecen una temporada en el infierno todos. El 51% de la población, entre la que me incluyo, no votamos el Estatuto. No fuimos a votarlo. Eso tendría que hacer pensar a la clase política. ¿Cómo estamos tan lejos del electorado? Les importa una mierda. Ellos a la suya.

-¿Y no hay rebeldes que acaben con esa omertá nacionalista?
-No, se han ido todos. De mi generación se ha ido todo el mundo. En una cena, creo que Loles León dijo: “A mí me echó Pujol de Barcelona”. Salió mi compañero Sabino Méndez y dijo: “Nosotros resistimos a Pujol, nos ha echado el Tripartito”. Las bandas más importantes de Barcelona de aquella época nos fuimos todas. Primero porque las compañías desaparecieron. Y en segundo lugar, porque tengo muy asumido lo que ellos tienen tan claro: que cultura catalana es la que se hace en catalán. Punto. Eso te dicen. ¿Y para qué te vas a molestar? La omertá ahora es muy clara allí, aunque de mí a veces dicen: “Bueno, todavía es recuperable, algo habremos hecho mal con él…”.

-¿Ha perdido la esperanza de que cambie la hegemonía nacionalista?
-Evidentemente esto va a tener que petar un día. Pero entretanto te has cargado una generación. El nacionalismo ahora mismo en Cataluña es un negocio muy rentable. A mí me sabe muy mal que un sentimiento que puede ser muy digno, respetable, de ciudadano que quiere sus símbolos y tradiciones, se haya convertido en el chollo de vida de mucha gente. Es comercializar un sentimiento muy íntimo. En Cataluña se ha creado el funcionariado cultural. Es todo un arte. Han intentado ver en mí a un Boadella de la música, pero él tiene muchas más tablas. Yo, humilde y simplemente, he dicho: esta guerra no es mía, ahí os quedáis. Porque la situación es kafkiana. Allí son capaces de gobernar con el 20% de los votos y les va a dar igual. Hasta ahí llega su locura.

-¿Está a favor de las listas abiertas?
-Lo primero es que cambie la ley electoral. Un hombre, un voto. Una mujer, un voto. ¿Por qué mi voto vale la mitad que el de uno que vive en Vic? Y a partir de ahí, lo demás. Los partidos políticos viven aún de ideologías políticas del siglo XIX. Miguel Bosé no es santo de mi devoción, pero el otro día dijo una frase muy buena: “Los sindicatos están obsoletos”. Siguen con la retórica del Palacio de Invierno. Los partidos están enquistados, y si entra un poco de aire fresco cierran la ventana. El virus del franquismo muta, y tanto la izquierda como la derecha sufren de él. Es muy difícil matarlo. Si la derecha en este país peca de rancia y de no ser europea, la izquierda de este país peca de que pagaría por ver a los grises entrando en la universidad. Y como no pasa, se cabrean. Y creo que hay gente en España que es diferente. Mi familia procede mitad del anarquismo y mitad del POUM, imagínate. Me cabrea por ejemplo la explotación de la bandera republicana por parte del PC. Pues yo conozco mucha gente de derechas que es republicana. En España, actualmente, todo aquel que manifieste su desacuerdo es un facha. Si vives en Cataluña y no estás por la labor del chanchullismo, eres un facha. Y anticatalán ya es todo aquel que vive en España. Deberían leer historia, porque se ha vendido a los chavales que los españoles invadieron Cataluña. Y parece que en Cataluña jamás hubo franquistas, ni el Tercio de Montserrat, ni esas imágenes de brazos alzados. En la II Guerra Mundial, mientras mi padre estaba en la cárcel, Jordi Pujol estudiaba en un colegio alemán.

-¿Qué le parece el nuevo Gobierno?
-Que Leire Pajín sea ministra es lo que menos me choca. Cualquier espectador de la política de los últimos cuatro años tenía que darse cuenta. Lo más increíble para mí es la supresión del Ministerio de Igualdad. Tengo mucho interés en saber cómo van a reaccionar los foros feministas. Si se van a callar o no. Y eso que era la apuesta del presidente. Aunque igual no dicen nada para no perder la subvención.

