Archivo de la etiqueta: el tabarrón catalán

El país del que no se vuelve

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Gaby es nombre de payaso.

Todos los septiembres, en la vuelta al cole, cada niño acostumbra a traer a clase una rutilante adquisición con la que fardar: un forro fluorescente, un boli bicolor, unas Nike con cámara de aire. Gaby Rufián trajo una impresora. Sí: la secesión ya es una manualidad infantil. El problema es que la impresora, como me apuntó el diputado Jordi Roca -uno de los Otros Catalanes-, es propiedad del Reino de España, porque Gaby la había cogido del despacho. La metáfora es elocuente: incluso los materiales que usa el separatismo pertenecen a todos los españoles, empezando por el material genético. Se lo explicaba con escandalosa sencillez Pla a Soler Serrano: «El catalán es alguien que se ha pasado toda la vida siendo un español al cien por cien y le han dicho que tiene que ser otra cosa».

Lo que necesitaría el castizo Rufián, además de sentido de la vergüenza, es una impresora en 3D para imprimir su propio Estado cómodamente en casa, que en la Europa del siglo XXI será la única manera de independizarse. «¡Dejen de hacer el ridículo!», exclamaba Rufián a la bancada del Gobierno con la impresora en la mano, en un ejercicio asombroso de autoproyección. Sáenz de Santamaría no iba a desaprovechar semejante oportunidad. Abusó, por decirlo en jerga escolar: «Esta democracia que tanto le asfixia le permite hasta sus teatrillos y sus antologías de tuits semanales, mientras lo que vimos en el Parlament fue un ejercicio de tiranía que nadie puede defender». Claro que la eficacia de la pedagogía al final depende de las entendederas del niño.

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14 septiembre, 2017 · 9:32

Diada duodenal

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Busque a un individuo.

A nadie se le ocurre negar el talento catalán para la coreografía. Uno sospecha que el verdadero espíritu de este coqueto pueblo del noreste peninsular, su volkgeist hondo, consiste en hacer teatro como ninguno. No digo que Castilla no haya dado grandes bailarines, comediantes, escenógrafos; pero concedamos que la meseta es demasiado ancha, y que el castellano ha de caminar mucho trecho hasta dar con otro castellano que esté dispuesto a bailar con él. Esa dificultad genera un carácter. De ahí quizá el individualismo pudoroso y recio que tanto impresionaba a los noventayochistas. Entiéndanme. No es que Soria no pueda constituirse en nación. Al fin y al cabo, Machado versificaba bastante mejor que Llach. Pero el soriano que convoque un referéndum de autodeterminación al final se verá obligado a declararlo desierto.

En Cataluña, sin embargo, siempre hay estómago para una emoción colectiva, una manifa emancipatoria, una sardana diferencial. Siempre hay una señera señora por la labor de blandir la bandera propia o de retirar la ajena. A poco supremacista que se sienta un catalán, ha de vivir con la angustia de celebrar una sola Diada al año, en lugar de dos por semana. La Diada gusta porque allí el individuo por sí solo cada vez vale menos. Lo excitante es la superioridad del grupo, el sudor de una axila amiga, el calorcito de la historia batiendo las sienes. Componer una postura común antes de disolverse para tomar el aperitivo. Se quejan de que Barcelona está masificada. Pero si el turismo del hombre-masa se reduce a pasear por el mundo el barato narcisismo del selfi, ¿cómo no se va a colapsar Barcelona, que es la meca mediterránea del postureo? En Cataluña quien no se dedica al espectáculo -político, gastronómico, futbolístico- es que está en el paro.

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11 septiembre, 2017 · 10:52

El dilema de Mitilene

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Hamlet celta.

Soy muy consciente de lo que se espera de mí, advirtió lentamente Rajoy en un discurso notable, forma y fondo cosidos a la solemne pero no enfática voluntad del estadista desafiado. De sus palabras se deduce que ha aceptado la reducción de su larga carrera al temario único del que el juicio de la historia terminará examinándole. Y no será la corrupción, ni siquiera la gestión de la crisis: será el aspecto del paisaje institucional que deje la rebelión catalana una vez sofocada. Porque será sofocada. Desde que compartimos solar, los españoles salimos a un par de rebrotes indepes por siglo a cargo de los inquietos nobles del viejo reino de Aragón, deseosos de engordar la bolsa y adelgazar los tributos. Ambición tan vulgar que requiere generosas partidas en folclore para justificar hechos diferenciales. Pero Rajoy no es el conde duque de Olivares: en todos sus anuncios se esmera por acompañar la garantía de firmeza con la promesa de proporcionalidad. A esa facultad de la razón práctica que se basa en la experiencia y la medida los griegos la llamaban phronesis (prudentia, en latín), para diferenciarla de la sophia, que reservaban al conocimiento teórico. A la razón pura.

