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Papá, cuéntalo otra vez

Sócrates en Sol.

Sócrates en Sol.

Sería una pena que el simpático Karl Marx que luce al dorso el móvil de Alberto Garzón -según el modestísimo crédito de red social- resultara un fake. Porque no puede haber mejor imagen para casar comunismo y consumismo en un indisoluble matrimonio de posmodernidad. Lo posmoderno, según Lipovetsky, es una aleación de contracultura y sociedad de consumo que eclosiona en los 60 y que conoce en el mayo francés su clímax emblemático, aparte de un paroxismo de cursilería en el que todavía chapotea la publicidad. La imaginación al poder, prohibido prohibir y otros lemas sonrojantes, ya saben. Aquella revolución de burgueses bohemios se exportó con tanta profesionalidad que no pocos retenes de barricada acabaron de eurodiputados, y todos los hijos de la progresía europea crecieron marcados cruelmente por su iconografía sentimental. Ismael Serrano ha sido su mejor bardo: papá, cuéntame otra vez esa historia tan bonita, parece decir Garzón.

Y vaya si la historia se repite como farsa que no tardó en aparecer por allí Leo Bassi fidelizando clientela. No faltaron el vino (Don Simón) ni las rosas, bien que marchitadas de zapaterismo terminal; y tampoco esas entrañables cargas policiales que fabrican héroes de barriada y brindan al becariato un excitante vislumbre de corresponsalía en Gaza. Entre las jaimas asamblearias de Sol la quinta de la nostalgia reconocía una sucursal de aquel París abierta por algún ministerio del tiempo en el centro neurálgico de Madrid.

Era hermoso, sí, con la belleza que solo comportan los esfuerzos inútiles. Con el calor de la tribu recién formada y su ideario intransitivo y su tiempo estacionado. Con la deliciosa ingenuidad de las primeras citas. Con el arrebato naïf del inocente a fuerza de ignorante. Con la justificación irrebatible de una desesperante tasa de paro juvenil. Y del otro.

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Paraíso inhabitado, de Matute

Ana María Matute, de niña.

Ana María Matute, de niña.

[Ha muerto una gran escritora, y el mundo literario, tan cicatero con ella durante los duros inicios, se ha volcado merecidamente en su honor de su primera memoria a la última. De lo que yo tengo leído de Ana María Matute, que no es casi todo ni mucho menos, hay cosas que me gustan bastante y otras muy poco. Perdonadme si desafino del coro, pero no conservo más texto sobre ella que la reseña de Paraíso inhabitado, su última novela, que me encargaron en enero de 2009. Honradamente me pareció una parodia ya de sí misma. Esto es lo que escribí]

Paraíso inhabitado
Ana María Matute
Destino. Barcelona (2008). 400 páginas

La última entrega de la octogenaria Ana María Matute (Barcelona, 1925), la más laureada de las escritoras españolas, consiste en una rememoración de la infancia de la que no sabemos la proporción exacta de autobiografía, aunque se antoja mucha. Esto no debiera importar, salvo en el caso de que la novela imite demasiado el género de memorias. El libro cuenta en primera persona apenas dos o tres años de la infancia de la protagonista narradora, Adriana, que “nació cuando sus padres ya no se querían” y se refugia en la fantasía libresca, en la compañía de las chicas del servicio y en el amor de trágico fin que experimenta por un vecinito del bloque. Si fuéramos comunistas, diríamos que esta obra despide un denso tufo burgués, y nos preguntaríamos qué interés puede tener la infancia y el primer amor idílico de una niña enclaustrada en su piso con tres criadas (nada menos), adonde no llegan apenas ecos de la dramática –esto sí– situación social que acompañó los estertores de la Segunda República. Como no somos comunistas, diremos simplemente que Matute tiene todo el derecho artístico a escoger el escapismo como tema… pero no a escapar de la evolución de su propia disciplina, la novela. Delibes ha contado historias parecidas en el ámbito rural, pero con mucho mayor calado dramático e innovación técnica; Capote es un genio del punto de vista infantil, porque acredita el encanto de una mirada original. Matute, en nuestra humilde opinión, adolece de abierta cursilería en algunos pasajes, abusa de los diminutivos y de un pueril simbolismo –el Unicornio por la inocencia, los Gigantes por los adultos– y peca de imprecisión constante: “sentí algo que”, “percibí como si”, “no sé por qué pero intuí que”. Una novela, y más con las expectativas que genera su autora, debe responder a un propósito más rico que el de una exposición personal de recuerdos melancólicos. O al menos, debe justificarlos por un arduo conflicto argumental, una prosa de poderosos recursos –aunque la autora conserva su estilo preciso y ordenado– o una penetración psicológica sobresaliente.

Se ha saludado esta obra –por ser de quien es– como una obra maestra; lo sería si se tratase de aplicar la fórmula proustiana al mundo interior de una niña española de preguerra, no de seducir al lector del siglo XXI.

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No intentéis hacer lo de Salinger en casa

Pynchon visto por Los Simpsons.

