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Susana y los viejos

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Biblia socialista, con su viejo y su nuevo testamento.

A la noticia de la puesta de largo de doña Susana le faltaban todos los requisitos del hecho noticioso: sabíamos que la presidenta andaluza y no la balear se presentaría a las primarias, sabíamos que lo haría ayer y sabíamos que comparecería arropada por los gerifaltes de antaño de su partido. Esto último ha llamado especialmente la atención: suponemos que en vez de Felipe, Guerra, Zapatero y Rubalcaba, la gente esperaba a Errejón, Owen Jones, Varoufakis y nombres sexys por el estilo. Pero la insólita audacia de Díaz la ha llevado a rodearse de socialistas históricos, vaya usted a saber por qué y paren las rotativas.

La foto de Susana entre viejos difiere del tema bíblico en que la seductora aquí es ella y los canosos sólo ejercen de cooperadores necesarios de su plan. Que no es otro que recuperar el PSOE de toda la vida, el PSOE-PSOE. El partido mayoritario que Pedro Sánchez secuestró y que ella viene a rescatar. Ninguna imagen contribuye a ese mensaje de entronque dinástico como el posado con la jerarquía veterotestamentaria; otra cosa es que a la foto le falte el pie de foto, en concreto la pregunta, mirando de reojo a José Luis, de cómo hemos llegado a esto.

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27 marzo, 2017 · 11:58

No habrá paz en el PSOE

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Quién es Caín, quién es Abel.

Nos han contado tantas veces el cuento de Pedro y el lobo, siendo el lobo Susana Díaz, que ahora que esta anuncia su fecha de presentación no sabemos quién se comerá las ovejas. Que nos disculpe el símil ovino la militancia socialista, que tiene bien probada su bravura votando históricamente contra el criterio de Ferraz. Ocurre que la bravura a menudo resulta incompatible con la inteligencia. Sánchez cree que ha escapado de la isla de Elba en la que le recluyeron en octubre y se dispone a reconquistar su imperio, pero creerse Napoleón no es más que el síntoma clásico de la locura. El chalado entretiene hasta que te gobierna.

El problema no es que gane Susana, que ganará en cuanto abandone los despachos y salte al terreno de juego, sino que el derrotado atice la polémica de un marcador ajustado y no acepte el acta arbitral. Al PSOE entonces le llamaremos el partido, a secas, porque no habrá sastre que lo cosa. La demora de las primarias no ha surtido el efecto disolvente del sanchismo que se buscaba porque el odio a la derecha y una cuenta de Twitter hoy bastan para resucitar a un muerto.

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13 marzo, 2017 · 12:07

El guiñol es nueva política

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‘Dress code’ del humorismo catalán.

Cuando Rufián lleva pregunta en el orden del día uno madruga de otra manera. Casi dan ganas de llegar silbando al Congreso como la molinera de un cuento de Grimm. Preguntó en segundo lugar, después de que Antonio Hernando le exigiera a Rajoy que pusiera firme a Trump en la próxima llamada, lo cual es como pedirle a un gaitero que detenga una estampida de bisontes tocando una muñeira. Don Mariano no le contestó eso, sino que los socialistas habrían hecho lo mismo estando en su posición –Zapatero no lo hizo con Bush, la verdad, y así le fue-, y recordó que su tarea en este mundo es llevarse bien con la buena gente y no andar enredando con escrúpulos de chisgarabís, más o menos.

Pero donde brilló la retranca mariana fue en la réplica a don Gabriel, quien de pie, la mano en el bolsillo, todo de negro según manda el dress code de la comedia catalana desde Eugenio, recreándose en la pausa teatral con la que sabe demudar al auditorio, despachó una macedonia que incluía autodeterminación, neonazis, espionaje, Rato, pelotas de goma y hasta el Conde-Duque de Olivares. El presidente sólo pudo musitar: «Francamente, señor Rufián, sus intervenciones me recuerdan al que dijo que en política no hay absurdo imposible».

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16 febrero, 2017 · 17:28

El PSOE restaurado

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Un socialista racional.

Javier Fernández es el primer político verdaderamente revolucionario que ha tenido la izquierda española desde 2010. Aquel mayo marcó la epifanía del segundo Zapatero (a ZP hay que estudiarlo como a Wittgenstein: dividiéndolo en dos periodos antagónicos), cuando se cayó del caballo de algodón y aterrizó en la aspereza de la prima de riesgo. Pero a diferencia de San Pablo, don José Luis no supo explicar lo que le había pasado, de modo que sus discípulos, ayunos de comprensión, optaron por indignarse y desertaron a Sol, donde levantaron tiendas para poner su dorada utopía a resguardo de la realidad. El PSOE terminó de joderse cuando su joven líder intentó meterse en la tienda con los desertores.

