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Adopta (a) un tío

La lonja.

La lonja.

Compruebo con melancolía que esta campaña, «Adopta un tío», no suscita la más tímida queja entre los claudicantes miembros de mi sexo, antaño el fuerte. No será por la ambigüedad del mensaje: se trata de poner chulazos a disposición on line del furor uterino, que tiene sus urgencias como el mar sus símbolos. El eslogan que da nombre al lúbrico portal resulta tan sofisticado como un neón de carretera; hay champús más condescendientes con la espiritualidad femenina. Así que las causas de esta omertá camuflada de liberal tolerancia hay que buscarlas en el miedo, como siempre.

¿Deja el lenguaje de ser sexista si atenta contra el varón? Aquí operan un tabú consciente y una capitulación inconsciente: el primero, claro, lo vigila el feminismo más o menos histérico, que pone gritos automáticos en el cielo de la igualdad a partir de un número dado de azafatas o de centímetros de escote; la segunda presupone que siglos de patriarcado merecen no reparación sino revancha simétrica: una completa inversión de la ofensa histórica que el macho debe aceptar como expiación. Ambos factores, el tabú de unas y la capitulación de otros, confluyen naturalmente en la autocensura, de modo que nos situamos ante el género como el viñetista ante Mahoma.

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Aprovecha esta columna Arcadi Espada para darme en su blog la bienvenida al periódico. Algunos lectores me dicen que menuda hospitalidad, recibir corrigiendo; pero si conozco algo a nuestro Espada, sospecho que no hay para él forma más elevada de deferencia que la crítica. Sabido es que entre articulistas solo rigen dos formas de desprecio: la olímpica indiferencia o el elogio envenenado. Así que retuiteé su adenda agradecido, más cuando, revisada la norma gramatical, compruebo que el eslogan «adopta un tío» es frase correcta sin preposición, por cuanto elige tomar al complemento directo en especie y no en su condición de persona humana, con todos sus derechos; pero esta misma elección comporta una decisión (in)moral en cuyo señalamiento coincide Arcadi. Por eso, no puedo aceptar este sintagma suyo, «incluso sin saberlo», que me atribuye una ignorancia que por una vez no me es propia, pues sé -y así se desprendía de mi columna- perfectamente lo que pretenden «estas tipas» con las que nos jugamos nuestra maltrecha dignidad viril.

Sigue con salud,
J.

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La rana hervida. Informe sobre la muerte y resurrección del periodismo

[Con mi agradecimiento a Arcadi Espada, a quien debo casi toda la bibliografía manejada en estos párrafos, y a Verónica Puertollano, que la tradujo].

Katherine Graham, Bernstein, Woodward, Bradlee y otros disfrutones del viejo periodismo.

Katherine Graham, Bernstein, Woodward, Bradlee y otros disfrutones del viejo periodismo.

Amigos, no es solo Ben Bradlee quien se muere. Digamos de una vez que la fiesta ha terminado.

Aunque veáis periodismo por todas partes, el periodismo en realidad está muerto. Lo que os llega a través del espacio es el brillo de una estrella que explotó hace algún tiempo, repartiendo su compacto y hermoso cuerpo mineral en millones de aerolitos cibernéticos que ya van cubriendo el sol y enfriando los cerebros. Nadie ha datado con precisión el gran estallido, pero podemos conjeturar algunas fechas.

En 1992, el director ejecutivo del Washington Post, un lucidísimo Robert Kaiser, viajó a Japón para reunirse con un sanedrín de gurús tecnológicos que le presentaron el concepto de ordenador personal y de red telemática, asegurándole que la interacción de ambos inventos cambiaría para siempre el periodismo. El mérito de Kaiser, excepcional en una industria que una década después aún se embolsaba un 30% de margen por el periódico de papel, fue creérselo y escribir un célebre memorándum de dos mil setecientas palabras en que enunció la conocida analogía de la rana:

Pones una rana en una olla de agua y la temperatura sube lentamente hasta que la olla hierve, pero la rana no saltará jamás. Su sistema nervioso no puede detectar los cambios leves de temperatura. El Post no es una olla de agua, y nosotros somos más inteligentes que la rana media. Pero nos vemos nadando en un mar electrónico donde podríamos acabar siendo devorados —o ignorados— como un innecesario anacronismo. Nuestro objetivo, naturalmente, es evitar hervirnos mientras prosigue la revolución electrónica.

