Archivo de la etiqueta: el tabarrón catalán

Menarquia catalana

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La mujer nueva.

La diputada Anna Gabriel aprovechó ayer un valle de tedio vespertino en mitad de la gran cordillera del esperpento para deslizar el grave asunto del heteropatriarcado. Si en ese momento nadie la acusó de unionista por tratar de distraer la atención de lo importante -estamos a copas vaginales o a emanciparnos del yugo españolista-, fue porque quizá sus señorías emancipatorias están convencidas de que en la república catalana no quedará un solo machista en pie, ni tampoco un avieso comercializador de tampones capitalistas.

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7 septiembre, 2017 · 21:57

Rajoy átono y atónito

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El temple celta viendo pasar el tren.

El político moderno, desde Maquiavelo, no tiene ideología sino talante. Una acuosa disposición del carácter que permite aislar la acción de la moral al objeto de conservar el poder. Fue Zapatero quien puso de moda el concepto entre nosotros, pero junto con el talante Zapatero incorporaba también la ideología, y no poca. El primer presidente antiideológico que hemos tenido, el primero en perfeccionar la adopción del mero temperamento como estrategia integral de poder, se llama Rajoy.

La política puramente temperamental de don Mariano, para cualquiera que haya ganado suficientes créditos presenciales en sus últimas catequesis parlamentarias, se cifra en dos sentencias que suele pronunciar con moroso deleite y el índice enhiesto, como el profesor que asesta una lección de vida a su audiencia desarmada e imberbe. La primera máxima del marianismo teórico reza: «Toda realidad ignorada prepara su venganza». Yo se la he oído aplicar a la recuperación económica, y en ese contexto se convierte en refutación del catastrofismo botswanés con que la oposición explota el cuanto peor, mejor, el suyo, etcétera. Dicha máxima se complementa con otra: «Todo lo exagerado acaba por volverse irrelevante». Lo que, aplicado al catastrofismo botswanés con que la oposición denuncia la cleptomanía del partido-más-corrupto-de-Europa, pretende la gratuidad total para las recientes traiciones del PP al liberalismo y la decencia. En ambos casos, el talante marianista le aconseja desoír a las casandras y seguir a lo suyo, en la rocosa confianza de que lo suyo coincide con la realidad, que se impone sola.

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1 septiembre, 2017 · 8:56

Poesía y contabilidad

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Gil de Biedma, poeta catalán y español.

Que la independencia iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Como todos los indepes, yo vine a llevarme el Estado por delante. Estos versos habrá de repetirse dentro de unos años, desde el áspero regazo de la madre de todas las resacas, el crédulo culpable del Procés; ese populismo con lindes que le robó el corazón solo hasta el instante exacto en que amenazó con tocarle el bolsillo. Vendrán entonces tiempos buenos para la lírica del género elegíaco: quisimos dejar huella, marcharnos de España entre aplausos, aunque ya entonces sospechábamos las dimensiones del teatro. Fue una obra total, rememorarán los nostálgicos: nosotros escribíamos el guion, nosotros lo representábamos y nosotros nos aplaudíamos a nosotros mismos. Pero al final asomó la insoportable verdad: la producción corría a cargo del FLA. Es decir, del propio Estado, que un día decidió bajar el telón.

Harán falta las mejores plumas de la narrativa barretinera para presentar a las futuras generaciones un relato tolerable de semejante ridículo. El censurado Morán revelaba en su artículo el pensamiento inconfesable que circula estos días entre los guionistas de la farsa: «Solo un muerto salvaría a Cataluña». Y así es. Lo que eleva una opereta bufa a la categoría de drama épico es la intervención del hecho trágico. Pero qué tanque vas a mandar contra un Turull, por el amor de Dios. No merecen ni aquel madrugón en Perejil. Basta, y sobra, un pelotón de contables, como dice Ignacio Camacho.

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26 julio, 2017 · 14:08

El trueno del Estado

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El Estado.

