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La rana hervida. Informe sobre la muerte y resurrección del periodismo

[Con mi agradecimiento a Arcadi Espada, a quien debo casi toda la bibliografía manejada en estos párrafos, y a Verónica Puertollano, que la tradujo].

Katherine Graham, Bernstein, Woodward, Bradlee y otros disfrutones del viejo periodismo.

Katherine Graham, Bernstein, Woodward, Bradlee y otros disfrutones del viejo periodismo.

Amigos, no es solo Ben Bradlee quien se muere. Digamos de una vez que la fiesta ha terminado.

Aunque veáis periodismo por todas partes, el periodismo en realidad está muerto. Lo que os llega a través del espacio es el brillo de una estrella que explotó hace algún tiempo, repartiendo su compacto y hermoso cuerpo mineral en millones de aerolitos cibernéticos que ya van cubriendo el sol y enfriando los cerebros. Nadie ha datado con precisión el gran estallido, pero podemos conjeturar algunas fechas.

En 1992, el director ejecutivo del Washington Post, un lucidísimo Robert Kaiser, viajó a Japón para reunirse con un sanedrín de gurús tecnológicos que le presentaron el concepto de ordenador personal y de red telemática, asegurándole que la interacción de ambos inventos cambiaría para siempre el periodismo. El mérito de Kaiser, excepcional en una industria que una década después aún se embolsaba un 30% de margen por el periódico de papel, fue creérselo y escribir un célebre memorándum de dos mil setecientas palabras en que enunció la conocida analogía de la rana:

Pones una rana en una olla de agua y la temperatura sube lentamente hasta que la olla hierve, pero la rana no saltará jamás. Su sistema nervioso no puede detectar los cambios leves de temperatura. El Post no es una olla de agua, y nosotros somos más inteligentes que la rana media. Pero nos vemos nadando en un mar electrónico donde podríamos acabar siendo devorados —o ignorados— como un innecesario anacronismo. Nuestro objetivo, naturalmente, es evitar hervirnos mientras prosigue la revolución electrónica.

Hoy la industria periodística es una charca de ranas nostálgicas que croan sus últimos estertores. Lo dramático no es la subida de la temperatura del agua, de la que estaban avisadas, sino que tampoco se salvarán saltando a tierra porque el termómetro en tierra tiende a cero: las condiciones (económicas) de vida anfibia en papel como en internet se recrudecen por igual. Se mire como se mire, la rana periodística está jodida. Quien le tenga asco a los batracios, aun metafóricos, puede pensar en un hámster: el roedor espídico que sigue corriendo en su mugrienta rueda para generar la mitad de contenidos con el doble de esfuerzo, con el triple de esfuerzo, con el cuádruple de esfuerzo, hasta entregar su alma generosa en el altar de una obsolescencia programada. Esa rueda equivale actualmente a las redacciones de los grandes diarios que aún siguen editándose, cada año con menor tirada, en inexorable proceso de consunción.

Años importantes para el agrietamiento de nuestra estrella fueron los del nacimiento de Google (1996), de Facebook (2004), de YouTube (2005) y de Twitter (2006). Cada uno de estos diabólicos hijos de su tiempo ahondaron en la subversión del principio por el que se había regido la institución periodística desde aquellas hojas venecianas del 1600: el carácter lineal, jerárquico y monopolístico de la producción de noticias y la pasividad del público. Podemos añadir a la serie histórica el 1929, momento en que se publicó La rebelión de las masas de Ortega; en todo caso, no ver que la crisis sistémica que va a terminar con el periodismo como institución civilizatoria responde al último coletazo del ideal romántico de emancipación, de ruptura con las nociones clásicas de autoridad y conocimiento, es desconocer la órbita exacta que hoy describe nuestro mundo.

