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Pla, un vencedor derrotado

El hombre que murió en la cama.

El hombre que murió en la cama.

Cuando oigo decir que ya es hora de empe­zar a estu­diar el fran­quismo sin apa­sio­na­mien­tos, reprimo un hondo sus­piro de melan­co­lía. Ya sería hora, sí, en un país nor­mal: no en uno que revive cada día el espan­tajo del dic­ta­dor para jus­ti­fi­car un deli­rio iden­ti­ta­rio o una eterna revo­lu­ción pen­diente, con­ce­der meda­llas retros­pec­ti­vas, prac­ti­car un revi­sio­nismo absur­da­mente nos­tál­gico y, en gene­ral, ganarse la vida del inte­lec­tual ses­gado con sine­cura ideo­ló­gica, que es el modelo inma­duro de la indus­tria cul­tu­ral española.

Pero a veces topa­mos con tra­ba­jos rigu­ro­sos, labo­rio­sa­mente edi­ta­dos y valien­te­mente pro­lo­ga­dos, muy ale­ja­dos del sec­ta­rismo que alienta en la colo­ni­za­ción cul­tu­ral (enjui­ciar las posi­cio­nes éti­cas de los bio­gra­fia­dos en tiem­pos béli­cos desde la con­for­ta­ble óptica de la pros­pe­ri­dad pos­mo­derna) como este libro del perio­dista Josep Guixà, obra lumi­nosa sobre la rela­ción ambi­gua entre Pla y otros cata­la­nis­tas mode­ra­dos con el fran­quismo. A dife­ren­cia de lo que se ha tra­tado de hacer con Ruano, redu­cién­dolo a nazi sin com­pren­der su pica­resca estruc­tu­ral (y sí: amo­ral, pero nunca faná­tica ni cri­mi­nal), este libro des­cribe con pro­li­fe­ra­ción de docu­men­tos y esfuerzo de com­pren­sión la polé­mica evo­lu­ción ideo­ló­gica del gran escri­tor y de algu­nos cole­gas, desde su crianza bur­guesa hasta su coque­teo juve­nil con el radi­ca­lismo izquier­dista de Macià; siguiendo por el defi­ni­tivo des­lum­bra­miento ante Cambó y el regio­na­lismo pac­tista de la Lliga (posi­ción con­ser­va­dora que ya nunca aban­do­nará); con­ti­nuando por su labor de espio­naje desde Fran­cia para el bando de Franco durante la gue­rra, cuya elu­ci­da­ción pre­cisa es la mayor apor­ta­ción de este libro; y ter­mi­nando por la des­con­fianza amarga con que unos y otros (cata­la­nis­tas y fran­quis­tas, e incluso cata­la­nis­tas fran­quis­tas, con­di­ción mucho más mayo­ri­ta­ria de lo que vende el mito nacio­na­lista y que Guixà docu­menta con lujo) paga­ron sus servicios.

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Nat Tate (1928-1960). El enigma de un artista americano

Pollock o la rocanrolización del arte.

Pollock o la rocanrolización del arte.

Nat Tate nunca existió, pero ese detalle no impide que se llegaran a pagar más de 9.000 euros por un dibujo atribuido a él con el título Puente n° 114. Este librito primorosamente editado por Malpaso es una brillante travesura con la que William Boyd (Accra, Ghana, 1952) transitó el género inverso a la non-fiction novel de Capote: se trata de una quest o búsqueda biográfica… de ficción. Harto de la impostura intelectual y del fetichismo de la mercancía que dominan el mercado del arte y lo convierten en una secta críptica para horteras inflacionarios, Boyd decidió inventarse a un pintor del expresionismo abstracto americano años 50 sobre la plantilla maldita de Pollock, arquetipo por el que se derrite esa izquierda caviar neoyorquina retratada por Tom Wolfe o Woody Allen. Cuanto más autodestructivo el artista, mayor la adoración. La rocanrolización del arte.

