Nos tienen avisado que el mundo no acaba con una explosión sino con un gemido, con un mohín, apenas con un telúrico encogimiento de hombros, como si al planeta le importaran lo mismo el mono erguido que desaparece y la quitinosa cucaracha que lo repoblará. Así sucedió un día y sucederá también con nosotros. La diferencia es que los dinosaurios no fueron tan imbéciles de extinguirse a sí mismos: ellos tienen la disculpa del meteorito.
Pese a ser gallego Feijóo no tiene el don de la bilocación: le tocaba decidir. Este domingo se requería su presencia a la vez en Toledoy en Barcelona, y puesto a escoger entre un cónclave orgánico y una manifestación constitucionalista ha elegido lo primero. Es una decisión arriesgada y vamos a explicar por qué.
La primera obligación de un aspirante a La Moncloa es llegar a La Moncloa. Casado no cumplió con su deber, pero Feijóo está en franca disposición de triunfar donde fracasó su predecesor. ¿Le ayuda a ello ser gallego y no castellano? Sin duda: es muy difícil ser presidente del Gobierno sin un resultado aceptable en la segunda región más poblada de España, que es Cataluña. Dicha región cree poseer particularidades idiosincrásicas que Josep Pla resumió bien: «El catalán es alguien que se ha pasado toda su vida siendo un español cien por cien y le han dicho que tiene que ser otra cosa». Se lo han dicho tanto que se lo ha creído y vota en consecuencia. Por eso la estrategia de Feijóo consiste en seguir diciéndole que es catalán sin dejar de insinuarle que no ha dejado de ser español ni tiene necesidad alguna de ser otra cosa. A esa estrategia la ha llamado Feijóo «constitucionalismo catalanista», que vendría a ser una aplicación mediterránea de ese «bilingüismo cordial» que acuñó con tino y reina en Galicia.
Entre las infinitas razones por las que Ucrania debe ganar la guerra a Rusia no es la menor la curiosidad de saber qué dirán entonces nuestros entrañables putinianos de andar por casa, preferiblemente en pijama, enfundados en la bata espesa de la nostalgia. Si son de izquierdas añoran la alternativa política al capitalismo que representaba la URSS, y si son de derechas añoran la alternativa moral al liberalismo que unía el trono con el altar, aunque sea a la usanza ortodoxa. Perolos hermana la común repulsa a la libertad de sus paisanos, empeñados en gastar, conducir, comer carne, casarse con alguien de su mismo sexo y viajar admirando costumbres extranjeras.
La historia de Miguel Ángel Blanco no empieza en Ermua sino en Mondragón, a orillas del río Deba, en el podrido subsuelo de la nave industrial donde Ortega Lara fue enterrado en vida y rescatado tras 12.768 horas exactas de agonía. Hoy ese lugar es un almacén abandonado de propiedad municipal, comido por la maleza y regado de cristales rotos. En la puerta metálica hay una rojigualda tachada y una pintada que injuria al sindicato Jusapol. Junto a la nave han construido un área infantil con columpios, y si uno permanece allí el tiempo suficiente oirá cantar a un gallo y reír a algún niño, sonidos impertinentes allí donde un hombre fue torturado. Pero el ayuntamiento no se limitó a comprar este siniestro edificio: desactivó su potencia pedagógica rellenando el zulo con hormigón. Hoy no es posible ver el agujero donde fue recluido el funcionario de prisiones. De eso se trataba y de eso se sigue tratando en Euskadi: de recordar o de olvidar.
«Come on, love. It’s over», escuchó un Boris Johnson en pico de negación de labios de su mujer. Los tories tuvieron que acudir a Carrie para hacer entrar en razón a su jefe muerto pero no enterrado, que pretendía seguir batallando sin piernas y sin brazos como el caballero negro de los Python. Es una suerte que los políticos tengan familia, porque a veces la familia tiene que terminar el fúnebre oficio que empieza la opinión pública, continúa el partido y debiera concluir el protagonista del funeral. La idea escandalosa, ofensiva, de que hay vida después del poder difícilmente se abre paso en la mente de ningún presidente nublado por su propia imagen en el espejo de un palacio que por democrática definición es de alquiler. Asumir la condición de inquilino resulta especialmente arduo para el cerebro narcisista, que no considera el poder como medio sino como fin. Que entiende el servicio público como la sumisión natural del pueblo a su carisma, y no al revés. Después de Trump y del Borexit, ojalá tienda a menguar esa clase demasiado común de criaturas taradas por el exceso o por el defecto que se meten en política para alargar el privilegio de una infancia mimada, cuando sus deseos eran órdenes.
El hombre despierta un día más en su agujero y busca una razón para no dejarse ir. Cuando la encuentra -su mujer, su hijo, Dios-, se incorpora con cuidado para no golpearse y ejecuta su ínfima gimnasia para no atrofiarse:cuatro pasos hacia delante y otros cuatro hacia atrás, dos a un lado y dos al otro. Su cabeza roza el techo en todo momento, como dicen que el cerebro de algunos perros se araña y se demencia al chocar contra las paredes internas de un cráneo demasiado estrecho. En una pared dos láminas mudas y azules le recuerdan que hay un mar, y la humedad filtrada a través de la madera que forra su ataúd en vida le recuerda que hay un río. Como un animal es alimentado, como un animal es forzado a convivir con sus excrementos, como ni siquiera un animal es torturado con la peor sevicia: una súbita humanidad en el trato para regar la tímida esperanza que será inexorablemente talada cada noche. O cada mañana. Qué diferencia hay.
Podemos citar a Churchill hasta que su noble cráneo se revuelva en la tumba, pero no hay en Putin acertijo ni misterio ni enigma. Putin es un psicópata dentro de un nacionalista envuelto en un nostálgico de la URSS. Separar sus tres capas mentales importa poco y no aclara nada, porque sus hechos hablan a gritos por todas y cada una.
Reconócelo. Te gusta. Llevas tantos años rezongando contra los políticos de todos los partidos que tu desafección te ha conducido a la secreta simpatía por un tirano. No te sientas original: tu proceso interior fue advertido por Aristóteles y actualizado por Schmitt. Parlamento, deliberación, burocracia, consenso. Palabras odiosas que debilitan la nación y engordan las nóminas de la casta. Soberanía, fortaleza, decisión, moralidad.Palabras honorables que Europa ha olvidado. «Pero Putin es cristiano, un enemigo del relativismo», objetarás si eres de derechas. «Pero Putin es antiamericano, un enemigo del neoliberalismo», objetarás si eres de izquierdas. Da igual cómo te definas: en cualquier caso recelas de la libertad. Nunca has sabido qué hacer con tanta, pero llevas aún peor que sí lo sepan los demás. Mano dura, valores fuertes: eso es lo que el prójimo necesita. La democracia liberal, hablemos claro, no funciona.