Pero quizá la fecha más terrible, cuyo impacto aún está por determinar, es la de 2010, año en que por primera vez un robot llamado Suzette logró superar el test de Turing. Alan Turing, teórico de la inteligencia artificial (IA), estaba obsesionado con la lucha del hombre contra la máquina, pero no para dejar bien sentada la superioridad del primero sobre la segunda sino para buscar las tablas, o incluso la victoria de Terminator. Un juez aislado de la sala en la que se miden hombre y robot les dirige una serie de preguntas y debe distinguir por sus respuestas cuál de las dos inteligencias es artificial. En 2010, fecha fundacional en una era futura de dominación mecánica, el juez confundió al robot con el hombre. Las empresas periodísticas, con ese instinto tan suyo para el delicioso suicidio en grupo, corrieron a investigar las aplicaciones de la IA —como si no bastara el minucioso proceso de jibarización educativa de los universitarios— y hoy ya se están desarrollando algoritmos capaces de ensamblar información en fracciones de segundo y de producir relatos de los acontecimientos que han superado el test de Turing (indistinguibles de un teletipo convencional) sin la intervención de un periodista. Estremecedor, querido becario.

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Corbata y vaqueros: Albert Rivera presenta el uniforme de la tercera España

'Arreglao' pero informal: Albert Rivera.

‘Arreglao’ pero informal: Albert Rivera.

Ni bipartidismo decadente ni populismo emergente. Ni la putrefacción de las instituciones ni su destrucción oportunista. Ni gran coalición ni asalto al cielo. El mensaje de la tercera España lo ha vestido esta mañana Albert Rivera con esa mezcla de resolución y humildad que busca representar Movimiento Ciudadano (MC), la plataforma transversal concebida para los votantes de centro reformista que no necesitan decir casta para sentirse defraudados por PP y PSOE. A ellos se dirigió el líder de Ciudadanos (C’s) con chaqueta y corbata de nudo fino por arriba y con vaqueros desgastados por abajo, a partir de hoy uniforme oficial de la tercera vía. Y hablando de usted al auditorio, añeja cortesía que tras el fichaje de La Pechotes por parte de Cuatro casi nos arranca lágrimas de gratitud.

Corbata y vaqueros. Ambición y modestia. Respeto y descaro. Tradición y modernidad. Conservar el legado de la Constitución pero plantear reformas urgentes en cinco ámbitos principales, consensuadas por los 70.000 firmantes con que ya cuenta la plataforma: ley electoral más representativa, pacto nacional por la educación, descolonización política de la justicia, adelgazamiento de la Administración y una regeneración de los partidos políticos impulsada por alguien que no salga en ningún sumario, a ser posible. Magníficas intenciones que desde luego muchos comparten, incluida Rosa Díez, a quien, sin embargo, no se esperaba en el Teatro Goya como no se espera a Papa Noel en una casa comprometida con los Reyes Magos. Ya saben ustedes: una cosa es liderar un homenaje a la duplicidad como es UPyD respecto de C’s y otra muy distinta es que venga uno más guapo y te robe la silla. O el escaño. O el trono. Y este es el drama: que hasta por la tercera España cruza errante la sombra de Caín.

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La España de los cuatro complejos

Debate español.

Debate español.

Los psicólogos hablan de «complejo» como de una disconformidad con la naturaleza misma de un individuo. Una persona acomplejada es alguien que discrepa del todo o una parte de su propia condición. El psicoanálisis sofisticó el concepto para engranarlo en la mecánica freudiana de la represión, de manera que el complejo pasó a designar aquella estructura subconsciente de ideas y deseos reprimidos por el individuo que acaban emergiendo de alguna forma perturbadora. Así, que un acomplejado en el mundo más o menos mítico de Freud —que ha terminado por ser el mundo real, pues como sabemos desde Wilde la naturaleza imita al arte— es el tipo escindido cuya parte no asumida pelea con la racional por regir su conducta.

Ahora bien, si acercamos un poco la lupa epistemológica descubriremos con decepción que un complejo es algo tan distintivo de lo humano como lo es el detalle de caminar erguidos y carecer de plumas. Quiero decir que todo el mundo tiene complejos porque a nadie, salvo a Cristiano Ronaldo, se le cumplen todos y cada uno de sus deseos sin dejar por un segundo de calibrar la perfección de su reflejo en el estanque.

Dado que todos los hombres en esta vida son torturados en mayor o menor grado por sus complejos, por la disconformidad entre su aspiración y su reconocimiento, es lógico advertir que hay pueblos igualmente acomplejados en mayor o menor medida. El pueblo alemán, por ejemplo, es un interesantísimo caso de complejo colectivo bipolar en el que una natural tendencia a la supremacía de raíz bárbara ha sido fuertemente modulada por un complejo de culpabilidad histórica perfectamente fundada en el siglo XX.

Así que hay complejos por naturaleza y complejos por historia; complejos de superioridad y complejos de inferioridad. La definición psicológica hace pensar que solo existen estos segundos, pero no es así, y de hecho importa recalcar que las personas o los pueblos que padecen complejo de superioridad resultan a la postre víctimas igualmente patéticas que aquellos que se sienten inferiores. El complejo de superioridad, si no me equivoco, es de origen nietzscheano y promete a su portador una supercondición que la vida le acabará desmintiendo, cuando no recluyéndole en un psiquiátrico por besar caballos en las calles de Turín. Caso triste que fue el de don Federico.

Todo esto ya lo avisaban los griegos con su fastidioso casandrismo proverbial. Ni siquiera hay que apelar a la autoridad de Aristóteles, porque la máxima sapiencial «Nada en demasía» se atribuye a Solón, que vivió dos siglos y medio antes. Y probablemente Solón se la oyó a un pastor del Peloponeso. Por eso Freud sacó de ellos su nomenclatura patológica como quien acude al viejo sastre italiano para vestir a su sobrino, que acaba de dar un pelotazo inmobiliario. Edipo, Electra, Narciso y etcétera.

Estados Unidos, por ejemplo, es un pueblo con complejo de superioridad. No deja por ello de ser un pueblo menos acomplejado, cuyas clases rurales siguen confundiendo el rodeo con la gendarmería planetaria y cuya clase intelectual bascula hace tiempo hacia el autoodio por pura reacción más o menos esnob a la fatiga retórica del imperialismo. Todo complejo expresa una carencia por exceso o defecto de expectativas, y el complejo de superioridad aflora en formas tan traumáticas como el de inferioridad al contacto seco con la atmósfera.

¿Y España? Ah, España: ese enigma, insisten los mejores entre la historiografía patria. España es indudablemente un país acomplejado por los efectos de una larguísima decadencia, tan larga como sus melancólicos dominios. Tierra que ya era de perdedores en la plenitud imperial del Barroco; tierra de hidalgos irreductibles, orgullos museísticos, afanes tridentinos, espadones conjurados, miradas de vaca autista al paso del tren de la historia y demás. Se trata de una consabida letanía, solo aproximadamente veraz y desde luego sin pretensión de originalidad alguna: a ver si va a resultar que el Londres decimonónico o la Comuna de París equivalían al campamento infantil de fútbol de Iker Casillas. Y hablando de La Roja, que no deja de ser el eufemismo que articula un complejo, ¿qué hay de los complejos de la España actual?

A mí se me ha ocurrido que España está hoy poseída por cuatro complejos que responden a otras tantas corrientes ideológicas que bullen resistiéndose a morir bajo el peso fukuyamesco de la tecnocracia. Digamos que hay cuatro ideologías que subsisten más o menos mezcladas: izquierdistas, socialdemócratas, liberales y conservadores. Creo que las patologías psíquicas asociadas a sus más altisonantes exponentes no son privativas de lo español, pero creo que en ningún país como en el nuestro se divisan con semejante claridad. De esos cuatro complejos portados por otras tantas tribus teóricas, dos son de superioridad (socialdemócratas y liberales) y dos son de inferioridad (izquierdistas y conservadores). Veamos por qué.

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El país del banano espera a su Pablemos

Keep calm, dice don Mariano.

Keep calm, dice don Mariano.

Jaimito hizo novillos de la misa dominical pero al llegar a casa le dijo a su papá que venía de la iglesia.

-¿Ah sí? –sospechó su padre–. ¿Y de qué ha ido el sermón?
–Pues… del pecado, papá.
–¿Y qué ha dicho el cura sobre el pecado, Jaimito?
–Pues que no es partidario.

