Archivo mensual: noviembre 2013

Las productivas cicatrices de Blas de Lezo

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Dejaron de apodarle Patapalo para empezar a llamarle Mediohombre por un mero prurito de exactitud. Sintió de niño una vocación original: sujetar las costuras oceánicas de un imperio demasiado tirante, y logró morir sin que se le rompiera ninguna, suturándolas con la propia piel cuando fue necesario. Y lo fue desde muy pronto: a los 15 años, habiéndose enrolado voluntariamente para luchar por su rey en la Guerra de Sucesión, un cañonazo le seccionó la pierna izquierda. No es uno de esos bautismos que animan a continuar en la carrera laboral escogida, pero Blas pensó que sí, que todo lo contrario. Se hizo una pata de madera, siguió en el servicio y le nombraron alférez por la serenidad mostrada durante la hemorragia.

A los dieciséis atacó su primer barco inglés, el Resolution. Lo dejó envuelto en llamas rojas cuyo reflejo danzaba en su rostro mudo de satisfacción, ardiente de orgullo, estampa hermosa y trágica que le ganó para siempre como le ganaría al pintor Turner después. Al año siguiente empezaría a especializarse en asedios pero por la parte de dentro, la de la resistencia victoriosa, porque el poderío de la armada en que sirvió menguaba al ritmo proporcional en que crecía el de los enemigos de España. A Blas de Lezo en todo caso vencer con superioridad numérica le parecía una ordinariez, una burocracia marcial desprovista de gloria. Así que hizo de la necesidad virtud en cada puerto infame en que fue sitiado por los barcos de la pérfida Albión, que se morían por acertarle con el plomo en la cabeza y no en esas prescindibles extremidades. Recién superada la adolescencia, defendió el fuerte de Santa Catalina en Tolón, Francia, donde una esquirla de metralla estalló en su ojo izquierdo, vaciándolo como un bombón de licor. Le dijeron que ya había demostrado suficientes cojones, pero él replicó que todavía estaba precalentando. Al poco ascendió a teniente de navío y después a capitán de fragata.

Lezo había nacido en Pasajes, por entonces una aldea guipuzcoana entregada al Cantábrico como el cosechador a su mies, y se relacionaba con el mar con la naturalidad de las criaturas míticas de Homero: no mediante el inquieto dominio de un patrón, sino mediante la facilidad nativa del anfibio. En pleno océano el capitán Lezo siempre jugaba con ventaja.

A los 25 años le encontramos defendiendo el puerto de Barcelona, ciudad que, como sabemos y nos recuerdan a su manera creativa los historiadores de cámara de Artur Mas, no acató la llegada de la casa borbónica. El joven capitán, leal a Felipe V, luchó en el asedio de la Ciudad Condal acercándose tanto a las defensas que recibió un mosquetazo en el antebrazo derecho aquel mismo 11 de septiembre de 1714. Pacificada Barcelona marchó a arrebatar Mallorca a los ingleses, que se le rindieron sin pegar un tiro. La contrapartida de la cesión de Gibraltar tuvo que inflamar de vergüenza el pecho del marino vasco –ya le iban quedando poca partes del cuerpo que inflamar–, pero Lezo era un hombre de honor y acató su nueva misión: limpiar de piratas el Mediterráneo español, apretar las tuercas a caciques díscolos y, de vez en cuando, ya por pura afición, capturar barcos ingleses. Se ganó a pulso el Toisón de Oro.

Los de su cuadrilla, allá en el norte, adonde se había recogido brevemente para recuperarse de sus heridas, lo bautizaron con sorna escasamente épica: Anka-mortz. “Medio-hombre”, en euskera. Pero le quedó cuerpo suficiente para mantener a raya a los corsarios ingleses y holandeses o a los piratas berberiscos que depredaban los barcos españoles bien cargados en Indias y camino de Sevilla. Luego el rey lo mandó al Caribe a poner orden. Se casó en Lima con una criolla y tuvo siete hijos, a los que hizo menos caso que a sus barcos, obviamente. Ganó 22 batallas y no perdió ninguna. La sola mención de su nombre en un salón inglés se consideraba de mal gusto, y en una taberna de marineros equivalía directamente a un ejercicio de satanismo. Todos atribuían a un pacto fáustico la invencibilidad de aquel español menoscabado y febril que se burlaba de las condiciones objetivas de la superioridad militar.

