Las ansias infinitas de entrar en la RAE

“Quienes me conocen saben que entre las ambiciones legítimas que he perseguido no se encontró nunca la de ingresar en esta docta casa. Y no porque no me ilusionara la idea, sino porque veo a esta Institución tan encumbrada en el reconocimiento de nuestros conciudadanos, y tan arraigada en la historia de nuestro país, que no podría creerme yo ni con los méritos ni con los apoyos necesarios para aspirar a ocupar uno de sus sillones”.

La cita corresponde al discurso de entrada en la Real Academia Española de Juan Luis Cebrián, a quien una decisión salomónica como pocas otorgó la dignidad de ingresar en la RAE a la vez que a Luis María Anson. Es una cita paradigmática de lo que la retórica clásica llamaba captatio benevolentiae: la estratagema de predisponer al auditorio en tu favor blasonando de una indignidad personal que tu propia posición de orador desmiente sutilmente. Al público le conmueve tu falsa modestia y te presta atención. Cebrián declara no haber ambicionado jamás la altísima condición de académico –cómo osaría yo, les dice a los sabios de la patria–, pero si aquel 19 de diciembre de 1996 no se hubiera pronunciado el apellido Cebrián junto al de Anson, el prestigio secular de esa Docta Casa que tan inalcanzable le parecía a don Juan Luis habría quedado arrasado bajo llameantes editoriales de El País.

Este año la Española cumple tres siglos exactos de limpieza, fijeza y dación de esplendor. Pronto sus integrantes empezaron a ser llamados “inmortales”, como si el ingreso en la RAE garantizara un sillón simétrico en el Parnaso. El hecho es que todas las inteligencias hispanohablantes con alguna conciencia de méritos humanísticos ambicionan en secreto –o abiertamente– cruzar el docto umbral. La ambición suele ser tanto mayor cuanto más desafiantes son las invectivas que el frustrado aspirante dirige contra el elitismo y la caspa que se le presuponen a la Academia. Así Umbral, cuyos puyazos columnísticos a “Don Concha” –Víctor García de la Concha­ dirigía la RAE en los años en que más sonó la candidatura umbraliana– disimulaban mal la querencia del gran articulista por el sillón que sí lograron otros articulistas geniales como Wenceslao Fernández Flórez, José María Pemán o Julio Camba. En Camba, por cierto, no había sombra de falsa modestia cuando rechazó a Dámaso Alonso el sillón que le ofrecía:

–Me ofrece usted un sillón y yo lo que necesito es un piso –le espetó el insobornable inquilino del Palace.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

Otros célebres escépticos de la gloria académica vienen consignados en el ameno discurso de ingreso del filólogo Pedro Álvarez de Miranda en 2011, que trata precisamente sobre los discursos de ingreso y sobre cuya pista me puso Yolanda Gándara. Pérez de Ayala fue elegido por unanimidad en 1928 pero nunca escribió su discurso, como tampoco lo hizo Unamuno, electo en 1932. Ambos habían criticado tan duramente a la RAE que su rechazo no sorprendió; con humor, Laín justificaría la elección de Unamuno “por la calidad y la índole de su antiacademicismo”. Tampoco Antonio Machado se veía académico, y aunque fue elegido en 1927, a su muerte sólo había dejado un perezoso borrador. Benavente, elegido en 1912, transcurridos 30 años seguía sin entregar la pieza oratoria debido a un temor supersticioso: algunos provectos académicos habían muerto al poco de leer su discurso y estaba convencido de que le pasaría lo mismo. Al parecer acabó muriendo de todas maneras.

