Archivo diario: 15 mayo, 2015

Monedero desencadenado

Boceto para otro Rodin.

Boceto para otro Rodin.

Siempre pensé de aquella cursi confesión de Juan Ramón Jiménez («Soy un mártir del perenne proyecto fujitivo») que se ajustaba como un guante al gomoso delirio identitario de Artur Mas; pero tras leer la entrevista en El País a Juan Carlos Monedero, un hombre tan poético que compara las tertulias de la tele de Pablo Iglesias con el tren de Lenin, creo haber encontrado al jinete idóneo para el buen Platero.

El ex pope de Podemos vive montado sobre el perenne proyecto fujitivo de la utopía revolucionaria como Juan Ramón sobre el pollino algodonoso de la poesía pura. Y ha preferido bajarse de la cúpula orgánica antes que apearse del burro doctrinario. Esta fidelidad a la ficción, esta ineptitud para adaptarse a lo posible en que consiste la política adulta nos vuelve irresistible a un personaje como no hay en esa centralidad del tablero que repite el astuto Pablo, este sí un prodigio adaptativo que interpreta la música de camaleones de Capote con partitura dúctil, batuta enérgica y oído fino. Entendemos bien la fascinación de Lomana, cuya vida marcada por el prosaico dinero la predisponía inmejorablemente al turismo del ideal. A falta de Chiapas, valga Malasaña.

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Papá, cuéntalo otra vez

Sócrates en Sol.

Sócrates en Sol.

Sería una pena que el simpático Karl Marx que luce al dorso el móvil de Alberto Garzón -según el modestísimo crédito de red social- resultara un fake. Porque no puede haber mejor imagen para casar comunismo y consumismo en un indisoluble matrimonio de posmodernidad. Lo posmoderno, según Lipovetsky, es una aleación de contracultura y sociedad de consumo que eclosiona en los 60 y que conoce en el mayo francés su clímax emblemático, aparte de un paroxismo de cursilería en el que todavía chapotea la publicidad. La imaginación al poder, prohibido prohibir y otros lemas sonrojantes, ya saben. Aquella revolución de burgueses bohemios se exportó con tanta profesionalidad que no pocos retenes de barricada acabaron de eurodiputados, y todos los hijos de la progresía europea crecieron marcados cruelmente por su iconografía sentimental. Ismael Serrano ha sido su mejor bardo: papá, cuéntame otra vez esa historia tan bonita, parece decir Garzón.

Y vaya si la historia se repite como farsa que no tardó en aparecer por allí Leo Bassi fidelizando clientela. No faltaron el vino (Don Simón) ni las rosas, bien que marchitadas de zapaterismo terminal; y tampoco esas entrañables cargas policiales que fabrican héroes de barriada y brindan al becariato un excitante vislumbre de corresponsalía en Gaza. Entre las jaimas asamblearias de Sol la quinta de la nostalgia reconocía una sucursal de aquel París abierta por algún ministerio del tiempo en el centro neurálgico de Madrid.

Era hermoso, sí, con la belleza que solo comportan los esfuerzos inútiles. Con el calor de la tribu recién formada y su ideario intransitivo y su tiempo estacionado. Con la deliciosa ingenuidad de las primeras citas. Con el arrebato naïf del inocente a fuerza de ignorante. Con la justificación irrebatible de una desesperante tasa de paro juvenil. Y del otro.

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