Hannah Arendt o la banalidad de la opinión pública

Arendt, pensando.

Arendt, pensando.

 Consuela pensar que también se metieron con Hannah Arendt. ¿Quiénes? ¿Por qué? La respuesta a ambas preguntas consuela ya definitivamente: la castigó la opinión pública, y la castigó por pensar.

Es bastante importante que todos ustedes vean o pongan a sus alumnos cuando puedan el biopic de la pensadora judía que el año pasado estrenó Margarethe von Trotta. Estamos ante una película audaz y sutil, porque se centra en una peripecia exclusivamente intelectual mientras desecha la sentimental o la aventurera (que también las hubo en la biografía de Arendt); pero es también una narración clara y amena que estimulará a cualquier espectador capaz de trascender las funciones básicas de nutrición, relación y reproducción. Se trata de llevar al extremo el papel del intelectual en una sociedad desarrollada, que es aquella que se felicita por vivir en un régimen de libertad de expresión hasta el momento exacto en que alguien decide hacer uso resuelto e inteligente de esa libertad.

–El intelectual muchas veces ha de resultar incómodo –nos repiten; pero ay cuando lo es.

Cuando Hannah Arendt, superviviente de un campo de prisioneros nazi en la Francia ocupada, se enteró de que Adolf Eichmann, apresado en Buenos Aires por el Mossad, iba a ser deportado y juzgado en Jerusalén, cursó una petición al New Yorker para cubrir el juicio como reportera. A Arendt, por entonces autora de prestigio internacional tras el éxito de Los orígenes del totalitarismo y catedrática en el Brooklyn College, todavía le quiso poner pegas una parte de la dirección de la revista que sentenciaba, con ese típico desdén del periodista matalón: “Los filósofos no producen titulares”.

Finalmente The New Yorker la mandó a Jerusalén y allí, sobre la jaula de cristal desde la que Eichmann pretextaba su escrupuloso sentido del deber, comenzó a operar la implacable inteligencia de Hannah Arendt. Comprometida con el sionismo en sus duros inicios, con el tiempo se había ido apartando de todo compromiso ideológico o étnico que hipotecase el puro ejercicio de la razón libre. Ver a una mente prodigiosa en funcionamiento, sobrevolando con majestad las praderas del sentimentalismo o los pantanos del prejuicio, es un espectáculo de la naturaleza que sin embargo suele sacudir con temblores de suspicacia las entendederas del hombre común, habituado a conducirse en la vida por intuiciones, afectos y sobre todo intereses.

Pero Arendt era alemana en la mejor expresión de la nacionalidad alemana: discípula aventajada –tanto que acabó en su cama– de Martin Heidegger, alumna de Husserl, discutidora de Karl Jaspers y Theodor Adorno, compañera de Walter Benjamin. Como esos grandes lúcidos del siglo XX –Camus, Aron, Chaves Nogales–, Arendt era incapaz de mentirse a sí misma, operación tan recomendable para sobrevivir. Rompió con Heidegger cuando este (que le había soltado a Thomas Mann aquello: “Sí, puede que Hitler sea un bárbaro, ¿pero has visto qué manos más viriles tiene?”) se sacó el carné de la esvástica. Pero tampoco quiso hacer fácil carrera a lomos de la revancha intelectual sionista. Ahora se hallaba frente a Eichmann en Jerusalén, y no había estudiado y pensado tanto para acabar escribiendo la crónica que se esperaba de ella: la de la escritora judía que con su celebrada pluma vengaba a la raza afrentada en la figura monstruosa, totémica y sumaria de Eichmann, el teniente coronel de las SS encargado literalmente de llenar los trenes con los hijos y las hijas de Abraham rumbo a Auschwitz. No: Arendt estudió a aquel alemán calvo y anguloso en su jaula, escuchó sus alegatos de burócrata desapasionado, verificó la absoluta falta de convicción e ideología de aquel ordenanza del terror, constató el abismo filosófico que se abría entre la magnitud del mal causado y la mediocridad del autor necesario, y decidió escribir sobre todo ello.

