Archivo diario: 4 noviembre, 2013

El hombre (y la mujer) de Vitrubio

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Durante siglos la crítica occidental vivió a salvo de Oscar Wilde y pensó pacíficamente que el arte imitaba a la naturaleza y no al revés. El arquitecto romano Vitrubio, conservador devoto de los órdenes griegos y formulador del canon arquitectónico indiscutido hasta el Barroco, expresó la idea de que las columnas, por ejemplo, no son sino las copias artificiales de los árboles sobre los que en edades primitivas se apoyaban las techumbres de los edificios. Fue el mismo Vitrubio quien calculó la medida armónica del hombre que luego plasmaría famosamente Leonardo. Y fue Vitrubio quien explicó que las proporciones de las columnas clásicas se basaban en las proporciones del cuerpo humano, con tres órdenes correspondientes a tres formas ideales de lo corporal: el dórico a las del varón, el jónico a las de la mujer y el corintio a las de la doncella, señorita o muchacha en flor.

Sería interesante recorrer, por ejemplo, los edificios públicos de Madrid con el libro de Vitrubio en la mano y con ganas de aplicarlo rigurosamente. Las consecuencias son fastuosas, seguramente injustas e indudablemente cómicas. Sin salir de la almendra central, nos topamos con la sede de la Real Academia Española, cuya limpia fachada neoclásica se sustenta sobre columnas de orden dórico, como expresando el predominio de lo masculino en una institución que aún hoy cuenta con solo seis académicas de cuarenta y seis sillones ocupados. Y si la dórica RAE se resiste a la feminidad, como decía Vitrubio, qué diremos de los pintores de El Prado, cuya fachada precedida por Velázquez repite el orden dórico con sereno, sobrio, viril neoclasicismo.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La idea vitrubiana de feminidad señorea, en cambio, la columnata jónica del Instituto Cervantes, con sus imponentes cariátides custodiando el chaflán. Si reparamos en que el hoy Instituto Cervantes se diseñó para Banco Central, podríamos concluir que su arquitecto vino a subrayar el tópico bíblico de la mujer hacendosa, o bien la deidad grecolatina de la feracidad, es decir, ese talento crematístico, ese don para la administración de los dineros que siempre se ha atribuido a las mujeres, según Pla «el ser antirromántico por excelencia».

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4 noviembre, 2013 · 16:34

Siente al Rayo a su mesa

El Rayo es, en números redondos, el peor equipo de la Primera División, aunque está capacitado para hacer un buen papel en Segunda, al César lo que es del César. Al Rayo, sin embargo, contra todo espíritu científico, le siguen diciendo que es un equipazo, del mismo modo que hay telepredicadores en Texas que desmienten a gritos que vengamos del mono. Pero el hecho es que venimos del mono, incluido Paco Jémez, el brahmán de Vallekas, uno de esos sabios pancescos del fútbol al que le han dicho que es un genio y se lo ha creído. Jémez lleva el guardiolismo más allá del juego de un equipo incapacitado para practicarlo: lo lleva a su propia indumentaria. Ya nadie le apea del chalequito, cuyas sisas no revientan durante los partidos de puro milagro; tales son los trances epilépticos que se apoderan durante los encuentros de este místico castizo, cuarto pastor de Fátima contemplando el rostro de la posesión sobre el muro pelado del Estadio de Vallecas.

Pese a que es una máquina de perder puntos, a Jémez se le perdona todo en virtud de una pulsión españolísima llamada aporofilia o amor al pobre, una forma laica de misericordia que sirve al primermundista exitoso para lavarse la mala conciencia de su íntima prosperidad. Sobra bibliografía al respecto, lean ustedes las memorias de Carlos Barral o las carantoñas de Hollywood a los Panteras Negras contadas por Tom Wolfe. En cada entrevista Jémez no pierde la ocasión de vocear el mísero presupuesto de su club, en la esperanza de que terminemos de confundir la falta de dinero con la falta de puntos. Yo prefiero ser del rico Madrid porque soy pobre, que ir con el pobre Rayo porque se es rico, como hace Robinson. Pero si yo fuera vallecano y me viese colista cada semana, le pediría al señor Jémez que, ya que somos pobres, dejase de intentar jugar como los ricos, porque el dinero y los puntos en Liga es lo único en esta vida que no se puede ocultar.

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4 noviembre, 2013 · 16:30