Hoy la industria periodística es una charca de ranas nostálgicas que croan sus últimos estertores. Lo dramático no es la subida de la temperatura del agua, de la que estaban avisadas, sino que tampoco se salvarán saltando a tierra porque el termómetro en tierra tiende a cero: las condiciones (económicas) de vida anfibia en papel como en internet se recrudecen por igual. Se mire como se mire, la rana periodística está jodida. Quien le tenga asco a los batracios, aun metafóricos, puede pensar en un hámster: el roedor espídico que sigue corriendo en su mugrienta rueda para generar la mitad de contenidos con el doble de esfuerzo, con el triple de esfuerzo, con el cuádruple de esfuerzo, hasta entregar su alma generosa en el altar de una obsolescencia programada. Esa rueda equivale actualmente a las redacciones de los grandes diarios que aún siguen editándose, cada año con menor tirada, en inexorable proceso de consunción.

Años importantes para el agrietamiento de nuestra estrella fueron los del nacimiento de Google (1996), de Facebook (2004), de YouTube (2005) y de Twitter (2006). Cada uno de estos diabólicos hijos de su tiempo ahondaron en la subversión del principio por el que se había regido la institución periodística desde aquellas hojas venecianas del 1600: el carácter lineal, jerárquico y monopolístico de la producción de noticias y la pasividad del público. Podemos añadir a la serie histórica el 1929, momento en que se publicó La rebelión de las masas de Ortega; en todo caso, no ver que la crisis sistémica que va a terminar con el periodismo como institución civilizatoria responde al último coletazo del ideal romántico de emancipación, de ruptura con las nociones clásicas de autoridad y conocimiento, es desconocer la órbita exacta que hoy describe nuestro mundo.

Pero quizá la fecha más terrible, cuyo impacto aún está por determinar, es la de 2010, año en que por primera vez un robot llamado Suzette logró superar el test de Turing. Alan Turing, teórico de la inteligencia artificial (IA), estaba obsesionado con la lucha del hombre contra la máquina, pero no para dejar bien sentada la superioridad del primero sobre la segunda sino para buscar las tablas, o incluso la victoria de Terminator. Un juez aislado de la sala en la que se miden hombre y robot les dirige una serie de preguntas y debe distinguir por sus respuestas cuál de las dos inteligencias es artificial. En 2010, fecha fundacional en una era futura de dominación mecánica, el juez confundió al robot con el hombre. Las empresas periodísticas, con ese instinto tan suyo para el delicioso suicidio en grupo, corrieron a investigar las aplicaciones de la IA —como si no bastara el minucioso proceso de jibarización educativa de los universitarios— y hoy ya se están desarrollando algoritmos capaces de ensamblar información en fracciones de segundo y de producir relatos de los acontecimientos que han superado el test de Turing (indistinguibles de un teletipo convencional) sin la intervención de un periodista. Estremecedor, querido becario.

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Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo

La 'elocutio', que diría Quintiliano.

La ‘actio’ o ‘pronuntiatio’, que diría el bueno de Quintiliano.

El pasado lunes 1 de diciembre debuté como conferenciante en el imponente auditorio que Caixa Fórum tiene en Madrid con una charla titulada Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo. Fue el filósofo Gregorio Luri quien concibió la generosidad inverosímil de fijarse en mí para cerrar el ciclo de conferencias que él coordinaba bajo el título: «A hombros de gigantes. La transmisión filosófica, política y cultural». Para las dos primeras conferencias, don Gregorio reclutó nada menos que a William Kristol y a Rémi Brague, dos intelectuales de renombre mundial y respectivos referentes en Estados Unidos y Francia. Mientras me planteaba la propuesta por teléfono, exactamente hace un año, nunca pensé que de mí arrogante boca saldría un sí. Pero salió: yo mismo me oí aceptando con increíble suficiencia. Y no solo salió el sí de mis labios sino que terminé dando la conferencia.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

