Archivo de la etiqueta: Telepantoja e ingeniería social

Los molinos de viento de Cospedal

Trabajar. Hacer. Crecer. Manipular.

Trabajar. Hacer. Crecer. Manipular.

Según reciente confesión, María Dolores de Cospedal está leyendo La templanza, de María Dueñas. Es de suponer que la novela metaforiza de algún modo esta virtud cardinal, tan importante en campaña para un político expuesto al vaivén de la demoscopia, razón para elogiar la pertinencia con que la presidenta de Castilla-La Mancha -y secretaria general del Partido Popular- escoge sus lecturas.

Las encuestas sientan al PP manchego en un balancín que oscila entre el cielo de la mayoría absoluta -fijada en 17 escaños por la nueva Ley Electoral- y el infierno del pacto necesario si saca 16 o menos. En este segundo supuesto, Ciudadanos emerge como árbitro merced a una horquilla de entre tres y cuatro diputados; en una correlación de fuerzas tan apretada, y dado el emblemático perfil de Cospedal, no es descabellado calcular que aquí los de Rivera acaben cerrando el paso al PP. Los dos o tres que los sondeos otorgan al otro partido nuevo, Podemos, volverían insuficiente un presumible frente de izquierdas con el PSOE de Emiliano García-Page, que bascula entre los 10 y los 11 asientos. Así que sobre el tablero manchego el bipartidismo puede pese a todo aguantar bastante bien el tipo.

Cospedal se juega el 24 de mayo su carrera política: su sillón en el Palacio de Fuensalida y puede que su despacho en la planta noble de Génova. Si internamente ya ha sido muy cuestionada la compatibilidad de ambos cargos, e incluso se ha atribuido a este pluriempleo la falta de una estrategia política clara a lo largo de la legislatura -por no hablar de la relación Soraya-Cospedal, manifiestamente mejorable-, mantener a una perdedora al frente del partido podría resultar difícil de justificar hasta para Rajoy. Así que en los comicios manchegos se dirime una clave nacional, en tanto que juicio al PP en la efigie de su número dos. No deja de ser la persona que se enfrentó en solitario a Bárcenas, y también la que avaló su finiquito «en diferido».

Consciente de lo que se juega, la presidenta reformó la Ley Electoral al poco de llegar al poder, y volvió a reformarla el verano pasado. La oposición no duda en tildar la medida de cacicada, aunque el Tribunal Constitucional ha salvado su legalidad. El hecho es que también José María Barreda había reformado la Ley Electoral: se conoce que aquí es tradición cambiar las reglas del juego si uno cree que le perjudicarán en las próximas elecciones. «La diferencia es que nosotros lo llevábamos en el programa, mientras que Cospedal primero aumentó de 49 a 53 los diputados un Miércoles Santo de 2012, y cinco meses después anunciaba un nuevo recorte que equiparaba nuestro nivel de representación al de La Rioja. Todo con tal de facilitarse la reválida. Pero le ha salido el tiro por la culata: no contaba con la irrupción de C’ s y Podemos, y la nueva ley pone tan caro el escaño que en cuanto entra una tercera fuerza se vuelve imposible la mayoría absoluta», explican fuentes del entorno de García-Page. Desde el PP justifican la medida por el deseo de adelgazamiento de la Administración manifestado en las encuestas por los ciudadanos.

Y es verdad que si una palabra ha guiado la primera ejecutoria del PP en Castilla-La Mancha, esa ha sido austeridad. A Cospedal no le ha temblado la mano que empuña la tijera -el PSOE cifra el tajo en 26.000 empleados públicos-, pero esgrime razones tan poco originales como imperiosas para hacerlo: una herencia ruinosa, que les habría obligado a gestionar la miseria y a embridar un déficit galopante (7,8%: la autonomía más deficitaria de España) como primera medida. El desempleo, pese a la última mejoría, se dispara hasta el 28,7%. Cospedal llegó a replantear el método de registro de paro para afinar su tipología, según el PP; para maquillar el dato, según la oposición.