Pynchon visto por Los Simpsons.

En una sociedad que profesa la religión de los quince minutos de gloria warholianos no hay peor herejía que el anonimato voluntario. El éxito de las redes sociales se explica fácilmente: es la alquimia tecnológica que otorga al fin el premio de una fama efímera a la banalidad cotidiana del hombre y la mujer mesocráticos, anodinos, mediocres, ahogados en el bullicio deshumanizador de la gran ciudad. Hay la promesa de una breve proyección del ego al alcance de todas las cuentas. La búsqueda de una personalidad propia empieza a no ser un requisito de maduración vital sino el contenido exportable de un blog. Por eso sorprende tanto que las personalidades verdaderamente poderosas, las que manan originalidad y talento de un modo natural, opten por la reclusión obsesiva y la intimidad a cal y canto.

Pero quizá no debiera ser tan sorprendente; quizá la vulgaridad propenda necesariamente al exhibicionismo como lenitivo de la insoportable levedad del ser. Quizá el silencio y la excelencia se celen mutuamente, como parece probar la historia de la genialidad humana, lo que no libra al discreto de la sospecha de que en realidad no tiene nada que decir.

Sea como fuere, se anuncian novedades librescas que involucran a Jerome David Salinger y a Thomas Pynchon, los dos últimos grandes reclusos y malditos de las letras estadounidenses si exceptuamos al suicida David Foster Wallace, cuyos inéditos últimamente proliferan de un modo que pone en peligro la sacral condición underground del autor de La broma infinita. Salinger resucita con fuerza en Estados Unidos, donde acaba de publicarse The Private War of J.D. Salinger (en España la publicará Seix Barral bajo el título genérico de Salinger), una biografía de 698 páginas que ha llevado nueve años y 1,5 millones de dólares de trabajo a sus autores, Shane Salerno y David Shields. Salerno es también responsable de un documental sobre la vida del legendario autor y del anuncio más esperado de las letras anglosajonas, según el cual Salinger (Nueva York, 1919 – New Hampshire, 2010) dejó instrucciones medio cabalísticas para dar a la imprenta cinco manuscritos a partir del quinto año de su muerte y durante los cinco siguientes. Eso supone que entre 2015 y 2020 verán la luz La familia Glass, una colección de cinco relatos protagonizados por la mítica familia de Franny and Zooey; otra colección de cuentos que bajo el título, The Last and Best of the Peter Pans (Lo último y lo mejor de los Peter Pans) contiene al parecer nuevas historias sobre los mismísimos Caulfields, con presencia del inolvidable narrador de El guardián entre el centeno; un manual de Vedanta, corriente del hinduismo en donde recaló definitivamente tras su paso por el estoicismo de Epicteto y el budismo zen; y por último dos nuevas novelas: una inspirada en su corta relación con su primera esposa, Sylvia Welter, y otra basada en sus traumáticas experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, en la que participó a partir de 1942, portando el manuscrito a medias de El guardián entre el centeno y sentándose a aporrear la Olivetti en mitad del caos como en la Primera Guerra Mundial hiciera otra alma atormentada y genial que parió entre trincheras el Tractatus: Ludwig Wittgenstein. A ver cómo escribimos ahora obras maestras en esta Europa tan pacífica.

Así que se ha declarado el cerco total al enigma salingeriano, y sus innumerables lectores –¿quién no ha fantaseado con la muerte de Salinger para tener acceso por fin al inédito más precioso de su cajón blindado de Cornish, New Hampshire? – nos beneficiaremos de ello. Otra cosa, como bien apuntaba en Tercera de ABC del 9 de septiembre el crítico Juan Ángel Juaristo, es que vaya a resolverse “el supuesto misterio de su personalidad, cuando probablemente no haya nada que resolver”. La neurosis siempre es enigmática, pero más allá de la obvia estrategia publicitaria que late en este boom Salinger –y del que participó lucrativamente su propia hija Margaret cuando en aquella biografía parricida reveló que su padre ingería su propia orina y que no le compró aquel osito rosa que tanto le gustaba– estamos de acuerdo en que la opción radical por el enclaustramiento, aunque puede llamar la atención del público general, ni necesita claves hermenéuticas inconfesables ni hace más interesante a un escritor. Salinger figura en la historia de la literatura por haber alumbrado una forma nueva y eficacísima, insuperable, de narrar la ambigüedad conmovedora que sacude el corazón humano en su estadio adolescente; también por haber engendrado narraciones de una potentísima carga metafórica bajo su aparente costumbrismo, y por retratar la genialidad psicológica de una familia de superdotados. Y creo que esas virtudes estrictamente literarias son las que sostienen el éxito de Salinger, como se sostiene el prestigio de todos los raros que Vila-Matas reunió en su ya clásico Bartleby y compañía. Por el libro desfilan los genios de la escritura que un día prefirieron no hacerlo pero que para entonces ya habían conquistado la gloria, o su renuncia no sería noticia.

