Se figura Arturo Pérez-Reverte que ha escrito sobre la violencia del hombre por el hombre, cuando en realidad ha publicado una declaración de amor a las palabras. En su lúgubre memoria de reportero acumula las trizas de la historia y teclea furiosamente para aclararse la retina. Pero no puede. No sabe que ese polvo no proviene de un puente dinamitado, o de una ciudad sitiada, sino de un idioma de mármol y de adobe que se pega a las yemas de sus dedos como esa ceniza ingrávida que protege al parecer las alas de las mariposas.
Un hombre espera en un coche. El hombre es presidente del Gobierno y el coche es el audi blindado que lo traslada cuando no lo hace un avión o un helicóptero. En el interior de esa cápsula tintada que lo aísla de la gente se siente a salvo, quisiera prolongar este momento, que no acabara nunca. El hombre mira el reloj, presiente la hostilidad de la calle, anticipa los pitos, apura aquel silencio mullido un poco más. Esos de afuera no son el pueblo. Son fascistas, se consuela.
La carretera que lleva a Amer, la aldea natal de Carles Puigdemont, ofrece a la altura de Bescanó un monumento al kitsch con forma de gasolinera. Decorada con escenas arcádicas, reivindicada por un Petrolis Independents, la estelada que campea en el techo parece proclamar que hasta el gasóleo mana en catalán de los montes de Gerona junto con la identidad de la provincia, entregada a la causa independentista pese al fracaso de su último intento de escisión, hace ahora cinco años. Hay una ensoñación de soberanía puramente estética que fomentan los pueblos de la comarca de La Selva, como esos combatientes japoneses que se negaban a asumir el fin de la guerra. «Te sorprenderá el grado de adhesión que la figura de Puigdemont aún suscita en Gerona», han advertido al cronista. Pero al cronista le sorprenden ya pocas cosas.
Hay dos clases de españoles: los que saben quién es Tamara Falcó y los que fingen no saberlo. De los segundos, como de cualquier hipócrita, no merece la pena hablar. Pero en la oficina y en el metro, con permiso del CGPJ, el español está hablando de Tamara. Y a menos que uno sea un tuitero de meñique empinado o uno de esos politólogos de encaste cortesano que redefinen la democracia como el odio al pueblo, lo interesante es preguntarse por qué.
Escribe Elvira Roca Barea (Málaga, 1966) que «España es un ratón que arrastra la piel de un elefante». Una nación excepcional por el empeño inducido en su propia excepcionalidad. Va por 39 ediciones de Imperiofobia, mucho más que un ensayo contra la leyenda negra: un nuevo paradigma historiográfico. Su éxito, con más de 150.000 ejemplares vendidos y una nueva edición ampliada, es imposible de perdonar en España.
Los imperios engendran por igual odios y adhesiones, igual que los éxitos editoriales. ¿Cómo lleva usted todo lo que ha generado Imperiofobia?
El ataque de cuernos que les ha dado a unos cuantos catedráticos es un fenómeno muy comprensible. El mundo académico está acostumbrado a unos cuantos machos alfa que gobiernan los territorios que consideran de su exclusiva competencia, y en el momento en que aparece un verso suelto, una maestra de pueblo sin permiso de nadie, reaccionan como lo que son: unos carcas y unos acomplejados. Todo el mundo sabe el enorme poder que tienen en su cortijo, y se han sentido muy ofendidos por una outsider que incursiona en su territorio sin pagar peajes. Eso te da muchísima libertad, pero también supone estar expuesto. Yo estoy dispuesta a pagar cualquier precio por la libertad.
El español que se asome a los análisis del discurso de Sánchez se encontrará con expresiones más o menos consensuadas por esas víctimas habituales de la inmediatez y el tópico que son los periodistas. Expresiones como giro a la izquierda, podemización, iniciativa política, reconexión con los votantes, vuelta a los orígenes, huida hacia adelante. Todos estos análisis, acertados o no, parten de un error perceptivo que a estas alturas no podemos perdonar: el error de tomarse en serio lo que Sánchez dice, anuncia, promete o jura sobre la tumba de Pinocho.
La paciencia del andaluz es legendaria. El andaluz lo ha aguantado todo desde tiempo inmemorial: el calor, el olvido, la corrupción y los tópicos. Sobre todo los tópicos, carga intolerable que no han tenido más remedio que convertir astutamente en una industria. Este aguante milenario -que solo los necios o los nacionalistas catalanes, pleonasmo, confunden con resignación- ha cristalizado en aportaciones incalculables a la cultura occidental: el flamenco a la música, el gracejo al humor y el senequismo a la filosofía, por no hablar del toreo. Pero la paciencia del andaluz se ha terminado. El clamor que se eleva de las urnas abiertas un junio de 2022 en la región más poblada de España dice: ya no aguantamos más.
Cuando en enero de 2015 el presidente Rajoy presentó a Juan Manuel Moreno Bonilla como una «alternativa prometedora» al socialismo en Andalucía, un puñado de sonrisas condescendientes recorrió el salón del Hotel Ritz de Madrid.Un cronista de este periódico, que estaba allí, escribió: «Lo cierto es que Moreno Bonilla tiene experiencia gestora y competencia técnica, sabe que hay que eliminar el impuesto de sucesiones y atraer la inversión privada, acierta en el diagnóstico y conoce las recetas. Pero esto es una campaña electoral, carajo. No se ganan unas elecciones prometiendo más gestión y menos ideología, sino reduciendo a escombros a tu rival».
Aquel cronista no era ajeno a los enérgicos aires de cambio que iban a revolucionar el sistema de representación hasta quebrar el bipartidismo. Pero ya avisó Pla del problema de todas las revoluciones: en el mejor de los casos, acaban devolviéndonos al punto de partida.