Archivo de la etiqueta: el tabarrón catalán

Noticias de Equidistonia

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Así ve el mundo el equidistante.

Ansiamos la equidistancia porque concede la superioridad moral entre dos cazurros notorios. El equidistante es ese cráneo privilegiado que se asoma al cuadro de la riña a garrotazos -nacionalista español contra nacionalista catalán-, esboza un mohín de olímpico disgusto y se pone de parte de… Goya. Ignora el equidistante que, desde Einstein, su posición en el cosmos ideológico es relativa, y por tanto no la decide él en absoluto sino también la mirada de los demás, incluidos los del garrote. A menudo un equidistante solo es el tonto útil de una causa a la que ni siquiera sospecha que sirve.

El equidistante es lo bastante inteligente para marcar distancias con la estelada, pero no reúne el valor necesario para reconocer su españolía sin el atenuante de la desafección. País de pandereta, vergüenza, quién pudiera no ser español, masculla en Twitter mientras apura su gintonic de enebro en una coqueta terraza de capital de provincia de la cuarta economía del euro. Su mente borgiana traza implacables simetrías sobre los demás -nunca sobre sí mismo- y reparte porciones salomónicas de culpa entre fachas e indepes, centrípetos y centrífugos, Madrid y Cataluña. Luego se sube en su nave espacial y regresa a su blanquísimo planeta, Equidistonia, lejos de este mundo banderizo donde el resto braceamos en la oscuridad.

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El bueno (Regino Hernández), el feo (Andoni Ortuzar) y el malo (Antonio Baños)

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19 febrero, 2018 · 11:55

Es el nacionalismo, estúPPidos

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«¿Pero de qué se quejan, Aitor?»

Nos tenían dicho que la belicosidad era cosa de la izquierda, pero también ese tópico vamos a tener que revisarlo. Hoy el antagonismo más virulento de la política española lo desempeñan Ciudadanos y el PP, mientras Pedro Sánchez se abraza melancólico a Felipe y Pablo Iglesias se abraza enmudecido a su iPhone. Los de Rivera y los de Rajoy se sacuden ya sin mesura, llegan al escaño con el botiquín de campaña y alguno hasta se arremanga antes de pedir la vez. Ya se sabe que las guerras más encarnizadas se las declaran los presuntos aliados. Si algo acredita Ciudadanos es cintura, pero ya no es solo ideológica sino también geográfica: condiciona el Gobierno y al mismo tiempo ejerce la más dura oposición. Y todos los partidos, a su vez, se oponen a Cs. Los ciudadanos con minúscula lo ven y según los sondeos se identifican. Ahora es Cs el partido anticasta.

Por eso cuando Margarita Robles llama camastrón a don Mariano a primera hora de la mañana, suena antes a pellizco maternal que a la diatriba de la portavoz –portavoza para Lastra– de la primera fuerza opositora, u opositoro. «¡Despierta usted!», gritaba doña Margarita, pero su grito nos despertó a todos menos a Rajoy, que cabeceaba aún más aburrido que antes. Vedado el tema catalán por la entente del 155, el PSOE trata de arañar la piel de kevlar del presidente con el enfoque social, la precariedad, la brecha, la pobreza. Pero Rajoy recurre a la memoria ruinosa de Zapatero y todavía le funciona.

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La generosa reseña de Jesús F. Úbeda en Zenda sobre Vidas cipotudas

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14 febrero, 2018 · 13:36

Piqué y el desarraigo

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El llanto de un pueblo.

La solución al bloqueo político de Cataluña se llama Gerard Piqué. Reúne todos los requisitos para que el presidente del Parlament proponga su investidura en el lugar de Puigdemont: reside en Cataluña, sabe escuchar a su pueblo -aunque su pueblo termine insultando a su familia- y despide en todos sus gestos y palabras el inconfundible tufo del supremacista altivo. Piqué es un hombre preocupado por la buena educación de los demás, nunca de la propia, lo cual hace de él un perfecto animal de sigla. A escupir sobre subalternos -que deben responder que llueve- ya aprendió hace unos años en la cubierta de un autobús. A separar escrupulosamente su vicio privado (el separatismo) de sus responsabilidades públicas (la defensa de la Selección Española) llegó pocos años más tarde, cuando las circunstancias lo aconsejaban, lo cual revela ya todo el cinismo adaptativo que exige una prometedora carrera en el escaño. Su sensibilidad es innegable, y se desborda en lágrimas cuando se trata de defender el derecho de su raza o de su clase a decidir por todos los demás. Nadie cuestiona su buena presencia, cualidad que siempre se agradece en los carteles electorales, y sería por lo demás el único candidato que aterriza en la política con el himno ya hecho, confeccionado a su medida por verdaderos profesionales: Me enamoré.

