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Cómo disuadir a tu lunático

Carles Puigdemont

Lunático contemporáneo.

A algún federalista con humor se le ocurrió diseñar los pasillos del Senado al estilo náutico, de modo que los despachos semejan camarotes y los senadores soportan la sensación de trabajar en el Titanic. Sin embargo, no es el Senado el que se hunde, y menos ahora que ha encontrado su drástica utilidad, sino la autonomía de Cataluña que el 78 restauró, que el separatismo ha arruinado y que el 78 ha de volver a restaurar ahora. Cuenta con una potente bomba de agua que lleva un número de serie: 155. Y un precinto intacto. Nadie sabe manejar esa bomba. Nadie quería aprender. Mienten -o desconocen el marianismo- quienes imputan al PP unas ganas locas de someter a Cataluña. No imaginé el discurso de Sáenz de Santamaría en boca de Cromwell, y no por la ronca ejecución sino por el tono funeral: una mezcla palpable de fatalidad histórica, pereza infinita y ese pánico a lo desconocido característico de los altos funcionarios del Estado.

La vicepresidenta prescindió de toda vibración, refirió sobriamente los hitos de la revuelta e insistió en lo obvio con un punto de cansancio: no se trata de instaurar un centralismo secretamente codiciado, sino de que la peña cumpla la ley en todas partes, tanto si habla catalán como si aspira las eses. Recordó una verdad jurídica esencial que agoniza bajo la catarata de catequesis catalanista: las competencias de la Generalitat no emanan de la sangre de Wilfredo el Velloso sino de la Constitución. No hay una legalidad medieval ininterrumpida y previa al hecho fundacional de nuestra democracia, que es el referéndum constituyente que convocó a todos los españoles, incluidos los catalanes, hace 40 años. El poder de Puigdemont no proviene de los cojones peludos de un remoto señor feudal en cota de malla, sino de un contrato social contemporáneo. Pero la gente solo escucha al abogado cuando llega una multa a casa o cuando planea el divorcio. Y Soraya debería saberlo. De don Carles no esperaríamos ni que saliera de la cárcel habiéndose aprendido las provincias de Andalucía.

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27 octubre, 2017 · 18:25

Carlismo de cacerola

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Nacionalistas de ayer y de siempre.

Si Foxá nunca les perdonó a los comunistas haber tenido que hacerse falangista, don Mariano nunca les perdonará a los indepes haber tenido que hacer política. Porque el 155 está a mil millas de la inercia funcionarial en que Rajoy de ordinario mece su poder: el 155 impone el desenvolvimiento puro de la facultad ejecutiva. Se comprende su vértigo bartlebyano ante la llamada de la acción y por eso sujeta fuerte el brazo del PSOE, para compartir responsabilidades y de paso vengarse de las urgencias de Rivera, a quien sin embargo ha acabado dándole la razón a regañadientes.

El restablecimiento del orden constitucional en Cataluña será arduo, porque allí vive gente tan española que sabe de buena tinta que la juez Lamela es Rajoy con peluca, de quien dependerían en el fondo todos los poderes del Estado, a exacta semejanza de la Cataluña unívoca y compacta que anhelan construir. El latino entiende mal la separación de poderes más o menos desde Julio César. Sufre menos disonancias cognitivas si vive persuadido de que hay un hombre en España que lo hace todo, de modo que Rajoy prende los bosques y entrulla a los Jordis. Esta granítica sospecha revela un alma de súbdito resabiado cuyo pánico a que lo tomen por idiota no hace sino confirmar que lo es. Su recelo preventivo opera menos por interés malicioso que por química estupidez: jamás le perdonaremos a la gran industria de la necedad que ha sido el Proceso que nos haya robado la fe en la maldad humana. Tan literaria.

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El bueno (Cantó), el feo (Ábalos) y el malo (Soto del Real) en La Linterna de COPE

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23 octubre, 2017 · 13:30

Más chutes no

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Nacionalismo en vena.

La reforma constitucional (RC) es un plato de setas holandesas que customiza las alucinaciones en función del perfil ideológico del consumidor. En el conservador la RC desata temores infantiles, en el socialista obra un placebo federal, en el liberal dispara fantasías igualitarias y en el nacionalista agita directamente la libido del Estado propio. Es la misma mierda, pero a cada cual le sugiere una movida mental diferente de acuerdo con su trauma particular. La RC es muy adictiva -se vende muy bien por las esquinas de las tertulias-, y por eso mismo debe ser administrada con responsabilidad y siempre a resguardo de la policía, o al menos con la mayoría de los magistrados del Tribunal Constitucional a tu favor.