Entonces el rey Jorge II se hartó. Utilizó el pretexto de la oreja de Jenkins –un contrabandista británico apresado y desorejado por un guardacostas español– para reunir la flota más numerosa de la historia naval, duplicando a la Invencible y superada solo por el desembarco de Normandía, y la envió al Caribe con una hoja de ruta, como se dice ahora, muy claramente expresada al almirante plenipotenciario Edward Vernon: “Conquista toda América y acaba con el imperio español”. Una tarea así debía empezar en Cartagena de Indias, el principal puerto de la América española, plaza estratégica del comercio transatlántico. Vernon enfiló hacia Cartagena con nada menos que 195 naves y unos 23.600 efectivos de tropa y marinería, incluyendo una aplicada delegación de macheteros jamaicanos y 4.000 soldados de reemplazo al mando de Lawrence Washington, hermanastro del famoso presidente yanqui. Ahora bien: al frente de la defensa de Cartagena se encontraba Mediohombre con seis barcos y unos 3.000 hombres en la fortaleza, incluyendo 600 indios flecheros y una fueraborda para remolcar sus huevos de comandante general. Vernon, con gentileza british, le mandó una carta a Lezo diciéndole que ya había tomado Portobelo en Panamá, que iba para allá y que hiciera el favor de no oponer resistencia no fuera a ser que alguien resultara herido. Lezo, desde sus seis barcos y una guarnición desvencijada, contestó exactamente esto: “Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía”. Y ya estaba armada.

Amaneció el 13 de marzo de 1741. Lezo, verdadero Napoleón de mar, preparó la defensa apuntando los cañones de sus buques hacia las estrechas bahías que dan acceso a la ciudad, embudo en el que quedó encajada la formidable flota de guerra británica, que no dejaba de cañonear los fuertes del puerto. Los españoles trataban de repeler el fuego desde las baterías de tierra, a las que se sumaban los cañones de los barcos equipados por el comandante Lezo con artillería de bolas encadenadas que multiplicaban el destrozo causado a los cascos de los buques británicos. Vernon echó el resto: bombardeó Cartagena durante 16 días a razón de 62 disparos la hora, dicen las crónicas. El estrago fue terrible. Entonces Lezo tomó una decisión en apariencia desesperada: quemó las naves, como Cortés. Hundió sus propios barcos a la entrada del canal para obstruir el acceso marítimo a la ciudad, con lo que ganó un tiempo precioso para organizar la resistencia en los fuertes. Cuando los barcos de Vernon, después de remolcar los restos de la exigua flota española, lograron entrar en la bahía, un entusiasmo prematuro se apoderó del almirante inglés, que envió una corbeta a Inglaterra para que llevara la noticia de su victoria, dándola por hecha. En Londres incluso acuñaron moneda para celebrarlo: en ellas se grabó la efigie arrodillada del archienemigo Blas de Lezo, rendido ante Vernon. Aquello fue la madre de los whisful thinking.

Seis centenares de españoles aguantaban en el castillo de San Felipe, una fortaleza literalmente inexpugnable de frente. Los ingleses trataron de acometerlo por la espalda atravesando la selva, donde contrajeron toda clase de infecciones mortales. Las bajas se redoblaron cuando llegaron a la línea de tiro elevada de la guarnición del castillo: el ingenioso Mediohombre había ordenado cavar un foso alrededor de la muralla, de modo que las escalas con las que la tropa británica pretendía el asalto resultaron cortas y los escaladores quedaron a merced de los resistentes, que los tirotearon a placer. La moral inglesa se derrumbó y Lezo, dándose cuenta, lo aprovechó saliendo de la madriguera y guiando el ataque total sobre la retirada enemiga. En primera línea de batalla se vio entonces a una suerte de derviche enfebrecido, cojo, tuerto y manco, disparando con su único brazo y saltando sobre su única pierna, una pesadilla dantesca grabándose en el inconsciente colectivo inglés. Vernon ordenó la retirada a los barcos y desde ellos asedió durante un mes entero el castillo, bombardeándolo con desesperación rabiosa, pero no logró rendirlo. El pabellón de San Jorge contaba ya más de 5.000 bajas, sus barcos se habían convertido en hospitales y para evitar que cayesen en poder español algunos fueron hundidos, pues les habían matado a la tripulación. Vernon comprendió que debía regresar a Inglaterra y asumir ante el rey la humillación total de la derrota. “God damn you, Lezo!”, cuentan que gritó desde la cubierta del barco en que huía.

Aún reunió valor para amenazar al español por carta: “Hemos decidido retirarnos para volver pronto a esta plaza después de reforzarnos en Jamaica”. Lezo respondió para los oídos de la Historia: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir”.

El comandante de los seis barcos había derrotado al almirante de los 195. Los ingleses no volvieron a desafiar la integridad del imperio español hasta Trafalgar. Sin embargo, Inglaterra se acabaría portando más generosamente con el vencido en Cartagena de Indias que España con el vencedor. Vernon fue expulsado de la marina, pero finalmente se le enterró en Westminster con un epitafio eufemístico, pues la humillante batalla fue eliminada de los libros de historia ingleses por orden de Jorge II. A Blas de Lezo, en cambio, se le acusó de temeridad en su defensa numantina de Cartagena, su virrey le denunció ante la Corte y acabó perdiendo el favor real. Murió meses después de la batalla, en Cartagena, pobre, traicionado y sin reconocimiento, víctima de la peste generada por los cuerpos insepultos de los ingleses que abatió. Su tumba no consta en emplazamiento conocido, como pasa con la de Lope, Cervantes o Velázquez. Una tradición muy nuestra, que dice Reverte.

Para paliar esa injusticia, el Museo Naval cuenta todos estos hechos en una exposición inaugurada por el ministro Morenés que se mantendrá abierta hasta el 13 de enero. Aunque la muestra está siendo la más visitada de cuantas ha organizado este museo, yo no me atrevería a hacer una encuesta callejera sobre la figura de Blas de Lezo en el Paseo de la Castellana. Tampoco es que importe mucho, esto es España. Y no parece que los ingleses vayan a hacer la película. En la ósmosis pacifista en que flota por defecto toda sociedad primermundista, la biografía del mayor marino de la historia militar española no puede aspirar a despertar aficiones más concurridas que la filatelia o los juegos de rol con dado poligonal. Que Lezo fuera guipuzcoano e imperialista español tampoco es fácil de casar con el atribulado presente de nuestras estrictas, cejijuntas etiquetas.

Pero la dura realidad es que son los hechos de armas los que configuran la historia del mundo. América entera, de Tierra de Fuego a Groenlandia, hablaría hoy inglés sin la aptitud para hundir barcos ajenos de tipos como Blas de Lezo y Olavarrieta. Y cuando mañana un licenciado español de letras cruce el Atlántico para conferenciar sobre Borges, o para doctorarse en García Márquez, o bien ocupe una suculenta plaza en el Instituto Cervantes de Nueva York, que no se llame a engaño: su carrera profesional será posible gracias a los miembros que Mediohombre sacrificó en combate en el siglo XVIII.

(Publicado en Suma Cultural, 30 de noviembre de 2013)

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Carta abierta a Álvaro Arbeloa

Querido Álvaro:

Vaya noche la del miércoles, amigo. Vaya Lepanto a tu medida, contra los turcos y en la armada de Juan de Austria, sobrenombre del poderoso almirante Xabier Alonso Olano. Ya habrás visto por la tele la manera punk en que tu amigo Xabi enloqueció de júbilo en la banda cuando batiste a Iscan con un empalme suave, acompañado como un muletazo. Y el tendido en pie, claro, ese tendido indescifrable que te ha hecho sufrir y que contra el Galatasaray se entregó a tu desagravio pendiente y unánime.

Mientras vuelve CR los marca Arbeloa.

Mientras vuelve CR los marca Arbeloa.

Eres un hombre de temperamento marcial, leal y fiable como castellano viejo. Y como a los buenos soldados, el valor que se te presupone jamás es defraudado. No prodigas la fantasía del zigzag como Marcelo, pero tampoco regalas el espacio que hay detrás de tu espalda ni a tu padre. Tus errores, cuando los tienes, se amplifican con lupa, no la mía sino la de los viejos y ya casi entrañables enemigos de tu militancia mourinhista. Yo no recuerdo un jugador más perseguido, ridiculizado, ninguneado y vejado por la prensa deportiva de este país en mis 30 años de vida y madridismo. Cualquier otro se habría calado las Ray-Ban, agarrado el trolley en Barajas y sacado a pasear la peineta castellana: os va a aguantar la madre que os parió, bastardos. Pero Arbeloa se queda a luchar con la pata sobre la calavera que hay al pie del cañón, apretando los dientes, soportando el fuego. Y un día, que fue el miércoles pasado, sales de la trinchera, recorres todo el campo, llegas hasta el cuartel general del enemigo y te traes la bandera dando aullidos. Marcaste uno, casi marcas dos, provocaste un penalti no pitado y diste una asistencia. Hasta los locutores más fríos se derritieron.

Y esto no es fácil, Álvaro. El Madrid es una trituradora de espíritus apocados, y hay jugadores con más calidad que tú que han salido de aquí camino del psiquiátrico para los restos. Pero supongo que el apellido Arbeloa desciende de los marañones que subían con la armadura puesta al cráter del volcán a recoger azufre para hacer pólvora de arcabuz. Deberías anunciar chalecos de kevlar, y no cosméticos. Mi amigo Hughes ha escrito que eres el jugador antisilbidos, porque cuando más dispuesta está la parte torva de la afición a pitarte, más sereno entregas el balón al compañero.

Consumada la gesta dijiste ante el micrófono que “el público sabe mucho”. Tú sabes y yo sé que eso es muy generoso de tu parte, pero también que un jugador de fútbol pertenece a su afición, y debe afrontar el odio y el amor con la mandíbula prieta. Te lo recuerdo ahora que en tu cabeza hay nubes blancas porque la tormenta volverá en cualquier momento. Cuando eso pase, recuerda también la noche en que batiste a los turcos, y esta gratitud nuestra que algunos no cambiaremos por una cintura tropical o por un discurso más acomodaticio. Muchos te consideran capitán sin brazalete, y no lo llevas porque lo tienes impreso en la piel como los estigmas en los santos.

(La Lupa, Real Madrid TV, viernes 29 de noviembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 20:10.