Como buen político nacionalista, el principal peligro que Piqué advierte en la sociedad catalana es el mestizaje. Ahora bien, el radio de su desprecio es más corto que el del xenófobo estándar: en su caso se mide por barrios. Para él, África empieza en Cornellá. Tampoco le gustan los chinos, uno de los cuales preside el Espanyol, aunque no le hace ascos al dinero de Qatar. Será que la burguesía catalana y el feudalismo árabe tienen más cosas en común de las que confiesan. Por ejemplo, el reparto, el clasismo o la opacidad.

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6 febrero, 2018 · 11:55

Lacitos de fuerza

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Paciente que se cree Napoleón.

Si la mudanza a Waterloo se frustra no será porque Puigdemont haya dejado de creerse Napoleón, sino porque se ha convencido de que Napoleón no le llega a la suela de los zapatos. Quizá lleve razón. De Bonaparte sabíamos que era un loco que se creía Napoleón, y llevó su locura tan lejos que se adueñó de un continente. Para que el hombre llegue a la luna antes tiene que especular durante siglos con la idea de que llegar a la luna es posible. ¿Qué falló entonces en el plan de Puigdemont, el patriota que soñó una república europea y se despertó con Cataluña convertida en un distrito de Madrid?

El problema de Puigdemont no es de falta de imaginación. A su lado, J. K. Rowling resulta tan previsible como Rafa Hernando. En el frondoso caletre del carlista errante está redactada ya no solo la Constitución de Cataluña, sino también sus diez primeras enmiendas. Y en pos de ese delirio ha lanzado a un millón de napoleones de rambla, de los cuales un número indeterminado está dispuesto a calzarse la careta del emperador y a trepar con ella a los árboles del Parque de la Ciudadela sin dejar de reclamar legitimidad. ¿Cómo se explica que semejante derroche de fantasía no haya cristalizado ya en uno, dos o incluso cuatro nuevos estados miembros de la Unión?

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El Bueno (Infanta Sofía), el feo (Comín) y el malo (Monedero) en La Linterna de COPE

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5 febrero, 2018 · 11:21

La izquierda inmóvil

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Inmóviles.

La izquierda está desmovilizada, quién la movilizará. ¿Será Pedro Sánchez el movilizador que la movilice? ¿Será Pablo Iglesias? Sospecho que no será ninguno, porque para moverse es imprescindible saber al menos dos cosas: el punto de partida y el punto al que se quiere llegar. Iglesias viene del comunismo del siglo XX, pero de momento no ha podido cruzar 1989. Y Sánchez viene de Pozuelo y se dirige hacia donde gire en ese momento la brújula del deseo de Jack Sparrow, de rumbo tan tornadizo como la ocasión de Maquiavelo.

Nos tenían dicho que la derecha es inmóvil y la izquierda móvil. El marianismo mineral se encarga de corroborar lo primero. Las encuestas, de desmentir lo segundo. Movilizar a la izquierda es un lema preocupante porque debería formar un pleonasmo y sin embargo reconoce una derrota. El simple hecho de que gobierne la derecha debería bastar para mantener movilizada a la izquierda, pero eso no sucede, quizá porque contra el irritante Aznar se vivía mejor que contra el cachazudo Rajoy. Los politólogos arguyen que la mejoría económica y el patriotismo reactivo tras la agresión separatista componen un escenario desfavorable para el discurso de izquierdas; pero en lugar de cambiar su discurso, don Pedro y don Pablo tratan de cambiar el escenario, es decir, la escaleta de las tertulias y los temas de las portadas. El argumento de los politólogos es cruel, porque presupone que la izquierda española no tiene sentido fuera de una recesión galopante, un colapso institucional o una corrupción africana. Que la catástrofe es la zona de confort de la izquierda. Y que a poco que mejoren las cosas o se ondee la rojigualda, los indignados abandonan la plaza y regresan apesadumbrados al sofá de la abstención.

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El bueno (Báñez), el feo (Roger Torrent) y el malo (Ernest Maragall) en La Linterna de COPE

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22 enero, 2018 · 12:41

A los que susurra Sananda

JUNTS PER CATALUNYA ACTO EN PARETS DEL VALLÉS (BARCELONA)

Telemisa belga.

En los años 50 vivía en Chicago una señora llamada Dorothy Martin que se comunicaba personalmente con alienígenas. En uno de sus coloquios ultraterrenos le fue revelada la fecha del fin del mundo, que acontecería un 21 de diciembre de 1954. Martin fundó una secta, los buscadorianos, y les confió el secreto que ella misma había recibido de boca del mismo Sananda, dios alienígena, una suerte de Jesucristo alien con el que ella mantenía tan amigables conversaciones, del mismo modo que Dolores Ibárruri se hizo tan devota de Stalin como antes lo había sido de la Virgen de la Begoña.

Doña Dorothy era una oradora persuasiva y sus oyentes andaban sedientos de fe, de modo que la secta se consolidó. Algunos de sus miembros vendieron sus propiedades, abandonaron sus trabajos y se centraron en preparar sus almas para el 21-D de 1954: el día en que el platillo volante de Sananda bajaría del cielo para salvar del apocalipsis a sus elegidos.