Pasé el verano leyendo ensayos y tomando notas, refrescando viejas tesis y abocetando un texto más o menos contundente y articulado, expurgando las primeras versiones y añadiendo observaciones de última lectura bajo la tutela de don Gregorio. Me metí en el papel, vamos. No puede uno pasarse la vida quejándose de que no le dan bola y, cuando se la dan, volver la espalda al paso amoroso del tren. Si no es lo más ambicioso que he escrito –una furiosa reivindicación del canon occidental en tiempos de liquidez posmoderna–, está cerca; en todo caso han pasado cinco días y todavía no he cambiado de posición respecto de las resueltas sentencias que blandí desde el atril. Por esta razón, y en la confianza de que el trabajo realizado redunde en algún provecho para mis improbables lectores, ofrezco ahora en mi blog gratis et amore –el directo costó cuatro euros, la mitad para clientes de La Caixa– tanto el texto literal como su ejecución oral, suerte en la que aún no me defiendo con la soltura que desearía, como se advierte en los vídeos. Apenos me atrevo a levantar la vista del papel, exactamente lo que he criticado en los políticos, leo a velocidad ininteligible y por momentos la zozobra nerviosa de mi voz se vuelve intolerable. Pido disculpas por ello con el propósito de enmendarme para trances futuros, llenando si es preciso mi boca de guijarros playeros como Demóstenes; pero si el Rey Felipe todavía gallea, yo, monárquico declarado, no voy a ser menos. También debo aprender a sujetar la mente y terminar una frase antes de empezar otra, incapacidad manifiesta en el vídeo del coloquio que sucedió a la conferencia.

La revista LEER, con la que colaboro y que envió a Caixa Fórum una delegación de entusiastas dignos de mejor causa, publica en exclusiva el texto de la conferencia con un pulcro esfuerzo de presentación que aprovecho para agradecer a Borja Martínez, incluyendo la ilustración de Prometeo martirizado que imaginó Rubens con el grandioso efectismo marca de la casa. Aquí va la conferencia. ¿Qué mejor plan para este puente?

Y aquí, con toda mi vergüenza por fuera, los vídeos de la conferencia y del coloquio:

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Partido Postigo

Jaque Mato.

Jaque Mato.

Parece ser que los europeos no usan postigos. La costumbre de escudar las ventanas para ponernos a salvo de la curiosidad ajena es netamente española y uno, que es europeo tan solo mediante el original modo que tiene un español de serlo, se escandalizaba cuando viajaba por ahí y advertía el campo abierto al voyeurismo que ofrecen los desnudos ventanales de Europa. Por el contrario el nuestro es un país entre visillos, y el fenómeno me parece digno de estudio.

Como no estoy a salvo de los tópicos historiográficos ni de las opiniones de los volterianos ratoneros –“país de pandereta”, “Españistán”, “Spain is different” y en este campanudo plan– lo primero que hice fue culpar a la Inquisición, a quién si no, que habría inducido una sospecha secular, epigenética casi, en el homo hispanicus al punto de hacerle desconfiar por sistema del vecindario, temeroso siempre de una hipotética delación. Esto habría excitado un españolísimo sentido del pudor y la intimidad del que desde luego carecen las guiris que con suma facilidad nos levantábamos en la calle Huertas.

Luego pensé que aquella desconfianza por defecto tenía su reverso positivo, que es una hidalga noción de la dignidad individual, nota presente en nuestra literatura más o menos desde doña Jimena, por no hablar de la tauromaquia. Por ahí, por nuestro acendrado individualismo y nuestra resistencia a la colectividad –cosa de protestantes– fuimos asentando un narcisismo de lo propio que encontraba su lógico corolario en el desprecio de lo ajeno por el mero hecho de ignorarlo, como vio Machado. Y de toda esa madeja psicológica se fueron desovillando complejos tan idiosincrásicos como la raíz honda de la envidia, la obsesión por la pureza de sangre, el sectarismo de capilla angosta, la enfermiza atención a la vida sexual de los demás o la delirante conciencia de que hay un genio o un santo o un héroe agazapado en el interior de cada español, según satirizó Camba.

Lo que no habría en España es gente normal: gente de una razonable mediocridad, de un elemental sentimiento comunitario, personas juiciosas que han llegado a la conclusión de que sus vidas no son tan interesantes como para blindarlas tras complicadas celosías. Pero este grato tipo de paisano –las pruebas en Instagram– no alcanzó en nuestro país una masa crítica. Piensen ustedes que aquí los mayores escándalos los causan siempre los casos de escuchas: del CESID a la malsana curiosidad que echó a Garzón de la judicatura; de los memes a cuenta de Snowden y Obama al SMS de Rajoy a Bárcenas. No importa tanto la gravedad real del caso sino el propio hecho de que algo oculto salga a la morbosa luz. El peque Nico es el último ejemplo de ese morbo. Si nada aterrorizaba tanto a los galos como que el cielo cayera sobre sus cabezas, nada roba el sueño al español como el temor a que un fallo en Whatsapp desvele sus mensajes en alguna web global de cotilleos. Como si el adulterio o sus intentos entrañaran alguna originalidad. El mecanismo mental es inexorable: el pudor excesivo obliga a una hipocresía excesiva y genera una vergüenza proporcional cuando el velo se rasga.