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El formol delicioso de Julio Camba

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Parece una paradoja que el auge editorial de Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962) coincida con la ruina del periodismo tradicional, amén del cincuentenario de su muerte que se conmemoró el año pasado. Asombra la vigencia de la prosa cambiana en su estilo y en sus temas, sancionada por el favor de nuevas generaciones de lectores que descubren al gran genio español del columnismo del siglo XX ahora que cualquier bloguero con pretensiones se llama a sí mismo columnista. Pero quizá no sea tan paradójico el resurgir de Camba (a quien hace diez años nadie leía ni reeditaba en este país) en tiempos críticos para el periodismo, porque es conocida la facultad selectiva de las crisis para expurgar únicamente lo mejor con cierto ánimo de reivindicación. Y Camba no sólo es de lo mejor que le ha pasado a la historia del periodismo español, sino de lo mejor que podría sucederle a su futuro.

La editorial sevillana Renacimiento, con un primor ya reconocible, publica ahora las crónicas escritas por Julio Camba entre 1912 y 1915, siendo corresponsal en Alemania para La Tribuna primero y para el ABC de Torcuato Luca de Tena después:

–Pero si yo no sé alemán.
–Eso no importa, lo hará usted muy bien –le contestó el fundador de ABC.

Camba, que venía de cubrir las corresponsalías más excitantes de Londres y, sobre todo, de París, encaró Berlín con una desgana que la siempre fina ironía de sus artículos deja traslucir perfectamente. «Yo soy el hombre menos alemán del mundo», declaraba, y aunque pasó allí dos años y escribió algunas de las mejores crónicas de su vida periodística, nunca llegaría a encariñarse de lo germánico. Regresó aliviado a Madrid en los inicios de la Gran Guerra, aunque él dijo que volvía por aprensión de sabiduría, porque empezaba a notarse «síntomas así como de ir adquiriendo un criterio científico para todas las cosas» y él no quería defraudar a sus amigos castizos del café volviendo del país de Kant hecho un sabio de levita.

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29 noviembre, 2013 · 17:52

Esperando a Demóstenes

Matinal desangelada en Cortes, simétrica del frío como de concertina que bate los soportales y entumece a los pobres mendigos velazqueños. El presidente Posada inauguró la sesión dando la bienvenida al presidente de Macedonia, guest star en la tribuna de invitados, que se levantó muy ceremonioso para agradecer la mención. La sesión se preparaba así más propiamente que nunca para la pronunciación de filípicas, pero estamos a mil jodidas millas de tener a un Demóstenes en el Congreso.

De hecho abrió fuego Errekondo (Amaiur), y dejemos la expresión en metafórica. Errekondo es un jugador de balonmano, y se nota. Le exigió a Rajoy un balance de su gestión en el País Vasco con esa dicción silabeante y atropellada, ansiosa de acabar cuanto antes el enunciado que le pasan desde la mafia del norte, que incluía la alusión a las ansias infinitas de paz vasca de cantamañanas tan conspicuos como Tony Blair, Kofi Annan o Jimmy Carter. Amárrame los pavos. Incluso pegó un papelito a su botella de agua que aludía a una presunta situación guantanamera de los presos etarras en una cárcel de Sevilla. Pero lo hacía todo como con cierto bochorno de recadero servil, de becario de la cejijuntez criminal. Yo creo que en el subconsciente de esta gente pugna por salir un confuso sueño de respetabilidad institucional que no tienen manera de merecer. Rajoy le respondió con la retahíla previsible y pendiente: condena de la historia de ETA, demanda de disolución incondicional, petición de perdón a las víctimas. Sobre el medio centenar de asesinos que ya brindan con fino o txacolí no dijo nada porque no tiene nada que decir o porque no puede.

Estaba Duran en su escaño, presencia que siempre celebramos. No adivinan ustedes lo que hizo: ¡quejarse del poco dinero que el Estado invierte en Cataluña! Unos su paz, otros su pasta: la matinal no podía discurrir por cauces más canónicos. El presidente del Gobierno recordó a Duran que el Gobierno ya ha pagado 934.097 facturas a los catalanes, y que estaba mirando juegos de sábanas para poner además la cama. De todos modos detecto una rebaja declarativa del tabarrón independentista, suflé a la baja aplastado por las taumatúrgicas apelaciones a la pela de Linde entre otros. Me contestó el otro día en la tertulia de RNE el director de La Vanguardia, Josep Antich, que esas advertencias monetarias calan solo en los menos soñadores, pero yo sospecho que el volkgeist fenicio acabará imponiéndose. Ya entreveíamos todos, los primeros nuestros pragmáticos amigos catalanes, que todas las fiestas se terminan enseñando la cuenta.

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27 noviembre, 2013 · 16:19

Los juegos del hambre… de gol

Una película que estos días se proyecta en los cines, con gran éxito de taquilla, nos presenta a un selecto ramillete de jóvenes superdotados que luchan a muerte por su supervivencia. En la película no queda del todo claro por qué llaman a su lucha los juegos del hambre, ni por qué a los contendientes se les llama tributos, aunque suponemos que todo tiene que ver con la crisis, la económica o la de guionistas, vaya usted a saber.