La RC está especialmente contraindicada para el español porque el español es un pozo de traumas históricos, la mitad de ellos fabricados en casa y la otra mitad comprados al extranjero. Su identidad atraviesa una adolescencia perpetua, y ya sabemos lo que hace la droga con los chicos sin autoestima. Pero a cambio el español se apasiona con facilidad por la semántica, a veces hasta el punto de alimentarse de ella cuando falta el pan. Usted dice en España reforma constitucional o endurecimiento del código penal y es probable que gane unas elecciones sin que nadie le pregunte por qué no empezamos por cumplir las leyes existentes. «¡Yo no voté esta Constitución!», aúllan los caminantes blancos del adanismo. En España se puede ser gilipollas, pero lo que no se tolera es ser un gilipollas pasado de moda.

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El bueno (Aybar), el feo (Iglesias) y el malo (los Jordis) en La Linterna de COPE

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16 octubre, 2017 · 11:08

Del contubernio al tubérculo

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Tardá en su Lepanto particular.

Reconforta que los debates que llevan tiempo en la calle desemboquen naturalmente en el Parlamento, sede de la representación ciudadana. Nos referimos al debate sobre la tortilla de patata, que incendia las redes desde hace años. Cómo cocinamos la tortilla. Con cuánta patata. Y de qué variedad, pues el tubérculo es un vegetal identitario: está la patata valenciana reivindicada por Baldoví, la euskopatata de Esteban, el cachelo galaico, la papa canaria o la patata caliente de Puigdemont, que tiene cinco días para decidir si la quiere con cebolla. O sea, con el 155.

Sabemos que el debate se produce porque la receta de la tortilla española quedó demasiado imprecisa en el título octavo de la Constitución. A diferencia de la tortilla francesa, que no lleva patata y por tanto goza de mayor uniformidad, la tortilla española corre siempre el peligro de descomponerse como Míster Potato, ese juguete que tratado a golpes (de Estado) acaba perdiendo los ojos, las narices y el bigote porque cada una de estas extremidades decide proclamarse juguete soberano. Queda entonces un cuerpo ocre y mutilado que sería Castilla. Abandono ya la fiebre metafórica, pero es que ya no sabe uno cómo explicar a los niños el concepto de soberanía nacional.

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12 octubre, 2017 · 13:49

El marqués de España

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Como un marqués.

Si el consejo de nobles que exige la retirada del título al Conde de Godó tenía pensado demandárselo también al Marqués de Del Bosque, que no lo haga. Es cierto que don Vicente se mostró partidario del derecho a decidir, y que por esa misma razón recibió la invitación de TV3. Pero ambas circunstancias hay que atribuirlas a su proverbial bonhomía. Don Vicente es un hombre bueno en el sentido machadiano de la palabra, una auténtica fábrica de candidatos al Princesa de Asturias de la Concordia, bueno hasta la linde misma de la ingenuidad. Si se enterara de que su título nobiliario le molesta a alguien, por ejemplo a Piqué, renunciaría a él sin dudarlo. ¿Qué hacía entonces el ex seleccionador de España en la sede catódica de la hispanofobia, sabiendo que eso podía molestar a alguien, por ejemplo al millón de silenciados que tuvo que salir a la calle a pedir que no los conviertan en extranjeros en su propia casa? En realidad Del Bosque acudía para hablar de fútbol, es un suponer, pero de paso deshizo un equívoco político -el mayor de estos tiempos posverdaderos- y nosotros lo celebramos. Sus anfitriones esperaban colarnos el gol propagandístico de que todo un laureado seleccionador de España amparara la expropiación de la soberanía nacional. Pero Del Bosque pasó por la telepantoja del separatismo y reconoció que era un ignorante cuando dijo lo que dijo, que ya ha aprendido que el famoso derecho a decidir de los catalanes corresponde en realidad a todos los españoles.

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10 octubre, 2017 · 14:31

Los restos de La Moncloa

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Stevens y miss Kenton, la película.