Mariano Rajoy tampoco es partidario de la corrupción, y así se lo ha hecho saber a la Cámara en una mañana que el orden del día consagraba teóricamente al Consejo Europeo y después a la sesión de control. Pero ¿qué es un orden del día hoy en España? Nada: un papel prácticamente tan decorativo como el articulado de la Constitución. El pueblo harto clama venganza, la prensa jalea la necesaria catarsis, en los platós de las tertulias clavan picas a la espera de sus respectivas cabezas y el Parlamento, sede de la soberanía al fin y al cabo e imagen fidedigna de la gresca nacional, ardió hoy en santa intransigencia hacia el cohecho, el convoluto, la mordida y el tresporcentismo institucional. Si Rajoy hubiera venido de Bruselas con la despenalización de la marihuana bajo el brazo habría dado lo mismo: hoy solo cabía hablar de corrupción. Y es comprensible, claro. La charca española ha llegado al punto de ebullición.

Como en el chiste de Jaimito, la matinal tomó un cariz religioso: la oposición en tromba demandaba a don Mariano –España no deja de ser católica, aun por negación– más examen de conciencia, más decir los pecados al confesor, más propósito de la enmienda y, sobre todo, más cumplir la penitencia. O sea: dimitir y hacer dimitir, en paráfrasis de Suárez, precisamente para cerrar el régimen de completa podredumbre que el difunto bautizador del aeropuerto habría inaugurado.

Ante los ojos cansados de los españoles, minados por un proceso de depauperación que va para los seis años, desfilan los nombres de los depredadores áulicos que decían representarlos. Es la cólera del excluido del banquete –más que una genuina formación democrática– la que alimenta la gran catarsis puesta en marcha por los jueces, siempre sensibles a la dirección del viento social. Ahora mismo vestir de marca está a punto de considerarse una provocación. El barrio de Salamanca y la Moraleja serán pronto amurallados con sacos terreros (de Loewe) y patrullados por pijos en armas para defender su estilo de vida inalcanzable de los zombis del nuevo proletariado, famélica legión con largas coletas. Las sedes de los partidos serán desguazadas. España, año cero. A empezar otra vez.

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El ídolo caído, su iglesia intacta

Franco derrotado demasiados años después.

El general Franco derrotado también demasiado tarde.

Amaneció derribada la estatua iraquí de Jordi Pujol en Premià de Dalt y yo lo lamenté mucho recordando un comunicado impecable –¿la pluma de Espada?– de Libres e Iguales, que se manifestó en contra de la corrección artificial de la Historia. Había que dejar a Pujol en su pedestal para que los hombres no olvidaran la clase de becerro que un día adoraron. Pero ningún pueblo sometido al mito es capaz de resistir la exhibición frontal y cotidiana de la verdad, así que ahora la estatua languidece en un almacén municipal del mismo modo que otros almacenes estatales ocultan un Franco a caballo. Como si la obra de ambos próceres no caminara a plena luz del sol que alumbra por igual a antifranquistas con retardo y a pujolistas sin vergüenza criados a los pechos del tres por ciento, a la espera de que la Udef los ilumine del todo.

Estoy por asegurar que el autor del derribo fue un independentista canónico, un tierno brote de esos que el nacionalismo paternal ha ido cultivando bajo el estiércol fresco de su invernadero mediático. La historia de las religiones nos enseña que el mayor fervor acaba degenerando en la iconoclastia más violenta. El santo fue derribado de su peana –esa altísima peana que quería compensar su estatura, hoy un rasero más moral que físico– con gesto sacrílego, que es el negativo de la devoción, porque como saben en Montserrat no queda otra fe en Cataluña que el nacionalismo y Pujol es su profeta.

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Tú eres Pedro, ma non troppo

El nuevo PSOE arrancando suspiros.

El nuevo PSOE arrancando suspiros.