Boyd publicó este texto en 1998 sin revelar el engaño y, con la complicidad de tipos como Gore Vidal o David Bowie, logró convocar a lo más cool de la intelectualidad de Manhattan en casa del mandarín duchampiano Jeff Koons para homenajear al falso Tate. Picaron todos los invitados, incluyendo Julian Schnabel o Paul Auster y señora. Pero a los pocos días un periodista especializado descubrió el pastel y el bochorno de los mandarines se tornó satisfacción en el travieso Boyd, que no obstante lamentó que hubiera durado tan poco la comedia.

Pero es que basta con leer el libro -y con haber leído libros en general- para adivinar que Tate es una invención, de tan canónica. Boyd disfrutó sembrando sutiles exageraciones a lo largo de una clásica historia de malditismo: el padre desconocido, la madre ligera de cascos, la orfandad redimida por un matrimonio potentado, el padre adoptivo de tendencias homosexuales, el niño prodigio retraído, la escuela de pintura y los primeros compañeros de oficio, la promiscuidad entre críticos y galeristas o entre pintores y galeristas o entre pintores y críticos, el alcohol a raudales, el glamour de las fiestas, el choque epifánico, el proceso de alcoholización y autoodio, la quema de las obras -solo sobrevive una calculada docena-, el suicidio por ahogamiento en el Hudson -lo que explica que nunca se encontrara el cuerpo- y la apoteosis final a cargo de unos pocos diletantes que murmuran: “Siempre se van los mejores”. Nada falta.

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Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo

La 'elocutio', que diría Quintiliano.

La ‘actio’ o ‘pronuntiatio’, que diría el bueno de Quintiliano.

El pasado lunes 1 de diciembre debuté como conferenciante en el imponente auditorio que Caixa Fórum tiene en Madrid con una charla titulada Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo. Fue el filósofo Gregorio Luri quien concibió la generosidad inverosímil de fijarse en mí para cerrar el ciclo de conferencias que él coordinaba bajo el título: «A hombros de gigantes. La transmisión filosófica, política y cultural». Para las dos primeras conferencias, don Gregorio reclutó nada menos que a William Kristol y a Rémi Brague, dos intelectuales de renombre mundial y respectivos referentes en Estados Unidos y Francia. Mientras me planteaba la propuesta por teléfono, exactamente hace un año, nunca pensé que de mí arrogante boca saldría un sí. Pero salió: yo mismo me oí aceptando con increíble suficiencia. Y no solo salió el sí de mis labios sino que terminé dando la conferencia.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

Pasé el verano leyendo ensayos y tomando notas, refrescando viejas tesis y abocetando un texto más o menos contundente y articulado, expurgando las primeras versiones y añadiendo observaciones de última lectura bajo la tutela de don Gregorio. Me metí en el papel, vamos. No puede uno pasarse la vida quejándose de que no le dan bola y, cuando se la dan, volver la espalda al paso amoroso del tren. Si no es lo más ambicioso que he escrito –una furiosa reivindicación del canon occidental en tiempos de liquidez posmoderna–, está cerca; en todo caso han pasado cinco días y todavía no he cambiado de posición respecto de las resueltas sentencias que blandí desde el atril. Por esta razón, y en la confianza de que el trabajo realizado redunde en algún provecho para mis improbables lectores, ofrezco ahora en mi blog gratis et amore –el directo costó cuatro euros, la mitad para clientes de La Caixa– tanto el texto literal como su ejecución oral, suerte en la que aún no me defiendo con la soltura que desearía, como se advierte en los vídeos. Apenos me atrevo a levantar la vista del papel, exactamente lo que he criticado en los políticos, leo a velocidad ininteligible y por momentos la zozobra nerviosa de mi voz se vuelve intolerable. Pido disculpas por ello con el propósito de enmendarme para trances futuros, llenando si es preciso mi boca de guijarros playeros como Demóstenes; pero si el Rey Felipe todavía gallea, yo, monárquico declarado, no voy a ser menos. También debo aprender a sujetar la mente y terminar una frase antes de empezar otra, incapacidad manifiesta en el vídeo del coloquio que sucedió a la conferencia.