Y como han tenido la paciencia de llegar hasta aquí, ahora les hablaré del PP, que sé que es lo que les gusta. El Gobierno del PP ha impulsado la primera Ley de Transparencia y hoy mismo don Mariano presentará en el Congreso nuevas medidas de regeneración política. Pero don Mariano tiene un grave problema de credibilidad porque no ha alcanzado todavía su sueño, que consiste en que dejen de mezclarle de una santa vez con esos golfos del Partido Popular. Lo ha intentado con tanto ahínco como Soraya, pero lo tiene difícil porque los papeles aseguran que de hecho es el jefe del Partido Popular, del mismo modo que Jaimito se quejaba a su madre de que no quería ir al colegio y ella le respondía que debía ir porque tenía 50 años y era el director.

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27 noviembre, 2014 · 11:08

Podemos y Cataluña: el indiscreto encanto de la burguesía

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

La única inexactitud sugerida por el Jefe del Ejército, más allá de la inexactitud fundamental que supone el hecho de que un militar opine, es que España juegue en su analogía el papel de metrópoli de Cataluña, cuando las evidencias de renta económica e iniciativa política señalan que ocurre exactamente al revés. A Manuel Vázquez Montalbán no le gustaba la famosa sentencia de Wenceslao Fernández Flórez según la cual Cataluña es la única metrópoli que desea separarse de su colonia. No le gustaba, claro, porque no era tonto y porque era comunista, y por tanto sospechaba que Fernández Flórez metía el dedo en la llaga al señalar que el nacionalismo catalán era una afición de burgueses. Como así es, en efecto. Don Wenceslao era gallego, tierra entonces de miseria en comparación con Cataluña, y no podía entender un movimiento de liberación nacional que se apoyase no en la humillación de los oprimidos sino en el egoísmo de las clases medias y altas.

En Cataluña, como en Escocia o en la Padania, el independentismo es un juego de clases acomodadas que quieren serlo más, es decir, pagar menos impuestos a los pobres del sur del Ebro y tocar a menos bocas en el reparto de los propios, con los cuales además seguir haciendo suculentas distracciones al 3% sin miedo al ojo de la Hacienda central. No por pesetero e insolidario deja de ser menos transparente el empeño: menos comprensible es el caso vasco, cuyos nacionalistas, logrado el cupo, apelan a un esencialismo étnico que sonrojaría ya a Darwin. El hecho desnudo es que en las dos regiones históricamente más prósperas de España ha arraigado un sentimiento de vergüenza hacia el resto de la Península que no es alimentado por un escarnio sistemático, como el de los congoleños a manos de Leopoldo II de Bélgica, sino por el asco de mezclarse con pobres en alpargatas. De ahí la frase de Fernández Flórez.

Racismo y burguesía siempre han trabado bien, porque el que tiene su capitalito teme más que lleguen otros a quitárselo que el que no tiene nada, como el obrero, o el que tiene mucho, como el aristócrata, que propende antes al paternalismo que a la xenofobia. Pero revolución y burguesía conjuntan aún mejor. Todas las revoluciones –las buenas, como la inglesa y la americana; las mediopensionistas, como la francesa; y las vesánicas, como la bolchevique y la fascista– las ha hecho la burguesía, y el proletariado ha sido en ellas lo de siempre: la carne de cañón. Es natural que así sea, porque el proletario no tiene tiempo ni formación para idear revoluciones y lo que desea ante todo es convertirse en apacible burgués. Es el burgués el que posee lecturas y energía para entretenerse en hacer listas de agravios cuando la vida le ha despechado o no le ha catapultado adonde esperaba. Una checa siempre la empieza llenando un profesor ex burgués que señala con la pluma al editor que no le publicó antes que el miliciano lo sentencie con la pistola.