Thomas Pynchon (Nueva York, 1937) no está muerto todavía pero como si lo estuviera. La más reproducida de sus fotografías, a falta de otra cosa, lo viste de marinero durante el servicio militar. Y no hay mucho más, aunque se sabe que vive y pasea por Manhattan. Sus 76 años de vida sólo han dado para ocho obras: la octava, The Bleeding Edge, acaba de salir del horno y al parecer es una novela ambientada en la Nueva York de los meses previos al 11-S y del pinchazo de la burbuja de las “punto.com”. La fobia social de Pynchon, que ya publicó otra novela –Vicio Propio, en vías de ser adaptada al cine por otro raro, Paul Thomas Anderson– hace tres años, no conlleva el mutismo radical de Salinger, quien sólo rompió su encierro para conceder una entrevista telefónica a The New York Times en 1974: “Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer”. Claro que la comparación entre ambos genios neoyorquinos puede antojarse apresurada: “Mientras uno optó por meterse en una platónica gruta en New Hampshire, el otro se hizo escurridizo, ilocalizable”, distingue con lucidez Antonio Villarreal en un artículo reciente.

Sea cual fuere la forma y el grado que adopte la misantropía, no creemos que se trate precisamente de un rasgo escandaloso en un escritor, cuyo oficio exige soledad como el de periodista exige ruido. Los casos en este mismo siglo son demasiado numerosos y relevantes como para considerar el de escritor furtivo un paradigma extravagante: Rulfo, Onetti, Cormac McCarthy –que concede una entrevista cada diez años–, la Nobel Elfriede Jelinek, la eterna candidata Joyce Carol Oates, nuestros Carmen Laforet y Sánchez Ferlosio y un largo etcétera de eremitismo temperamental. La dolencia no es privativa del escritor: tenemos documentados casos sonoros entre artistas de todo género; incluso entre los talentos del séptimo arte, que es el arte popular por definición, topamos con el divismo inaugural de Greta Garbo o la manía de clandestinidad de Terrence Malick. El mayor guionista de Los Simpsons, John Swartzwelder, es otro huraño célebre al que quizá por eso mismo –por una como empatía de antipáticos– le hizo Pynchon el favor incalculable y bienhumorado de prestar voz a su propia caricatura en dos capítulos de la aclamada serie televisiva. También los grandes empresarios contraen en ocasiones la enfermedad de la discreción absoluta, siendo Amancio Ortega el icono paradigmático; aunque quizá aquí el morbo se limita al deseo pancista de que nos cuente cómo amasó su fortuna.

Ahora bien. Hemos de aconsejar al aprendiz literario que no intente hacer esto en casa. El bartlebysmo –sin duda el más sofisticado de los esnobismos– sólo funciona en los medios cuando el protagonista ha hablado alto y claro con anterioridad. El silencio sólo es atractivo cuando el que calla ha contado lo suficiente como para que sepamos que aún tiene mucho que contar.

(Publicado en Suma Cultural, 21 de septiembre de 2013)

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Cómo sobrevivir a un spa

Toda experiencia iniciática merece un artículo. La muerte de un ser querido, tener un hijo o firmar un contrato de trabajo en España constituyen ritos de paso tan excepcionales que enseguida estimulan el deseo de compartir su relato. El otro día, fundidos mis prejuicios por la canícula basáltica de Madrid centro, decidí afrontar uno de los pocos ritos de paso que la vida aún me reserva: completar un circuito de spa urbano.

Existen dos teorías principales para explicar el origen del término: una remite al pueblo belga de Spa, famoso por su circuito de F-1 y unos siglos antes por el sibaritismo de sus termas romanas; la otra pretende un acrónimo de la expresión latina salus per aquam (“salud a través del agua”). El caso es que el exótico préstamo ha hecho fortuna en el habla cotidiana de las parejas de clase media, que no pueden durar si no cuentan pronto a sus amigos la experiencia recreativa de estos chapuzones entre glamurosos y papanatas, tan viejos por otro lado como los acueductos romanos y los baños árabes.

Lo que más me preocupaba de acudir a un spa, aparte del dinero, era el masaje. Por poco sentido de la propiedad privada que uno tenga, un masaje a manos de un extraño siempre comporta una intrusión más o menos violenta en lo más profundo del ser humano, que según Valéry es la piel. Del masajista no sabemos nada, no conocemos su aptitud académica ni su filiación política, ni siquiera hemos tomado una copa previa con él para romper el hielo. Uno no es precisamente Mendicutti, que ha hecho de la mariconería masajística un género estival de columna por lo demás tediosa. En el viril caso que nos ocupa, un masajista demasiado cariñoso podría incomodar a mi orgullo, y una masajista en exceso complaciente podría enfadar a mi novia. Ocurrió finalmente la hipótesis más cómica, pero dejemos que el masaje realice su función de traca final en este rito macabro.