-La Monarquía y su futuro.
-Interesante pregunta. El futuro es mujer. En todas las fotos sale ella delante.

-San Sebastián o Barcelona.
-Difícil. Llevo ya años fuera de Barcelona, pero aún me falta más perspectiva. Voy exclusivamente para ver a mi madre y a mis amigos. Desgraciadamente para mí, en un momento determinado se convirtió en una ciudad muy opresiva, sobre todo a raíz de todo lo que pasó con la vinculación de Sabino a Ciutadans. Lo pagaron conmigo, fue tremendo, se cebaron conmigo cuando no tenía ninguna vinculación política. La expresión es: aburrieron a un buey. Y me largué. Estaba harto. Tendrá que pasar tiempo para que vuelva a recuperar el feeling. Y Donosti es una ciudad que me pega. Es muy familiar, casi un barrio de Barcelona, vas a todos lados andando. Y la gente es muy seria y educada, nadie te da el coñazo, y eso me ayuda mucho. Aquí puedo ir al fútbol o al baloncesto con mi hijo, pasear con él o ir a la playa, y nadie me molesta.

-¿Lo de Lady Gaga es provocación?
-¿A quién le puede provocar eso?

-¿El Barça o los Celtics?
-Pregúntamelo cuando vuelva Gasol [risas].

-Último libro que ha leído.
-Una biografía de Patton y Rommel. Me gustan mucho las biografías de grandes estadistas, de Federico el Grande a Churchill, ver cómo reaccionaron ante situaciones límite. Y sus estrategias. También en la música es importante la estrategia…

-Última peli que le haya gustado.
-Hace poco volví a ver la trilogía de Aldecoa dirigida por Mario Camus. Young Sánchez, de 1963, con Julián Mateos de boxeador, es impresionante.

-Su vocación frustrada.
-Yo quería ser astronauta, y no es coña. Intenté alistarme en la fuerza aérea con 16 años. No me quisieron por alto. Yo quería ser piloto de caza y de ahí marcharme a Houston para pasar las pruebas de la NASA. Como veis, en cierto modo he logrado estar cerca de las estrellas: me he convertido en una.

-Zapatero.
-Tiene una flor en el culo. Se parece a Cruyff: en la peor situación, de una manera o de otra, siempre ganaba.

-Laporta.
-Un caso indescifrable. En un concierto en Barcelona vino a verme al camerino. Yo flipaba, porque habían venido algunos Boixos Nois -muchos tienen por himno el “Feo, fuerte y formal”- y pensaba que se iba a liar. Pero he de decir que Laporta conmigo siempre ha sido una persona cojonuda, y mira que no soy independentista. Era excesivo y se lo he criticado. Pero no puedo hablar mal de él, porque era fan. Claro que yo tengo fans muy extraños…

-Montilla.
-El día que ganó yo escribí una columna en El Periódico de Cataluña que se titulaba “La Cataluña de Candel llega al poder”. Les he pedido a los de El Periódico que me dejen escribir el día que Montilla pierda. Porque hemos pasado de 23 años de pujolismo a la más absoluta frustración. Había mucha ilusión en que cambiara todo, en que entrara el aire, en que se podían hacer las cosas de otra manera. Yo no entiendo eso de las “relaciones España-Cataluña”. ¿Qué es eso? ¡Pero si coges un avión y estás ahí! ¡Si con la Red estás ahí! Es un discurso de hace 300 años.

-Federico Jiménez Losantos.
-La primera entrevista que me hicieron a mí fue en Disco Express, la revista underground por excelencia de Barcelona, donde Federico era columnista. Escribía de música y de arte, y formaba parte de la gran intelectualidad catalana. Ahora hay mucho odio hacia él. ¿Qué es muy crítico? ¿Y qué pasa con la libertad de expresión, es que no se puede hablar o qué coño pasa? Lo que sucede es que es una persona incómoda, le pegaron un tiro en Cataluña, y eso no mola nada a ciertos sectores que estuvieron de acuerdo.