El sábado vimos otra película en el Estadio de los Juegos del Mediterráneo y se nos ocurren algunos paralelismos. El Madrid de Ancelotti también es un equipo de jóvenes más o menos superdotados que compite con todo por sobrevivir en el once titular. Su batalla también es un juego, y su hambre está perfectamente definida: se trata de hambre de gol. Seas canterano o extranjero, seas centrocampista o delantero, al Madrid se viene a atacar. En el árbol de navidad de Carletto algunas bolas pueden ser intercambiables, pero todas tienen que emitir su brillo. Y no hay mejor forma de brillar que el gol.

Jóvenes tributos abriendo la boca de hambre.

Jóvenes tributos con hambre.

Marcaron cinco como pudieron marcar diez, y eso que hubo que achicar el tamaño antirreglamentario de las porterías. El primero fue de Cristiano, claro, porque lo suyo no es apetito de gol sino verdadera hambruna, glotonería de gloria, como un Obélix delgado que se hubiera caído de niño en la marmita del fútbol total. Otro día aplicaremos la lupa sobre el coloso portugués para tratar de explicar las causas sobrenaturales de su voracidad. El sábado se retiró prudentemente a mitad de encuentro, pero yo creo que la sobrecarga era una excusa caballeresca, un gesto elegante del jefe de la manada que se aparta de la presa, sin haber saciado su hambre, para que la sacien también los cachorros.

Y así nos tributaron sus goles Isco y Morata, aparte de Bale y de Benzema, y pudieron marcar también Carvajal y Casemiro entre otros. Ancelotti soltó a sus tributos ávidos a la arena, y la inocente defensa del Almería acabó pagando el pato. Ya digo aquí que el récord de los 121 goles de la épica temporada de Mourinho está a tiro. Se siguen oyendo críticas al juego del Madrid, algunas porque no juega el suyo, y otras, las de los hegelianos de la pizarra, porque no ven claro el sistema. Que se sigan oyendo mientras caigan de cinco en cinco los chicharros a domicilio.

Damas y caballeros: los juegos del hambre de gol han quedado inaugurados. Los tributos más salvajes juegan en el Madrid, y de ahí el éxito de taquilla.

(La Lupa, Real Madrid TV, martes 26 de noviembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 14:35.

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Carletto y la fábrica de chocolate

Este Madrid fabrica ocasiones de gol como Willy Wonka chocolate, y en su mundo de fantasía y derroche disfrutaron ayer los canteranos como los niños del libro de Roal Dahl, que no se llamaban Charlie, sino Morata o Jesé, Carvajal o Isco, y su Wonka no se llama Willy sino Carlo, que ya es casi diciembre y ha montado para ellos su árbol de navidad.

El éxtasis canterano o canteránida llegaría en la segunda parte. En la primera me enfadé con Cristiano por esa impaciencia goleadora que no te permite llegar ni un minuto tarde al bar; cuando llegué ya estaba celebrando, desplegando su torso como un tablón de anuncios para que el planeta fútbol entero clave sus quejas contra Blatter, y al principio pensé que se trataba de un reportaje del Plus sobre el Balón de Oro. Pero no: es que había marcado el primero filtrándose entre los centrales almerienses como el cuchillo entre la mantequilla. A Cristiano le buscan sus compañeros con el descaro con que se buscaba a Maradona cuando apremian las ganas de gol como el capricho femenino de chocolate, y a veces Cristiano se para en un ángulo frente a un defensa y se pone a andar, como Cruyff, antes de explotar otra vez en su loca carrera hacia la integración de todos los talentos históricos del fútbol en uno solo. Se retiró en el 51 con un golpe en el muslo de esos que en la ruta escolar llamábamos fresones, y fue eso lo que luego abriría el patio a los escolares. Salió Jesé para remedar esa misma zancada de comandante. Pero Jesé sería más que la Cecilia de Ronaldo, en la acepción de Cecilia que Ruiz Quintano ha instituido para los imitadores artísticos que acaban haciendo afición. Jesé dio dos asistencias de gol y es un jugador caliente llamado a derretir algunas semifinales.

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25 noviembre, 2013 · 13:39

Hannah Arendt o la banalidad de la opinión pública

Arendt, pensando.

Arendt, pensando.

 Consuela pensar que también se metieron con Hannah Arendt. ¿Quiénes? ¿Por qué? La respuesta a ambas preguntas consuela ya definitivamente: la castigó la opinión pública, y la castigó por pensar.

Es bastante importante que todos ustedes vean o pongan a sus alumnos cuando puedan el biopic de la pensadora judía que el año pasado estrenó Margarethe von Trotta. Estamos ante una película audaz y sutil, porque se centra en una peripecia exclusivamente intelectual mientras desecha la sentimental o la aventurera (que también las hubo en la biografía de Arendt); pero es también una narración clara y amena que estimulará a cualquier espectador capaz de trascender las funciones básicas de nutrición, relación y reproducción. Se trata de llevar al extremo el papel del intelectual en una sociedad desarrollada, que es aquella que se felicita por vivir en un régimen de libertad de expresión hasta el momento exacto en que alguien decide hacer uso resuelto e inteligente de esa libertad.