La revista LEER, con la que colaboro y que envió a Caixa Fórum una delegación de entusiastas dignos de mejor causa, publica en exclusiva el texto de la conferencia con un pulcro esfuerzo de presentación que aprovecho para agradecer a Borja Martínez, incluyendo la ilustración de Prometeo martirizado que imaginó Rubens con el grandioso efectismo marca de la casa. Aquí va la conferencia. ¿Qué mejor plan para este puente?

Y aquí, con toda mi vergüenza por fuera, los vídeos de la conferencia y del coloquio:

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Reivindicación de Pedro Luis de Gálvez a través de sus úlceras, sables y sonetos

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Se llamaba Pedro Luis de Gálvez y una vez -dicen- paseó por Madrid el cadáver en cajita de su bebé nonnato para excitar la lástima y el bolsillo de la horrorizada parroquia de las tabernas. Fue expulsado del seminario, huyó de un padre cristiano y sobrevivió como chapero de marqueses. Recorrió España a pie viviendo de la tierra y tapándose con las estrellas. Probó el ajenjo en el Moulin Rouge y encandiló a Apollinaire al punto de que el francés escribiera de él una biografía. Se ganó a pulso un papel en Luces de bohemia y fascinadas citas de Baroja, Carrere, Ruano o Max Aub, y aun el mismo Borges ya ciego todavía recitaba algunos de sus versos y recordaba la noche en que Gálvez le llevó a conocer el ultraísmo de mancebía.

Fue encarcelado por antimonarquismo pudiéndolo evitar solo para escribir un talentoso libro sobre la rata con la que intimó en la trena, indultado a petición de Mariano de Cavia y requerido por los mejores diarios apenas unas semanas antes de defraudarlos, dada su incapacidad vocacional para resistir los demonios de la vagancia y el morapio. Combatió en el ejército de Albania durante la guerra del 14 con Turquía, llegando a grado de generalísimo, y cubrió como corresponsal el desastre del Barranco del Lobo mientras se sacaba un sobresueldo chuleando a su mujer entre la soldadesca, hasta que finalmente su Carmen se enamoró de un capitán de infantería que le dio por ella dos mil pesetas, o de eso presumía.

Operó en la Puerta del Sol, perfeccionando mañas extractivas sobre académicos y obispos hasta un punto de excelencia que habría deparado, con El arte del sable, una cumbre canónica de la literatura picaresca de no ser porque acaba recurriendo al refrito y al relleno tipográfico. Emigró a Barcelona donde triunfó como comediógrafo solo después de trabajar como aeronauta, oficio al que renunció el día en que hubo de ser rescatado del Mediterráneo por un golpe de viento que desató la canasta del globo aerostático. Se arrejuntó con Teresa, que le dio más hijos, y a la que verdaderamente quiso. Fue editor de Rubén Darío y tutor de su bastardo Rubenito. Asustó a Ramón, que le había expulsado de Pombo, cuando resurgió en el 36 en mono de obrero y con dos pistolones al cinto, convertido en jefe de una milicia sindicalista a la que Miquelarena, Baroja y Cortés-Cabanillas atribuyen a la ligera crímenes de sangre que incluyen a Muñoz Seca en Paracuellos, pero que los indicios más sólidos desmienten con casi total probabilidad.

Fue fusilado por Franco en 1940, previo consejo de guerra al que no logró convencer de que su militancia roja había tenido más de farsa y supervivencia que de responsabilidad fáctica, pues había salvado la vida de escritores nacionales como Ricardo León -del que había sido negro- o Carrere, y hasta del portero Ricardo Zamora, al que sacó de la Modelo. Y finalmente escribió algunos de los mejores sonetos del primer tercio del XX, pese a que no fueron recogidos en ninguna antología hasta que Andrés Trapiello, espeleólogo de las armas y las letras, publicó su Negro y azul.

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La inexistencia frustrada del humor argentino

El rostro de un genio.

El rostro de un genio.