-Vargas Llosa.
-Me encanta su gran jerarquía. Casi lo admiro más como persona que como escritor. Fui a Cuba en los noventa y llevaba una chupa de cuero con la imagen del Che. Y cuando vi aquello, me dije: ¿Quién me ha tomado el pelo? Las bandas de rock, prohibidas. Los rockeros me daban las cintas en un lavabo por miedo a los comisarios políticos. Y salí corriendo. Y Vargas lo denunció en un momento difícil. Parece que García Márquez es cojonudo porque apoya a Fidel y éste no porque es de derechas. ¿Estamos en párvulos o qué?

-¿Es usted taurino?
-Yo crecí al lado de la Monumental, yo crecí con los toros. Mi padre me llevaba, y cuando no había dinero entrábamos al último toro, cuando abrían las puertas y nos metíamos todos los pobres. Las calles en mi barrio olían a toro. Y a mí me jode que jodan mis recuerdos. Y que esto de la prohibición sea una cuestión política. Es evidente, porque si fuera una cuestión de respeto a los animales se prohibirían los correbous. O todo o nada. Si algo tiene que morir, que muera por su propia decadencia, pero no por obligación. Yo ahora a mi hijo puedo llevarle a muy pocos lugares en Barcelona de los que yo conocí. Se cargaron el boxeo, el Price, donde había lucha libre. Se cargan los toros, ahora el tabaco. No quiero dar el discurso rancio, pero que no se acaben las cosas porque lo decidan unos tipos con toda la inquina. Cuando fui hace poco con Jaime Urrutia a la Monumental nos llamaban asesinos. ¿Pero he matado a alguien? Si empezamos así, no comamos carne nadie. Ahora bien, no olvidemos una cosa: en Cataluña tú puedes empezar tirando pintura a un barco de la Navy y puedes terminar teniendo un piso en Pedralbes.

(Publicado en ÉPOCA, 7-XI-10)

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22 octubre, 2013 · 18:32

El repóquer de ases del periodismo español

Se trata de un juicio muy personal, pero yo creo que el periodismo español tuvo en la primera mitad del siglo XX cinco grandes nombres. Tuvo más, claro, y podemos discutir la inclusión en ese canon decantadísimo de otros nombres (Gaziel, Foxá, Corpus Barga) que estos: Julio Camba, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales, César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. Dos gallegos, un catalán, un madrileño y un andaluz. Si hay que quedarse con cinco, yo no creo que quepan otros nombres que estos, reservando a Azorín para la estricta literatura. Creo también que ningún articulista español de la segunda mitad del siglo XX se les equipara, aunque se acerquen (cada uno a su distancia) Alcántara, Umbral, Vázquez Montalbán, Campmany, Ullán, quizá Vicent y algún otro.

Camba desde su suite del Palace.

Camba desde su suite del Palace.

Es una bendición que tres de esos cinco grandes se hayan puesto de moda. Nunca es tarde si la dicha es buena, y no va uno a incurrir en ese papanatismo invertido de los adolescentes que dejan de escuchar a su grupo indie favorito en cuanto empieza a llenar estadios: nosotros no renunciaremos a seguir devorando reediciones de Camba solo porque ahora, gozosa y paradójicamente para autor tan sibarita, su articulismo se haya vuelto mainstream. Hace una década nadie leía a Camba en este país, nadie lo reeditaba, nadie lo compraba y solo lo citaba en sus artículos de ABC Ignacio Ruiz Quintano, que se pasó un tiempo quemándose las pestañas en hemerotecas de tinta muy previas a lo digital para espigar antologías de artículos en la editorial Luca de Tena, libros magníficamente editados en tapa dura –y prologados por la gran cambóloga Almudena Revilla Guijarro– que han tenido una venta miserable. Por aquellos artículos de Ruiz Quintano llegué yo, adolescente, a pedir a los Reyes Magos lo que encontraran de Camba, que para eso eran magos, aunque no lo suficiente para traerme otra cosa que la vetusta antología de Austral, la cual devoré alucinado. Luego he seguido comprando todo título cambiano que hallaba en librerías de viejo y hoy, por fin, ya no hace ninguna falta dejarse 40 euros en polvorientos colmados librescos porque todos publican a Camba, y todos lo celebramos. En estos momentos, de hecho, estoy leyendo Alemania, la selección de crónicas berlinesas y muniquesas que publicó Julio Camba en 1916, y como si fueran de ayer mismo. El volumen lo edita la editorial sevillana Renacimiento con primoroso acabado, a tono con la prosa del interior.