Cuando por fin Pedro Sánchez y Mariano Rajoy se estrecharon la mano en las escaleras de La Moncloa, los cielos se abrieron y un trueno dictó sentencia. Los antiguos se habrían puesto a conjeturar sobre su significado: ¿hado funesto o jubilosa señal? ¿Era Marte impugnando la sintonía del encuentro o Venus celebrando la reconciliación de las dos Españas cuando miran juntas y preocupadas hacia Cataluña? Fue una escena entre bíblica y homérica, al decir de los presentes, que en ese momento dudaron si eran reporteros o evangelistas. Pero la solemnidad dura poco en un país donde los golpes de Estado se anuncian en los teatros: dos horas y media después, las dos Españas tuiteras habían vuelto a separarse. Una desconfiaba de la lealtad del PSOE y la otra corría a afearle al socialista que no le exigiera a la cara la dimisión al indecente, según había prometido. Aquí siempre hay un tonto literalista dispuesto a tomar el rábano de la coherencia -«el duende de las mentes pequeñas», según Emerson– por las hojas puramente electorales.

Todavía hay españoles que, al filo de una quiebra democrática como no se ha vivido desde 1936, ven en Mariano Rajoy al odioso conservador del SMS a Bárcenas y en Pedro Sánchez al veleta que hipotecaría Ferraz por perpetuar su nómina de Estado. Quizá un pueblo que inventa la picaresca no está bien dotado para la sensibilidad institucional. Quizá sea cierto que somos un país de pintores y poetas que no ha dado grandes filósofos porque la viveza solar de los sentidos agota la paciencia gris de la abstracción. Pero ya va siendo hora, 40 años después, de que aprendamos a distinguir a Mariano y a Pedro del presidente del Gobierno y el líder de la oposición.

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7 julio, 2017 · 9:54

Gol-Pep de Estado

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En el interior de la urna, el conocimiento jurídico de Pep.

La prueba de que el separatismo ha degenerado en folclore, tipo pan con tomate o castillos humanos, la aportan los dos costaleros que apuntalan los últimos sillares de su ruinoso prestigio: un cantautor protesta y un entrenador de fútbol. Por un lado está Lluís Llach, que ha pasado de cantar contra Franco a repartir estacazos de advertencia sobre los funcionarios que permanezcan leales a la ley. Y luego está Josep Guardiola, Pepe Hucha en traducción, que ha pasado de defender la camiseta de la Roja -no consta que lo llevaran a los mundiales a punta de pistola- a cargar contra los «abusos de un Estado autoritario». Si está aludiendo a la Duodécima y a la Liga, comprendemos su frustración: la hegemonía del Real Madrid empieza a resultar ciertamente abusiva. Y para colmo el único título que puede celebrar su Barça colonial lo entrega el Rey de la metrópoli.

Cualquiera activista de Unicef que oiga a Pep hablar de «persecución de derechos» pensará que se refiere a los niños usados en cadenas humanas y televisiones públicas para revestir de ternura kitsch la propaganda de un plan de expropiación de soberanía. Pero suponemos que don Pep no se refiere a ellos, ni a los derechos escolares de los castellanoparlantes, ni a la maniobra venezolana con que han excluido a la oposición del debate parlamentario en su propia cámara. Ni tampoco a las comisiones que financiaron durante décadas al partido que aún lidera el golpe.

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12 junio, 2017 · 14:26

La nación a pitos

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Palco y tribu.

No gana el Barça para disgustos. Primero encarcelan a su presidente más votado. Después Messi suma a sus cinco Balones de Oro una condena firme del Supremo, palmarés ya inalcanzable. Para remate, el equipo del procés se alza con el título que lleva el nombre de un monarca español. Su roussoniana afición, ajena a las prolijidades jurídicas de la transitoriedad, lo celebró jubilosa, y el capitán recogió agradecido el trofeo de manos del Rey en lugar de devolverlo cabalmente, como haría el delegado de cualquier colonia orgullosa de su lucha.