Estas cosas no se le hacen a Pedro Sánchez. ¿Cómo pretenden salvar el bipartidismo si el día que debuta don Pedro en la liza parlamentaria contra Rajoy viene precedido por la renuncia de Botella –leña del árbol caído–, envuelto por el ruido diado del tabarrón en V, contraprogramado por la muerte repentina de don Emilio Botín, apenas emergido sobre la súbita hospitalización de Isidoro Álvarez y definitivamente inhumado bajo el derbi sabatino donde se ventila la crisis o la revancha? El flamante líder de la bancada socialista hubiera debido comparecer desnudo para rivalizar mediáticamente con semejantes focos de atención nacional. No lo hizo, así que hay que seguir conformándose con Jennifer Lawrence.

–Ha muerto Botín –informa Gistau en la tribuna de prensa. Y escrutamos el hemiciclo para cerciorarnos de que allí todavía no está Monedero con la cabeza del Gran Capital en la mano.

A las nueve el ruedo hierve de cuchicheos. Sus señorías se comunican el magno deceso con la sorpresa de quien sospecha no solo que el dinero compra perfectamente la felicidad, sino que en cantidades obscenas compra también la inmortalidad. Alguno consultaría la cotización de sus acciones. Pero Posada, talante prusiano para el reglamento, no concede el minuto de silencio que uno ya espera por defecto desde que se instauró la necrofilia protocolaria en los campos de fútbol. Para más inri, abre fuego Cayo Lara:

–Señor Rajoy, su reforma laboral ha provocado que se despida más barato, prolifera el contrato basura y el trabajo indigno. Usted se fue a Japón a vender mano de obra barata. Usted ha congelado el salario mínimo en 645 euros al mes. Míreme a la cara: ¿usted podría vivir con 645 euros al mes?

Pues precisamente Rajoy sí podría, don Cayo. Esa pregunta era más bien para CiU. En la réplica, don Mariano esculpió y frotó el argumento que nos sangrará las orejas hasta las generales y que podríamos bautizar como la doctrina del optimismo ma non troppo: un sí pero aún no, una esperanza sin triunfalismo, una lustrosa macro con poquita micro. El paro se reduce al 6% anual, los precios caen al 0,5%, todos los mercados lo dicen, todos los organismos lo dicen (léase con acento King África) pero aún hay mucho que hacer, señor Lobo. No nos las ponderemos todavía.

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Cortesía que agradezco al escritor y crítico Alberto Olmos.

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«Vamos a por ti, Jordi»

La venganza se sirve fría.

La venganza se sirve fría.

Alguien debió de pensar: “Ya que ha de ser un otoño caliente, que lo inaugure Montoro”. Y el plan, queridos contribuyentes, ha sido un éxito sonoro: ya está montada. El curso parlamentario ha quedado abierto en canal por la retórica a dentelladas del vampírico don Cristóbal, Eliot Ness del fraude fiscal cuando quiere. Y tratándose de Jordi Pujol, ha querido. Vaya si ha querido. Toda la desganada, calculada tibieza que Rajoy exhibió durante el verano desde que el padre patrio de la Cataluña actual confesase la gran evasión ha quedado bruscamente corregida por Montoro de un modo tajante; de un modo montórico.

Ya que en España todo hay que explicarlo con fútbol, la intervención del ministro en la Comisión de Hacienda ha sido como las ruedas de prensa ígneas de un entrenador maquiavélico antes del choque inminente, en este caso la madre de todas las Diadas: “Si creía que pidiendo perdón públicamente se hacía borrón y cuenta nueva, se equivocaba de pleno. Vamos a poner los medios suficientes para ir hasta el final de este turbio asunto: hasta sus consecuencias no solo administrativas y fiscales, sino también judiciales. Mi comportamiento en este caso será el mismo que en el caso del señor Luis Bárcenas”.

