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A los que susurra Sananda

JUNTS PER CATALUNYA ACTO EN PARETS DEL VALLÉS (BARCELONA)

Telemisa belga.

En los años 50 vivía en Chicago una señora llamada Dorothy Martin que se comunicaba personalmente con alienígenas. En uno de sus coloquios ultraterrenos le fue revelada la fecha del fin del mundo, que acontecería un 21 de diciembre de 1954. Martin fundó una secta, los buscadorianos, y les confió el secreto que ella misma había recibido de boca del mismo Sananda, dios alienígena, una suerte de Jesucristo alien con el que ella mantenía tan amigables conversaciones, del mismo modo que Dolores Ibárruri se hizo tan devota de Stalin como antes lo había sido de la Virgen de la Begoña.

Doña Dorothy era una oradora persuasiva y sus oyentes andaban sedientos de fe, de modo que la secta se consolidó. Algunos de sus miembros vendieron sus propiedades, abandonaron sus trabajos y se centraron en preparar sus almas para el 21-D de 1954: el día en que el platillo volante de Sananda bajaría del cielo para salvar del apocalipsis a sus elegidos.

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25 diciembre, 2017 · 11:10

La fe de los perseguidos

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Barcelona en Navidad.

Hemos hablado mucho de victimismo últimamente, pero la verdad es que el victimismo empezó en el portal de Belén. La revolución cristiana consiste en un oxímoron cósmico: postular que el Creador puede nacer en una cuadra. Es decir, que el poder absoluto equivale a la humildad absoluta. Esta idea repugna a la razón, a la de los romanos entonces y a la nuestra ahora. Pero la potencia de esta paradoja atraviesa la historia del mundo y perdura lo mismo en su ortodoxia vaticana que en sus herejías laicas, de las cuales el marxismo ha sido la más famosa. La promesa de que el Reino de los Cielos -o la sociedad sin clases- pertenece a los humillados de la tierra sigue vigente entre nosotros desde que los románticos se encargaron de revestirla de la poesía más sublime y de la actitud más desafiante: es romántico todo aquel que canoniza la derrota de sí mismo a manos del orden establecido. Cuanto más derrotado, más invencible es uno. A través de líricos procesos de victimización los pueblos se dotaron de identidad, y de esa identidad doliente extrajeron las fuerzas para ejecutar sus venganzas aplazadas, míticas o históricas, tanto da. Así los hombres inventamos el nacionalismo, que sobrevivió a la posmodernidad, y que hoy se ofrece como cálido refugio a los aterrorizados por la intemperie global.

Por eso votar nacionalista es un acto de fe. No del votante en sus líderes sino en sí mismo, en su identidad amenazada. No es un examen de gestión sino un ejercicio de autoafirmación. Y afirmarse pasa por proclamarse más vencido que los demás. Cuanto más humillado, más reforzado: me atacan luego existo. De ahí el estadio místico alcanzado por el preso Junqueras, y las misas paganas -el amarillo litúrgico de la romería penal es como el morado de la cuaresma- en que el pastor Puigdemont convirtió los mítines de campaña, con el plasma en funciones de altar sobre el que se obra el milagro de la personación del ascendido a Bruselas. Ni Cs, partido eminentemente racional, negará que su triunfo se gestó en las charnegas conciencias de los marginados por el supremacismo.

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23 diciembre, 2017 · 19:37

No estaba muerta, no, no

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Herederos del 78.

El constitucionalismo corre el peligro de parecerse al columnismo según Umbral: el de llevar todos los días flores a su propia tumba. Cada 6 de diciembre nuestros representantes depositan flores al pie de la Constitución, sin reparar en la fúnebre resonancia de su ofrenda, aunque enseguida debemos añadir que ¡todavía! se llevan flores a las mujeres de las que uno se enamora. Eros o Thanatos: he aquí el dilema afectivo de la reforma constitucional. El muerto insigne del constitucionalismo ha sido este año don Manuel Marín, a quien ahora aman todos los compañeros que hace no mucho lo enterraban en críticas. Susana Díaz compareció de negro luctuoso para encarecer su ejemplo -«manchego, español, europeo»- y para pedir una reforma igualitaria de la financiación autonómica, que fue la verdadera protagonista de los corrillos, muy por encima de la constitucional. Entre la identidad y el dinero, los barones lo tienen claro. Lo cual nos hace dudar de que sean cosas diferentes. Uno es lo que da y lo que recibe, como ya sospecharon los fenicios. «Nosotros vamos a coincidir antes con Feijóo o con Juan Vicente que con algunos de nuestro partido», me confesaron los socialistas manchegos con impecable criterio liberal. Porque los derechos, los servicios públicos, son de las personas, que luego van y votan.