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2 septiembre, 2013 · 17:34

La función fática en Roberto Fontanarrosa

A la mayoría de los españoles, por no hablar de las españolas, les fascina el habla argentina. Incluso aquellos que declaran su empalago mientras espantan a los repartidores de flyers de la calle Huertas reconocerán que hubo una época en que aceptaron todo chupito anunciado por boca de argentino. Por eso les darán ese trabajo, calculo. Al árido oído del castellano tiende a seducirle esa mezcla de musicalidad italiana y casticismo español que fluye en suaves pendientes, en graciosas cadencias, intercalando arcaísmos de evocación colonial y juramentos en teoría agresivos que suenan inevitablemente tiernos. La primera noche en que a uno le amenaza un argentino con cagarle a trompadas por pelotudo, no hay forma de sentir ese grato calor previo a la violencia. Más bien hay que esforzarse por no estallar en carcajadas y terminar invitando a copas al gaucho confundido.

A diferencia del español, que no tiene alternativa, el escritor argentino puede elegir entre el empleo de la variante dialectal —que es su código materno y cotidiano— o el seguimiento de la norma académica a la hora de confeccionar su obra. O puede manejar ambas con idéntica pericia, alternando el uso del más alto castellano con la incursión creíble en la literatura gauchesca, como es capaz Borges en Hombre de la esquina rosada. Sin embargo, escritores como Borges, Cortázar, Sábato o Lugones sabían que atenerse a la norma académica les proporcionaría más lectores, más prestigio y más seguro pase a la inmortalidad que el desinhibido cultivo de su localismo natural. Correlativamente, los autores argentinos que han preferido expresarse en dialecto asumen el coste que siempre comporta la opción de lo particular.

A este segundo grupo pertenecía Roberto «Negro» Fontanarrosa (Rosario, 1944 – Rosario, 2007), quien no aspiraba a ganar el Nobel y cuyos cuentos, declaraba, no le van a cambiar la vida a nadie, dándose por bien pagado con que un lector le parara por la calle para decirle que «se había cagado de risa» leyéndolos. La exactitud es la más genuina de las modestias y efectivamente los cuentos de Fontanarrosa, que he pasado leyendo este verano, no me han cambiado la vida, pero sí me he cagado de risa con ellos. Así que Fontanarrosa es un artista honesto, aquel que da lo que promete, y eso es más de lo que logra la mayoría.

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29 agosto, 2013 · 16:39

El urgente ideario de Miguel Mihura

Cuando Mihura estaba a punto de nacer, Madrid no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que naciese Mihura y para que naciese otro señor bajito, cuyo nombre no recordamos en este momento, y que también quería ser madrileño.

Así empieza Mihura sus imprescindibles Memorias, libro que conservo en una urna hipobárica sobre mi estantería y que extraigo con mucho cuidado en momentos de confusión o tristeza para recuperar de inmediato el gusto por la vida y la indulgencia hacia el género humano. Porque Miguel Mihura no es sólo el comediógrafo español más importante del siglo XX sino un prosista genial de una ternura y un divertimento nunca convencionales, y yo creo que su genio no tiene nada que envidiar al de Salinger, por ejemplo, aunque a los oídos beatos del papanatismo español este ponderado juicio suene a herejía.

En estos momentos una de sus mejores comedias, Maribel y la extraña familia, ocupa la cartelera del Teatro Infanta Isabel, y todos ustedes harían muy bien en ir a verla porque el reparto es excepcional –no hay actores ni actrices guapitos de tele contratados para reclamo comercial, y la calidad interpretativa se beneficia decisivamente de esa bendita ausencia– y porque el texto es de Miguel Mihura. La comedia insiste en los temas obsesivos del escritor, pues un escritor sin temas obsesivos está siempre muy cerca de ser un farsante: la denuncia de la hipocresía burguesa, el desafío a las convenciones sociales, la postulación de la alternativa epicúrea, la búsqueda de una ética libre del individuo en un siglo de morales colectivas y la proposición del humor y la piedad como lenitivos artísticos para la crudeza de la vida. No pueden ser temas menos originales, lo cual garantiza que son honestos. El mérito estriba en la amable ironía de su tratamiento, que sólo al final de su vida dejó que se deslizara por la torrentera de la sátira; en la bondad sublimada de los personajes, cuya idealizada factura sirve para combatir la misantropía que aquejaba al propio dramaturgo y a la cual buscaba antídoto en la ficción; en la introducción de recursos vanguardistas que anticipan en décadas el teatro del absurdo cuyo estandarte se apropiarían después Artaud, Beckett o Ionesco, con el precursor inclasificable de Alfred Jarry. La fascinante Tres sombreros de copa (1932) compite en la misma liga en que juegan las obras de estos nombres extranjeros, con la ventaja a mi juicio de un romántico sentido de humanidad, una especie de última calidez franciscana que brilla por su ausencia en la dramaturgia europea del XX, presidida por el escepticismo o directamente por el existencialismo. El personaje de Maribel repite ese arquetipo mihuresco entre lo alocado y lo candoroso, mezcla de mundanidad e inocencia que había inventado con la deslumbrante Paula de Tres sombreros de copa (y que se me ocurre emparentar con la dulce Irma de Billy Wilder). Maribel es prostituta y Paula una vedette de music-hall, y sin embargo ambas reservan no se sabe dónde una pureza de corazón que el atolondrado protagonista masculino termina pulsando, desanudando poéticamente. Y el espectador burgués, en lugar de escandalizarse, termina la función sinceramente conmovido. En ese efecto consiste la maestría inmarcesible de Mihura.