Recuerdo estas elementales nociones de sociología histórica porque han sido confirmadas por el último CIS, que identifica al votante mayoritario de Podemos como urbanita de clase media más o menos afectada por la crisis y con estudios universitarios. O sea el pijiprogre, pues el proletariado no entiende La Sexta, evidentemente, sino Telecinco. A los de Podemos les llaman con toda propiedad la casta de Somosaguas, Monedero es profesor de máster en ICADE, Errejón no puede disimular su dicción de niño pijo y las adhesiones ardorosas a su causa no se pronuncian en las fábricas de Fuenlabrada sino en las teterías del Barrio de Salamanca, donde declararse podemista es pura moda trendy como la talasoterapia o la crema de células madre.

–Pues yo voy a votar a Podemosss, tía, que está todo fataaal –se despereza la milf desde el centro burbujeante del spa del Metropolitan.

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La noche de Fonsi

Momento de debilidad.

Momento de debilidad durante el programa captado por cámara traicionera.

Anoche vino al programa de debate futbolero en el que colaboro, La Goleada de 13TV, un joven periodista deportivo llamado Fonsi Loaiza, de añejo renombre tuitero y reciente fama mediática como representante de Podemos sección Deporte. Fue una noche mítica que no olvidaré, como no olvidamos el encontronazo con la inocencia más extraterrestre.

A quienes me critican por haberme sumado a una suerte de linchamiento, aquí va la prueba (a partir del 38:40) de que en todo momento, y aleccionado por este lucidísimo artículo de mi amigo Hughes (conocido el personaje solo matizaría que vi en él más candor que picardía), traté en la medida de mis posibilidades aportar paz, piedad y perdón. Pese a que Fonsi había venido allí a insultarnos.

El programa fue importante no solo porque probablemente hicimos la mejor audiencia del curso, sino porque los españoles pudieron ver el primer pinchazo televisivo de la historia de Podemos, partido fundado en la dialéctica tertuliana. Razón de que muy probablemente este chico sea rápidamente purgado, si no lo fue ya inmediatamente después de la entrevista en El Larguero y justamente antes del programa.

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El país del banano espera a su Pablemos

Keep calm, dice don Mariano.

Keep calm, dice don Mariano.

Jaimito hizo novillos de la misa dominical pero al llegar a casa le dijo a su papá que venía de la iglesia.

-¿Ah sí? –sospechó su padre–. ¿Y de qué ha ido el sermón?
–Pues… del pecado, papá.
–¿Y qué ha dicho el cura sobre el pecado, Jaimito?
–Pues que no es partidario.

Mariano Rajoy tampoco es partidario de la corrupción, y así se lo ha hecho saber a la Cámara en una mañana que el orden del día consagraba teóricamente al Consejo Europeo y después a la sesión de control. Pero ¿qué es un orden del día hoy en España? Nada: un papel prácticamente tan decorativo como el articulado de la Constitución. El pueblo harto clama venganza, la prensa jalea la necesaria catarsis, en los platós de las tertulias clavan picas a la espera de sus respectivas cabezas y el Parlamento, sede de la soberanía al fin y al cabo e imagen fidedigna de la gresca nacional, ardió hoy en santa intransigencia hacia el cohecho, el convoluto, la mordida y el tresporcentismo institucional. Si Rajoy hubiera venido de Bruselas con la despenalización de la marihuana bajo el brazo habría dado lo mismo: hoy solo cabía hablar de corrupción. Y es comprensible, claro. La charca española ha llegado al punto de ebullición.

Como en el chiste de Jaimito, la matinal tomó un cariz religioso: la oposición en tromba demandaba a don Mariano –España no deja de ser católica, aun por negación– más examen de conciencia, más decir los pecados al confesor, más propósito de la enmienda y, sobre todo, más cumplir la penitencia. O sea: dimitir y hacer dimitir, en paráfrasis de Suárez, precisamente para cerrar el régimen de completa podredumbre que el difunto bautizador del aeropuerto habría inaugurado.

Ante los ojos cansados de los españoles, minados por un proceso de depauperación que va para los seis años, desfilan los nombres de los depredadores áulicos que decían representarlos. Es la cólera del excluido del banquete –más que una genuina formación democrática– la que alimenta la gran catarsis puesta en marcha por los jueces, siempre sensibles a la dirección del viento social. Ahora mismo vestir de marca está a punto de considerarse una provocación. El barrio de Salamanca y la Moraleja serán pronto amurallados con sacos terreros (de Loewe) y patrullados por pijos en armas para defender su estilo de vida inalcanzable de los zombis del nuevo proletariado, famélica legión con largas coletas. Las sedes de los partidos serán desguazadas. España, año cero. A empezar otra vez.

