La música del paraíso

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El padre Gabriel al oboe.

Un misionero atado a una cruz flota boca arriba sobre el agua oscura. Su condena parece tan inexorable como la corriente de un río. El crucificado zozobra unos segundos entre los rápidos del Iguazú antes de ser engullido por la gran catarata. Ni la piedad ni la fe tienen cabida en los dominios salvajes de un mundo donde la virginidad es la garantía misma del brutalismo. Pero el padre Gabriel toma su oboe y una biblia y se interna en la selva para averiguar si Dios quiere otro mártir o fundar su misión. Remonta el río, se sienta en una piedra y comienza a tocar. La melodía fluye de él hacia la espesura e incluso los pájaros enmudecen. Indígenas armados de flechas no tardan en rodear al intruso que debería seguir a su precursor hasta el negro vientre de la catarata. Pero Gabriel no se inmuta, sigue tocando, se aferra a la música que puede salvarle. Dios expulsó a los hombres del edén y confundió sus lenguas, pero les dejó el idioma universal de la música para que supieran el camino de regreso al paraíso.

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7 julio, 2020 · 10:05

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