Estamos todos un poco trufados

Eso declaró hoy, en la última intervención del insufrible debate de los Presupuestos, Cristóbal Montoro tras confundir a Carlos Salvador con un Sebastián, supongo que Miguel Sebastián, o bien el cangrejo de La sirenita, o el mayordomo de Clara, la amiga de Heidi. No se nos ocurren muchos más.

–Estamos todos ya un poco trufados.

Pero olvidó usted el suplemento del verbo, don Cristóbal, que es lo que conferiría algún sentido a la frase: ¿trufados de qué? ¿Trufados de dinero, como asegura Botín, suponemos que por experiencia? ¿Trufados de cifras a favor y de realidades en contra? Hemos superado la recesión, dice el Banco de España, pero quizá lo que quiere decir es que estamos trufados de recuperación económica, que es una fórmula más compasiva con los hechos, menos pretenciosa que declarar con entusiasmo la inauguración de la prosperidad.

Por eso, a falta de suplemento don Cristóbal enunciaba esta mañana una verdad espontánea con su frase a medio construir. Estaban sus señorías tan trufadas por día y medio de debate presupuestario que tras la frase de Montoro se procedió a la votación a fin de evitar que la trufa nacional se desbordase definitivamente.

A las nueve de la mañana se reanudaba la sesión abierta en la tarde del martes y el hemiciclo comparecía desértico como pedía la ocasión, porque eso de que la Ley de Presupuestos es la cita más importante del año legislativo no pasa de fanfarronada administrativa, de postureo de funcionario. En términos políticos se trata de una sesión amortizadísima por la mayoría gubernamental, y en términos retóricos lo mismo porque los portavoces llegan vaciados al escaño después de pasar semanas criticando las cuentas en las radios y en las teles.

Los pocos diputados montaraces que no tenían otra cosa mejor que hacer que asistir al debate parlamentario de los Presupuestos Generales del Estado estaban mentalmente muy lejos de allí, deslizando el dedo por el iPad, leyendo El País o hablando por el móvil como Casillas en el banquillo: tapándose la boca. Toni Cantó (o Cantuvo) consultaba (¿incendiaba?) Twitter, otros escribían en su portátil, Sánchez Llibre tomaba notas, Irene Lozano llegaba tarde embutida en una bata galáctica, el diputado popular Javier Puente –así apellidado porque colinda con el Mordor parlamentario que empieza en Amaiur– le preguntaba cosas al portavoz abertzale Larreina, Soraya Rodríguez se acercaba al escaño de Rosa Díez y esta le elogiaba la falda, una diputada de vaqueros burdeos se cambiaba de asiento para poder tener a alguien con quien charlar y el resto sesteaba con los ojos abiertos. Y tampoco estamos seguros de que no llevasen gafas con pupilas pintadas.

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23 octubre, 2013 · 16:35

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