Archivo diario: 30 noviembre, 2013

Las productivas cicatrices de Blas de Lezo

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Dejaron de apodarle Patapalo para empezar a llamarle Mediohombre por un mero prurito de exactitud. Sintió de niño una vocación original: sujetar las costuras oceánicas de un imperio demasiado tirante, y logró morir sin que se le rompiera ninguna, suturándolas con la propia piel cuando fue necesario. Y lo fue desde muy pronto: a los 15 años, habiéndose enrolado voluntariamente para luchar por su rey en la Guerra de Sucesión, un cañonazo le seccionó la pierna izquierda. No es uno de esos bautismos que animan a continuar en la carrera laboral escogida, pero Blas pensó que sí, que todo lo contrario. Se hizo una pata de madera, siguió en el servicio y le nombraron alférez por la serenidad mostrada durante la hemorragia.

A los dieciséis atacó su primer barco inglés, el Resolution. Lo dejó envuelto en llamas rojas cuyo reflejo danzaba en su rostro mudo de satisfacción, ardiente de orgullo, estampa hermosa y trágica que le ganó para siempre como le ganaría al pintor Turner después. Al año siguiente empezaría a especializarse en asedios pero por la parte de dentro, la de la resistencia victoriosa, porque el poderío de la armada en que sirvió menguaba al ritmo proporcional en que crecía el de los enemigos de España. A Blas de Lezo en todo caso vencer con superioridad numérica le parecía una ordinariez, una burocracia marcial desprovista de gloria. Así que hizo de la necesidad virtud en cada puerto infame en que fue sitiado por los barcos de la pérfida Albión, que se morían por acertarle con el plomo en la cabeza y no en esas prescindibles extremidades. Recién superada la adolescencia, defendió el fuerte de Santa Catalina en Tolón, Francia, donde una esquirla de metralla estalló en su ojo izquierdo, vaciándolo como un bombón de licor. Le dijeron que ya había demostrado suficientes cojones, pero él replicó que todavía estaba precalentando. Al poco ascendió a teniente de navío y después a capitán de fragata.

Lezo había nacido en Pasajes, por entonces una aldea guipuzcoana entregada al Cantábrico como el cosechador a su mies, y se relacionaba con el mar con la naturalidad de las criaturas míticas de Homero: no mediante el inquieto dominio de un patrón, sino mediante la facilidad nativa del anfibio. En pleno océano el capitán Lezo siempre jugaba con ventaja.

A los 25 años le encontramos defendiendo el puerto de Barcelona, ciudad que, como sabemos y nos recuerdan a su manera creativa los historiadores de cámara de Artur Mas, no acató la llegada de la casa borbónica. El joven capitán, leal a Felipe V, luchó en el asedio de la Ciudad Condal acercándose tanto a las defensas que recibió un mosquetazo en el antebrazo derecho aquel mismo 11 de septiembre de 1714. Pacificada Barcelona marchó a arrebatar Mallorca a los ingleses, que se le rindieron sin pegar un tiro. La contrapartida de la cesión de Gibraltar tuvo que inflamar de vergüenza el pecho del marino vasco –ya le iban quedando poca partes del cuerpo que inflamar–, pero Lezo era un hombre de honor y acató su nueva misión: limpiar de piratas el Mediterráneo español, apretar las tuercas a caciques díscolos y, de vez en cuando, ya por pura afición, capturar barcos ingleses. Se ganó a pulso el Toisón de Oro.

Los de su cuadrilla, allá en el norte, adonde se había recogido brevemente para recuperarse de sus heridas, lo bautizaron con sorna escasamente épica: Anka-mortz. “Medio-hombre”, en euskera. Pero le quedó cuerpo suficiente para mantener a raya a los corsarios ingleses y holandeses o a los piratas berberiscos que depredaban los barcos españoles bien cargados en Indias y camino de Sevilla. Luego el rey lo mandó al Caribe a poner orden. Se casó en Lima con una criolla y tuvo siete hijos, a los que hizo menos caso que a sus barcos, obviamente. Ganó 22 batallas y no perdió ninguna. La sola mención de su nombre en un salón inglés se consideraba de mal gusto, y en una taberna de marineros equivalía directamente a un ejercicio de satanismo. Todos atribuían a un pacto fáustico la invencibilidad de aquel español menoscabado y febril que se burlaba de las condiciones objetivas de la superioridad militar.

Entonces el rey Jorge II se hartó. Utilizó el pretexto de la oreja de Jenkins –un contrabandista británico apresado y desorejado por un guardacostas español– para reunir la flota más numerosa de la historia naval, duplicando a la Invencible y superada solo por el desembarco de Normandía, y la envió al Caribe con una hoja de ruta, como se dice ahora, muy claramente expresada al almirante plenipotenciario Edward Vernon: “Conquista toda América y acaba con el imperio español”. Una tarea así debía empezar en Cartagena de Indias, el principal puerto de la América española, plaza estratégica del comercio transatlántico. Vernon enfiló hacia Cartagena con nada menos que 195 naves y unos 23.600 efectivos de tropa y marinería, incluyendo una aplicada delegación de macheteros jamaicanos y 4.000 soldados de reemplazo al mando de Lawrence Washington, hermanastro del famoso presidente yanqui. Ahora bien: al frente de la defensa de Cartagena se encontraba Mediohombre con seis barcos y unos 3.000 hombres en la fortaleza, incluyendo 600 indios flecheros y una fueraborda para remolcar sus huevos de comandante general. Vernon, con gentileza british, le mandó una carta a Lezo diciéndole que ya había tomado Portobelo en Panamá, que iba para allá y que hiciera el favor de no oponer resistencia no fuera a ser que alguien resultara herido. Lezo, desde sus seis barcos y una guarnición desvencijada, contestó exactamente esto: “Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía”. Y ya estaba armada.