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Sin perdón

La cámara empatiza sin remedio, Évole.

La cámara empatiza sin remedio, Évole.

En periodismo todo lo que no sea atacar enaltece. El tratamiento de un tema nunca podrá ser tan decisivo como la propia elección de ese tema, porque en un régimen de opinión pública nada es tan valioso como la suspensión del anonimato, y nada tan despreciable como no hacer aprecio. Y dado que el periodismo, según suele recordar Arcadi Espada, inevitablemente canoniza todo lo que toca, debe escoger con mucho cuidado a quién da voz o sobre quién posa su foco santificante si se trata de periodismo televisivo, sintagma que quizá no siempre exprese un oxímoron.

Entrevistar a un etarra es reivindicarle como interlocutor: aprestarse a oír sus razones. Concederle razones, para empezar. Pero ¿y si ese etarra estuviera genuinamente arrepentido? Entonces al periodismo se le presentaría la oportunidad no ya de dar una exclusiva, sino de contribuir a fijar la historia de ETA en su abyecto canon, sin equidistancias, que es la batalla que hoy toca librar. Aun en este supuesto, la moralidad de la entrevista dependerá del grado de sinceridad que el periodismo sea capaz de tasar en su entrevistado. Sucede que el periodismo no se inventó para tasar sentimientos sino hechos.

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Rea RAE

Campaña romaní.

Campaña romaní.

Con motivo del Día Internacional del Pueblo Gitano celebrado el 8 de abril, Carolina Fernández, subdirectora general de incidencia y defensa de derechos de la Fundación Secretariado Gitano -qué lejos de esta burocracia identitaria quedan, ay, los Camborios, Torres y Heredia del Romancero-, reclamó a la Real Academia Española que suprimiese la acepción trapacero de la entrada ‘gitano’ del Diccionario. Objetivo, en apariencia modesto, de la campaña ‘Yo no soy trapacero’ que, haciendo el inevitable uso publicitario de unos niños tan gitanos como inocentes, halló eco en los principales periódicos y telediarios del país.

Prendida y hallada culpable ante el sanedrín de la corrección, la rea RAE balbuceó una defensa:

-El lexicógrafo hace un ejercicio de veracidad: refleja usos lingüísticos efectivos, pero no incita a nadie a ninguna descalificación ni presta aquiescencia.

No quedó convencida Fernández, que anima a la RAE a traicionar su misión -total, ya claudicó el Día del Síndrome de Down- porque «el lenguaje no es inocente». Y claro que no lo es. Ni dejará de serlo porque proscribamos del Diccionario los conceptos feos. ¡Ah, qué fácil sería entonces gobernar! ¡Qué dulce la vida en los patios de colegio y en las selvas de Kenia! Bastaría un solo ministerio orwelliano que decretase solemnemente la expulsión de todo término indeseable de su comunidad hablante: los filólogos vestiríamos de policías, los políticos ocuparían un sillón en la RAE a la vez que su escaño en el Congreso y reinaría la armonía en un mundo hecho de Paz, Amor, Prosperidad, Unión, Progreso y Democracia, por citar un eufemismo de moda. Solo que al día siguiente los niños en los patios seguirán llamándose gitano, o subnormal, o maricón. Palabras desde luego muy precisas, nada inocentes, que se pronuncian porque sirven perfectamente a la única ley que rige el lenguaje: la de la utilidad para nombrar lo que tenemos en mente. El problema no está en los significantes que registra el Diccionario, sino en los significados que contiene el cerebro. Mientras subsista el deseo de insultar -y todo apunta a que la especie ‘sapiens’ no se privará próximamente de semejante placer-, el humano encontrará las palabras, oficiales o no, para hacerlo. También para elogiar, y aun con la misma palabra con que ofende, pues la sexta acepción de la voz ‘gitano’ reza: «Que tiene gracia y arte para ganarse las voluntades de otros».

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Un corderito para Rajoy

Comandante del ejército más poderoso de Europa, y quinto del mundo.