La crónica periodística, el artículo literario, el reportaje narrativo a lo Chaves Nogales se han convertido en un género editorial de masas (las masas magras que queden por ahí comprando libros), tras décadas durmiendo un sueño de desprestigio del que solo despertaba editorialmente algún apellido de exotismo eslavo como Kapuscinski. La broma macabra es que a medida que los jóvenes estudiantes de periodismo descubren la sedosa textura de la ironía cambiana, el sistema educativo se obstina en inculcarles “aptitudes y destrezas” más robóticas que humanísticas. La buena noticia es que esto ya pasaba en 1932, año en que el maestro de Vilanova de Arousa publicó La ciudad automática, donde se recoge su crítica del igualitarismo educativo en ciernes:

“Lo probable es que salga usted de la escuela con el cerebro tan atrofiado como si lo hubiese tenido en la propia prensa de los incas; pero si la escuela no ha conseguido idiotizarle a usted del todo, la Universidad se encargará del resto. Luego vendrán los periódicos, las conferencias y los clubes de lectura, y a los veinticuatro o veinticinco años no tan sólo estará usted incapacitado para pensar de un modo distinto al de los demás, sino que hasta su misma cabeza, al adaptarse a las tres o cuatro ideas generales que el Estado metió dentro de ella, habrá tomado la forma y el aspecto de todas las otras”.

Todavía si esa formación jíbara sirviera para encontrar trabajo en un mercado congruentemente jibarizante, nos resultaría más difícil criticarla. Hoy que ni siquiera el talento asegura un puesto en el oficio, se puede llorar a gusto y sin consuelo, que es el llanto zarzuelero y fetén. De todos modos escribir es llorar en España de toda la vida, como acuñara Larra y desarrollara Agustí Calvet, alias Gaziel, que retrata así a la clase periodística española: “Eran, por lo general, una especie de anfibios: menestralía de la pluma, bohemia de la baja intelectualidad, bachilleres frustrados, licenciados sin reválida, estudiantes pobres, fracasados de innumerables oficios; gentes, en fin, sin alas todavía para volar más alto, o que, al fallarles las que tenían ya crecidas, se refugiaban, como en una sala de espera o en un asilo, bajo el sórdido cobertizo del periodismo, alzado en plena intemperie y abierto a todo el mundo”. Y concluía: “La dificultad básica seguía siendo la misma: la carrera del periodismo estaba desprestigiada porque no daba para vivir”. La cita es de principios del siglo XX, y aunque a principios del XXI el oficio se ha refinado hasta dar nombre a una carrera y a varios máster, el resultado vital para la mayoría es de una sordidez perfectamente homologable.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Pero mientras lloramos leemos a los cinco grandes, que sí disfrutaron de la cotización de su pluma (llegarían todos a estar entre los mejor pagados de su tiempo), cada uno de ellos con su estilo propio aunque amparados en una misma concepción resueltamente personalista del periodismo, que practicaron como una disciplina fáctica de la literatura. La obra de los cinco grandes reivindica la necesidad del estilo y la originalidad de la mirada, que son el haz expresivo y el envés imaginativo de una misma hoja, la hoja de la personalidad del hombre que enfrenta el mundo. Esto no quiere decir que mintieran, ni siquiera que adornaran sin necesidad, porque cuando se posee la sabiduría del adjetivo lo sustantivo no solo no queda opacado sino que brilla con más fuerza. Eran periodistas porque se ocupaban de la actualidad y eran escritores porque poseían la competencia intelectual y artesanal del escritor. Hoy urgiría recomendar el olvido de tanta directriz académica, de tanto dicterio purista a cargo del sanedrín de la objetividad –esa fábrica de teletipistas sin alma ni lecturas–, para prescribir en su lugar el retorno a ese viejo nuevo periodismo nuestro si hubiera mercado para el producto de semejante simbiosis. Ideológicamente, además, los cinco militaron en un republicanismo burgués cuya causa, por la vía de los hechos, no tardó mucho en traer el desencanto primero y el horror después a sus almas insobornablemente liberales, inevitablemente civilizadas. Yo pienso que, más allá de tareas de supervivencia coyuntural como el espionaje profranquista de Pla en Marsella o de poses dandis como el monarquismo estético de Ruano, todos se reconocerían hondamente en las primeras líneas del luminoso prólogo de A sangre y fuego en las que Chaves fijó el programa de esa anhelada Tercera España que solo el advenimiento de las clases medias permitiría instaurar:

