Paraíso inhabitado, de Matute

Ana María Matute, de niña.

Ana María Matute, de niña.

[Ha muerto una gran escritora, y el mundo literario, tan cicatero con ella durante los duros inicios, se ha volcado merecidamente en su honor de su primera memoria a la última. De lo que yo tengo leído de Ana María Matute, que no es casi todo ni mucho menos, hay cosas que me gustan bastante y otras muy poco. Perdonadme si desafino del coro, pero no conservo más texto sobre ella que la reseña de Paraíso inhabitado, su última novela, que me encargaron en enero de 2009. Honradamente me pareció una parodia ya de sí misma. Esto es lo que escribí]

Paraíso inhabitado
Ana María Matute
Destino. Barcelona (2008). 400 páginas

La última entrega de la octogenaria Ana María Matute (Barcelona, 1925), la más laureada de las escritoras españolas, consiste en una rememoración de la infancia de la que no sabemos la proporción exacta de autobiografía, aunque se antoja mucha. Esto no debiera importar, salvo en el caso de que la novela imite demasiado el género de memorias. El libro cuenta en primera persona apenas dos o tres años de la infancia de la protagonista narradora, Adriana, que “nació cuando sus padres ya no se querían” y se refugia en la fantasía libresca, en la compañía de las chicas del servicio y en el amor de trágico fin que experimenta por un vecinito del bloque. Si fuéramos comunistas, diríamos que esta obra despide un denso tufo burgués, y nos preguntaríamos qué interés puede tener la infancia y el primer amor idílico de una niña enclaustrada en su piso con tres criadas (nada menos), adonde no llegan apenas ecos de la dramática –esto sí– situación social que acompañó los estertores de la Segunda República. Como no somos comunistas, diremos simplemente que Matute tiene todo el derecho artístico a escoger el escapismo como tema… pero no a escapar de la evolución de su propia disciplina, la novela. Delibes ha contado historias parecidas en el ámbito rural, pero con mucho mayor calado dramático e innovación técnica; Capote es un genio del punto de vista infantil, porque acredita el encanto de una mirada original. Matute, en nuestra humilde opinión, adolece de abierta cursilería en algunos pasajes, abusa de los diminutivos y de un pueril simbolismo –el Unicornio por la inocencia, los Gigantes por los adultos– y peca de imprecisión constante: “sentí algo que”, “percibí como si”, “no sé por qué pero intuí que”. Una novela, y más con las expectativas que genera su autora, debe responder a un propósito más rico que el de una exposición personal de recuerdos melancólicos. O al menos, debe justificarlos por un arduo conflicto argumental, una prosa de poderosos recursos –aunque la autora conserva su estilo preciso y ordenado– o una penetración psicológica sobresaliente.

Se ha saludado esta obra –por ser de quien es– como una obra maestra; lo sería si se tratase de aplicar la fórmula proustiana al mundo interior de una niña española de preguerra, no de seducir al lector del siglo XXI.

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