Ciudadanos antes que afiliados quedan pocos en su partido. Poquísimos. Pero si no lo calló ETA tampoco va a hacerlo el miedo a los expedientes intimidatorios del sanchismo. Redondo Terreros sigue siendo un ejemplo de coherencia, lo mismo solo que acompañado.
¿Está resuelto el expediente que le abrió el PSOE?
El expediente concluyó hace casi un año con mi absolución, después de mis alegaciones. Quedó abierto el de Leguina.
El último maldito de la tele no ha encontrado todavía redención, pese a que muchos vivieron después de imitar sus atrevimientos. Cruzó cada noche el río de la irreverencia. Prohijó a Gistau y guerreó con Pedro J. Padeció a fondo la persecución del cuché. Lideró todas las listas negras como había liderado las audiencias. Bajo su barba de forajido de western conserva la voz profunda del comunicador hipnótico. Pepe Navarro (Palma del Río, 1951) rompe al fin su largo silencio para denunciar la paz del cementerio catódico español.
¿Cómo conociste a David Gistau?
Creo que fue en 1997. Habíamos terminado el Mississippi y empezábamos La sonrisa del pelícano. Él era uno de los candidatos a guionista que había presentado trabajos y le escogimos. Y desde el primer momento hubo una cierta compenetración. Él nunca había hecho televisión y el equipo era casi nuevo porque Telecinco se quedó todos mis guionistas menos un par, así que tuve que montar otro equipo.
No dejo de pensar en la frase que me dijo el otro día Nicolás Redondo Terreros: «La Transición no fue un producto de nuestra historia sino de nuestra voluntad». Hasta aquel hito del optimismo de la voluntad había gravitado sobre nuestra historia ese fatalismo de la experiencia -asonadas, guerras, dictaduras- que hizo escribir a Gil de Biedma (Blas Otero para los amigos) los versos famosos: «De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal». Pero ese poema no expresa la asunción de los males de España como una metafísica, como una condena inexorable y tentadora porque absuelve a los culpables concretos, sino la convicción liberal de que la desventura del país obedece a los vulgares negocios de su mal gobierno. Claro que para saber eso hay que leerlo entero, actividad que Sánchez no practica ni con su tesis ni con sus programas ni con sus leyes.
Con 37 años en sus pequeñas piernas y el rostro colorado por el impacto de un rebote se marchaba Luka Modric de la historia de los Mundiales en el minuto 80 de una semifinal perdida. Todo el estadio lo aplaudía pero él, incapaz de permitirse unos dulces segundos de vanagloria legítima, siguió hasta el final centrado en lo importante: chocar las manos de sus compañeros en el banquillo. Así se marchaba una leyenda y así dejaba en pie otra aún más grande llamada Leo Messi.
El 21 de julio de 2018 escribí que Pablo Casado había sido capaz de «levantar en mes y medio un liderazgo propio». Ese mes y medio era el tiempo transcurrido entre la traumática moción que desalojó a Rajoy de La Moncloa yel arranque de un proceso de primarias sin precedentes en el PP. Apurando el cáliz de la humildad confesaré que la columna llevaba por título El parto de un líder. Los hechos han demostrado que me equivoqué con estrépito, y es justo reconocerlo en este purgatorio de vanidades que ha ideado brillantemente Leyre Iglesias para atormentar el ego del columnista y expiar antiguos pecados de opinión, desatinos atropellados bajo la rueda de la actualidad y velados piadosamente por el olvido.
Suena el teléfono en el despacho de cierto directivo de medios de orientación progresista.
-¡Buenos días, presidente! Qué sorpresa.Normalmente hablamos con Félix…
-No está el patio para secundarios. El país necesita mi liderazgo, no sé si captas el doble sentido. Verás, no me complace el modo en que el periodismo independiente está contando mis últimas decisiones. Me refiero a la reforma de la sedición y la malversación y a la limpieza en el Poder Judicial.
Vimos envejecer a Luis Enrique en directo como la hierba que crece en las películas de Rohmer. Cada gatillazo ofensivo de su España roma era una cana más en su cabeza confusa. Luis Enrique ha sido siempre un invento de los periodistas que nos aburrimos sin gente como él, alguien de mediano talento como jugador y como entrenador que libra cruzadas aparatosas contra la prensa bajo nuestra mirada de curiosidad y nuestros murmullos de misericordia. Tuvo que ser Marruecos el país que bajara violentamente el telón de esta farsa idiota que todavía puede ser más idiota si el asturiano se empeña en no dimitir hoy mismo. Ojalá conserve al menos el coraje final de asumir su fracaso estrepitoso, perfecto, inapelable. Ojalá no se enroque en el chiringo corrupto de Rubiales para que podamos empezar a compadecerle.