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26 agosto, 2013 · 11:47

Novedad y eternidad de Cerdeña

Cala Luna, demasiado multitudinaria para mi gusto.

Cala Luna, demasiado multitudinaria para mi gusto.

Sin juramento puedo hoy creer a la Wikipedia cuando afirma que Cerdeña empata con Okinawa en la cúspide mundial de tasa de longevidad, registrando exactamente 22 centenarios por cada 100.000 habitantes. He pasado en Cerdeña unos días de julio, gastando mi dinero en la industria local de pasta al pesto y crema solar y deteniendo el coche al paso de mammas antiquísimas, padrinescas, cuyas barbillas se agrietan como oscuras ciruelas quemadas por el sol y cuya mirada escudriña al turista con la fijeza montaraz que aquella niña afgana regaló al fotógrafo de National Geographic. Esas viejas sardas que observan luto riguroso, a cuyo lado Bernarda Alba está lista para participar en un casting televisivo de saltos de trampolín, cifran en mi imaginación calenturienta el carácter irreductible de una isla violada por sistema –ha sido fenicia, griega, cartaginesa, romana, vándala, goda, bizantina, mora, aragonesa, austriaca y finalmente italiana, signifique italiana lo que signifique– y sin embargo virgen todavía de civilización en buena parte de su cuerpo montañoso de archipiélago eterno.

Rebusco en su Nuevo Descubrimiento del Mediterráneo la opinión de César González Ruano sobre Cerdeña, pero quia: es la única plaza importante del Mare Nostrum que Ruano no quiso o no pudo visitar, y quedó por tanto sin la glosa vivaz de su muñeca impresionista. El paisaje sardo no se distingue en todo caso del cuadro –consabido y novedoso– con el que nos tiene familiarizados el monte mediterráneo: encinares dispersos y riscos escarpados, cielos limpios que permiten al sol estival hacer su trabajo de fundición sobre la chicharra, olivos como bonsáis que Zeus regó demasiado, rebaños de cabras y ovejas que no respetan las normas básicas de seguridad vial, calas de agua caribeña cuya densidad de población turística resulta inversamente proporcional a la dificultad de su acceso.

El paisanaje sardo, como hemos dicho, encuentra en la tercera edad nativa la custodia de sus esencias premodernas. El sardo es primero sardo y luego, si eso, italiano, y no nos vamos a escandalizar ahora de la coloratura nacionalista que se le pone en la voz a cualquier isleño al poco de nacer, del mismo modo que a todo capitalino le adorna siempre cierto timbre de barítono. La bandera sarda, de hecho, la diseñaron los aragoneses en plena Edad Media, con su cruz de San Jorge y sus cuatro reales cabezas. Por lo visto aún está documentado el uso de un generoso número de dialectos autóctonos: el sassarés, el gallurés, el tabarquino de la isla de San Pietro y el alguerés –que viene a ser un catalán medieval petrificado, como la mirada de las ancianas endémicas–, aparte del sardo, naturalmente, que supongo que contará con su prensa subvencionada y sus multas por rotular en italiano, como es costumbre. Yendo yo en bañador al volante de mi Polo fui interceptado por un control antimafia de los carabinieri, tres collados de músculo equipados con metralleta vistosa y pipa al pecho que chanelaban una parla propia, la que ustedes quieran, pero aquello no era italiano de Piazza Navona, vamos. Me debatí un largo cuarto de hora entre la sospecha de formar parte de una original despedida de soltero y la lúgubre previsión de un calabozo sardo, pero al final me devolvieron todos mis papeles, dirigieron una última ojeada reprobatoria a mi camiseta de Tony Montana y me dejaron vía libre a Cala Fuili.

En Cerdeña hay también resorts de un pijerío inenarrable cuyas veraneantes acuden en tacones a la playa así cuenten 60 palos, velinas madurísimas que se obstinan en desafiar el imperio de Cronos. También están sus maridos, que son todos calvos y ventrudos como Tony Soprano, atienden el móvil como Tony Soprano y probablemente ordenen asesinatos como Tony Soprano. Hay también muchos gatos, gatos hambrones que no asumen la cadena de mando claramente establecida en los primeros versículos del Génesis, cuya cima debiéramos ocupar los sapiens sapiens. Hay camareros de una obsequiosidad razonable y socorristas prescindibles –valga el pleonasmo–, y en las peores calas hay infantes en pelotas que corretean y chocan y lloran como átomos de tenor para conmemorar que Herodes murió hace demasiados siglos. En Cerdeña hay, por último, turistas catalanistas que no consienten siquiera unos días de asueto al aldeanismo estructural que los habita, y que no bien llegan al hotel sito en un remoto pueblito de la costa oriental descuelgan su estelada del balcón para sentirse como en casa. El nacionalista catalán es el único animal que no se va nunca de vacaciones.

