José Antonio

El hombre despierta un día más en su agujero y busca una razón para no dejarse ir. Cuando la encuentra -su mujer, su hijo, Dios-, se incorpora con cuidado para no golpearse y ejecuta su ínfima gimnasia para no atrofiarse: cuatro pasos hacia delante y otros cuatro hacia atrás, dos a un lado y dos al otro. Su cabeza roza el techo en todo momento, como dicen que el cerebro de algunos perros se araña y se demencia al chocar contra las paredes internas de un cráneo demasiado estrecho. En una pared dos láminas mudas y azules le recuerdan que hay un mar, y la humedad filtrada a través de la madera que forra su ataúd en vida le recuerda que hay un río. Como un animal es alimentado, como un animal es forzado a convivir con sus excrementos, como ni siquiera un animal es torturado con la peor sevicia: una súbita humanidad en el trato para regar la tímida esperanza que será inexorablemente talada cada noche. O cada mañana. Qué diferencia hay.

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4 julio, 2022 · 8:41

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