Lo normal, en todo caso, es perder el culo por entrar en la RAE. El caso más recordado es el de Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, cacique imbatible y conspirador impenitente. Tras una larga carrera haciendo y deshaciendo –fue diputado ininterrumpido desde 1886 hasta 1936–, Romanones empezó a sentir que su nombre quedaría excluido de toda gloriosa participación en el mañana a menos que una institución menos sospechosa que el Parlamento le reconociese como uno de los suyos para los restos. La cultura siempre ha servido para lustrar las manchas de la política, y no hay sede más aquilatada de lo cultural que el caserón de sabios del barrio de los Jerónimos. Blandiendo una modesta producción historiográfica y jurídica se puso a perseguir la nominación a la Academia con denuedo de niño caprichoso. Su nombre fue finalmente propuesto y él, para amarrar el resultado, al más puro estilo caciquil visitó casa por casa a cada uno de los académicos electores. Todos le prometieron su voto. Pero antes de que llegase el día en que tocaba debatir su ingreso, el Gobierno cayó y don Álvaro se vio en la bancada de la oposición. Allí lo encontró el ujier que le comunicó la noticia: su candidatura no había fructificado. Romanones, atónito, preguntó cuántos votos había obtenido. “Ninguno, señor”, contestó el ujier. Entonces don Álvaro hizo una pausa melancólica, se resignó a constatar el crecimiento de los enanos en el circo de su España y musitó célebremente: “Joder, qué tropa”.

Otro fracaso aristocrático lo protagonizó hace no tanto el marqués de Tamarón, por nombre Santiago de Mora-Figueroa y Williams, que tiene un impresionante currículo diplomático pero contaba sólo dos o tres libros ­–y uno de artículos recopilados­– en su haber cuando concurrió a la votación. El marqués, a diferencia del conde, acató el veredicto desfavorable con caballerosidad de buena cuna.

Habría que matizar mucho esa cédula de inmortalidad que una generosa tradición concede a los académicos. El escritor verdaderamente inmortal lo es por su obra al margen de que termine su vida ocupando un sillón de la Española. Y viceversa: si la aportación de un novelista o un periodista o un filólogo a sus respectivas disciplinas resulta mediocre, el hábil politiqueo que le haya granjeado el escaño académico no bastará para reservarle un sitio en la memoria cultural del país. No nombraré ilustres culos con asiento vigente en la RAE. ¿Pero quién se acuerda hoy de Jacinto Octavio Picón, bibliotecario de la RAE cuando en 1921 atendió para su desgracia la visita del corrosivo reportero peruano Alberto Guillén, autor de La linterna de Diógenes? En ese libro diabólico se recoge este coloquio que ya cuestionaba el mérito y la sindéresis de según qué académico:

»–Hoy se hace del idioma lo que se quiere, se le aplebeya, se le envilece, se le hace hacer cosas propias sólo de un payaso o una meretriz. ¡Si no fuera por la Academia!

–¿Qué cosa hace la Academia, señor Picón?

–¡Qué ha de hacer! Vela por la pureza del idioma, cierra las puertas a los vicios, hace los diccionarios, define las palabras. Y ya sabe usted lo que cuesta definir una cosa; no hay nada más difícil. ¡Coño!

Español: Retrato de Gertrudis Gómez de Avellan...

Gertrudis Gómez de Avellaneda chocó contra el sólido machismo académico (óleo de Federico Madrazo, 1857).

Estudio aparte merecen las mujeres. A María Isidra de Guzmán la admitieron como académica honoraria en 1784, pero la primera en postularse abiertamente fue la escritora de origen cubano Gertrudis Gómez de Avellaneda. Se debatió el caso, pero una sociedad que prohibía a la mujer acceder a las bibliotecas públicas no iba a hallar respaldo fácil en los señores académicos. El veto a Gómez de Avellaneda sentó jurisprudencia machista, y contra ella se estrellaron los incuestionables méritos de Emilia Pardo Bazán, cuya pretensión académica zanjó el venenoso Juan Valera: “Harían falta dos sillones libres para tan robustas posaderas”. Más sangrante si cabe fue el veto a María Moliner, que en 1972 compitió por un sillón con el lingüista Emilio Alarcos Llorach. A la hoy venerada lexicógrafa le cerraron la puerta bajo acusación de intrusismo, pues era historiadora y no filóloga. Fue el último veto imputable a discriminación, y pocos años después ingresarían con normalidad Carmen Conde, Ana María Matute, Carmen Iglesias, etcétera. Hoy solo hay 6 académicas entre 46 plazas, pero si la RAE se empieza a regir por cuotas, pronto el diccionario lo acabaremos haciendo por Whatsapp.

(Revista Leer, número 246, Octubre 2013)

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2 octubre, 2013 · 12:17

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