Amaneció el 13 de marzo de 1741. Lezo, verdadero Napoleón de mar, preparó la defensa apuntando los cañones de sus buques hacia las estrechas bahías que dan acceso a la ciudad, embudo en el que quedó encajada la formidable flota de guerra británica, que no dejaba de cañonear los fuertes del puerto. Los españoles trataban de repeler el fuego desde las baterías de tierra, a las que se sumaban los cañones de los barcos equipados por el comandante Lezo con artillería de bolas encadenadas que multiplicaban el destrozo causado a los cascos de los buques británicos. Vernon echó el resto: bombardeó Cartagena durante 16 días a razón de 62 disparos la hora, dicen las crónicas. El estrago fue terrible. Entonces Lezo tomó una decisión en apariencia desesperada: quemó las naves, como Cortés. Hundió sus propios barcos a la entrada del canal para obstruir el acceso marítimo a la ciudad, con lo que ganó un tiempo precioso para organizar la resistencia en los fuertes. Cuando los barcos de Vernon, después de remolcar los restos de la exigua flota española, lograron entrar en la bahía, un entusiasmo prematuro se apoderó del almirante inglés, que envió una corbeta a Inglaterra para que llevara la noticia de su victoria, dándola por hecha. En Londres incluso acuñaron moneda para celebrarlo: en ellas se grabó la efigie arrodillada del archienemigo Blas de Lezo, rendido ante Vernon. Aquello fue la madre de los whisful thinking.

Seis centenares de españoles aguantaban en el castillo de San Felipe, una fortaleza literalmente inexpugnable de frente. Los ingleses trataron de acometerlo por la espalda atravesando la selva, donde contrajeron toda clase de infecciones mortales. Las bajas se redoblaron cuando llegaron a la línea de tiro elevada de la guarnición del castillo: el ingenioso Mediohombre había ordenado cavar un foso alrededor de la muralla, de modo que las escalas con las que la tropa británica pretendía el asalto resultaron cortas y los escaladores quedaron a merced de los resistentes, que los tirotearon a placer. La moral inglesa se derrumbó y Lezo, dándose cuenta, lo aprovechó saliendo de la madriguera y guiando el ataque total sobre la retirada enemiga. En primera línea de batalla se vio entonces a una suerte de derviche enfebrecido, cojo, tuerto y manco, disparando con su único brazo y saltando sobre su única pierna, una pesadilla dantesca grabándose en el inconsciente colectivo inglés. Vernon ordenó la retirada a los barcos y desde ellos asedió durante un mes entero el castillo, bombardeándolo con desesperación rabiosa, pero no logró rendirlo. El pabellón de San Jorge contaba ya más de 5.000 bajas, sus barcos se habían convertido en hospitales y para evitar que cayesen en poder español algunos fueron hundidos, pues les habían matado a la tripulación. Vernon comprendió que debía regresar a Inglaterra y asumir ante el rey la humillación total de la derrota. “God damn you, Lezo!”, cuentan que gritó desde la cubierta del barco en que huía.

Aún reunió valor para amenazar al español por carta: “Hemos decidido retirarnos para volver pronto a esta plaza después de reforzarnos en Jamaica”. Lezo respondió para los oídos de la Historia: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir”.

El comandante de los seis barcos había derrotado al almirante de los 195. Los ingleses no volvieron a desafiar la integridad del imperio español hasta Trafalgar. Sin embargo, Inglaterra se acabaría portando más generosamente con el vencido en Cartagena de Indias que España con el vencedor. Vernon fue expulsado de la marina, pero finalmente se le enterró en Westminster con un epitafio eufemístico, pues la humillante batalla fue eliminada de los libros de historia ingleses por orden de Jorge II. A Blas de Lezo, en cambio, se le acusó de temeridad en su defensa numantina de Cartagena, su virrey le denunció ante la Corte y acabó perdiendo el favor real. Murió meses después de la batalla, en Cartagena, pobre, traicionado y sin reconocimiento, víctima de la peste generada por los cuerpos insepultos de los ingleses que abatió. Su tumba no consta en emplazamiento conocido, como pasa con la de Lope, Cervantes o Velázquez. Una tradición muy nuestra, que dice Reverte.

Para paliar esa injusticia, el Museo Naval cuenta todos estos hechos en una exposición inaugurada por el ministro Morenés que se mantendrá abierta hasta el 13 de enero. Aunque la muestra está siendo la más visitada de cuantas ha organizado este museo, yo no me atrevería a hacer una encuesta callejera sobre la figura de Blas de Lezo en el Paseo de la Castellana. Tampoco es que importe mucho, esto es España. Y no parece que los ingleses vayan a hacer la película. En la ósmosis pacifista en que flota por defecto toda sociedad primermundista, la biografía del mayor marino de la historia militar española no puede aspirar a despertar aficiones más concurridas que la filatelia o los juegos de rol con dado poligonal. Que Lezo fuera guipuzcoano e imperialista español tampoco es fácil de casar con el atribulado presente de nuestras estrictas, cejijuntas etiquetas.

Pero la dura realidad es que son los hechos de armas los que configuran la historia del mundo. América entera, de Tierra de Fuego a Groenlandia, hablaría hoy inglés sin la aptitud para hundir barcos ajenos de tipos como Blas de Lezo y Olavarrieta. Y cuando mañana un licenciado español de letras cruce el Atlántico para conferenciar sobre Borges, o para doctorarse en García Márquez, o bien ocupe una suculenta plaza en el Instituto Cervantes de Nueva York, que no se llame a engaño: su carrera profesional será posible gracias a los miembros que Mediohombre sacrificó en combate en el siglo XVIII.

(Publicado en Suma Cultural, 30 de noviembre de 2013)

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