Para conjurar el riesgo narcisista y necrófilo de homenajear un texto difunto, Ana Pastor introdujo una astuta cita nada menos que de Cambó en su discurso: «España es una cosa viva, una sustancia». De la cual los nacionalismos serían los accidentes, en pura lógica aristotélica. Yo miraba a Alfonso Guerra, que fue quien puso palabras a aquello que allí nos congregaba, cabeceando discretamente en una esquina. Pastor, flanqueada por maceros -uno de los cuales parecía dirigir un partido de tenis con la mirada, a modo de ojo de halcón institucional-, desgranaba la exitosa transformación de España a lo largo de los últimos 40 años, incurriendo en ese lenguaje como de editorial viejuno sobre el consenso que nos hemos dado y el que todavía nos vamos a dar. Rajoy, siempre pragmático pese a su nebulosa reputación retórica, lo había expresado antes bajo la carpa del patio: «En este tiempo la renta per cápita de cada español se ha duplicado». O sea, cada español es hoy la mitad de pobre o el doble de rico que en 1978. Después de eso, si somos honestos, no habría que desperdiciar una sola palabra más en el examen de la Transición.

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7 diciembre, 2017 · 11:39

Bajo el peso de la gran boina

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Baldoví, un valenciano desesperado por Montoro.

Amaneció el Congreso de los Diputados bajo una boina gigantesca, pero no era atmosférica sino foral. Era la gran txapela del Cupo vasco, que sigue cubriendo los cráneos privilegiados del septentrión peninsular exactamente como en tiempos de Cánovas. La boina de polución que tizna el cielo de Madrid es más reciente, pero me temo que los madrileños respiraremos oxígeno hiperbárico, como Raúl en aquella cabina donde dormía para estirar su carrera, antes de que los vascos o los navarros renuncien a su derecho a ser superiores. Porque, efectivamente, el privilegio vasco-navarro es el único supremacismo consagrado expresamente por la Constitución. Qué le vamos a hacer, dirán los padres patrios, si en aquellos años ETA ponía cien muertos al año encima de la mesa de negociación.

Amenábar estará lamentando que Aitor Esteban haya destripado el suspense de la lotería de este año: ya sabemos todos que el gordo -1.400 millones de euros- ha caído íntegro en Euskadi. Las cámaras habrá que mandarlas a los batzokis, donde ya están festejando que podrán tapar agujeros del tamaño de una galaxia, que por otra parte es la medida común en el mismo Bilbao. Sin embargo, Esteban se cuidó de mentar el asunto y preguntó por la ley de secretos oficiales a cuenta del Piolín. A Rajoy le faltaron reflejos para contestar: «Pero Aitor, qué secretos vamos a tener entre nosotros, ladrón».

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22 noviembre, 2017 · 20:19

El deber del Derecho

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Animales con presunción de inocencia.

Cuando yo era adolescente, elegir carrera consistía en hallar razones para descartar la matrícula en Derecho. Todos los de letras terminaban estudiando Derecho de un modo indefectible -«Tiene muchas salidas»-, y resistirse a aquel determinismo jurídico obligaba a un acopio de personalidad impropio de la edad. Se ofertaba en todos lados y pedían un cinco como nota de corte. Sus legendarias cafeterías cautivaban la imaginación. Derecho estudiaron españoles tan distintos como Mario Conde y Pablo Iglesias, aunque ni la conducta del primero ni el discurso del segundo delatan un escrúpulo legal precisamente calvinista. Pero no son casos aislados.

Para ser un país petado de juristas, el título no cunde. España sigue siendo un país de moralistas intuitivos donde el rigor de la ley causa tanto escándalo como el sol en Noruega o la sobriedad en Rusia. No es que los españoles no queramos juzgar; al contrario, lo juzgamos todo compulsivamente. Lo que ocurre es que juzgar, para nosotros, constituye un acto tan natural que no entendemos que requiera una formación específica. Por eso nos hacemos tertulianos. Por eso criticamos a los tertulianos. Por eso, ante cualquier problema, sentimos nacer en la incubadora caliente de nuestras meninges el cigoto de un juicio que en la mente de un alemán exigiría semanas de gestación, mientras que nosotros lo parimos perfectamente formado en décimas de segundo. Quizá porque no se trata de un juicio, sino de un prejuicio. Por eso cuando llegamos a la universidad ya es tarde: ya no hay nada que puedan enseñarnos.

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La buena (Susana Díaz), la fea (tesorera del PP) y la mala (Marta Rovira)

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19 noviembre, 2017 · 22:33

Ante Rufián, todos somos Valderrama

Sesión de control al Gobierno

Monologuismo.

Las esposas de Rufián. Parece el título de un romance compuesto por un viajero romántico al pie de la Alhambra. Pero la solemne zoquetería del personaje no invita tanto a tañer la lira como a rescatar el astracán de Muñoz Seca: «¡Mora de la morería! / ¡Mora que a mi lado moras! / ¡Mora que ligó sus horas / a la triste suerte mía!» Con la tristeza final del Procés concluye la segunda parte de La venganza de don Mendo, es decir, de don Mariano, que se ha vengado de cinco años de involución medieval de la forma más cruel, la única que conoce: en frío. Mientras todos los cabecillas del osado desafío caen en fuera de juego, hacen talleres en la trena o huyen a un exilio tartarinesco, Rajoy desliza en lo de Herreraque se volverá a presentar a las elecciones. Quizá le haya podido al fin la curiosidad de saber qué siente cualquiera de sus víctimas, así que va a nombrarse antagonista electoral de su propia tozudez y que sea lo que Dios quiera. La obra es redonda. Como en Don Mendo, aquí muere hasta el apuntador, pero nadie llora, sino que se entrega al meme.

