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Paradoja de la playa virgen

Playa virgen. O Benidorm, tanto da.

Playa virgen. O Benidorm, tanto da.

A usted le gustarán sin duda las playas vírgenes. Lo virgen gusta en general por alguna razón que se me escapa y que seguramente tiene que ver con lo atávico, algo como el platonismo de un mono sucio que en todo caso no renunciaba a la pureza. A la caverna platónica de nuestro tiempo la llamamos publicidad, una de cuyos sectores más activos es el que se ocupa del veraneo, cuyo marco fetén será siempre la playa virgen. Todo lo que no sea perderse por un arenal impoluto y despoblado es como quedarse en Madrid. Si usted no exhibe ‘selfie’ en playa virgen este verano, es usted un ‘lúser’. Y lo sabe.

Y sin embargo la virginidad resulta poco práctica para muchas cosas, que ahora no detallaré. Lo virgen es complicado, improbable, sospechoso. Pero, sobre todo, lo virgen no es virgen. Tuve una vez un jefe que, para deslizar sutilmente la afición a la sodomía -real o metafórica- de un político que le caía mal, solía decir: «Ese tiene el culo más visitado que la Casa de la Pradera». Pues bien: no hay nada más visitado que una playa virgen. Su reclamo es tan poderoso que nadie desea quedarse sin pisar una playa virgen, desvirgada desde el mismo momento en que la poseen los turistas ávidos de virginidad. Uno, que aún no es insensible a la presión publicitaria, ha visitado algunas playas vírgenes muy recomendadas y nunca encontró tantos problemas para clavar su sombrilla. Edenes atestados, las playas vírgenes son como la discreción, que se desvirtúa en cuanto la detectan.

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Cortesía: José María Marco habla de La granja humana en un vídeo de Libertad Digital.

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¿Y esto cómo lo vendemos?

Tsipras pensando eslóganes.

Tsipras pensando eslóganes.

Al reportero que accede por primera vez a los santuarios del poder -es decir, al off the record- le sorprende la vigencia de una ley no escrita, amurallada por una escrupulosa omertà. Esta primera ley de la política, suscrita por izquierdas, derechas o mitólogos de aldea se enuncia con sencillez: nunca olvides que la gente es imbécil. La gente es carne ambulante que emite votos cada cuatro años. El pueblo al que se dice defender y representar tragará lo que le eches mientras le rindas el tributo de empatía retórica que impone la telecracia emocional de nuestro tiempo.

Si usted ha trabajado alguna vez en un gabinete o tiene un cuñado que fue jefe de prensa de un diputado, sabrá que la primera pregunta que hace un político después de tomar la típica decisión contraria a su compromiso es: ¿y esto cómo lo vendemos? ¿Cómo vende Tsipras su epifánico encontronazo con la realidad, su peculiar paso del mito soberano al logos de la deuda? Pues invoca la ley de la imbecilidad general y Europa acude en su ayuda: donde había odiosa troika dígase asépticas “instituciones europeas”, lo que permite vender en Atenas como victoria nacional un zafio birlibirloque nominalista. La variable Ockham o la ecuación Lampedusa, cabría titular este eterno best-seller: para que todo siga como está, es preciso que el nombre cambie.

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Cameo cinematográfico

Mi buen amigo Alberto Martín-Aragón tuvo a bien pedirme que participara en su última película, creada en colaboración con su mujer Julia Doménech. Accedí encantado. Se trata de cine amateur pero plagado de referencias de culto: una factura visual morosa entre Godard y Tarkovsky, un guión negro astracán entre Greene y Berlanga, una dirección de actores low cost que evoca irremisiblemente a Ed Wood. Su primera película, el documental Taxidermias, me parece una obra de arte destinada a una futura recuperación estelar, y si no corre ya de boca en boca es porque el mercado de lo indie también está saturado. Responde con creces a una pregunta seria: si se puede hacer humor y poesía con el cáncer.

En Deconstrucciones hago de mí mismo bajo el nombre de Winston: un escritor sentencioso y misántropo que no cree en casi nada salvo en que hay gente que no merece vivir. Los diálogos los imprevisamos sobre la marcha. Creo con todo que no quedaron mal. Y en todo caso nos reímos mucho. Yo salgo en el 27:27 y en el 1:08:08. Es una cosa bastante disparatada, aviso:

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Respeto en el velatorio

Ponte de rodillas.

Ponte de rodillas.

“Aquí no vamos a tener ese debate”, advertía Carreño, comisario de una ortodoxia acorralada. Porque la crítica se impone a raudales y desborda los venales márgenes del gañote mediático, del entrañable forofo de granito, del camachismo aferrado al clavo de la tautología ardiendo: “¡España es nuestra Selección!”, clamaba don José Antonio en el minuto 88. Ahora habrá un gato tiñoso maullando de tristeza en el bombo rajado de Manolo.