Cuando en tus filas danza la utopía, lo revolucionario es invocar los hechos. Retomando la inteligibilidad del PSOE donde la dejó interrumpida Zapatero, Fernández reivindica el principio de realidad y la prosa de la democracia representativa, censura la equiparación entre abstención y apoyo como resorte primario de mentes maniqueas, traza la separación entre identidad y ciudadanía. Un espectáculo conmovedor que mis cansados ojos ya no esperaban ver de nuevo: el de un político de izquierdas que no huye de la realidad, sino que la coge por los cuernos, la enfrenta, asume sus heridas y firma con ella la paz.

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10 octubre, 2016 · 11:18

Ya nos despertaréis

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Partitocracia española.

Este lunes de pascua se reanuda el cancán bobo de la partitocracia española, cuyos líderes se desempeñan como los electrones en la física de partículas: sólo se materializan cuando chocan. Choco, luego existo, dice el político hispano; y allá al fondo de un átomo unas vocecillas le hacen un coro como de Minions. Podríamos abundar en la cruel metáfora y comparar masas encefálicas con masas cuánticas, pero Cristo no ha resucitado para nada.

Nada real sucederá de aquí a junio porque hace tiempo que el cálculo partidista se impuso al interés general. Y si sucede un pacto de investidura sobre la bocina, nacerá un aborto frankensteiniano que morirá por inviable a los pocos meses. España sólo tiene una salida, que es la gran coalición con Podemos opositando cuatro años y decidiendo si madura y se institucionaliza del todo o se desintegra en sectas inconciliables. La única razón de que este estadio no se haya alcanzado aún se llama Pedro Sánchez, y con ZP van ya dos líderes accidentales muy seguidos en la reciente historia del PSOE. Y luego que por qué nos pasa lo que nos pasa, Felipe.

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28 marzo, 2016 · 11:31

El péndulo de Fulano

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Instrumento para medir la alternancia política en España.

Una implacable ley del péndulo parece regir la alternancia psicológica de los liderazgos políticos en la España reciente. Al carisma solar de Felipe González le siguió la adustez hidalga de Aznar, al que Zapatero opuso su sonrisa automática, depuesta por el retraimiento celta de Rajoy. Cuya contestación más radical la ejerce el prestidigitador de masas Pablo Iglesias.

No pretendo decir que Iglesias vaya a presidir el Gobierno inmediatamente después que Rajoy, aunque del talento político de don Sánchez cabría esperar ese y prodigios aún mayores, sino que la opinión pública española sigue dominada por su vieja afición al fulanismo. Al hombre aproximadamente providencial que borre el rastro del mandamás anterior, calcinado en el ejercicio del poder, al que ansiamos perder de vista sin preguntarnos si tardaremos menos en reprobar a su sustituto. En lo que va de democracia todavía no se ha marchado de La Moncloa un solo inquilino con el prestigio en pie, más allá de que el tiempo termine redimensionando sus legados. Así vemos cómo todas las virtudes que hicieron a Rajoy deseable hasta la mayoría absoluta -la previsibilidad, la seriedad, la sensatez del gestor frente a la liquidez zapateril- son las mismas que hoy lo vuelven aborrecible, y que a su vez hacen atractivo al pirotécnico Iglesias, tan fecundo en ardides como vacío de experiencia.

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Comentario en COPE sobre este olor entrañable a corrupción

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19 febrero, 2016 · 10:42

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00

La dignidad de Cataluña

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Polifonía rota por la causa.

Ayer se celebró una efeméride poco recordada, y eso que afectaba directamente al periodismo, que es el receptáculo natural de toda efeméride. Se cumplían seis años del editorial conjunto titulado ‘Por la dignidad de Cataluña’, publicado un 26 de noviembre de 2009 y suscrito por doce periódicos con sede en Cataluña

He releído la pieza con atención. “Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa”, encabezaba el editorial uno de sus párrafos de prosa calculadísima, a un tiempo templada y pasional. Se trata de una cumbre del género florentino: esa sutil presión que carga la llamada a la conciliación con la advertencia de la represalia. No era un editorial de periódico sino de nación, y el hecho de que en Madrid causara escándalo y orgullo en Cataluña ya auguraba una divergencia irreductible: un periódico madrileño aspira a revelar algo que haga daño al Gobierno, aunque en el peor de los casos sea mentira, mientras que un periódico catalán propende al control de daños de su Generalitat, aunque en el mejor de los casos el daño lo inflija la verdad. Esto solo sucede cuando el oficio, cuya única causa ha de ser la información, abraza con desarmante naturalidad una causa alternativa que juzga superior, y que Jordi Pujol -el editorialista mayor de Cataluña- sintetizó en la expresión “hacer país”. Ahora bien: cuando los colegas catalanes deciden hacer país no a través de la ocultación sino precisamente de la transparencia, como hizo ‘La Vanguardia’ cuando filtró la crispada reunión de los pretorianos de Mas, hay que reconocer que logran una repercusión inalcanzable Ebro abajo.

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27 noviembre, 2015 · 10:18