–El intelectual muchas veces ha de resultar incómodo –nos repiten; pero ay cuando lo es.

Cuando Hannah Arendt, superviviente de un campo de prisioneros nazi en la Francia ocupada, se enteró de que Adolf Eichmann, apresado en Buenos Aires por el Mossad, iba a ser deportado y juzgado en Jerusalén, cursó una petición al New Yorker para cubrir el juicio como reportera. A Arendt, por entonces autora de prestigio internacional tras el éxito de Los orígenes del totalitarismo y catedrática en el Brooklyn College, todavía le quiso poner pegas una parte de la dirección de la revista que sentenciaba, con ese típico desdén del periodista matalón: “Los filósofos no producen titulares”.

Finalmente The New Yorker la mandó a Jerusalén y allí, sobre la jaula de cristal desde la que Eichmann pretextaba su escrupuloso sentido del deber, comenzó a operar la implacable inteligencia de Hannah Arendt. Comprometida con el sionismo en sus duros inicios, con el tiempo se había ido apartando de todo compromiso ideológico o étnico que hipotecase el puro ejercicio de la razón libre. Ver a una mente prodigiosa en funcionamiento, sobrevolando con majestad las praderas del sentimentalismo o los pantanos del prejuicio, es un espectáculo de la naturaleza que sin embargo suele sacudir con temblores de suspicacia las entendederas del hombre común, habituado a conducirse en la vida por intuiciones, afectos y sobre todo intereses.

Pero Arendt era alemana en la mejor expresión de la nacionalidad alemana: discípula aventajada –tanto que acabó en su cama– de Martin Heidegger, alumna de Husserl, discutidora de Karl Jaspers y Theodor Adorno, compañera de Walter Benjamin. Como esos grandes lúcidos del siglo XX –Camus, Aron, Chaves Nogales–, Arendt era incapaz de mentirse a sí misma, operación tan recomendable para sobrevivir. Rompió con Heidegger cuando este (que le había soltado a Thomas Mann aquello: “Sí, puede que Hitler sea un bárbaro, ¿pero has visto qué manos más viriles tiene?”) se sacó el carné de la esvástica. Pero tampoco quiso hacer fácil carrera a lomos de la revancha intelectual sionista. Ahora se hallaba frente a Eichmann en Jerusalén, y no había estudiado y pensado tanto para acabar escribiendo la crónica que se esperaba de ella: la de la escritora judía que con su celebrada pluma vengaba a la raza afrentada en la figura monstruosa, totémica y sumaria de Eichmann, el teniente coronel de las SS encargado literalmente de llenar los trenes con los hijos y las hijas de Abraham rumbo a Auschwitz. No: Arendt estudió a aquel alemán calvo y anguloso en su jaula, escuchó sus alegatos de burócrata desapasionado, verificó la absoluta falta de convicción e ideología de aquel ordenanza del terror, constató el abismo filosófico que se abría entre la magnitud del mal causado y la mediocridad del autor necesario, y decidió escribir sobre todo ello.

El resultado fue la conocida tesis de la banalidad del mal, que como titular no está nada mal, y que los columnistas de tertulia citan sin haber leído a Arendt. En todo caso se trata de una tesis hoy comúnmente aceptada, casi un lugar común del pensamiento del siglo XX, pues el tópico suele ser el tributo que el paso del tiempo rinde a las ideas audaces. El mal industrializado, la desconocida dimensión de terror aportada por el hombre totalitario solo requiere burócratas obedientes que prescindan de una única cosa: de la facultad de pensar. Pensar nos hace personas; renunciar al pensamiento propio nos coloca en el disparadero de la animalidad, aunque vistamos con decoro, besemos a nuestros hijos al acostarnos y nunca falte leche en el plato de nuestro gatito.

Esta idea deshace un escándalo falaz muy cacareado todavía incluso entre nuestros blogueros de referencia: ¿cómo es posible que el país más culto de la tierra, la cuna de la música y la filosofía modernas, se entregase en masa y con entusiasmo digno de mejor causa al macroproyecto criminal de un lunático evidente como Adolf Hitler? Algunos se preguntan esto con la aviesa intención de desmerecer la figura del intelectual contemporáneo, que sería alguien vendido sistemáticamente al poderoso de turno con la mira laboral puesta en una remunerada comisaría política. Bien, yo a esos desalmados logreros con estudios o a esos fanáticos de la idea que tanto proliferaron durante la centuria pasada no los quiero confundir con el intelectual digno de ese nombre, el que ahora reivindico en la figura de Hannah Arendt y que estos días se ha celebrado en la efigie ya canonizada de Camus. Es que casi parece que ser un analfabeto o un periodista deportivo te evita la pertenencia a una nómina de genocidas, y que al oír la palabra cultura hay que llevarse la mano a la pistola, que decía aquel. Pues no. Es mentira eso de que Alemania era la nación más culta. Porque no hay naciones cultas: cultos son solo los individuos, y hay muy pocos porque cuesta muchísimo hacerse una verdadera cultura, una cultura hondamente sentida y masticada, conectada con nuestra ética y confrontada a nuestros prejuicios, vigilante insomne del proceder diario, capaz de romper nuestros vínculos económicos, políticos, familiares, amorosos, patrióticos y étnicos. Todos esos vínculos rompió Arendt para defender su verdad, porque creía que tenía razón. Y lo cierto es que la tenía y que se equivocaban todos los demás.