“Yo era eso que los sociólogos llaman un “pequeñoburgués liberal”, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio –como dicen los marxistas–, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionado periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. (…) Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo”.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Aparte de esto, que tanto nos suena a la letal “fachendería” denunciada por Pla en tantas de sus páginas, cada uno es de su padre y de su madre. En esta misma revista ya traté del singular arte de Camba, su inconfundible método inductivo que parte de la observación paradójica y se desliza siempre con humor finísimo hasta la conclusión sorpresiva, brillando especialmente en la estampa sociológica, artículos pulidos como diamantes de inteligencia. También glosamos aquí el individualismo irreductible y la preceptiva de la inteligibilidad de Josep Pla, un estilo menos intelectual y más pictórico, más mediterráneo, más sensorial, pero que como el de Camba solo a fuerza de disciplinada depuración alcanzó esa engañosa naturalidad que vibra y nos cautiva (el barroquismo es la primera tentación en la que cae el que rompe a escribir).

Manuel Chaves Nogales es el tercero de los cinco que tampoco está ya necesitado de reivindicación –sí lo estaba cuando Andrés Trapiello lo rescató como modelo de lucidez contra el sectarismo en Las armas y las letras–, y hoy la industria reedita sus libros y agavilla sus reportajes a tal ritmo que amenaza con no dejar nada por descubrir a los filólogos del futuro, y ustedes disculpen el ejercicio de historia-ficción. Dos muchachos rendidos a la creciente aureola de Chaves andan pidiendo aportaciones financieras por internet para poder estrenar un devoto documental sobre el reportero sevillano que ya ha ganado algún premio en festivales de provincias y que a buen seguro nos encantará. La fascinación por Chaves se explica no solo por razones políticas, con todo el morbo que tiene entre nosotros el descubrimiento de un Abel entre tantos Caínes, sino también periodísticas: resulta que a la chavalería se le ha estado dando la tabarra con el New Journalism y aquí teníamos a un tipo que lo hacía antes y mejor, aunque fuera sobre toros. ¿A qué género pertenece Juan Belmonte, matador de toros, la obra maestra de Chaves Nogales? Unos dicen que es una biografía novelada; otros se fijan en el método y concluyen que se trata de una larga entrevista reportajeada; hay también quien señala el título como precursor de la non-fiction novel, el género campanudamente formulado por Truman Capote y Tom Wolfe. La respuesta correcta es: ¿qué demonios importa? El libro trata solo de hechos reales, pero tamizados por la capacidad literaria de un superdotado del idioma que ejecuta una recreación vívida y magistral. Lo importante es que ese libro nos habla de la edad de oro del toreo y de la vida de un matador legendario con una carga de verosimilitud y hondura humana profundamente emocionante. Otro tanto logró Pla con Vida de Manolo, sobre el pícaro escultor catalán Manuel Hugué. Un gran periodista es aquel que es capaz de comunicar esta sensación al lector con la materia y el protagonista adecuados.