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25 diciembre, 2017 · 11:10

La fe de los perseguidos

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Barcelona en Navidad.

Hemos hablado mucho de victimismo últimamente, pero la verdad es que el victimismo empezó en el portal de Belén. La revolución cristiana consiste en un oxímoron cósmico: postular que el Creador puede nacer en una cuadra. Es decir, que el poder absoluto equivale a la humildad absoluta. Esta idea repugna a la razón, a la de los romanos entonces y a la nuestra ahora. Pero la potencia de esta paradoja atraviesa la historia del mundo y perdura lo mismo en su ortodoxia vaticana que en sus herejías laicas, de las cuales el marxismo ha sido la más famosa. La promesa de que el Reino de los Cielos -o la sociedad sin clases- pertenece a los humillados de la tierra sigue vigente entre nosotros desde que los románticos se encargaron de revestirla de la poesía más sublime y de la actitud más desafiante: es romántico todo aquel que canoniza la derrota de sí mismo a manos del orden establecido. Cuanto más derrotado, más invencible es uno. A través de líricos procesos de victimización los pueblos se dotaron de identidad, y de esa identidad doliente extrajeron las fuerzas para ejecutar sus venganzas aplazadas, míticas o históricas, tanto da. Así los hombres inventamos el nacionalismo, que sobrevivió a la posmodernidad, y que hoy se ofrece como cálido refugio a los aterrorizados por la intemperie global.

Por eso votar nacionalista es un acto de fe. No del votante en sus líderes sino en sí mismo, en su identidad amenazada. No es un examen de gestión sino un ejercicio de autoafirmación. Y afirmarse pasa por proclamarse más vencido que los demás. Cuanto más humillado, más reforzado: me atacan luego existo. De ahí el estadio místico alcanzado por el preso Junqueras, y las misas paganas -el amarillo litúrgico de la romería penal es como el morado de la cuaresma- en que el pastor Puigdemont convirtió los mítines de campaña, con el plasma en funciones de altar sobre el que se obra el milagro de la personación del ascendido a Bruselas. Ni Cs, partido eminentemente racional, negará que su triunfo se gestó en las charnegas conciencias de los marginados por el supremacismo.

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23 diciembre, 2017 · 19:37

No estaba muerta, no, no

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Herederos del 78.

El constitucionalismo corre el peligro de parecerse al columnismo según Umbral: el de llevar todos los días flores a su propia tumba. Cada 6 de diciembre nuestros representantes depositan flores al pie de la Constitución, sin reparar en la fúnebre resonancia de su ofrenda, aunque enseguida debemos añadir que ¡todavía! se llevan flores a las mujeres de las que uno se enamora. Eros o Thanatos: he aquí el dilema afectivo de la reforma constitucional. El muerto insigne del constitucionalismo ha sido este año don Manuel Marín, a quien ahora aman todos los compañeros que hace no mucho lo enterraban en críticas. Susana Díaz compareció de negro luctuoso para encarecer su ejemplo -«manchego, español, europeo»- y para pedir una reforma igualitaria de la financiación autonómica, que fue la verdadera protagonista de los corrillos, muy por encima de la constitucional. Entre la identidad y el dinero, los barones lo tienen claro. Lo cual nos hace dudar de que sean cosas diferentes. Uno es lo que da y lo que recibe, como ya sospecharon los fenicios. «Nosotros vamos a coincidir antes con Feijóo o con Juan Vicente que con algunos de nuestro partido», me confesaron los socialistas manchegos con impecable criterio liberal. Porque los derechos, los servicios públicos, son de las personas, que luego van y votan.

Para conjurar el riesgo narcisista y necrófilo de homenajear un texto difunto, Ana Pastor introdujo una astuta cita nada menos que de Cambó en su discurso: «España es una cosa viva, una sustancia». De la cual los nacionalismos serían los accidentes, en pura lógica aristotélica. Yo miraba a Alfonso Guerra, que fue quien puso palabras a aquello que allí nos congregaba, cabeceando discretamente en una esquina. Pastor, flanqueada por maceros -uno de los cuales parecía dirigir un partido de tenis con la mirada, a modo de ojo de halcón institucional-, desgranaba la exitosa transformación de España a lo largo de los últimos 40 años, incurriendo en ese lenguaje como de editorial viejuno sobre el consenso que nos hemos dado y el que todavía nos vamos a dar. Rajoy, siempre pragmático pese a su nebulosa reputación retórica, lo había expresado antes bajo la carpa del patio: «En este tiempo la renta per cápita de cada español se ha duplicado». O sea, cada español es hoy la mitad de pobre o el doble de rico que en 1978. Después de eso, si somos honestos, no habría que desperdiciar una sola palabra más en el examen de la Transición.

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7 diciembre, 2017 · 11:39