El resultado fue la conocida tesis de la banalidad del mal, que como titular no está nada mal, y que los columnistas de tertulia citan sin haber leído a Arendt. En todo caso se trata de una tesis hoy comúnmente aceptada, casi un lugar común del pensamiento del siglo XX, pues el tópico suele ser el tributo que el paso del tiempo rinde a las ideas audaces. El mal industrializado, la desconocida dimensión de terror aportada por el hombre totalitario solo requiere burócratas obedientes que prescindan de una única cosa: de la facultad de pensar. Pensar nos hace personas; renunciar al pensamiento propio nos coloca en el disparadero de la animalidad, aunque vistamos con decoro, besemos a nuestros hijos al acostarnos y nunca falte leche en el plato de nuestro gatito.

Esta idea deshace un escándalo falaz muy cacareado todavía incluso entre nuestros blogueros de referencia: ¿cómo es posible que el país más culto de la tierra, la cuna de la música y la filosofía modernas, se entregase en masa y con entusiasmo digno de mejor causa al macroproyecto criminal de un lunático evidente como Adolf Hitler? Algunos se preguntan esto con la aviesa intención de desmerecer la figura del intelectual contemporáneo, que sería alguien vendido sistemáticamente al poderoso de turno con la mira laboral puesta en una remunerada comisaría política. Bien, yo a esos desalmados logreros con estudios o a esos fanáticos de la idea que tanto proliferaron durante la centuria pasada no los quiero confundir con el intelectual digno de ese nombre, el que ahora reivindico en la figura de Hannah Arendt y que estos días se ha celebrado en la efigie ya canonizada de Camus. Es que casi parece que ser un analfabeto o un periodista deportivo te evita la pertenencia a una nómina de genocidas, y que al oír la palabra cultura hay que llevarse la mano a la pistola, que decía aquel. Pues no. Es mentira eso de que Alemania era la nación más culta. Porque no hay naciones cultas: cultos son solo los individuos, y hay muy pocos porque cuesta muchísimo hacerse una verdadera cultura, una cultura hondamente sentida y masticada, conectada con nuestra ética y confrontada a nuestros prejuicios, vigilante insomne del proceder diario, capaz de romper nuestros vínculos económicos, políticos, familiares, amorosos, patrióticos y étnicos. Todos esos vínculos rompió Arendt para defender su verdad, porque creía que tenía razón. Y lo cierto es que la tenía y que se equivocaban todos los demás.

Los alemanes se entregaron a Hitler pese a la aptitud nacional para el solfeo porque Hitler les decía lo que querían oír: que iban a ser superhombres en un reich que duraría mil años. Es en ese momento cuando deben elevarse las voces críticas que pregunten el precio que va a costar eso. Y los consejos judíos de Europa, dice valientemente la judía Arendt, durante ese tiempo clave en que aún se puede evitar la catástrofe mediante la denuncia, callaron; cuando Hitler comenzó a expandirse y a pisotear los derechos de otros pueblos, siguieron callados; y cuando finalmente fueron a buscarlos a ellos ya no quedaban resistentes con voz audible. Arendt no quiere ahorrar ninguna responsabilidad en el desastre, pero eso era demasiado para los lectores del New Yorker, la revista de la intelectualidad americana de extracción mayoritariamente hebrea.

Arendt se atrevió a escribir desde las inhóspitas afueras del sentimiento y de la tribu y lo pagó con el ostracismo. Sus amigos judíos (o los que ella creía que eran sus amigos) le dieron la espalda y tuvo problemas económicos por la sombra de sospecha que se extendió sobre su firma. La acusaban nada menos que de defender a Eichmann por la sencilla razón de no haberle pintado cuernos y rabo; de no proporcionarles un objeto de odio concreto contra el que realizar la catarsis de todo un pueblo. Le daban lecciones los judíos neoyorquinos que jamás habían visto a un nazi de cerca. No sientes nada por tu pueblo, le reprochaban. Y ella, como liberal congruente, contestaba que no tenía por qué sentir nada por su pueblo, sino por las personas, por sus amigos, por los que creía sus amigos.