Pero en el repóquer de ases del periodismo español aún hay dos que están pendientes de documentales, reediciones y pertinentes alabanzas: César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. De ambos se encuentran obras en librerías especializadas y en anaqueles de viejo, pero no es ni mucho menos suficiente. No hay proporción aún entre la contribución periodística de estos dos genios y su reconocimiento editorial y mediático. Las razones para el silencio las adivinamos, claro: ambos fueron firmas triunfantes bajo el franquismo, y aquí y ahora ese es triunfo difícil de perdonar, por exclusivamente literario que sea. Pla tuvo la fortuna de topar con la idolatría de Vergés, que redimió su nombre en Destino, y el pasado anarquista de Camba contrapesa su deriva conservadora y queda muy atractivo en la solapa. Chaves, ya hemos visto, tuvo la clarividencia de instalarse en una tercera vía hoy mayoritaria. Pero Ruano y Wenceslao no cuentan con abogados solícitos, y eso que ambos rechazaron los cariños o cargos del organigrama franquista, algo que no puede decir el fundador y director del periódico que más credenciales de democracia y de periodismo ha repartido en la historia reciente de España.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wenceslao Fernández Flórez es el maestro imbatible en la crónica parlamentaria de raíz satírica: incisivo hasta la temeridad en tiempos de caciques, con esa distancia justa para garantizarse la independencia pero sin alejarse tanto que parezca desentenderse de lo que sucede en las Cortes, conjura la facilona tentación de la enmienda a la totalidad de la “casta política” que hoy se practica con cobarde fruición para sustraerse a etiquetas de bando y atraerse un aplauso demagógico. En Impresiones de un hombre de buena fe o en Acotaciones de un oyente está la mejor crónica política –brillante, sintética, corrosiva, descacharrante– que se puede hacer del sistema parlamentario, el de Romanones y el de ahora, porque los resortes atávicos del poder y sus pretextos no han progresado desde Tucídides o Tácito. Semejante exposición al calor político, si ahora da pena, entonces daba miedo, y al cabo una guerra de cazurros fanatizados pilló a nuestro gallego en pie de culpable burguesía: será el socialista moderado Julián Zugazagoitia, ministro de Negrín, quien le facilite en 1937 la salida del Madrid rojo y con ello su salvación. Cuando al término de la guerra la Gestapo detiene en París a Zugazagoitia y lo entrega a la justicia militar de Franco, Fernández Flórez da la cara testificando a favor del reo, pero su intercesión choca con la mezquindad irredimible de un régimen victorioso en plena represión y Zugazagoitia es fusilado, hecho que marchita para siempre cualquier fe en la política del antiguo cronista parlamentario.

En un movimiento común a los cinco ases aquí reunidos a excepción de Chaves –que moriría enseguida en el exilio londinense de Fleet Street–, al inaugurarse la posguerra Fernández Flórez prefirió no escribir más de política. Fruto de esa decisión son sus deliciosas crónicas futbolísticas (De portería a portería) y taurinas (El toro, el torero y el gato) entre otras, y eso sin saber ni de toros ni de fútbol. Con el tiempo, el quejido de la morriña se le hizo insoportable y se acabó enclaustrando en su fraga coruñesa de Cecebre como Pla en su masía de Llofriu, entregado a la escritura de comedias, guiones y novelas entre la mágica animación del bosque gallego, tan receloso de los honores literarios del régimen como de los afanes clandestinos de la intelectualidad subversiva. Y así como Pujol visitó a Pla en su masía, también Fraga acudiría a la fraga de Cecebre ávido de esa propaganda de honorabilidad que la política ha buscado siempre en la cultura para blanquear sus manchas. Al menos Pujol y Fraga creían en el poder blanqueador de la literatura; los políticos de ahora prefieren fotos con deportistas.

Miguel Pardeza es director deportivo del Real Madrid y experto ruanólogo, y yo creo que debería aprovechar el cargo para promocionar a Ruano, que declaró en un artículo sobre Bernabéu: “Hasta quienes no tenemos nada que ver con el fútbol, estamos insobornablemente reunidos en torno al Real Madrid”.

