
Stevens y miss Kenton, la película.
Desde que supe el nombre del Nobel de Literatura no dejo de figurarme a su personaje más célebre, el mayordomo Stevens, con las mismas impasibles facciones de don Mariano. Lo imagino estos días atravesando en soledad los pasillos de La Moncloa, recolocando un cuadro torcido, estudiando el lustre de los zócalos, descorriendo audaz algún visillo para volver a correrlo enseguida con un mohín de repugnancia: «Cuánta sentimentalidad desatada ahí fuera. Qué falta de contención. Unos se atreven a imponerme la aplicación de cierto artículo de bárbara contundencia. Los otros se obstinan en desobedecer las leyes, como si tal cosa fuera concebible. Nunca encareceré lo suficiente las ventajas educativas que reporta ser hijo de un juez», reflexiona flemático al oído de Miss Kenton, el ama de llaves, que es Soraya.
El mayordomo del Ejecutivo se considera a sí mismo un hombre cabal. El único estadista en pie tras la desagradable urgencia manifestada por el joven monarca. Hace mucho que Stevens/Rajoy se niega a expresar sus sentimientos fuera del ámbito estrictamente deportivo. Mezclar el corazón con la política: qué grosería. No es eso lo que me ha traído hasta aquí, rememora. Ni lo que le ha mantenido allí en tiempos de mudanza de todo lo considerado inmutable. ¿Por qué el sarampión sedicioso de Cataluña iba a requerir un tratamiento diferente? El tiempo lo cura todo. ¡No se cambia lo que funciona!

El argumento del 1 de octubre de 2017 es el amor. Algunos se quedarán con las cargas policiales y las urnas arrancadas, y los cinturones negros del victimismo aprovecharán la legítima violencia del Estado para invertir la energía del golpe y presentar al defensor de la ley como al allanador de su morada, sin dejar de ejercer un ápice de violencia propia. Pero esa llave de judo a la democracia parecerá el abrazo de un amante, y de eso se trata.