Sí, se pitó el himno. Y esa pitada es lo más cerca que va a estar el separatismo de dar un golpe de Estado. Emitir un silbido prolongado al sudado abrigo de la masa no constituye, digamos, la clase de gesta que pintaría Delacroix. El Derecho Comparado no tiene noticia de ninguna nación que lograra constituirse en Estado a base de pitidos. Don Felipe en esos trances aparece con rostro serio, pero por dentro se encontrará devorado por la ternura. Sabe que ningún Borbón reciente se enfrentó a republicanos más inofensivos.

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29 mayo, 2017 · 12:00

Carta de una vaca a Rajoy

14957389784645Estimado presidente:

Me presento. Soy una vaca sin papeles, me llamo ‘Margarita‘ y le escribo desde el corredor de la muerte de las vacas. Como aficionado a los refranes sabrá que uno no es de donde nace sino de donde pace, y yo he pacido toda mi vida en Cataluña. Sin embargo, a ojos de la Generalitat no soy lo suficientemente catalana como para seguir viva: carezco de una trazabilidad clara, al parecer. Represento un peligro para la salud de mis conciudadanos, que no deben mezclarse con especies no homologadas. Yo no sé a qué le suena todo esto, pero a mí desde luego me recuerda a Himmler, aunque él al menos ponía mucho cuidado al entrar en casa cuando regresaba tarde del trabajo para no despertar a su canario.

Concernida por la delicada situación en que me encuentro, comprenderá que haya seguido con el máximo interés el intercambio epistolar que usted ha protagonizado con mi president, el señor Puigdemont. Hablan ustedes de soberanía, de voluntad de entendimiento, de responsabilidad institucional; pues bien, apelo a mi condición de bóvido residente en un Estado de Derecho para terciar con intención constructiva en la disputa. Porque mi caso puede ser el de muchos, y mi vida está en manos del Govern como la de todas mis paisanas.

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El bueno (Zoido), la fea (Concepción Espejel) y el malo (Rosell) en La Linterna de COPE

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26 mayo, 2017 · 10:43

Puigdemont en Cibeles

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La relación de Puigdemont con la ley.

No entiendo las críticas a la alcaldesa por haber invitado a Carles el Pilós a vender su golpe de Estado a plazos en Cibeles. Lo malo no es que el president sea recibido en Madrid; lo malo es que se vaya, que no se quede el tiempo suficiente para experimentar sensaciones desconocidas para él como el respeto a la ley, el decoro institucional, el pluralismo político o la limpia carencia de identidad terruñera que caracteriza a los madrileños. Si don Carles se quedara aquí a vivir una temporada, quizá descubriría que es posible sobrellevar la existencia sin pedir un Estado propio cada cinco minutos. Es posible incluso que experimentase una emancipación personal de su tiránico deseo de emancipación nacional. No sería el primer político ultramontano que al mudarse a la metrópoli para ocupar su escaño termina ventilando su aldea mental, colgando el nacionalismo como quien cuelga unos hábitos arcaicos y entregándose a una provechosa mundanidad.

Madrid provoca dos reacciones: el ansia dominguera de huir y el anhelo insoportable de volver. Madrid siempre ha sido una capital especialmente acogedora con sus odiadores porque se deja odiar con ternura, como esa madre que encaja sonriente en el regazo las pataditas del bebé quejoso. Así que la progresista Carmena sólo prolonga una maternal tradición. Ninguna ciudad del mundo se deja detestar con tanto amor por quienes la cubren de monstruosas atribuciones, desde central lechera a meseta cavernaria, sin olvidarnos del clásico fascismo, y eso que a Franco le costó bastante más entrar en Madrid que en Barcelona. Ahora entra aquí otro descontento con la legalidad vigente -mucho más inofensivo que el general, no comparemos-, y estamos seguros de que pasará un rato agradable, se le tratará con la deferencia debida, expondrá su delirio sin interrupciones y se marchará bien desayunado y mejor atendido, cuando no entre aplausos.

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22 mayo, 2017 · 11:57