Elogio del ‘mainstream’

Nadie salvo un cabeza de alcornoque ha escrito jamás por otra razón que no fuera el dinero. Eso dijo textualmente el doctor Johnson, depósito humano de la Ilustración inglesa, y el espíritu fenicio de Pla no se cansaba de citar en inglés tan abierta declaración de filisteísmo: “No creo que sea necesario traducirla por su inteligibilidad y su buen sentido”, apostillaba. Por dinero, exactamente por unas birriosas 1.575 libras, compiló Johnson en solitario su célebre diccionario de la lengua inglesa de 40.000 entradas, la mayoría de las cuales viene ilustrada con citas de autores griegos y latinos.

De Johnson a Amy Martin, la columnista fantasma del PSOE, se traza toda la línea de la degeneración del intelectual en Occidente. La gráfica admite un empeoramiento trágico si le añadimos el eje temático que va de Píndaro, primer cantor de atletas en la Siracusa del siglo V antes de Cristo, al actual periodismo deportivo.

Recuerdo haber leído en una columna de Arturo Pérez Reverte la afilada teoría de un profesor amigo suyo a propósito de la espinosa postura del intelectual ante el dinero:

-La mayor desgracia que le ha sucedido al intelectual fue la alfabetización masiva. Cuando el pueblo era ignorante, el intelectual -el artista, el escritor, el hombre de pensamiento en suma- podía desarrollar todo su talento al servicio de un sibarítico mecenas que pagaba como la élite porque exigía como la élite. Pero cuando la masa aprendió a leer y reunió el poder adquisitivo que la caracterizaba ya como burguesía, el artista hubo de ponerse paulatinamente a su servicio para poder vivir, achicando los horizontes de su exploración estética si ese era el precio de la popularidad. La sociedad de consumo, la cultura de masas basada en el espectáculo no son sino el corolario natural del proceso.

La cita no es textual –y hasta es probable que la hayamos mejorado-, pero el espíritu es fiel, y parece veraz. Todo adolescente conoce (le va la vida en ello) la diferencia entre el burdo mainstream y el heroico underground. Luego, afortunadamente, crece y empieza a adivinar la porosidad estructural de esa frontera que creía impermeable. Empieza a darse cuenta de que algunos artistas supuestamente insobornables cultivan la semilla de su imagen indie en un patio marihuanero, donde fermenta bajo focos bien graduados, para luego poder recoger la cosecha en el mercado global, donde realmente cotiza el malditismo; y descubre también que artistas a los que inicialmente había despreciado por el presupuesto de sus videoclips y la amplitud de su público son capaces de tomar riesgos en su arte.

Se suceden las revelaciones: el público puede no ser siempre imbécil. El éxito puede no ser una maldición impura, sino una meta legítima. Nos resignamos a comprarnos la ropa en Inditex. Se puede decir entonces que hemos crecido. Aunque hay casos de gente que no crece, claro.

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13 mayo, 2013 · 14:32

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