Los alemanes se entregaron a Hitler pese a la aptitud nacional para el solfeo porque Hitler les decía lo que querían oír: que iban a ser superhombres en un reich que duraría mil años. Es en ese momento cuando deben elevarse las voces críticas que pregunten el precio que va a costar eso. Y los consejos judíos de Europa, dice valientemente la judía Arendt, durante ese tiempo clave en que aún se puede evitar la catástrofe mediante la denuncia, callaron; cuando Hitler comenzó a expandirse y a pisotear los derechos de otros pueblos, siguieron callados; y cuando finalmente fueron a buscarlos a ellos ya no quedaban resistentes con voz audible. Arendt no quiere ahorrar ninguna responsabilidad en el desastre, pero eso era demasiado para los lectores del New Yorker, la revista de la intelectualidad americana de extracción mayoritariamente hebrea.

Arendt se atrevió a escribir desde las inhóspitas afueras del sentimiento y de la tribu y lo pagó con el ostracismo. Sus amigos judíos (o los que ella creía que eran sus amigos) le dieron la espalda y tuvo problemas económicos por la sombra de sospecha que se extendió sobre su firma. La acusaban nada menos que de defender a Eichmann por la sencilla razón de no haberle pintado cuernos y rabo; de no proporcionarles un objeto de odio concreto contra el que realizar la catarsis de todo un pueblo. Le daban lecciones los judíos neoyorquinos que jamás habían visto a un nazi de cerca. No sientes nada por tu pueblo, le reprochaban. Y ella, como liberal congruente, contestaba que no tenía por qué sentir nada por su pueblo, sino por las personas, por sus amigos, por los que creía sus amigos.

A Norman Mailer le he leído la mejor crítica a la tesis de la banalidad del mal: “Eichmann, superficialmente hablando, era un hombrecito, un hombre de aspecto común, vulgar y opaco, pero suponer por lo tanto que el mal mismo es banal me impresiona como exhibir una pobreza de imaginación prodigiosa. (…) A los liberales no les gusta creer en el vasto poder del inconsciente o la auténtica capacidad asesina de la mayoría de la gente común. Aceptar la superficie por la realidad es ejecutar el reflejo liberal fundamental”. Y a continuación incurre en la antecitada referencia a la nación más cumplidora de la ley, cuyo inconsciente “era realmente un lugar de espantosas emboscadas y horrores”. Se trata del reparo obvio que le pondría cualquier novelista experto a un filósofo demasiado seguro de sí, al que supera en capacidad para fabular el submundo interior del personaje más aparentemente rutinario. Lo que ocurre es que la ficción solo puede aspirar a construir mundos verosímiles, no balances empíricos y mucho menos procesos judiciales. Desde luego, de los miles de folios que ocupan los interrogatorios a Eichmann y que Arendt leyó con cuidado, la filósofa no pudo extraer una sola pista que delatase los abismos interiores del psicópata o el plan maquiavélico del criminal consciente. Así que lo más probable es que Adolf Eichmann fuera en efecto el burócrata banal y cumplidor que retrató la reportera de The New Yorker.

Es posible de todos modos que Arendt contrajera en Jerusalén un síndrome muy común a todo reportero obligado a realizar una cobertura prolongada, y que podríamos bautizar, parafraseando, como síndrome de la banalidad del reportero. Nos pasa a cualquier cronista parlamentario, que semana a semana perdemos el respeto a la sede de la soberanía etcétera. Un día acudí a la Audiencia Nacional para escribir sobre el juicio a Txapote, el tipo que había descargado su nueve milímetros Parabellum sobre la nuca de Miguel Ángel Blanco; a mí, que era nuevo, me impresionaba la presencia del reo, no podía despegar la mirada de aquel hombre tranquilo, incluso apuesto, que jugueteaba con las manos a cinco metros de mi libreta. Pero mientras yo me maravillaba de la rutinaria compostura del asesino, mis colegas especializados en información de tribunales encerraban mentalmente todo aquello en 30 segundos para el boletín de mediodía, y ni siquiera les daba para una pieza especialmente noticiosa. Quiero decir que Arendt el primer día no podría quitar ojo a Eichmann, pero a la séptima jornada de tomar apuntes repetitivos en la sala de prensa una sensación de fraude empezaría a tomar cuerpo en su cabeza, preparando la exploración del concepto de banalidad. Puedo imaginarme muy bien que fue así como ocurrió (lo cual subraya la productividad periodística de la cobertura in situ). La reportera defraudada, una enorme expectativa escamoteada por la vulgaridad, un giro novedoso en la consideración de aquel histórico proceso. Solo muchos meses más tarde, cuando granizaba sobre su trabajo la indignación del público general y de la comunidad judía –la suya– en particular, acertaría a distanciarse un poco de su revolucionario concepto, matizándose a sí misma en una sentencia con resonancia cristiana: “El mal no puede ser banal y radical a la vez; el mal puede ser extremo y banal, pero consciente y radical solo puede ser el bien”. En el Calvario, Cristo sería el artífice del bien radical y consciente, que es la redención del género humano, mientras que Pilato sería Eichmann. El burócrata necesario.

