
A poca celebridad que haya ganado un periodista español, hace tiempo que su vida consiste en responder a ciudadanos espontáneos que lo paran por la calle para preguntarle cuánto tiempo le queda a Pedro Sánchez. En el supermercado, en el gimnasio, en el aeropuerto, en la cola del cajero, en el desenfadado banquete de una primera comunión uno sabe que alguien se presentará de improviso, le tocará el hombro y volcará toda su ansiedad antisanchista sobre ese rostro o esa voz que le suena de algo, aunque no sepa exactamente de qué. Solo saben que nosotros sabemos, o eso creen, y desean ardientemente que usemos nuestro saber futurológico para acortarles el horizonte de su angustia.






