
Parece que Francia ha dejado de ser un paraíso poblado por gente que cree vivir en un infierno. Parece que esta vez hay gente decidida a convertir Francia en un infierno de verdad.

Parece que Francia ha dejado de ser un paraíso poblado por gente que cree vivir en un infierno. Parece que esta vez hay gente decidida a convertir Francia en un infierno de verdad.

Mientras invocamos a Pitita Ridruejo para decidir si nos conviene la llegada del apocalipsis por culpa de la inteligencia artificial, el fantasma de la guerra de toda la vida recorre inadvertidamente Europa. Alemania revisa su red de búnqueres y enumera camas para atender a posibles heridos. Polonia despliega batallones en su frontera. Se cavan trincheras en los países bálticos. Suecia ensaya operaciones relámpago de despliegue de tropas. Luxemburgo cierra su aeropuerto por amenaza de drones. Dinamarca acusa a un buque de guerra ruso de hostigar a uno de sus helicópteros con bengalas. Reino Unido recomienda a su población almacenar agua y víveres. Hasta Suiza, el inocente paraíso (fiscal) que inventó el reloj de cuco, aprueba una nueva estrategia de seguridad y defensa.

Un cordón sanitario recorre Europa, pero opera más bien como nudo corredizo en la garganta de los votantes. Cada vez más congestionados por la cólera que les provoca el agravio sistemático a su opción de voto, la reacción de estos electores no es precisamente el desánimo sino la proliferación. La democracia tiene una manera muy suya de contradecir a sus voceros más apasionados. Hemos necesitado unas cuantas elecciones para darnos cuenta de que el cordón sanitario ni aísla ni cura. Como cualquier decisión nacida del ejercicio de la superioridad moral, sus efectos terminan resultando contraproducentes.

Es fácil meterse con Rutte. Ya era fácil cuando se desempeñaba como liberal calvinista durante sus 14 años en el poder, pagándose de su bolsillo el piso en el que vivía y llegando cada mañana en bici a su despacho de primer ministro de los Países Bajos, desde donde maldecía a las cigarras del sur. Ahora que ejerce de siervo del presidente yanqui más desequilibrado de los últimos 250 años, solo a un menguado o a un temerario se le ocurriría escribir su apología. Pero nos pagan para correr el encierro de este folio en las inmediaciones de algún pitón, cinco días a la semana y once meses al año. Para leer a los cabestros se suscribe usted a la competencia.

Por primera vez desde que un ambicioso puñado de etruscos del Lacio comenzó a expandirse, la próxima potencia dominante podría no ser occidental. Más allá de la multipolaridad salvaje de la Edad Media, a partir del Renacimiento el mundo no ha conocido otra hegemonía que la de Europa o la de su esqueje americano: Estados Unidos.

Así que el vínculo forjado en las playas de Normandía se acabará disolviendo con el hielo de Groenlandia. Europeos y estadounidenses (junto al compromiso canadiense que hoy vuelve a honrar Carney) sellaron con sangre una alianza contra el totalitarismo nazi primero y comunista después, pero no parece que esa alianza atlántica vaya a sobrevivir al segundo mandato de Trump. Aún peor: tampoco parece que pueda ya restaurarla su sucesor, sea demócrata o republicano. Porque no asistimos al posicionamiento ideológico de una determinada administración sino a un cambio de paradigma histórico. Según la ley de Tucídides, el Darwin de la historiografía, toda potencia menguante entra en conflicto inevitable con la potencia ascendente, y esa guerra fría con China exigirá a EEUU que libere todos los recursos que durante las décadas durmientes del gigante chino tenía destinados a la OTAN para contener al oso ruso. Hoy la Rusia de Putin es menos poderosa que la URSS, y precisamente por eso ha visto en el ascenso de Pekín que amenaza a Washington la última oportunidad de recuperar algo de la gloria perdida tras la caída del Muro. Y a Trump no le importa que esa «operación especial» de expansión dictada por la nostalgia se consume a costa de territorio europeo, prescindible como un exnovio. ¿Para qué quiere Vladimir tantas cabezas nucleares si no puede rusificar el Báltico? ¿De qué le sirve a Donald comandar el ejército más poderoso de la historia si no puede exhibir sus fulminantes destrezas en las pantallas líquidas de todos los espectadores del planeta? Este es el viejo nuevo orden mundial, basado en la fuerza. El atlantismo, visto así, es la grata reliquia de un tiempo que en realidad ha durado demasiado, como el yogur olvidado en la nevera.

Hemos dicho ya que la responsabilidad es la criptonita del populista, ese superhéroe del zasca al que toda la fuerza se le va por la boca. Gestionar nunca es tan sexy como predicar, ni cuadrar un presupuesto promete las mismas emociones que reconquistar penínsulas: nadie imagina a Don Pelayo echando las tardes ante una tabla de Excel. Pero si un partido populista -todos lo son al nacer- no crece, no se transforma, no pierde pureza a medida que gana sabiduría, corre el peligro de terminar convertido en un restaurante de Lavapiés.

El 1 de enero de 1986, hace ahora 40 años redondos, con Felipe en La Moncloa y Juan Carlos en la Zarzuela, España firmó el tratado de adhesión a la Unión Europea a la vez que Portugal. Dos países siameses salidos de sendas autocracias se incorporaban no a Europa, a cuya geografía humana pertenecen desde hace milenios, sino a un club supranacional de democracias fundado precisamente para volver imposible el retorno de las dictaduras; es decir, de los regímenes nacionalistas. Una dictadura no es nada más que la consumación de un proyecto nacionalista. Mediante aquella firma solemne en el Salón de Columnas del palacio real más grande de Europa, España se zafaba del abrazo asfixiante de sus demonios familiares, que lo aislaban del continente, y se abrazaba al ángel de la autoestima, la apertura y el futuro.
GAZPACHO CON TABASCO
blog personal de un cierto jarroson
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
you are so cute when you are frustrated, dear
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
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“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain