Naturalmente que volverán las oscuras golondrinas a colgar de los balcones de los periódicos sus nidos de mierda, corrupción y enfrentamiento. Pero eso no hará que olvidemos el puñado de hermosas imágenes y sabias palabras y testimonios conmovedores que la escena española ofreció al mundo durante la semana papal. Para percibir los efectos benéficos del paso de León por nuestro país no hace falta otra fe que la que habíamos perdido en nosotros mismos. En nosotros, los españoles. Que habíamos olvidado la Escuela de Salamanca.
Archivo diario: 13 junio, 2026
Rufián es la medida

Quizás convoco a Rufián a este folio con excesiva frecuencia, pero es que don Gabriel es mucho más que un político concreto o un opinador viral: es un patrón sociológico, una militancia andante, el metro de platino iridiado que se saca de la Oficina Internacional de Pesas y Medidas de Sèvres, a las afueras de París, para saber cuánto mide cada día la inteligencia media de la izquierda. Otro día hablamos de la inteligencia media de la derecha, que no parece más larga, pero esa es otra columna.
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El tonto aconfesional

No hace falta haber leído los Escritos anticristianos de Voltaire para ser tomado por un racionalista respetable, como lo era el finado Jürgen Habermas. En célebre diálogo con Ratzinger vino a reconocer la insuficiencia moral de la razón democrática. Es decir, concedió que la democracia solo pervive bajo ciertas condiciones espirituales que ella no puede generar por sí misma. El pensador alemán, considerado el padre de la democracia deliberativa, era un optimista de la razón pero no se engañaba respecto de sus limitaciones epistémicas. Por eso no le importó conceder ante el futuro Benedicto XVI que la razón se vuelve cínica si no se beneficia de las intuiciones morales preestablecidas por la religión, del mismo modo que Ratzinger sostuvo que la religión necesita a la razón para no volverse fanática.






