Novedad y eternidad de Cerdeña

Cala Luna, demasiado multitudinaria para mi gusto.

Cala Luna, demasiado multitudinaria para mi gusto.

Sin juramento puedo hoy creer a la Wikipedia cuando afirma que Cerdeña empata con Okinawa en la cúspide mundial de tasa de longevidad, registrando exactamente 22 centenarios por cada 100.000 habitantes. He pasado en Cerdeña unos días de julio, gastando mi dinero en la industria local de pasta al pesto y crema solar y deteniendo el coche al paso de mammas antiquísimas, padrinescas, cuyas barbillas se agrietan como oscuras ciruelas quemadas por el sol y cuya mirada escudriña al turista con la fijeza montaraz que aquella niña afgana regaló al fotógrafo de National Geographic. Esas viejas sardas que observan luto riguroso, a cuyo lado Bernarda Alba está lista para participar en un casting televisivo de saltos de trampolín, cifran en mi imaginación calenturienta el carácter irreductible de una isla violada por sistema –ha sido fenicia, griega, cartaginesa, romana, vándala, goda, bizantina, mora, aragonesa, austriaca y finalmente italiana, signifique italiana lo que signifique– y sin embargo virgen todavía de civilización en buena parte de su cuerpo montañoso de archipiélago eterno.

Rebusco en su Nuevo Descubrimiento del Mediterráneo la opinión de César González Ruano sobre Cerdeña, pero quia: es la única plaza importante del Mare Nostrum que Ruano no quiso o no pudo visitar, y quedó por tanto sin la glosa vivaz de su muñeca impresionista. El paisaje sardo no se distingue en todo caso del cuadro –consabido y novedoso– con el que nos tiene familiarizados el monte mediterráneo: encinares dispersos y riscos escarpados, cielos limpios que permiten al sol estival hacer su trabajo de fundición sobre la chicharra, olivos como bonsáis que Zeus regó demasiado, rebaños de cabras y ovejas que no respetan las normas básicas de seguridad vial, calas de agua caribeña cuya densidad de población turística resulta inversamente proporcional a la dificultad de su acceso.

El paisanaje sardo, como hemos dicho, encuentra en la tercera edad nativa la custodia de sus esencias premodernas. El sardo es primero sardo y luego, si eso, italiano, y no nos vamos a escandalizar ahora de la coloratura nacionalista que se le pone en la voz a cualquier isleño al poco de nacer, del mismo modo que a todo capitalino le adorna siempre cierto timbre de barítono. La bandera sarda, de hecho, la diseñaron los aragoneses en plena Edad Media, con su cruz de San Jorge y sus cuatro reales cabezas. Por lo visto aún está documentado el uso de un generoso número de dialectos autóctonos: el sassarés, el gallurés, el tabarquino de la isla de San Pietro y el alguerés –que viene a ser un catalán medieval petrificado, como la mirada de las ancianas endémicas–, aparte del sardo, naturalmente, que supongo que contará con su prensa subvencionada y sus multas por rotular en italiano, como es costumbre. Yendo yo en bañador al volante de mi Polo fui interceptado por un control antimafia de los carabinieri, tres collados de músculo equipados con metralleta vistosa y pipa al pecho que chanelaban una parla propia, la que ustedes quieran, pero aquello no era italiano de Piazza Navona, vamos. Me debatí un largo cuarto de hora entre la sospecha de formar parte de una original despedida de soltero y la lúgubre previsión de un calabozo sardo, pero al final me devolvieron todos mis papeles, dirigieron una última ojeada reprobatoria a mi camiseta de Tony Montana y me dejaron vía libre a Cala Fuili.

En Cerdeña hay también resorts de un pijerío inenarrable cuyas veraneantes acuden en tacones a la playa así cuenten 60 palos, velinas madurísimas que se obstinan en desafiar el imperio de Cronos. También están sus maridos, que son todos calvos y ventrudos como Tony Soprano, atienden el móvil como Tony Soprano y probablemente ordenen asesinatos como Tony Soprano. Hay también muchos gatos, gatos hambrones que no asumen la cadena de mando claramente establecida en los primeros versículos del Génesis, cuya cima debiéramos ocupar los sapiens sapiens. Hay camareros de una obsequiosidad razonable y socorristas prescindibles –valga el pleonasmo–, y en las peores calas hay infantes en pelotas que corretean y chocan y lloran como átomos de tenor para conmemorar que Herodes murió hace demasiados siglos. En Cerdeña hay, por último, turistas catalanistas que no consienten siquiera unos días de asueto al aldeanismo estructural que los habita, y que no bien llegan al hotel sito en un remoto pueblito de la costa oriental descuelgan su estelada del balcón para sentirse como en casa. El nacionalista catalán es el único animal que no se va nunca de vacaciones.

En todo caso, lo mejor y lo peor de Cerdeña son precisamente sus considerables cotas de virginidad turística. Su derroche de localismo intacto. Si deploras los chiringuitos, este es tu lugar. El programa de montaña, sol y mar con libro resulta muy atractivo hasta que nuestra memoria sensitiva trae inoportunamente el recuerdo palatal del mojito helado. De todos modos, la cura de tipismo insular se agradece después de haber llegado hasta Cerdeña en esa máquina ideada por José Bretón sobre plano de Pilar Rahola llamado ferry.

Un ferry es una franquicia flotante de Guantánamo que sale de Barcelona petada de adolescentes canis, hippies chancleteros y familias de refugiados de clase media, y que arriba a Porto Torres dejando en alta mar las esperanza naufragadas del alma sensible en la especie humana. Su malvada tripulación convierte el aire acondicionado en un instrumento de refinado sovietismo, programando el termostato a temperaturas glaciales que no es posible combatir en parte alguna del barco si no es contratando un camarote a razón de 210 pavos la claustrofóbica pieza. Claro que la conversión del ferry en un gulag ruso o iceberg comercial –puede ser una superstición para conjurar la aprensión Titanic: si no puedes con tu enemigo, conviértete en él– tendría explicación si la megafonía aclarase que en las bodegas, junto con mi Polo y otro cerro de coches, viaja criogenizado un raro ejemplar de mamut cuyo deshielo es preciso evitar a toda costa. A costa incluso de la criogenización de los sapiens sapiens de arriba, tan vulgares. Pero ay, la megafonía únicamente se ocupa de interrumpir la lectura del viajero cada 20 minutos para publicitar en tres idiomas la sala de masajes, las barritas energéticas o la concha de la hermana del capitán.

“El Mediterráneo, misteriosamente, me ha atraído siempre, y siempre los azares y mudanzas de la vida han terminado, también misteriosamente, por desarraigarme y alejarme, quién sabe si definitivamente, de él”, confesó Ruano. Confío, maestro, en haberle despejado algo el misterio bien de su atracción inmemorial, bien de su poder de alejamiento.

(Publicado en Suma Cultural, 7 de agosto de 2013)

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