Para qué sirve la literatura, le preguntaron una vez al Nobel judío Joseph Brodsky. “Una persona que ha leído a Dickens jamás disparará contra alguien”, fue la respuesta del poeta. Teniendo en cuenta que David Copperfield es lectura obligatoria en la niñez anglosajona, muchos asesinos habrán leído a Dickens. Pero una cosa es leer y otra muy distinta es leer, como saben ustedes. Brodsky, Arendt, se refieren a leer pensando. Se refieren a individuos cultivados de verdad, a la cultura como agua incombinable con el aceite del mal.

El tiempo ha premiado con sólido prestigio el coraje intelectual de Arendt ejercido contra su propio sentido de pertenencia, traducido en la hostilidad de una opinión pública que, esta sí, se probó banal. “Intentar comprender no significa justificar”, dice su intérprete en la película. Piénselo el hombre-masa, el que se considera alfabetizado por leer dominicales y bajarse series, antes de decretar su próxima fatwa.

(Publicado en Suma Cultural, 23 de noviembre de 2013)

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Carta abierta a Sami Khedira

[Reproduzco a continuación, por petición popular que agradezco sentidamente, la carta abierta a Sami Khedira que se ha leído hoy, miércoles 20 de noviembre, en la tertulia de Real Madrid TV. Puedo avanzar a los espectadores de Real Madrid TV que andamos trabajando en una nueva sección que han tenido la irresponsabilidad de encargarme a mí, y de la cual esta carta a Khedira ha sido la primera muestra. Habrá más, y si contra todo pronóstico la idea os gusta y la sección cuaja, me tendréis escribiéndola con regularidad bajo el nombre de “La Lupa”. Serán piezas sobre la actualidad del Real Madrid desde un ángulo más literario que informativo, en la convicción de que literatura y madridismo maridan tan bien como las uvas y el queso. Iré subiendo aquí los textos de momento. Gracias a todos de veras por vuestro interés lector y espectador]

Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.

Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.

Admirado Sami:

Cuando viniste a Madrid quizá te dieron algunas nociones básicas sobre la cultura y la geografía locales. Te dirían por ejemplo que Madrid se levanta sobre una meseta, y sin embargo yo creo que se parece más bien a una sabana. A una sabana africana donde si no eres león, corres el peligro de ser cebra, y que te devoren los leones, y luego te rematen las hienas, y por último te apuren los buitres.

En el ecosistema extremo que forma el tristemente famoso entorno del Real Madrid tú nunca has contado con muchos apoyos. Y eso que te apuntaste enseguida a clases de español para aprender pronto el idioma, porque si algo te sobra es aplicación, y diligencia, y esfuerzo de buena cuna alemana. Esa aplicación que los carroñeros del ecosistema no valoran, pero que te vuelve imprescindible en la mejor selección alemana de los últimos tiempos y en el mejor Real Madrid del último lustro. Ancelotti ya había encontrado el equilibrio anhelado sobre la base de tu generoso derroche y la compañía inteligente y creadora de Xabi y Modric. Pero esa presencia tuya tan imponente, a los ojos del entorno carroñero, se convierte paradójicamente en ausencia. Y así vemos cómo todos se entusiasman ahora buscándote sustituto en el medio campo, conjeturando cambios tácticos, reivindicando a sus cromos favoritos que no juegan todo lo que les gustaría quizá porque no hay otro que se sacrifique como tú.

Has venido a romperte los ligamentos en uno de esos bolos estúpidos que patrocina la FIFA del gran bufón, pero en los medios apenas se te ha concedido un duelo rácano. No diré que se alegraran de la noticia, pero yo los he visto volar ya en círculo sobre tu cuerpo doblado. Tú también los viste hace tiempo, y por eso te desahogaste en aquella entrevista que clamaba por un respeto imposible en esta selva.

Alemania te espera para el Mundial: allí no tienen dudas. Aquí tampoco las tiene el míster, que te había otorgado la importancia que mereces. Pero ahora pasarás seis meses fuera de la pradera, donde luchas y te reivindicas silenciosamente, y es posible que te asalte de nuevo la amargura. Por si te pasa eso, recuerda que también vive en la sabana un madridismo bien nacido que te querría escribir una carta de apoyo sin plazos ni preguntas, sin alternativas ni olvidos. Eres el guerrero masái de nuestro centro del campo. Y esperamos el retorno del guerrero.

Y ahora descansa, lee mejor un libro que la prensa y déjate cuidar por tu señora. Pronto te pondrás en pie y volverás a espantar a los buitres.

(La Lupa, Real Madrid TV, miércoles 20 de noviembre de 2013)

La locución aquí a partir del 23:15.

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