
Cuando Zapatero salió a gorrazos de Moncloa se encontró con el mismo problema que acuciaba a los hidalgos venidos a menos en la Extremadura del siglo XVI. «¿Y ahora de qué voy a vivir?», se preguntaba el prohombre. Es cierto que el camposanto de proboscídeos conocido como Consejo de Estado que hoy pastorea una célebre jurista egabrense le brindaba una sinecura vitalicia, además de las prebendas que corresponden a todo jefe de gobierno español: oficina, escolta, secretaria. Pero aquellas dignidades insípidas dejaron pronto de satisfacer las ambiciones vitales de don José Luis, del mismo modo que Hernán Cortés se negaba a perseguir acomodo en las grandes casas de la nobleza sevillana. Ni Cortés ni Zapatero nacieron con alma de burócrata. Por eso se aventuraron ambos allende el Atlántico, camino del oro y de la gloria que a uno pudieran darle los indios y al otro los populistas.