En todo caso, lo mejor y lo peor de Cerdeña son precisamente sus considerables cotas de virginidad turística. Su derroche de localismo intacto. Si deploras los chiringuitos, este es tu lugar. El programa de montaña, sol y mar con libro resulta muy atractivo hasta que nuestra memoria sensitiva trae inoportunamente el recuerdo palatal del mojito helado. De todos modos, la cura de tipismo insular se agradece después de haber llegado hasta Cerdeña en esa máquina ideada por José Bretón sobre plano de Pilar Rahola llamado ferry.

Un ferry es una franquicia flotante de Guantánamo que sale de Barcelona petada de adolescentes canis, hippies chancleteros y familias de refugiados de clase media, y que arriba a Porto Torres dejando en alta mar las esperanza naufragadas del alma sensible en la especie humana. Su malvada tripulación convierte el aire acondicionado en un instrumento de refinado sovietismo, programando el termostato a temperaturas glaciales que no es posible combatir en parte alguna del barco si no es contratando un camarote a razón de 210 pavos la claustrofóbica pieza. Claro que la conversión del ferry en un gulag ruso o iceberg comercial –puede ser una superstición para conjurar la aprensión Titanic: si no puedes con tu enemigo, conviértete en él– tendría explicación si la megafonía aclarase que en las bodegas, junto con mi Polo y otro cerro de coches, viaja criogenizado un raro ejemplar de mamut cuyo deshielo es preciso evitar a toda costa. A costa incluso de la criogenización de los sapiens sapiens de arriba, tan vulgares. Pero ay, la megafonía únicamente se ocupa de interrumpir la lectura del viajero cada 20 minutos para publicitar en tres idiomas la sala de masajes, las barritas energéticas o la concha de la hermana del capitán.

“El Mediterráneo, misteriosamente, me ha atraído siempre, y siempre los azares y mudanzas de la vida han terminado, también misteriosamente, por desarraigarme y alejarme, quién sabe si definitivamente, de él”, confesó Ruano. Confío, maestro, en haberle despejado algo el misterio bien de su atracción inmemorial, bien de su poder de alejamiento.

(Publicado en Suma Cultural, 7 de agosto de 2013)

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Juanan, macho, dónde estás

Entré en el irlandés de Tribunal con Hughes, que se estaba quedando aquel finde en casa, recién llegado de Valencia. Veníamos de almorzar con Alfageme y Ruiz Quintano y de la redacción de La Gaceta, donde presenté a Hughes a Dávila y hasta escribimos juntos una sección del periódico. Para entonces ya estábamos borrachos, claro. El estado ideal para una quedada con la puta banda mourinhista que se había organizado esa tarde por Twitter para ver el Osasuna-Madrid. Recuerdo que salió Sinone a recibirnos, y que llamé a Gistau para ver si podía apuntarse, y que ingresamos en la penumbra grata del bar, donde un grupo de buenos muchachos se juntaba frente al televisor en torno a una mesa bendecida con un par de metros de cerveza en vertical, ya sabéis, esos cilindros con grifo que se vacían con anormal celeridad. Y allí estaba Juanan.

–¿Tú eres Van Palomaain?

–Sí, macho.

Juanan decía “macho” dos y tres veces en la misma frase. Es un vocativo ya algo anacrónico en la parla de Madrid y por eso le quedaba tan gracioso. A Hughes y a mí se nos pegó y ya estuvimos cerrando cada frase con “macho” todo el fin de semana. “Esa jerga suya, de negrata de aquí, era como un rapero en la grada. Eso es inolvidable para quien lo haya leído”, ha tuiteado en su memoria Hughes, con la habitual exactitud.

Así que aquel mod menudo y melenudo era el vitriólico Van Palomaain, cuya natural generosidad le hizo tuitear una vez: “Yo voy diciendo por ahí que conozco a Mesetas, Hughes y Jarroson, la santísima trinidad de internet”. Pues bien, a falta de Jarro, él completaba allí mismo la santa trinidad del putabandismo. Una de las cosas que más me gustan de Twitter es ese momento siempre sorpresivo en que confrontamos la preconcepción meramente textual de una persona con su apariencia física, aunque Jabois al día siguiente nos reprochara ese afán de poner cara a la puta banda, una “mariconada” que Mou seguramente condenaría. Yo mismo lo había hecho antes con el propio Manuel en Pontevedra y con Hughes en Valencia, ambas veladas memorables, la primera inserta incluso en el último libro de Jabo. A Juanan también le gustaban las quedadas tuiteras. En el irlandés estaban además El Socio, Meseta y alguno más que ahora no recuerdo. Meseta se puso a hablar de literatura conmigo sin presentarse, y el efecto era entre alucinatorio y genial, como hablar de barroco romano con Yul Brynner. La noche prometía mucho.