Este artículo sobre Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952) llega para llenar un vacío, con otro. Versará sobre un autor desconocido por méritos propios, alguien que un día se propuso escribir la autobiografía perfecta de un desconocido: aquella que terminamos de leer sin saber exactamente si el protagonista es él o cualquiera de los demás. Llegó a acumular tal número de noticias faltantes sobre sí mismo que su gloria nunca se supo, y en adelante nunca sería posible terminar de ignorarlo, de tal manera que ni siquiera somos capaces de equivocarnos sobre él con algún acierto.

Del profundo desconocimiento en que existía vinieron a sacarlo dos genios dotados de un talento quizá más precioso que el de escribir bien: el talento de reconocer el verdadero talento. El primero fue Ramón Gómez de la Serna, que ya en 1927 mantenía correspondencia con Macedonio, cuyas piezas delirantes leyó en las revistas de vanguardia de la época con la instantánea adhesión que prende el hermanamiento estético: la rara confluencia de tonos, estilos y caracteres a ambos lados del Atlántico. Cuando Ramón se exilió a Buenos Aires le buscó enseguida para seguir cultivando en persona la coherente amistad entre dos de los grandes incoherentes de las letras españolas; dos talantes seducidos fatalmente por la ingenuidad seria de los problemas. «Macedonio es el gran hijo primero del laberinto espiritual que se ha armado en América, y hace metafísica sosteniéndola con arbotantes de humorismo, toda una nueva arquitectura de metafísica que, como se sabe, solo es arquitectura hacia el cielo», escribió Ramón en el obituario a su amigo ido.

Esa nueva arquitectura de la prosa argentina, esa metafísica bienhumorada de Macedonio la explicó luego con más detalle Borges, para quien la escritura de quien fue su primer maestro (junto a Cansinos Assens) niega el yo por esconderlo de la muerte, supremo escándalo que asquea a los temperamentos vitalistas. «Yo por aquellos años lo imité hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. (…) Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color». Así le despidió el autor de Ficciones un mes después de su muerte.

Y así, sobre los elogios de dos genios se alzó una cierta resurrección editorial del nombre genesíaco en la primera vanguardia argentina. Hoy, mientras la fama de Cortázar —que tanto le imitó— no mengua, la del primero de la saga del irracionalismo literario y la invención de géneros híbridos dormita en un letargo seguro, apenas interrumpido por un quijote o un pedante. Lo cual no deja de ser apropiado a su vida de solitario de mate y guitarra, soñador en gabán raído de éxitos que nunca llegaron.

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Los domingos de un burgués en París

Maupassant, azote de burgueses.

Maupassant, azote de burgueses.

“Llamo burgués a todo el que piensa de un modo vil”. Así acotaba Flaubert el espécimen favorito sobre su mesa de disección literaria, y la misma fobia pavloviana heredó su discípulo más aventajado y sin embargo amigo devoto, Guy de Maupassant (Dieppe, 1850 – París, 1893). En 1880 el maestro del cuento naturalista francés acaba de publicar Bola de sebo y, animado por ese primer éxito, el periódico Le Gaulois le publica los diez capítulos de la vida de Patissot que conforman esta nouvelle concebida sin otro propósito que el de fustigar la mediocridad de la clase burguesa. Patissot es un funcionario prototípico y pequeñoburgués sin conciencia, herencia de los Bouvard y Pécuchet del maestro, hombre mesocrático sin maldad y sin grandeza que va ascendiendo en la función pública merced a la pura acumulación de trienios y a una camaleónica sensibilidad para averiguar por dónde sopla el viento y colocarse a favor. Algo tan español, por otra parte. Tan universal, posiblemente.