Si Rajoy fuera la clase de gobernante que aplica la razón pura, hace tiempo que la autonomía catalana habría sido suspendida. Pero la prudencia marianista, que complace antes a la izquierda o al centro que a la derecha huérfana de autoridad, muy pronto va a probar su condición de virtud o de vicio. Para los atenienses la democracia no era sino la expresión política de la phronesis, mientras que para los espartanos el miramiento ateniense delataba una fragilidad incompatible con el poder del Estado. Ambas ciudades se batieron en las guerras del Peloponeso, cuyo mejor corresponsal, Tucídides, recoge un episodio quizá instructivo para la democracia española de 2017.

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Vuelve El bueno (Rajoy), el feo (Coscubiela) y la mala (Forcadell) en La Linterna de COPE

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8 septiembre, 2017 · 12:45

Menarquia catalana

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La mujer nueva.

La diputada Anna Gabriel aprovechó ayer un valle de tedio vespertino en mitad de la gran cordillera del esperpento para deslizar el grave asunto del heteropatriarcado. Si en ese momento nadie la acusó de unionista por tratar de distraer la atención de lo importante -estamos a copas vaginales o a emanciparnos del yugo españolista-, fue porque quizá sus señorías emancipatorias están convencidas de que en la república catalana no quedará un solo machista en pie, ni tampoco un avieso comercializador de tampones capitalistas.

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7 septiembre, 2017 · 21:57

Rajoy átono y atónito

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El temple celta viendo pasar el tren.

El político moderno, desde Maquiavelo, no tiene ideología sino talante. Una acuosa disposición del carácter que permite aislar la acción de la moral al objeto de conservar el poder. Fue Zapatero quien puso de moda el concepto entre nosotros, pero junto con el talante Zapatero incorporaba también la ideología, y no poca. El primer presidente antiideológico que hemos tenido, el primero en perfeccionar la adopción del mero temperamento como estrategia integral de poder, se llama Rajoy.

La política puramente temperamental de don Mariano, para cualquiera que haya ganado suficientes créditos presenciales en sus últimas catequesis parlamentarias, se cifra en dos sentencias que suele pronunciar con moroso deleite y el índice enhiesto, como el profesor que asesta una lección de vida a su audiencia desarmada e imberbe. La primera máxima del marianismo teórico reza: «Toda realidad ignorada prepara su venganza». Yo se la he oído aplicar a la recuperación económica, y en ese contexto se convierte en refutación del catastrofismo botswanés con que la oposición explota el cuanto peor, mejor, el suyo, etcétera. Dicha máxima se complementa con otra: «Todo lo exagerado acaba por volverse irrelevante». Lo que, aplicado al catastrofismo botswanés con que la oposición denuncia la cleptomanía del partido-más-corrupto-de-Europa, pretende la gratuidad total para las recientes traiciones del PP al liberalismo y la decencia. En ambos casos, el talante marianista le aconseja desoír a las casandras y seguir a lo suyo, en la rocosa confianza de que lo suyo coincide con la realidad, que se impone sola.

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1 septiembre, 2017 · 8:56

Poesía y contabilidad

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Gil de Biedma, poeta catalán y español.

Que la independencia iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Como todos los indepes, yo vine a llevarme el Estado por delante. Estos versos habrá de repetirse dentro de unos años, desde el áspero regazo de la madre de todas las resacas, el crédulo culpable del Procés; ese populismo con lindes que le robó el corazón solo hasta el instante exacto en que amenazó con tocarle el bolsillo. Vendrán entonces tiempos buenos para la lírica del género elegíaco: quisimos dejar huella, marcharnos de España entre aplausos, aunque ya entonces sospechábamos las dimensiones del teatro. Fue una obra total, rememorarán los nostálgicos: nosotros escribíamos el guion, nosotros lo representábamos y nosotros nos aplaudíamos a nosotros mismos. Pero al final asomó la insoportable verdad: la producción corría a cargo del FLA. Es decir, del propio Estado, que un día decidió bajar el telón.