La noche en que conocí a Juanan, con Hughes, El Socio, Meseta y cía.

La noche en que conocí a Juanan, con Hughes, El Socio, Meseta y cía. Tribunal.

Vimos marcar aquel golazo vanbasteniano a Benzema y al Madrid finiquitar la Liga de los Récords aquella noche. Juanan estaba eufórico y a la vez deslizaba críticas mordaces a cada jugador blanco si se le ocurría perder el balón. “El tuit es perfecto para disimular mi falta de talento. Soy un mediocentro africano y Tuiter es mi trivote”, había escrito una vez Van Palomaain, desmintiendo en la agudeza de ese fraseo suyo la propia declaración de modestia. La verdad es que estábamos todos excitados y crecientemente borrachos, los metros de birra caían sin piedad y en un momento dado no sé quién empezó a tararear el Ay se eu te pego entonces de moda con una nueva letra que consistía en repetir “Ay mi Meseta” constantemente. Nos pareció de lo más ocurrente, el colmo mismo de la risión, y lo coreamos durante un buen rato manoteando salvajemente sobre la mesa hasta que el camarero empezó a inquietarse y la clientela a abrir prudencial hueco a nuestro alrededor. No sé si Meseta llegó a subirse a la mesa a coreografiar el cántico por faralaes, acuso anchas lagunas de aquella noche inaugural. Lo que sí recuerdo es que Juanan propuso el Honky Tonk y hacia allá nos encaminamos Van Palomaain, Hughes, Meseta y yo, que estaba renqueante de una fractura de peroné y no podía seguir su ritmo, qué cabronazos, levitando todo ciegos sobre el bulevar de Alonso Martínez y yo mascullando 50 metros por detrás. Juanan iba pendiente del móvil, tratando de atraer mujerío al despropósito. Una vez dentro nos dispersamos. Meseta había perdido el móvil, aunque luego creo que lo recuperó, creo que dentro de su propio bolsillo, de hecho; Hughes vagaba enmudecido por el bar, como mirando todas las cosas por primera vez, con restos de líquido amniótico en las córneas; Juanan seguía con el teléfono y yo le entraba a una morena a quien aseguraba que no sabía con qué clase de periodista estaba hablando. Todo degeneró lo previsto en estos casos y terminé buscando a Juanan por todo el Honky, pues le había perdido; vagaba yo por el local murmurando: “Juanan, macho, ¿dónde estás?”

Y todavía me lo pregunto.

Al final metí a Hughes en un taxi y logramos llegar a casa. A la mañana siguiente se sucedió la divertida relación de tuits que aspiraba a reconstruir los hechos:

–También os digo, que la nueva derecha, @JorgeBustos1, @hughes_hu y @van_Palomaain, es guapa y violenta. Y que los perdí no sé dónde –escribió Meseta, vete a saber por qué.

Pero todos esperábamos a que Juanan se levantara, a ver qué tuiteaba de lo de ayer. Y cuando por fin lo hizo, volvió a romper la expectativa:

–INFORMO DE QUE SIGO SOLTERO –o algo por el estilo. El descojone.

El pasado 26 de julio, dos días después del accidente, Hughes recordó así en Twitter aquella altísima ocasión:

–Esa noche, con otros tantos especímenes, parecíamos escapados del pelotón en un descenso. Es decir, que Juanan no iba de boquilla.

El cuarto Gallagher.

El cuarto Gallagher.

La segunda vez que le vi fue en el Bernabéu. Guillermo Estévez tuvo el detalle –la puta banda es ante todo ciertos picos de calidad humana– de pagar por adelantado mi entrada para la vuelta de la Supercopa contra el Barça. Luego se lo devolví, eh. Nos íbamos a juntar una tropa de muchísimo cuidado. “Putabandismo is coming”, tuiteaba la víspera Van Palomaain. En la embajada americana supongo que habrían empezado con los cables cautelares al Pentágono desde julio, cuando se fraguó el concilio mourinhista entre prueba y prueba de las Olimpiadas de Londres. Recuerdo los jugosos tuits de Van Palomaain durante las ceremonias de inauguración y de clausura, sus intercambios con Favelas –orgulloso de Mireia I de Badalona– y su emoción estallada cuando salieron los avejentados restos de los Who a tocar Baba O’Riley.

El día de la Supercopa conocí en persona a Jarroson, Manuel Matamoros, Mercutio, Silvita, Inspector, Madrefaque, RockandBolesco… La previa la hicimos primero en la terraza del Círculo de Bellas Artes –vete a saber por qué– y luego en El Refugio, y allí se presentó Juanan, con un brillo etílico y jovial en los ojos, bajo su negra visera de pelo mod:

–Qué pasa, Bustos, macho.