Se trata de una novelita-marco donde la trama se reduce a la yuxtaposición de estampas que sirven al autor para lucir mejor el ridículo sociológico de su antihéroe: Patissot ligando torpemente con mujeres, Patissot aprendiendo a cazar, Patissot pretendiéndose intrépido aventurero, Patissot poniéndose de perfil en un debate político… Como en la novela flaubertiana, cada personaje encarna un arquetipo y cada situación ofrece una lectura moralizante sin perseguirlo directamente, pues en ese caso estaríamos ante una novela de tesis. El genio desabrido y punzante de Maupassant, ácrata y misógino, se muestra aquí todavía descompensado y primerizo pero ya poderoso. La pintura de ambientes y caracteres, el ritmo ágil y el estilo antirretórico, la plasticidad descriptiva, el costumbrismo afilado se perfilan ya como las peculiares armas literarias que le ganarán la fama futura. A cambio, aquí aún lastra su fórmula cierto exceso discursivo, tentación doctrinaria del joven Maupassant que todavía debe descubrir cómo rellenar de carne verosímil, de palpitación humana, una criatura de ficción antes de zarandearla como un pelele.

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15 julio, 2014 · 10:02

A Muñoz no le gusta Ruano

Escribe hoy Antonio Muñoz-Molina, de la Real Academia Española, un artículo de fondo en El País en el que se pregunta y no se explica el «sostenido prestigio» de César González-Ruano como modelo de columnistas. Es uno de esos artículos tórpidos y contraproducentes que contribuyen a afianzar el nombre que tratan de combatir. Uno no dedica largos artículos a renegar de un nombre que no pesa y a Muñoz Molina le pesa una fascinación ya confesada que los ruanistas entendemos perfectamente, aunque la sobrellevamos sin tanto trauma y con desprejuiciada gratitud hacia el maestro. Porque el magisterio de Ruano, quien no fue admitido en la Academia durante el franquismo, incluso es reconocido desde el titular por Muñoz Molina, quien ha sido admitido como académico durante la democracia.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio es hoy el escritor de referencia de la literatura española engagée –incluso, con Javier Marías, de la literatura española a secas–, y sus artículos de fondo aúpan a un Catón de Jaén sobre el púlpito seguro, paternal, del democratismo impecable. Puede que sea un novelista irregular pero se toma su trabajo en serio. Demasiado en serio en ocasiones. Fruto de ese tremendo compromiso con la salud moral del cuerpo sociológico nació su ensayo Todo lo que era sólido, por ejemplo, que contiene no pocos aciertos analíticos, quizá por la cercanía de los hechos diagnosticados, a la manera de los economistas que profetizan brillantemente el pasado. No es talento común, de todas formas. Pero cuando se abre el foco, cuando se enjuicia severamente el siglo XX desde la atalaya vip del inocuo siglo XXI, es fácil incurrir en indignaciones gratuitas, hasta que no quede sin rasgar una sola vestidura.

Los argumentos por los que jamás ningún columnista español –mucho menos los jóvenes, generación preparada y demócrata– debiera seguir citando a Ruano son tan conocidos que parece que todavía no nos hemos levantado del Café Teide o del Comercial y seguimos cuchicheando sobre los veladores cada vez que don César aparece por la puerta y se acerca a la barra a pedir recado de escribir. La oportunidad la brinda ahora la reciente publicación de El marqués y la esvástica, el reportaje revelador pero fallido con el que Plàcid García-Planas y Rosa Sala se propusieron tasar el grado de colaboracionismo nazi de Ruano en el París ocupado. Reconocen no haberlo logrado aunque aportan las actas de una de tantas sentencias sumarísimas que dictaron contra Ruano los aliados una vez liberada Francia por «inteligencia con el enemigo». Con toda la ecuanimidad de la que fui capaz reseñé esa obra en El Cultural, señalando aciertos y errores, y durante el proceso mantuve una grata correspondencia con los autores, que no me dejarán mentir. Más tarde, durante cierta mañana lisboeta del pasado mayo, tuve ocasión de charlar sobre el libro con Miguel Pardeza, experto ruanólogo, y ambos convinimos en la sorpresa que nos causaba esta repentina campaña contra un autor que, por lo demás, pervive exclusivamente por el aprecio cimarrón, irreprimible, de sus duraderos lectores, pues no ha gozado de reediciones, simposios, ni chiringuitos subvencionados como tantos otros del bando correcto de las armas y las letras. Antes al contrario: bastó El marqués y la esvástica para que la Fundación Mapfre retirara de inmediato el nombre vil a uno de los premios más prestigiosos del articulismo patrio. El mismo, por cierto, que Muñoz Molina ganó en 2003 y cuyo importe no ha devuelto todavía, en coherente corolario a su furor moral.