Comandante del ejército más poderoso de Europa, y quinto del mundo.

Ese corderito huérfano al que David Cameron sienta en su regazo tory para darle el biberón. Para besarle en el hociquillo, incluso, una vez alcanzado un punto insoportable de ternura sobre las pajas de este belén laico donde solo falta una urna en funciones de pesebre. Luego el World Press Photo se lo llevará cualquier drama bélico de innegable lacrimogenia, pero el día que al fotoperiodismo le interese el retrato visceral de la política primermundista deberá premiar cosas como este navideño retozo de Norit en los brazos de un premier británico. Porque uno puede relanzar la economía de su país, y crear empleo, y superar un referéndum secesionista; pero tarde o temprano deberá posar amamantando a un cordero blanco para optar a mantenerse en el poder. Son las premisas de la democracia Facebook, qué le vamos a hacer, don Mariano. Usted se niega a acatarlas, pero luego no pregunte por qué no le votan esos ingratos de ahí fuera.

Si yo fuera Arriola u otro rasputín orgánico cualquiera imprimiría la foto del pastorcillo Cameron y la llevaría hoy a la Junta Directiva del PP para dejársela a Rajoy encima de la mesa. Señor presidente. A ver cómo le explico. Cameron no es más progresista que usted, ni menos conservador. Reivindica para sí la condición de «razonable» como usted la de «previsible», no se le conocen aficiones estrafalarias como el veganismo o la teodicea e incluso sale a correr por Hyde Park como usted practica el senderismo en Pontevedra. Ahora bien. Sabe que no ganará si no se muestra medianamente humano. Consiente debates abiertos y entrevistas duras. Y si tiene que hacerse una foto con un corderito huérfano, se calza las botas de aparcero y se reboza en esencia de establo hasta arrancarle una lágrima a la mujer de un estibador de Liverpool.

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Culpable de inundación

Los problemas crecen.

Los problemas crecen.

Es común que el columnista español abuse del carácter nacional para apuntalar la columna. Le pasa al columnista como le pasa al tuitero del montón, porque la pereza mental no respeta a nadie. Pocos tópicos tan españoles como este de descubrir españoladas genuinas en cada noticia que admita una lectura costumbrista. Pocos paletos tan acabados como el papanatas que pone los ojos como bolitas de alcanfor ante el primer exotismo y cada dos horas estalla de superioridad moral en Twitter: «¡País de pandereta!» Al odiador de panderetas yo de hecho lo vendería en las tiendas de souvenirs de la Plaza Mayor junto con la flamenca y el torero: con su barbita hipster y su tarjetita FNAC asomándole del bolsillo vaquero.

El beato del carácter nacional levita ante la desidia sureña, la envidia atávica, la propensión inquisitorial al chisme: como si no hubiera noruegos chismosos, o como si los ingleses no se abonaran a la siesta en cuanto la descubren. Ahora bien. Hay mañanas en que el tópico parece confluir con el hecho. Se produce una crecida espectacular del Ebro y puntualmente acude España a ocupar su lugar (común) con Caín: murcianos quejándose de que unos tanto y otros tan poco; maños respondiendo que allí tampoco sobra, que en invierno se puede cruzar el Ebro a pie a la altura de El Pilar. Es la circularidad argumental que emocionó no a Spielberg, sino a Machado.

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¿Y esto cómo lo vendemos?

Tsipras pensando eslóganes.

Tsipras pensando eslóganes.

Al reportero que accede por primera vez a los santuarios del poder -es decir, al off the record- le sorprende la vigencia de una ley no escrita, amurallada por una escrupulosa omertà. Esta primera ley de la política, suscrita por izquierdas, derechas o mitólogos de aldea se enuncia con sencillez: nunca olvides que la gente es imbécil. La gente es carne ambulante que emite votos cada cuatro años. El pueblo al que se dice defender y representar tragará lo que le eches mientras le rindas el tributo de empatía retórica que impone la telecracia emocional de nuestro tiempo.