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Breaking tertuliano

En El Chiringuito, anoche. Ahí creo que estaba defendiendo a Benzema.

En El Chiringuito, anoche. Ahí creo que estaba defendiendo a Benzema.

Siempre me gustaron la política y el fútbol, y fui -lo confieso- un devorador de tertulias mediáticas desde la adolescencia, en radio o en tele, que estas vinieron después, para quedarse. También veía las de cine de Garci y las de libros de Dragó en madrugadas absurdas de universitario ocioso, deliciosamente especulativas. Pero sobre todo seguía los programas de discusión política. Yo estudiaba las estrategias de los tertulianos, desenmascaraba sus quiebros demagógicos, me entrenaba en su falsa modestia o captatio benevolentiae, admiraba su rara brillantez o me espantaba más a menudo de su creciente simpleza, su coloquialismo puro. Luego me desencanté de esas lizas mediocres y vacié sobre la clase tertuliana algunos frascos de mi mejor acritud. Pero en el fondo yo era un tertuliano sin tertulia y algunos amigos me lo decían, y yo les decía que quizá mi entusiasmo opinativo se pasaba como el arroz de las treintañeras.

Haciendo mi once titular del Madrid en El Chiringuito, anoche.

Haciendo mi once titular del Real Madrid como un chiringuitero más.

De pronto me vi trabajando en un grupo con radio y tele. Creo que la primera tertulia televisiva en la que participé fue Dando Caña de Intereconomía hacia el 2010, más o menos, con Javier Algarra. Yo era redactor y columnista de La Gaceta, donde frecuentemente escribía ya contra los tertulianos, pero las sinergías allí digamos que, si no obligatorias, eran rigurosamente aconsejables. Por ese mismo mecanismo empecé en tertulias radiofónicas como El color de la tarde de María José Bosch o tiempo después La espuela con Dávila en Radio Inter. Después vendría la Real Madrid TV de Alcaide y Muñoz, de Alfonso Villar y David Álvarez y tantos amigos, y también algunas noches en El Contrapunto de Telemadrid con José Antonio Ovies. Una incursión en el primer Jugones de La Sexta, el de Esteva y Rincón, que se cayó enseguida. Luego me llamaron de Radio Nacional de España para la tertulia de 24 Horas, la de la noche, con Miguel Ángel Domínguez. Y ayer lunes 30 de junio de 2014 todos los astros del cielo dialéctico se alinearon para que yo madrugara en Las Mañanas de Radio Nacional con Alfredo Menéndez, siguiera por Rojo y Negro en Radio 4G -el espacio vespertino de Periodista Digital, presentado por Alfonso Rojo– y al final de la tarde me llamaran del equipo de Josep Pedrerol para debutar en El Chiringuito de La Sexta. Me acosté con un agudo dolor de cabeza ubicado en el lóbulo frontal, pero había sido un día divertido.

En 'Rojo y Negro' de Radio 4G, ayer por la tarde.

En ‘Rojo y Negro’ de Radio 4G, ayer por la tarde.

El español, que aún mide el éxito por minutos de televisión, debe de creer que me va fenomenal y que gano ingentes sumas de dinero. La realidad es mucho menos glamurosa, pero desde el hidalgo del Lazarillo sabemos que lo que importa es aparentar a la espera del contrato verdadero, que diría Anson.

La tertulia es un género contingente y necesario a la vez. Allí uno crece en humildad, pues mal que bien siempre acaban llegando insultos entrañables de la audiencia tuitera, y también gana en compañerismo corporativo, conociendo a viejos periodistas con mucha mili y a algunos otros con mucho morro. En términos epistemológicos, la tertulia es perfectamente contingente; en términos financieros, absolutamente necesaria para el bolsillo del periodista posindustrial y precarizado.

Yo, en mi disparatado quijotismo, espero seguir rompiendo a tertuliano en lo venidero, y juro tratar de esforzarme para serle grato al oyente o al telespectador, e incluso para exponerle algún argumento que pueda ser de su provecho o que cuestione alguno de sus prejuicios, e incluso de los míos. No hay que esperar mucho más de un tertuliano, pero tampoco nada menos.

Ahora tengo que irme: acaban de llamarme de Telemadrid.

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