Harán falta las mejores plumas de la narrativa barretinera para presentar a las futuras generaciones un relato tolerable de semejante ridículo. El censurado Morán revelaba en su artículo el pensamiento inconfesable que circula estos días entre los guionistas de la farsa: «Solo un muerto salvaría a Cataluña». Y así es. Lo que eleva una opereta bufa a la categoría de drama épico es la intervención del hecho trágico. Pero qué tanque vas a mandar contra un Turull, por el amor de Dios. No merecen ni aquel madrugón en Perejil. Basta, y sobra, un pelotón de contables, como dice Ignacio Camacho.

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26 julio, 2017 · 14:08

El trueno del Estado

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El Estado.

Cuando por fin Pedro Sánchez y Mariano Rajoy se estrecharon la mano en las escaleras de La Moncloa, los cielos se abrieron y un trueno dictó sentencia. Los antiguos se habrían puesto a conjeturar sobre su significado: ¿hado funesto o jubilosa señal? ¿Era Marte impugnando la sintonía del encuentro o Venus celebrando la reconciliación de las dos Españas cuando miran juntas y preocupadas hacia Cataluña? Fue una escena entre bíblica y homérica, al decir de los presentes, que en ese momento dudaron si eran reporteros o evangelistas. Pero la solemnidad dura poco en un país donde los golpes de Estado se anuncian en los teatros: dos horas y media después, las dos Españas tuiteras habían vuelto a separarse. Una desconfiaba de la lealtad del PSOE y la otra corría a afearle al socialista que no le exigiera a la cara la dimisión al indecente, según había prometido. Aquí siempre hay un tonto literalista dispuesto a tomar el rábano de la coherencia -«el duende de las mentes pequeñas», según Emerson– por las hojas puramente electorales.

Todavía hay españoles que, al filo de una quiebra democrática como no se ha vivido desde 1936, ven en Mariano Rajoy al odioso conservador del SMS a Bárcenas y en Pedro Sánchez al veleta que hipotecaría Ferraz por perpetuar su nómina de Estado. Quizá un pueblo que inventa la picaresca no está bien dotado para la sensibilidad institucional. Quizá sea cierto que somos un país de pintores y poetas que no ha dado grandes filósofos porque la viveza solar de los sentidos agota la paciencia gris de la abstracción. Pero ya va siendo hora, 40 años después, de que aprendamos a distinguir a Mariano y a Pedro del presidente del Gobierno y el líder de la oposición.

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7 julio, 2017 · 9:54

Gol-Pep de Estado

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En el interior de la urna, el conocimiento jurídico de Pep.

La prueba de que el separatismo ha degenerado en folclore, tipo pan con tomate o castillos humanos, la aportan los dos costaleros que apuntalan los últimos sillares de su ruinoso prestigio: un cantautor protesta y un entrenador de fútbol. Por un lado está Lluís Llach, que ha pasado de cantar contra Franco a repartir estacazos de advertencia sobre los funcionarios que permanezcan leales a la ley. Y luego está Josep Guardiola, Pepe Hucha en traducción, que ha pasado de defender la camiseta de la Roja -no consta que lo llevaran a los mundiales a punta de pistola- a cargar contra los «abusos de un Estado autoritario». Si está aludiendo a la Duodécima y a la Liga, comprendemos su frustración: la hegemonía del Real Madrid empieza a resultar ciertamente abusiva. Y para colmo el único título que puede celebrar su Barça colonial lo entrega el Rey de la metrópoli.

Cualquiera activista de Unicef que oiga a Pep hablar de «persecución de derechos» pensará que se refiere a los niños usados en cadenas humanas y televisiones públicas para revestir de ternura kitsch la propaganda de un plan de expropiación de soberanía. Pero suponemos que don Pep no se refiere a ellos, ni a los derechos escolares de los castellanoparlantes, ni a la maniobra venezolana con que han excluido a la oposición del debate parlamentario en su propia cámara. Ni tampoco a las comisiones que financiaron durante décadas al partido que aún lidera el golpe.

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12 junio, 2017 · 14:26