Si usted ha trabajado alguna vez en un gabinete o tiene un cuñado que fue jefe de prensa de un diputado, sabrá que la primera pregunta que hace un político después de tomar la típica decisión contraria a su compromiso es: ¿y esto cómo lo vendemos? ¿Cómo vende Tsipras su epifánico encontronazo con la realidad, su peculiar paso del mito soberano al logos de la deuda? Pues invoca la ley de la imbecilidad general y Europa acude en su ayuda: donde había odiosa troika dígase asépticas «instituciones europeas», lo que permite vender en Atenas como victoria nacional un zafio birlibirloque nominalista. La variable Ockham o la ecuación Lampedusa, cabría titular este eterno best-seller: para que todo siga como está, es preciso que el nombre cambie.

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De columnas, lectores y flamencas

Si una tarde cualquiera un chateo.

Si una tarde cualquiera un chateo.

El editor de LEER, entusiasta y temerario Borja Martínez, tuvo la ocurrencia quizá orwelliana de convocarnos a Juan Soto Ivars y a mí en un coloquio virtual en Whatsapp bajo su batuta moderadora. Fue el pasado 12 de enero y yo entonces aún no había fichado por El Mundo, de modo que técnicamente éramos compañeros de El Confidencial. La cosa fue divertida, tengo que reconocerlo, más allá de que sienta un precedente terrible que podría terminar con varios géneros periodísticos y al menos un par de sectores industriales, amén de la paciencia más franciscana.

Os dejo el experimento, que quizá sirva para saciar algunas malsanas curiosidades.

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Adopta (a) un tío

La lonja.

La lonja.

Compruebo con melancolía que esta campaña, «Adopta un tío», no suscita la más tímida queja entre los claudicantes miembros de mi sexo, antaño el fuerte. No será por la ambigüedad del mensaje: se trata de poner chulazos a disposición on line del furor uterino, que tiene sus urgencias como el mar sus símbolos. El eslogan que da nombre al lúbrico portal resulta tan sofisticado como un neón de carretera; hay champús más condescendientes con la espiritualidad femenina. Así que las causas de esta omertá camuflada de liberal tolerancia hay que buscarlas en el miedo, como siempre.

¿Deja el lenguaje de ser sexista si atenta contra el varón? Aquí operan un tabú consciente y una capitulación inconsciente: el primero, claro, lo vigila el feminismo más o menos histérico, que pone gritos automáticos en el cielo de la igualdad a partir de un número dado de azafatas o de centímetros de escote; la segunda presupone que siglos de patriarcado merecen no reparación sino revancha simétrica: una completa inversión de la ofensa histórica que el macho debe aceptar como expiación. Ambos factores, el tabú de unas y la capitulación de otros, confluyen naturalmente en la autocensura, de modo que nos situamos ante el género como el viñetista ante Mahoma.

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Aprovecha esta columna Arcadi Espada para darme en su blog la bienvenida al periódico. Algunos lectores me dicen que menuda hospitalidad, recibir corrigiendo; pero si conozco algo a nuestro Espada, sospecho que no hay para él forma más elevada de deferencia que la crítica. Sabido es que entre articulistas solo rigen dos formas de desprecio: la olímpica indiferencia o el elogio envenenado. Así que retuiteé su adenda agradecido, más cuando, revisada la norma gramatical, compruebo que el eslogan «adopta un tío» es frase correcta sin preposición, por cuanto elige tomar al complemento directo en especie y no en su condición de persona humana, con todos sus derechos; pero esta misma elección comporta una decisión (in)moral en cuyo señalamiento coincide Arcadi. Por eso, no puedo aceptar este sintagma suyo, «incluso sin saberlo», que me atribuye una ignorancia que por una vez no me es propia, pues sé -y así se desprendía de mi columna- perfectamente lo que pretenden «estas tipas» con las que nos jugamos nuestra maltrecha dignidad viril.

Sigue con salud,
J.

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