Desde que supe el nombre del Nobel de Literatura no dejo de figurarme a su personaje más célebre, el mayordomo Stevens, con las mismas impasibles facciones de don Mariano. Lo imagino estos días atravesando en soledad los pasillos de La Moncloa, recolocando un cuadro torcido, estudiando el lustre de los zócalos, descorriendo audaz algún visillo para volver a correrlo enseguida con un mohín de repugnancia: «Cuánta sentimentalidad desatada ahí fuera. Qué falta de contención. Unos se atreven a imponerme la aplicación de cierto artículo de bárbara contundencia. Los otros se obstinan en desobedecer las leyes, como si tal cosa fuera concebible. Nunca encareceré lo suficiente las ventajas educativas que reporta ser hijo de un juez», reflexiona flemático al oído de Miss Kenton, el ama de llaves, que es Soraya.

El mayordomo del Ejecutivo se considera a sí mismo un hombre cabal. El único estadista en pie tras la desagradable urgencia manifestada por el joven monarca. Hace mucho que Stevens/Rajoy se niega a expresar sus sentimientos fuera del ámbito estrictamente deportivo. Mezclar el corazón con la política: qué grosería. No es eso lo que me ha traído hasta aquí, rememora. Ni lo que le ha mantenido allí en tiempos de mudanza de todo lo considerado inmutable. ¿Por qué el sarampión sedicioso de Cataluña iba a requerir un tratamiento diferente? El tiempo lo cura todo. ¡No se cambia lo que funciona!

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8 octubre, 2017 · 18:50

‘Llorard’ Piqué

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Llanto supremacista.

Caía la tarde del domingo ominoso cuando en la redacción alguien ahogó un grito de terror:

Piqué está llorando!

De inmediato se formó en torno a la pantalla un remolino de periodistas incrédulos, con lo caro que se ha puesto sorprenderse. Pero no mentía. Era Gerard Piqué y estaba llorando. Los motivos por los que rompe a llorar un multimillonario, casado con una atractiva estrella del pop, que se gana la vida jugando -al fútbol, al póker, a la consola-, siempre despiertan una natural curiosidad. Entre hipadas, los ojos hinchados como si acabara de perder dos Champions seguidas, don Gerard balbució un deseo largo tiempo reprimido de expresión nacional que hasta la fecha habíamos creído satisfecho, y hasta avalado por un par de Eurocopas y un Mundial.

Nos engañábamos. Piqué no era el muchacho risueño de carcajada abierta, aficionado a bromear en Twitter y a proyectar cariñosos escupitajos sobre los compañeros para regocijo general de su nutrida audiencia. Esa no era más que la máscara profesional de un hombre atormentado por un drama interior, por un amor que no se atreve a decir su nombre. Piqué vestía la camiseta de España como los gays se casaban en la era victoriana: para salvar las apariencias. Piqué es el Oscar Wilde del derecho a decidir -de hecho afeó a Rajoy que no supiera hablar inglés-, y con sus lágrimas no hacía otra cosa que escribir su particular De profundis: «¡Los catalanes no somos los malos, queremos simplemente votar!».

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3 octubre, 2017 · 11:04

Llora, catalán, y conquistarás el mundo

A2-85931633.JPGEl argumento del 1 de octubre de 2017 es el amor. Algunos se quedarán con las cargas policiales y las urnas arrancadas, y los cinturones negros del victimismo aprovecharán la legítima violencia del Estado para invertir la energía del golpe y presentar al defensor de la ley como al allanador de su morada, sin dejar de ejercer un ápice de violencia propia. Pero esa llave de judo a la democracia parecerá el abrazo de un amante, y de eso se trata.

Nos tienen advertido que el fin del mundo no se consumará con una explosión, sino con un gemido. De igual modo, la democracia mediática de la posmodernidad no muere bajo los porrazos de la policía, sino por un beso filmado a tiempo. El pueblo es muy enamoradizo: se va con cualquier descarado que sepa cortejar su vulnerable autoestima. Y ese beso fundacional termina siempre posándose sobre la mejilla de un caudillo oportuno y cachondo, con esa forma de hablar -ese cinematográfico relato- tan irresistible que nos persuade del divorcio con la democracia liberal, ese marido estable pero aburrido con el que la masa ya no siente placer.

Esto es lo que está pasando, una vez más, en una pequeña parte de un continente que ha proyectado la misma puta película cientos de veces, interpretada por actores diferentes, explotada lucrativamente por remakes que nunca acaban de escarmentarnos, porque cada día nacen nuevas generaciones que desconocen el final.

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Me entrevistan en la radio largo y tendido sobre columnismo

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1 octubre, 2017 · 23:07