Nuestro académico reconoce que a un escritor no debemos medirlo por su talla moral, pero después de decirlo se apresura a hacerlo. Yo entiendo que desde Platón se haya vuelto muy difícil para la mente humana separar la ética de la estética, al hombre de la obra, pero hay que intentarlo. ¿Dejaremos de ver las películas de Woody Allen si las denuncias de acoso a su propia hija se revelaran ciertas? Al fin y al cabo Thomas Mann confesaba que se había enamorado de su hijo de 14 años al verle en bañador, pero luego no fue a su entierro. Kingsley Amis sólo se interesó de verdad por su hijo Martin cuando detectó en él a un competidor literario, como contaba Luis Alemany en una magnífica pieza de El Mundo en la que también hablaba de César Vallejo y los abortos inducidos de su mujer, Georgette. O de Pablo Neruda, quien sobre su fervor estalinista se desentendió de su única hija, enferma de hidrocefalia y perdida en la Holanda nazi. O de Octavio Paz, que se esforzó en no darse por enterado de que a su hija la violaba uno de sus tíos maternos. Los escritores –los artistas en general– integran frecuentemente una raza de hijos de puta, no lo vamos a descubrir ahora. Y viceversa: con los buenos sentimientos de Coelho no es que se haga precisamente buena literatura, según sentenció Gide. El de Úbeda cita a Céline, Drieu La Rochelle o al Nobel noruego Hamsun (¿por qué no remontarse a Quevedo, acreditado antisemita, o a Garcilaso, intolerable belicista?) e intenta puerilmente trazar una línea roja entre su filofascismo y el de Ruano con el argumento de que los tres primeros actuaban por convicción mientras que Ruano lo hacía por pícara venalidad. Que el gran articulista madrileño era un monstruo de vanidad y nada le importaba fuera de sí mismo no pienso rebatirlo; sin esa patología, por lo demás extensible a tanto escritor sin su prodigioso talento natural, quizá no hubiera cristalizado un estilo tan propio, tan «modélico», por citar a don Antonio. Como ya escribí, mucho menos peligroso es un mercenario vanidoso que un fanático de la idea, porque al primero lo podemos desactivar con dinero.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

En los momentos del artículo en que Muñoz Molina no está abroncando a Ruano por mala persona, se vuelve sobre su escritura y lucha contra ese objeto de su fascinación inalcanzable, insistiendo una y otra vez en que la prosa de Ruano no amerita otro valor que una retórica vacía, fascistona, campanuda y falsa; razones todas ellas que, de ser ciertas, habrían dado ya con los delicados huesos de Ruano en el olvido. Como eso no sucede, la intelligentsia se cabrea. Pero de prosa retórica, hinchada y hueca nada de nada, don Antonio. Ha leído usted poco (o mal) a Ruano, aunque sí lo suficiente para acusar la admiración que reprime y combate como infección vergonzante. Yo desafío a cualquier lector a que tome los artículos costumbristas de Ruano de los años cincuenta o sesenta y juzgue si no pulsan la pura realidad con mucho más calado –por no hablar de la elegancia– que la plaga de analistas políticos que trajo la partitocracia, altavoces de sigla de ortopédica sintaxis. Sobre todo, emplazo al lector a que lea Mi medio siglo se confiesa a medias y busque ahí un ápice del engolamiento que infesta, qué diría yo, por ejemplo Beltenebros.

