La hipótesis Arriola estaba compuesta de cuatro premisas. Primera, España es sociológicamente de izquierdas. Segunda, la derecha solo gana cuando la izquierda se queda en casa. Tercera, la derecha moviliza a la izquierda cuando intensifica los acentos conservadores de la batalla cultural. Cuarta, el votante de derechas es más disciplinado, sensible al voto útil aun con la nariz pinzada. Conclusión: solo un PP centrado puede ser un PP ganador.
El destino se complace en los caprichos de la simetría, por decirlo a la manera del ídolo literario de Zapatero, y ha querido que coincidan en la librería los ajustes de cuentas de dos políticos retirados, opositores los dos, hombre y mujer, derecha e izquierda, Mariano Rajoy y Manuela Carmena. En Política para adultos el expresidente carga contra el populismo como si nunca hubiese sido adolescente. En La joven política la exalcaldesa arremete contra la política convencional como si nunca hubiese sido adulta. Carmena le saca una década a Rajoy, pero necesitaría muchas más para comprender que los presupuestos no se ejecutan a golpe de magdalena y que con buenas intenciones solo se hacen malas ordenanzas. Rajoy, por su parte, es el último forofo del reglamento en un mundo de certezas canceladas y escalafones derretidos.
Yolanda Díaz se parece mucho a Angela Merkel. Las dos son mujeres, las dos son políticas y a las dos les gustan los pimientos de Padrón, razón de que Rajoy ordenara descargar un volquete de pimientos sobre el Hostal de los Reyes Católicos, donde se alojó Merkel durante su visita a España en plena crisis de deuda. La canciller escudriñaba los enigmáticos percebes y sonreía entre fuentes de pulpo, botellas de albariño e inciertas solanáceas (unos pican y otros no). Aquella cumbre hispano-germana se reveló un completo éxito diplomático: testigos de aquellos días cuentan que alemanes y españoles trabajaron un total de 15 minutos. Y no hubo necesidad de rescate.
La obra maestra del argumentario sanchista establece que la culpa de gobernar como Sánchez, de mentir como Sánchez y de ser básicamente Sánchez la tiene cualquiera menos Sánchez. Esta sura coránica que salmodian los minaretes mediáticos de Moncloa delata una concepción religiosa -determinista- de la política, por la cual Sánchez carece de voluntad propia igual que carece de doctorado original. Estaríamos ante un menor de edad crónico, un salvaje premoderno, un cyborg programado por sus enemigos, que le obligan a hacer lo que prometió que nunca haría. Si lo echaron de la secretaría general del PSOE por pretender hacer lo que hoy está haciendo fue por culpa del rancio felipismo, que no sabe contar naciones; si se abrazó a los golpistas para echar a Rajoy fue por culpa de Rajoy, que fabricaba indepes; si continuó abrazado a ellos fue por culpa de Rivera, que caía mal a los militantes de Ferraz; y si ahora indulta sediciosos es por culpa de Franco, que lleva décadas abduciendo a los magistrados del Supremo.
A don Mariano le gustaba repetir una cita de Ortega del epílogo de La rebelión de las masas que los políticos deberían llevar tatuada en un muslo: «Toda realidad ignorada prepara su venganza». También Rajoy ignoró realidades que se vengaron de él, pero su alergia natal al postureo le procuró una carrera larga y siete años en Moncloa. Que la carrera de su sucesor no sería tan longeva lo empezamos a sospecharel día en que lo vimos calarse en el avión las gafas de puto amo, como decía Gistau, y la cuenta oficial de La Moncloa distribuyó un delirante retablo de sus manos nervudas -«expresión de determinación presidencial»- que a Jacques-Louis David le habría causado rubor atribuir a Bonaparte.
Recuerdo el hostión que encajó Rajoy en diciembre de 2015 durante la campaña electoral. Fue un crochet de izquierdas lanzado por alguiena quien el periodismo de progreso se apresuró a tildar de «típico chaval conflictivo». El propio Rajoy, preguntado por los periodistas, quitó hierro a un incidente que, de haberlo sufrido un Sánchez o un Iglesias, habría escalado en décimas de segundo a la categoría de atentado: «No hay que darle más importancia de la que tiene. Somos un pueblo civilizado, tranquilo y moderado, y de vez en cuando hay una excepción. No hay consecuencias políticas». Así hablaba en España un político adulto, presanchista, hace miles de años.
Según los indicios más acreditados, España tiene un Gobierno. Ese Gobierno despreció las alertas de la primera ola, externalizó la gestión de la segunda y la tercera le ha pillado ya directamente tocando la zambomba sobre un palé de Pfizer. Porque gobernar, como ya averiguó don Mariano, es un verdadero lío; una tarea desde luego mucho más enojosa que redecorar Doñana o disponer las penúltimas consignas en la escaleta de tu periodista cremáster.
Albert Rivera es un político muerto pero un hombre resucitado. La muerte política le sienta singularmente bien. «Se le ha quitado el velo que tenía en la mirada», cuenta uno de sus colaboradores. Uno que soportó a su lado la minuciosa destrucción -otros dirán autodestrucción- del líder liberal. Rivera llevó a Ciudadanos al cielo en abril y al infierno en noviembre, previo paso por un purgatorio que ahora se atreve a confesar. Entrevistar hoy a Rivera es constatar no lo que la política hace con los hombres, sino lo que deja de hacerles cuando los libera. Crónica se encuentra con él en la Casa de América, por donde dicen que ronda el fantasma de una niña que seguramente también es abstencionista de Cs.
Todo español, especialmente los que jamás le votaron, tiene su propia teoría sobre las causas del hundimiento naranja.Pero es al autor de Un ciudadano libre (Espasa) a quien hay que preguntar cuándo se jodió Cs. Él aduce cuatro causas.