Según Manuel Alcántara –cuyo prólogo a la reedición de las memorias de Ruano, me dijo una vez Garci, era el mejor que había leído en su vida, y yo coincidí con él–, este Lope de Vega de la columna publicó a lo largo de los años más de 30.000 artículos a una media de tres por día en los veladores del Café Gijón o del Teide; artículos siempre perfectos, por lo demás. Eso aparte de los 80 libros de todo género. Esa producción descomunal que hoy solo está disponible en las beneméritas antologías de la Fundación Mapfre debiera ser la Biblia del articulista español. Umbral hizo lo que pudo por transparentar su magisterio en columnas que, leído Ruano, aclaran mucho ese misterio umbraliano del dandismo y de ese famoso costumbrismo lírico, entre el humorismo y la melancolía. El propio Francisco Umbral, en ese revelador memorial de vida y formación que es Trilogía de Madrid (1984), se hacía ya la misma pregunta que nosotros ahora, sin explicarse el ostracismo tenaz que pesa sobre el genio: “Vuelven todos, vuelve Ramón incluso, pero no vuelve César”. Campmany escribió a su muerte el mejor obituario del siglo XX español, celebrando el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Eso pudo decirlo Campmany, que ganó buen dinero con la pluma, porque ha habido añadas buenas donde el periodismo, ejercido con talento descollante, granjeaba una posición desahogada y un alto respeto. Esos tiempos acabaron, y a la ruina hemos de añadir la cerrilidad del objetivismo dogmático o bien la mesocracia del periodismo placentario, esos gregarios correveidiles de teletipo o del total que camuflan su incultura de objetividad y su servidumbre política de exactitud declarativa. Ya dirigían el cotarro cuando negaron a Ruano el carné de prensa. La respuesta del periodista madrileño, olímpico talento refractario a capillas, llena de consuelo a insumisos:

“Ya es cómico que se discuta si uno es o no un profesional. Cuarenta años de no vivir más que de escribir y para escribir ¿admiten dudas? Pues parece que sí, cuando nadie le discute su profesionalidad a un desdichado que infla telegramas o a un fotógrafo. Me piden que pruebe no sé qué cosas. No estoy dispuesto a probar nada. Si tienen redaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón”.

Pardeza con Ruano, en un montaje que debería repetirse más a menudo.

Montaje de Pardeza con Ruano, una afición que debería ponerse de moda ya.

Ruano tenía el don de la frase perfecta, como lo tenía Fitzgerald, pero además sabía dónde mirar y lo había leído todo, y lo había vivido todo. El articulista madrileño instituyó un periodismo lírico (mas siempre claro) y resueltamente autobiográfico que no se nos ocurre reclamar como norma, pero sí al menos como excepción, credencial que hoy se le niega por culpa de un deslinde antinatural y ruinoso entre literatura y periodismo. En los tiempos en que uno manufacturaba informaciones efímeras en un periódico me animó mucho encontrar esta cita de las memorias de Ruano, evocando su época de reportero puro e izquierdoso en El Heraldo –¡Chaves era su redactor jefe!– bajo la amenazante censura de Miguel Primo de Rivera: “Por aquella temporada [1927] yo hice uno de mis mayores esfuerzos periodísticos. Interviuvaba a todo el mundo, escribía artículos, firmaba largos reportajes… ¡Y qué poco en realidad me interesaba todo aquello! Pero era el momento del esfuerzo. Había que situarse, que ganar un nombre que ya aplicaría después a otras cosas más de mi gusto, y había también que ganar dinero, puesto que vivía a cuerpo limpio sólo de mi pluma”. Más tarde se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín –¡y corría el 1940!– porque debía despachar a diario por telégrafo “aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada”.

La personalidad es el gran valor, es la filigrana que confiere al naipe del as su supremacía en un juego en que también debe haber sotas, reyes y cuatros de bastos. No se trata por tanto de gustar a todos, sino de reivindicar, para lo que quede del periodismo del siglo XXI, la estirpe anarcoburguesa, liberal de corazón y estilizada de Ruano, de Fernández Flórez, de Chaves Nogales, de Pla y de Camba.

(Publicado en Suma Cultural, octubre de 2013)

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La insoportable gravedad de ser del Madrid

El Madrid salió con ganas de dar otra imagen que la de la radiografía ficticia de una hernia, pero con la tranquilidad que da saber que no se puede jugar peor que contra el Levante, en palabras de Carletto. Lo cierto es que hizo su mejor partido de Liga desde que lo entrena el italiano, lo cual no es decir mucho, pero es decir algo. El equipo no se partió, dominó sin pájaras, mantuvo el orden y enseñó actitud a falta de Pegada, que es el nombre de la undécima musa y no siempre está de humor para abrir los findes.

