Archivo de la etiqueta: cine

La música del paraíso

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El padre Gabriel al oboe.

Un misionero atado a una cruz flota boca arriba sobre el agua oscura. Su condena parece tan inexorable como la corriente de un río. El crucificado zozobra unos segundos entre los rápidos del Iguazú antes de ser engullido por la gran catarata. Ni la piedad ni la fe tienen cabida en los dominios salvajes de un mundo donde la virginidad es la garantía misma del brutalismo. Pero el padre Gabriel toma su oboe y una biblia y se interna en la selva para averiguar si Dios quiere otro mártir o fundar su misión. Remonta el río, se sienta en una piedra y comienza a tocar. La melodía fluye de él hacia la espesura e incluso los pájaros enmudecen. Indígenas armados de flechas no tardan en rodear al intruso que debería seguir a su precursor hasta el negro vientre de la catarata. Pero Gabriel no se inmuta, sigue tocando, se aferra a la música que puede salvarle. Dios expulsó a los hombres del edén y confundió sus lenguas, pero les dejó el idioma universal de la música para que supieran el camino de regreso al paraíso.

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7 julio, 2020 · 10:05

Nuestro Areta

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Carlos Santos como Germán Areta.

Por la calle oscura de una gran ciudad de un país en transición baja un hombre que no es oscuro ni grande ni mudable. Se llama Germán Areta. Parece un hombre común, ciudadano de una dictadura que agoniza, pero no se hace ilusiones respecto del futuro: conoce la maldad y se opone a ella por instinto, y entiende que la vigencia de ese enfrentamiento no depende de la forma del Estado sino del corazón podrido de los hombres; y por cierto, de no pocas mujeres. Hace tiempo que no duerme bien pero eso no merma la vigilia de sus sentidos, que son la materia prima de su negocio: detective privado.

Se gana la vida lidiando por dinero con la declarada miseria del prójimo, pero no acepta cualquier encargo aunque le sirviera para empezar una nueva vida en un buen piso a la vera del Retiro. Le sobra valentía para castigar a un maltratador que le dobla en tamaño tanto como para desafiar a un plutócrata vicioso, y le falta el sentimentalismo preciso para disculpar a una mujer que se niega a salvarse a sí misma. Se las arregla para averiguar la verdad sin tender más trampas que las justas, porque su mirada fija accede al alma de su interlocutor como una sonda infalible. Llega, observa y comprende. Pero no juzga.

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5 octubre, 2019 · 17:06

Big Time. La gran vida de Perico Vidal

Vidal y Loren, en un receso.

Vidal y Loren, en un receso.

He aquí un libro letal, una mágica elegía, un viaje al corazón de la fábrica de los sueños (cuando lo era) narrado en semejante estado de gracia que uno no sale de su lectura indemne sino corroído por la nostalgia de lo que jamás vivirá. De un tiempo irrepetible. Y no hay tópico, porque Sinatra ya no regresará al hotel Felipe II de El Escorial a lanzar beodo sillas contra un cuadro de Franco; ni Ava Gardner volverá a subirse a una mesa en un tablao flamenco de madrugada, levantarse las faldas y aliviarse allí mismo ante el gitano respetable sin incurrir en grosería, porque “hasta meando sobre una mesa tenía clase”; ni Orson Welles se ausentará durante semanas del rodaje de una película para perderse bien acompañado en la larga noche madrileña; ni David Lean entrevistará a Julie Christie en toda su gloria -Dios mío, Julie Christie- para el papel de Lara en Doctor Zhivago en un restaurante cercano a la Castellana; ni habrá ya otro español que trate al star-system clásico de Hollywood con la naturalidad con que Perico Vidal, asistente de director, trató a Robert Mitchum, Marlon Brando, Peter O’Toole o Dean Martin.

