Mucho me temo que al final se enfríe el asunto y nos quedemos sin guerra contra Inglaterra. Hace ya demasiados años que los españoles no entramos en guerra contra Inglaterra, incluso contra nadie ajeno a nosotros mismos, y eso no puede ser sano. Inglaterra nos ganaría, por supuesto, porque a los ingleses –en boca de Churchill– sólo los vence el Real Madrid, tradicionalmente poblado de extranjeros talentosos, pero la decisión de convertir Gibraltar en el Vietnam de mi generación nos mantendría ocupados mientras termina la crisis y encontramos empleo. Una guerra thatcheriana pero a la inversa ahorraría a este Gobierno mucha vergüenza, como es la de cargar con un 60 por ciento de paro juvenil en menores de 25 años. Cuando se tiene esa edad lo más indicado es estar haciendo el amor o la guerra, y quizá ahora estemos a tiempo de desplazar a un contingente de feos a convertir La Línea de la Concepción en la Línea Maginot. Del paro a la leva, de la frustración al honor marcial: ¡menudo golpe de efecto, don Mariano!
En Europa la guerra ha estado muy mal vista en las últimas décadas, pero todas las modas son pasajeras y es de esperar que pasado el tiempo del aburrimiento y desaparecida la UEFA acabemos matándonos de nuevo entrañablemente. De momento, sin embargo, todo se ha reducido a un cruce de llamadas entre Cameron y Rajoy, y yo creo que hay pocas acciones más ignífugas, más antibelicistas, que llamar a Rajoy. Si Kim Jong-un llama a Rajoy, lo siguiente que hará al colgar el teléfono será cambiar misiles por bicicletas. Fue Rajoy el tipo que inventó el famoso refrán que reza: dos no se pelean si uno no quiere. Así que me malicio que Margallo está envidando sin cartas.