Algún mosso muy fan o una madame divertida le prestó a Rufián unas esposas para justificar ese salario que solo Ciudadanos le quiere retirar, no por payaso, sino por absentista. Algunos cronistas, en cambio, se lo restituiríamos de nuestro bolsillo precisamente por su productividad cómica, porque el día que se vaya tendremos que escribir sobre leyes que mejoran la vida de los españoles y ya nadie clicaría en nuestras piezas.

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15 noviembre, 2017 · 19:29

Un elefante en el hemiciclo

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En los escaños vacíos se sienta el 155.

Sabemos que el compromiso en nuestro tiempo se expresa a través de lacitos. Los diputados indepes han elegido el amarillo porque el resto de la paleta ya está pillada, de modo que han de poner mucho cuidado al elegir por la mañana el lacito adecuado, no vaya a ser que pretendan exigir la libertad de los Jordis y acaben protestando contra el cáncer de mama. Si los androides sueñan con ovejas eléctricas, los cronistas ya soñamos con diputados cromáticos que no tengan que hablar, sino solo exhibir camisetas o blandir símbolos en cámaras perfectamente demudadas. Es cierto que ya no lo podremos llamar democracia parlamentaria, pero a cambio bajarán los niveles de contaminación acústica y alargaremos la vida de las sufridas taquígrafas, cuyo puesto ocuparán señaleros aeroportuarios. A los daltónicos se les negará el derecho al sufragio pasivo para prevenir el transfuguismo.

Ahora bien: ni siquiera entonces auguro sesiones pacíficas. El caso candente de la camiseta de Adidas demuestra que los españoles, a falta de palabras, somos muy capaces de discutir en colores. Nadie negará, por ejemplo, que al lazo de Rufián le conviene el amarillo chillón.

Hay un elefante blanco en el hemiciclo marcado como una res con el número 155. Sus señorías no evitan referirse a él, de hecho lo hacen continuamente, pero más bien habituadas a su imponente presencia, pues tampoco llegan noticias de que el polémico paquidermo haya entrado en Cataluña como en una cacharrería sino con un tacto felino. Tanto, que Albert Rivera no comprendía cómo una huelga sin seguimiento reseñable consiguió bloquear los accesos al área metropolitana de Barcelona por la sencilla razón de que el Gobierno interventor de Cataluña no quiere fabricar más ganadores de concursos de fotografía bélica de andar por casa como fabricó el 1 de octubre. Así que nuestro elefante es más retórico que verdaderamente agresivo. La pregunta iba dirigida a la vicepresidenta, pero tuvo que hacérsela a Montoro porque Soraya selecciona muy bien las batallas que libra: aquellas que puede ganar con comodidad, normalmente contra portavoces de Podemos. Ayer abusó de un Domènech presa de las contradicciones que el CIS delata, con las maletas ya hechas para unirse a Colau.

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8 noviembre, 2017 · 17:55

Ruth Beitia y la teoría del centímetro

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Ruth Beitia, atleta española.

Mi tío, que es golfista y propende al lenguaje sentencioso, ha desarrollado una teoría del centímetro cuyo alcance extiende a todos los ámbitos de la vida. Uno nace bien o mal por un centímetro. Uno accede o no a la carrera que desea por centímetros de nota de corte. Uno se enamora por centímetros de distancia, una se desenamora porque el centímetro importa. El éxito en determinadas fiestas depende de unos centímetros de cuenta corriente. Y podríamos seguir.

Mi tío ya pensaba así antes de que Woody Allen rodase la escena final de Match Point, cuyo mismo título avala la teoría del centímetro. «Un centímetro lo es todo», resume Ruth Beitia, que comparte desde luego este centimetrismo existencial. Por estirarse hasta superar el centímetro que marca la gloria o el fracaso, Beitia ha hecho cosas atroces a lo largo de 27 años de una carrera fundida en oro, plata y bronce. Se levanta dolorida cada mañana sin saber por qué, y es porque lleva 27 años ahormando su cuerpo a las exigencias de la alta competición. Solo que Beitia, a diferencia de los atletas cuya excelencia fue puramente mecánica, ha trabajado al mismo tiempo esa horma de la conciencia que se llama compromiso. Por eso se metió en política sin esperar a retirarse primero, arriesgándose a diezmar las adhesiones de la afición en un país ideológicamente binario, donde la fidelidad expresa a unas siglas granjea el odio automático de los abanderados opuestos. De ahí el ahínco que ponen los cobardes en separar la política del deporte.

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7 noviembre, 2017 · 10:19