La raya euclidiana en la cabeza de Ramos expresaba una voluntad de disciplina defensiva, aunque no siempre basta con peinarse. Tampoco le bastó a Cristiano, pese a que fue el mejor del partido junto con Di María (otra vez Di María), quizá porque Cristiano, más que un peinado, lucía un arañazo. Probablemente sea más efectivo el rasurado integral por el que opta Wilfredo Caballero, negativo porteño de Wilfredo el Velloso, que paró tanto que parecía parar por vicio ya, y quizá sea ese rostro de vicioso agresivo el que le impida salir en anuncios deteniendo tablets, porque otra razón no la entendería. Qué portero, Caballero, que buen Caballero era, diría Alberti.

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21 octubre, 2013 · 13:21

La rebelión de los fulares

Este año acude uno a las sesiones de control en expectativa alegre de cataratas o de tetas, o de ambas cosas, pero esta vez solo hubo parlamentarismo, es decir, aplausos y abucheos. Qué se le va a hacer, no siempre el Parlamento puede escapar a la representación sociológica del pueblo.

La principal novedad ha sido la presencia de Duran Lleida, el tercer hombre, quien en los últimos tiempos resulta especialmente difícil de situar en un punto fijo, en una posición estable. Duran viene a ser como esos gases de la tabla periódica que solo existen en el laboratorio, emiten un efímero parpadeo y se esfuman dejando al químico sumido en la melancolía, razón sentimental por la que el químico acaba bautizándolos con su apellido: el durón, por ejemplo. Pero ahí, en aparente estado sólido comparecía Duran, inequívocamente en pie, preguntando a Rajoy nada menos que por su “agenda política en Cataluña” como si Rajoy tuviera agenda en general. “Agenda” es un participio de futuro pasivo que en latín significa “lo que debe ser hecho”, pero Rajoy no es un tipo que deje que le digan lo que tiene que hacer. Lo había intentado primero Aitor Esteban, del PNV, inquiriendo al presidente si iba a acatar la decisión de Estrasburgo (presumiblemente contraria) sobre la doctrina Parot, y en la formulación de la pregunta solo faltaba añadir este principio: “Hará el favor usted de…”. Pero Rajoy repuso, con una de esas frases marianísimas que tanto nos divierten:

–No tiene sentido especular sobre futuribles.

He anotado la frase para cuando me pregunten en Facebook por mi asistencia a eventos indeseables. Pero lo cierto es que luego a Rajoy no le faltó claridad al definir la doctrina Parot como “justa, correcta y necesaria”, a la espera de lo que opine el santo oficio de Estrasburgo. El caso es que Duran, que se conoce el paño, acotó la pregunta como un guionista celoso:

–Le pregunto por su agenda política en Cataluña, y no me responda usted con la lucha contra la crisis que le conozco y en eso estamos todos…

En bandeja para Rajoy, haciéndose el ofendido:

–Oiga, solo le ha faltado decirme lo que tengo que responder…

Y a continuación le responde con la lucha colectiva contra la crisis, efectivamente. Duran se ha enfadado y ha incurrido en paralipsis, clásico recurso de la oratoria que consiste en negar que se vaya a decir lo que efectivamente se está diciendo:

–No es una amenaza, pero si sigue usted sin hacer nada, algunos declararán unilateralmente la independencia en el Parlament.

Entonces Rajoy ha pedido un poquito de pedagogía, ha impartido una lección básica de constitucionalismo y cuando empezaba a gustarse y estaba declarando que “España no es un invento sino una realidad de siglos que…” de pronto le ha cortado el micro Posada, que aplica los turnos de intervención con la exactitud de una célula fotoeléctrica en la foto-finish de los cien metros lisos. Para una vez que el presidente de España constata la existencia del país que gobierna, podrían haberle dejado terminar la frase.

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16 octubre, 2013 · 17:21