Perfil de Ignacio Prendes: “UPyD fue mi primera novia, con la que cometes todos los errores”

Lo que nos unía.

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Un día estaba Winston Churchill pronunciando un discurso en la cámara de Westminster cuando vio cómo uno de sus diputados, en señal de desacuerdo con lo que estaba oyendo, se levantaba de la bancada tory y se sentaba con la oposición. Entonces el legendario premier interrumpió su perorata y murmuró: «Es la primera vez en mi vida que veo a una rata nadando hacia el barco que se hunde». El barco de UPyD hace aguas por todas partes, pero ni Rosa es Churchill ni son ratas los militantes que cambian el distintivo magenta por el tono naranja ante la derrota -en su doble acepción- impuesta por la gran timonel. ¿Que es el instinto de supervivencia y no el idealismo lo que mueve a quienes rechazan el papel de violinistas en el Titanic de Díez? Puede, pero es que el primer deber de un político es sobrevivir. Si no existes no pueden votarte, y si no te votan no puedes llevar tu querido programa a la práctica.

Cabe recordar, con el calendario en la mano, que primero fue Ciudadanos (junio de 2006), y que su novedoso molde -reformismo, patrocinio de intelectuales, transversalidad- sirvió de inspiración a Díez para fundar UPyD en septiembre de 2007. Esta misma secuencia de siglas se produjo en la biografía política de Ignacio Prendes (Gijón, 1965): tras un temprano desencanto del socialismo, militó brevemente en C’s para acabar incorporándose a UPyD, concurriendo como su cabeza de lista por Asturias en las generales de 2008. Por entonces su alma era inequívocamente fucsia y su voz sonaba al compás de la de Rosa, quien en atención a su lealtad y formación de abogado le encargó la redacción de la ponencia de Organización y Estatutos aprobada en el primer congreso del partido. Formó parte del Consejo de Dirección entre abril de 2008 y el negro día del diciembre pasado en que se citó con Díez en su despacho de la sede nacional de Cedaceros, junto al Congreso: sentados en unas butacas de piel roja le vino a decir que él no se estrellaría con ella y que dejaba los cargos, pero (aún) no el partido. Rosa aceptó sin mucho ruego.

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