Confesaré, porque esto es España y me conozco el paño bobo, que no soy un fascista. Aunque ese es un título que siempre te adjudican los demás para apearte, por ejemplo, de una tertulia. Yo, aunque lector de Ruano (al que sin complejos asocié a mi tribuna en Zoom News) soy demócrata sin aspavientos. Lo son también Raúl del Pozo o Antonio Lucas, quienes no tuercen tampoco precisamente por el fascismo pero escribieron hace no mucho sendas columnas en defensa no del hombre, sino de la obra, como ha de ser. Hace cuatro años tuve el honor de ser el destinatario de un artículo que publicó Ignacio Ruiz Quintano en ABC en torno a la misma recurrente polémica que nos ocupa. Yo creo que bastaría con que Muñoz dijera que no le gusta Ruano –aunque le gusta más de lo que desearía–, o que nos advirtiera de que lo leyéramos pero no tratáramos de imitarlo en casa, sin tener que verse obligado a prescribirnos lo que conviene al bien de nuestra democrática alma.

Quizá no sea prudente por mi parte escribir este post, siendo uno lo que es y don Antonio tan importante. Pero de Ruano aprendí también que de vez en cuando hay que escribir lo que a uno le dé la real gana.

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Paraíso inhabitado, de Matute

Ana María Matute, de niña.

Ana María Matute, de niña.

[Ha muerto una gran escritora, y el mundo literario, tan cicatero con ella durante los duros inicios, se ha volcado merecidamente en su honor de su primera memoria a la última. De lo que yo tengo leído de Ana María Matute, que no es casi todo ni mucho menos, hay cosas que me gustan bastante y otras muy poco. Perdonadme si desafino del coro, pero no conservo más texto sobre ella que la reseña de Paraíso inhabitado, su última novela, que me encargaron en enero de 2009. Honradamente me pareció una parodia ya de sí misma. Esto es lo que escribí]

Paraíso inhabitado
Ana María Matute
Destino. Barcelona (2008). 400 páginas

La última entrega de la octogenaria Ana María Matute (Barcelona, 1925), la más laureada de las escritoras españolas, consiste en una rememoración de la infancia de la que no sabemos la proporción exacta de autobiografía, aunque se antoja mucha. Esto no debiera importar, salvo en el caso de que la novela imite demasiado el género de memorias. El libro cuenta en primera persona apenas dos o tres años de la infancia de la protagonista narradora, Adriana, que “nació cuando sus padres ya no se querían” y se refugia en la fantasía libresca, en la compañía de las chicas del servicio y en el amor de trágico fin que experimenta por un vecinito del bloque. Si fuéramos comunistas, diríamos que esta obra despide un denso tufo burgués, y nos preguntaríamos qué interés puede tener la infancia y el primer amor idílico de una niña enclaustrada en su piso con tres criadas (nada menos), adonde no llegan apenas ecos de la dramática –esto sí– situación social que acompañó los estertores de la Segunda República. Como no somos comunistas, diremos simplemente que Matute tiene todo el derecho artístico a escoger el escapismo como tema… pero no a escapar de la evolución de su propia disciplina, la novela. Delibes ha contado historias parecidas en el ámbito rural, pero con mucho mayor calado dramático e innovación técnica; Capote es un genio del punto de vista infantil, porque acredita el encanto de una mirada original. Matute, en nuestra humilde opinión, adolece de abierta cursilería en algunos pasajes, abusa de los diminutivos y de un pueril simbolismo –el Unicornio por la inocencia, los Gigantes por los adultos– y peca de imprecisión constante: “sentí algo que”, “percibí como si”, “no sé por qué pero intuí que”. Una novela, y más con las expectativas que genera su autora, debe responder a un propósito más rico que el de una exposición personal de recuerdos melancólicos. O al menos, debe justificarlos por un arduo conflicto argumental, una prosa de poderosos recursos –aunque la autora conserva su estilo preciso y ordenado– o una penetración psicológica sobresaliente.

Se ha saludado esta obra –por ser de quien es– como una obra maestra; lo sería si se tratase de aplicar la fórmula proustiana al mundo interior de una niña española de preguerra, no de seducir al lector del siglo XXI.

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