La increíble leyenda de Perico Vidal se va construyendo ante nuestros ojos gracias a las sesiones de grabación que un comprensiblemente fascinado Marcos Ordóñez mantuvo con el protagonista en sus últimos años de vida (murió en 2010), tras preparar sabiamente al hablador para la fastuosa apertura de su memoria. Que Pedro Vidal -quizá junto a Gil Parrondo el español más hollywoodiense de siempre- resultase aproximadamente desconocido más allá de los márgenes de la industria puede explicarlo ese desdén por la autopromoción que suele apoderarse de quienes han tocado la verdadera gloria con las manos. Por el ático de Príncipe de Vergara, rebautizado como “Hostal Vidal”, pasó a pillar su curda diaria o a dormirla lo más granado del cine y del jazz internacional, configurando una España paralela a la grisura del franquismo cuyos gerifaltes, por lo demás, tampoco parecían demasiado interesados en reprimir aquellas juergas inacabables. Lo importante es que Ordóñez se dio cuenta a tiempo y recabó el testimonio más impagable sobre la etapa “española” del cine americano, aquellos sesenta en que las grandes superproducciones se rodaban en España por su paisaje, su mano de obra y el competitivo cambio dólar-peseta. Los años que hicieron exclamar a Ava, avecindada en La Moraleja: “In Madrid, if you know the city well, the night never ends”.

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21 enero, 2015 · 14:17

Cameo cinematográfico

Mi buen amigo Alberto Martín-Aragón tuvo a bien pedirme que participara en su última película, creada en colaboración con su mujer Julia Doménech. Accedí encantado. Se trata de cine amateur pero plagado de referencias de culto: una factura visual morosa entre Godard y Tarkovsky, un guión negro astracán entre Greene y Berlanga, una dirección de actores low cost que evoca irremisiblemente a Ed Wood. Su primera película, el documental Taxidermias, me parece una obra de arte destinada a una futura recuperación estelar, y si no corre ya de boca en boca es porque el mercado de lo indie también está saturado. Responde con creces a una pregunta seria: si se puede hacer humor y poesía con el cáncer.

En Deconstrucciones hago de mí mismo bajo el nombre de Winston: un escritor sentencioso y misántropo que no cree en casi nada salvo en que hay gente que no merece vivir. Los diálogos los imprevisamos sobre la marcha. Creo con todo que no quedaron mal. Y en todo caso nos reímos mucho. Yo salgo en el 27:27 y en el 1:08:08. Es una cosa bastante disparatada, aviso:

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Cómo confundir a Anna Karenina con Ana Torroja

No hace falta leer a Wilde para saber que en arte la separación entre forma y fondo es puramente convencional. Cuando se afirma que un escritor o un cineasta prima el preciosismo de la expresión sobre la transmisión de unos hechos o de un mensaje moral se quiere subrayar tan solo que el artista posee una marcada voluntad de estilo, que le gusta llamar la atención sobre cómo dice las cosas; no se le acusa de carecer absolutamente de algo que decir. Porque el cómo no opera en el vacío, sino siempre sobre un qué. Cuando se tiene un qué poderoso, un artista sabio escoge un cómo modesto, elástico, adaptado generosamente a la idea o argumento que se pretende realzar. Y viceversa, cuando el artista sabio solo dispone de un qué vulgar, extremará los recursos de su talento expresivo para lograr un efecto artístico de similar calado.

El fondo es la forma, el medio es el mensaje, etcétera. Por eso yerran en su argumentación las críticas que han destrozado por esteticista la Anna Karenina de Joe Wright, estreno de cine en el que tuve la desgracia de invertir una lluviosa tarde de domingo y un billete canjeable por una cena opípara comparada con las que en los últimos tiempos se encuentra en disposición de sufragar mi exhausto bolsillo. La película es la broma cara de un director pueril con serios problemas de adaptación social, dandismo hueco y comprensión lectora, y que sea tratada como tal por la crítica especializada constituye una magnífica noticia para la maltrecha causa de la veracidad periodística. Pero esas críticas insisten en el estéril y huero esteticismo de la película, advirtiendo en Wright la “arrogancia artística” del cineasta enamorado de sus propios trucos de estilo. Y se olvidan de decir lo fundamental: que ese barroquismo efectista y meramente pirotécnico no solo no logra nunca servir a la historia, que es a lo que debe aspirar toda competencia en técnica artística, sino que la opaca y hasta sustituye groseramente, de donde el espectador medianamente formado infiere, atendiendo a la ecuación con que empieza este párrafo, que la única medida de consistencia de la que es capaz el cerebro de Joe Wright la da el cartón piedra coloreado de un atrezzo de ópera rusa.

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6 abril, 2013 · 21:01