Comentamos la posibilidad de viajar con Sinone ese otoño a ver a Pedro Ampudia a Ibiza para morir los cuatro en el Amnesia, y recuerdo también que calibramos los conocimientos estrictamente futbolísticos de Florentino, tema que Jarro y Matamoros abordaron con entusiasmo descriptible. El partido lo vimos pegados Jarroson, Juanan y yo. Hay una foto. Yo insistí en hacérnosla, porque ni a Jarro ni a Juanan les gustaba la publicidad. Ahora me alegro de haber insistido. Es la foto que tenía en la cabeza en el mismo instante en que Jarroson –serendipia– me escribió la noche del jueves 25, un día después del accidente, estando yo en Cerdeña de vacaciones, metiéndome yo en el wifi del hotel, enterándome yo de la noticia, recibiendo yo una sacudida de incredulidad y dolor, derrumbándome yo delante de mi novia por un momento.

–Vimos un partido abrazados a él, Jorge –me puso Jarro en el Whatsapp, por donde le mandé la foto.

–No sé si subirla.

–Haz lo que te pida el cuerpo. Joder, la veo y lloro.

–Y yo.

La subí. Me lo pedía.

Bustos, Juanan y Jarroson viendo ganar al Madrid.

Bustos, Juanan y Jarroson viendo ganar al Madrid.

Estamos los tres en la foto, yo sacando cuerno putabandista y Juanan en medio, abrazado por ambos. Rugimos con el sombrero de tacón que Cristiano le hizo a Piqué antes de marcar, y nos ciscábamos en Xavi con fruición caníbal. “¡Pepe, en la puta vida te pueden hacer eso, en la puta vida!”, aullaba Juanan a mi derecha si el central luso era superado por Messi. Jarro estaba tan tenso que pasó el final del partido de pie. Pero el leitmotiv de ese partido lo encarnaría para los restos Modric, que había robado el corazón de Juanan. “¡Inventa, Lukita! ¡Mirad cómo inventa Lukita!”, gritaba cuando el croata tocaba el balón con alguna intención ofensiva, por modesta que fuera. Fue un triunfo agridulce:

–Hemos perdido la ocasión perfecta de humillar al puto Barça –nos lamentábamos los tres a la salida.

Juanan vivía en Colmenar, excusa que musitó para hacernos la trece catorce y no unirse al reducto de resistentes –la tarde había comportado mucho desgaste– que pedía una copa en algún garito de la Avenida de Brasil. Recuerdo que me despedí de Jarro en Gran Vía con esa sensación de familiaridad extraña pero certísima que dejan las amistades surgidas en una red virtual y sancionadas por la presencia real.

Al día siguiente debutaba yo en Real Madrid Televisión, y en homenaje a Juanan elogié a “Lukita” y mencioné que había visto el partido en compañía de “madridistas furibundos”, indiscutibles, insobornables.

–Me ha llamado furibundo –tuiteó al término de la tertulia Van Palomaain, que había tenido la paciencia de tragarse mi debut.

Aún hubo una tercera vez en que quedé con él. Fue la última vez que le vi. Quedamos con Meseta y Madrefaque en el Molly Malone’s para ver el Rayo-Madrid, que se suspendió por una sospechosa avería lumínica.

–Qué chachos son. Qué país, macho –sentenciaba nuestro Dick Turpin.

Meseta nos contó historias de la mili mientras Van Palomaain tuiteaba y ponderaba los encantos de diferentes tuiteras. Nos despedimos en los torniquetes del metro, sintiéndonos jodidamente alejados del mundo Txistu. Me ha contado Madrefaque que se planea una quedada en ese templo-bar para tajarnos a su memoria. Ya le he dicho que cuenten conmigo.

Desde que me enteré, no he podido parar de pensar en él. Era de esos tipos con personalidad tan marcada que sus aristas se te clavan en el recuerdo, y no se sueltan. David (en cuya alusión a la necesidad de escribir un libro mourinhista me di por aludido quizá apresuradamente, aunque lo cierto es que hemos hablado de ese proyecto), Manuel, Iñaki han escrito ya de Van Palomaain en sus periódicos. Ampudia le ha dedicado un hermoso obituario. Telemadrid, un breve reportaje personalizado. Fansdelmadrid, un recuerdo muy tribal, muy fansista, de quien fue padre fundador y activista carismático, ilustrado con nuestra foto. Y un trabajador del Real Madrid me pidió datos biográficos para el detalle que el Club deseaba tener con él. (Bien hecho, Florentino.) Pero yo no tengo más datos sobre Juan Antonio Palomino Alfaro, natural de Madrid, 31 años, administrativo, que estas vivencias que dejo aquí anotadas con el alma en un puño y sin vuelo en el verso, con llaneza, porque cuando el sentimiento aprieta, la lírica está de más. Al menos la lírica engolada, pretenciosa, sustitutoria de la experiencia vivida. Ahora, al llegar al final de mi tributo privado, me vienen a la mente como tañidos secos y calientes las estrofas finales de aquel poema de José Hierro titulado Réquiem:

Él no ha caído así. No ha muerto
por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El mundo
Libérame Dómine es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dio su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas) Réquiem aetérnam.
Y en D’Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Réquiem aetérnam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D’Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado
a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente. Sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.

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