A Norman Mailer le he leído la mejor crítica a la tesis de la banalidad del mal: “Eichmann, superficialmente hablando, era un hombrecito, un hombre de aspecto común, vulgar y opaco, pero suponer por lo tanto que el mal mismo es banal me impresiona como exhibir una pobreza de imaginación prodigiosa. (…) A los liberales no les gusta creer en el vasto poder del inconsciente o la auténtica capacidad asesina de la mayoría de la gente común. Aceptar la superficie por la realidad es ejecutar el reflejo liberal fundamental”. Y a continuación incurre en la antecitada referencia a la nación más cumplidora de la ley, cuyo inconsciente “era realmente un lugar de espantosas emboscadas y horrores”. Se trata del reparo obvio que le pondría cualquier novelista experto a un filósofo demasiado seguro de sí, al que supera en capacidad para fabular el submundo interior del personaje más aparentemente rutinario. Lo que ocurre es que la ficción solo puede aspirar a construir mundos verosímiles, no balances empíricos y mucho menos procesos judiciales. Desde luego, de los miles de folios que ocupan los interrogatorios a Eichmann y que Arendt leyó con cuidado, la filósofa no pudo extraer una sola pista que delatase los abismos interiores del psicópata o el plan maquiavélico del criminal consciente. Así que lo más probable es que Adolf Eichmann fuera en efecto el burócrata banal y cumplidor que retrató la reportera de The New Yorker.

Es posible de todos modos que Arendt contrajera en Jerusalén un síndrome muy común a todo reportero obligado a realizar una cobertura prolongada, y que podríamos bautizar, parafraseando, como síndrome de la banalidad del reportero. Nos pasa a cualquier cronista parlamentario, que semana a semana perdemos el respeto a la sede de la soberanía etcétera. Un día acudí a la Audiencia Nacional para escribir sobre el juicio a Txapote, el tipo que había descargado su nueve milímetros Parabellum sobre la nuca de Miguel Ángel Blanco; a mí, que era nuevo, me impresionaba la presencia del reo, no podía despegar la mirada de aquel hombre tranquilo, incluso apuesto, que jugueteaba con las manos a cinco metros de mi libreta. Pero mientras yo me maravillaba de la rutinaria compostura del asesino, mis colegas especializados en información de tribunales encerraban mentalmente todo aquello en 30 segundos para el boletín de mediodía, y ni siquiera les daba para una pieza especialmente noticiosa. Quiero decir que Arendt el primer día no podría quitar ojo a Eichmann, pero a la séptima jornada de tomar apuntes repetitivos en la sala de prensa una sensación de fraude empezaría a tomar cuerpo en su cabeza, preparando la exploración del concepto de banalidad. Puedo imaginarme muy bien que fue así como ocurrió (lo cual subraya la productividad periodística de la cobertura in situ). La reportera defraudada, una enorme expectativa escamoteada por la vulgaridad, un giro novedoso en la consideración de aquel histórico proceso. Solo muchos meses más tarde, cuando granizaba sobre su trabajo la indignación del público general y de la comunidad judía –la suya– en particular, acertaría a distanciarse un poco de su revolucionario concepto, matizándose a sí misma en una sentencia con resonancia cristiana: “El mal no puede ser banal y radical a la vez; el mal puede ser extremo y banal, pero consciente y radical solo puede ser el bien”. En el Calvario, Cristo sería el artífice del bien radical y consciente, que es la redención del género humano, mientras que Pilato sería Eichmann. El burócrata necesario.

Para qué sirve la literatura, le preguntaron una vez al Nobel judío Joseph Brodsky. “Una persona que ha leído a Dickens jamás disparará contra alguien”, fue la respuesta del poeta. Teniendo en cuenta que David Copperfield es lectura obligatoria en la niñez anglosajona, muchos asesinos habrán leído a Dickens. Pero una cosa es leer y otra muy distinta es leer, como saben ustedes. Brodsky, Arendt, se refieren a leer pensando. Se refieren a individuos cultivados de verdad, a la cultura como agua incombinable con el aceite del mal.

El tiempo ha premiado con sólido prestigio el coraje intelectual de Arendt ejercido contra su propio sentido de pertenencia, traducido en la hostilidad de una opinión pública que, esta sí, se probó banal. “Intentar comprender no significa justificar”, dice su intérprete en la película. Piénselo el hombre-masa, el que se considera alfabetizado por leer dominicales y bajarse series, antes de decretar su próxima fatwa.

(Publicado en Suma Cultural, 23 de noviembre de 2013)

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