España, aquel equipazo. Cuánto le debemos. Ni una traición a su memoria gloriosa. A las duras y a las maduras. Y otros argumentos de tapa de rabas que ignoran que en el fútbol, como en el periodismo, vale uno exactamente lo que vale su último partido o su último artículo. El fútbol es el puro presente, y el presente de La Roja es tan patético, ha sido tal la real desnudez exhibida contra Holanda que ciertamente solo podemos hablar de este grupo de futbolistas desde ese respeto que reclamaba aterrado Telecinco: el respeto exacto que se guarda en un velatorio ante un cadáver todavía tibio.

Pero no pasa nada, e incluso aún es posible que lleguemos a cuartos, como antaño. Don Vicente lo tuvo claro. Veía acercarse Brasil y veía alejarse la juventud de sus muchachos y veía acercarse a don Louis Van Gaal, siempre positivo, siempre inteligente, escondiendo en el puño de la mano el tornillo que sujetaba la carpa del tiquitaca español. Pero don Vicente, como buen marqués, apostó por conservar y no por progresar, y vino a Brasil a triunfar o morir con los suyos, hermosa hidalguía. ¡Que inventen ellos!

Por toda novedad, un nueve verdadero que era Diego Costa, faro de costa para novedosos pases en largo a la espalda de la defensa del Feyenoord. Lo malo de Costa es que de faro tiene la fijeza pero también el cemento, y tarda en armar la pierna lo mismo más o menos que se tarda en subir a la Torre de Hércules, por citar el faro más viejo de España. Es cierto que superó el minuto ocho, para cabreo de Simeone, pero también que perdonó cuando aún había espacio para la inclemencia. Como vio que tratando de marcar como nueve cierto no lo hacía, lo intentó por lo falso y le salió: penalti bien simulado y gol de Xabi Alonso. La solicitud arbitral en estos trances también es consecuencia de la estrella pectoral, oiga. Y al menos no era japonés. Mediaset al completo vio penal indubitable, claro. Antes había declarado un déjà vu en un rechace de Iker a tiro de Sneijder. Esta precipitación en la analogía que trae la simpleza siempre acaba produciendo monstruos.

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14 junio, 2014 · 1:56

Fantasías arbitrales y problemas familiares

Ayza y su cuadrilla.

Ayza y su cuadrilla.

Ya hay que ser un niño raro para soñar con ser árbitro de mayor. Y una vez cumplido ese extravagante sueño, ya hay que ser un árbitro raro para expulsar a Cristiano Ronaldo con una roja directa, gesta que no se veía en un campo desde la temporada 2009/2010, la primera del portugués en España, a quien nadie había avisado suficientemente de la terrible diferencia que existe entre el arbitraje inglés y la picaresca hispana.

Ayza Gámez es por tanto un hombre de fantasías extravagantes, un hombre que exhibe sus disfunciones sin demasiado pudor. Es cierto que Ronaldo debió contenerse, pero no es fácil hacerlo cuando los defensores vascos llevan todo el partido confundiendo tus tibias con troncos de leña. Se equivocó al levantar la mano ante el rostro desencajado de Gurpegui, que no necesitaba más para rodar por el suelo como fulminado por un ictus. Pensábamos que el fútbol vasco se caracterizaba por una noble frontalidad sin engaños ni adornos, pero se conoce que la escuela dramática de La Masía imparte cursos por correspondencia al resto de autonomías.

Ayza Gámez no es que cayera en la trampa: es que estaba encantado de caer. Ya saben ustedes la famosa sentencia de Oscar Wilde: el mejor modo de evitar la tentación es caer en ella. Y hacia allí trotó alegre Ayza, la mano temblando de emoción en el bolsillo del pecho, incrédulo ante el generoso regalo del destino que al fin le iba a permitir aliviar su íntimo deseo de expulsar al mejor jugador del mundo. Si parece agresión, es que es agresión y punto.

Más tarde, para que nadie pusiera en duda sus tendencias, hurtó la última jugada al Madrid anticipando el final del encuentro. Es siempre improbable marcar en el último minuto, pero Ayza prefirió no correr riesgos. Y para acabar, como sospechaba que no todo el mundo tiene por qué compartir la siniestra originalidad de sus gustos, apuntó en el acta el gesto de tocarse el mentón que Cristiano dirigió al cuarto árbitro camino del banquillo. Lo cual delata sus dudas sobre la materia punible en la jugada de la roja, pretendiendo justificar la expulsión con argumentos a posteriori. Un héroe del pito, este Gámez.

Vamos a confiar en que el Comité corrija el despropósito nacido de las caras fantasías de Ayza y minimice sus efectos en Liga. Vamos a confiar en ello aunque solo sea para compensar la elección de Clos Gómez como árbitro del derbi copero. Clos Gómez, el héroe de la final de Copa en que expulsó a Mourinho y a Cristiano. Clos Gómez y Ayza Gámez: dos hombres sin duda afortunados, pues según la doctrina de Sánchez Arminio carecen de problemas familiares.

(La Lupa, Real Madrid TV, 4 de febrero de 2014)

La locución, calentita, aquí mismo.

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