¿Jordi Pujol i Soley en el trullo? No caerá esa breva. Pero la misma amenaza es la noticia. Y si me permiten, también el estilo. Habituados al pedregoso politiqués que hemos de sufrir los cronistas parlamentarios, la diatriba punzante contra la colosal hipocresía de Pujol y su familia que con énfasis y delectación leyó Cristóbal Montoro sacudió de los presentes cualquier remoloneo en el síndrome postvacacional. Oratoria caliente, derroche de adjetivos, juicios morales y la gran advertencia de fondo que Rubalcaba supo esgrimir contra los controladores aéreos: “El que le echa un pulso al Estado, lo pierde”. Ni siquiera se esforzó el ministro por disimular que a Pujol se le tienen ganas no tanto por viejo evasor como por neófito independentista:

–Ningún político sensato puede tolerar actitudes de cinismo político de los que se escudan en el nacionalismo pretendiendo lanzar pulsos políticos al Estado y lucrándose y sacando partido personal al mismo tiempo.

No solo eso, sino que sancionó lo publicado por los medios: que los Pujol ya fueron investigados entre 2000 y 2002. ¿Por qué se paró aquella investigación? ¿Por qué ni siquiera trascendió? Quien más quien menos sospecha que las andanzas andorranas de los Pujol eran conocidas y toleradas a cambio de la lealtad constitucional de CiU y su colaboración fáctica en la gobernabilidad del bipartidismo; quien más quien menos sospecha que ha sido el viraje separatista de CiU el que ha roto el pacto clandestino de la vista gorda, el que desató a los sabuesos de la UDEF –qué coño es la UDEF– y puso a funcionar el drenaje de las cloacas del Estado por donde hasta entonces se embalsaba la ciénaga. La moraleja es la siguiente: en este país se puede robar más o menos dentro del sistema, si la cosa no es muy descarada; pero robar y desafiar al tiempo la arquitectura institucional es como si un simple mortal se burla de Zeus y eso, advertían los griegos, convoca siempre una némesis implacable.

Sobre el eje de esta misma incoherencia, de este celo antifraude de nuevo cuño, giraron las críticas de la oposición. Saura (PSOE) le recordó a Montoro que dos de los cachorros de la camada Pujol Ferrusola se acogieron a la amnistía fiscal para aminorar las consecuencias de la ilegalidad, lo que probaría que la propia ley tuvo más de salvoconducto que de mina de millones aflorados para pagar sanidad y pensiones. ¿Habría sido tan duro el ministro si Pujol hubiera accedido a pasar por el aro de la Agencia Tributaria? Oigamos algunas saetas:

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Amable Lenin

La dupla que veía el amanecer del hombre nuevo.

La dupla que veía el amanecer del hombre nuevo.

Hablamos mucho de Pablemos y poco de Monedero, pero puede que esto empiece a cambiar. No porque queramos, ay de nosotros, que tanto echamos de menos las serpientes de verano; sino porque el tipo se lo va ganando a pulso. A pulso contra la realidad, naturalmente.

Ustedes habrán reparado por YouTube en la mal disimulada hinchazón que ahueca las gargantas de Monedero y Pablemos cuando deslizan constantemente su condición de profesores de Ciencias Políticas. Ahí les tienen, fardando de placa como si invocaran el Eton de Orwell y Connolly. Como si ser profesor de Políticas fuera algo relevante (y menos en mi Complu), como si la política fuera una ciencia, o como si los puestos universitarios se repartieran con un gramo más de meritocracia que los puestos en los partidos, según conoce cualquier hijo o hermano de profesor universitario español.

Es cierto que nuestros Marx y Engels comprados en Alcampo acreditan verborrea más pintona y lecturas más frescas que un Carlos Floriano o una Micaela Navarro, digamos; pero su formación, sobre un tufillo a telar de Manchester de mediados del XIX, exhibe la consabida hemiplejia ideológica que se le presupone al profesor de Humanidades de la Complutense, académica palanca de mi primera juventud donde alguna latinista que perdió el sostén entre los adoquines parisinos del 68 nos escamoteó una semana de clase «porque me parece una frivolidad hablar de Séneca mientras Bush mata a inocentes en Irak» (sic). Así que me conozco el paño hasta el último costurón, desgraciadamente. Pocas cosas, por cierto, más coherentes que traducir a Séneca durante un bombardeo: «Nunca te quejes si sufres, pues si el sufrimiento es intenso no será duradero, y si dura no será tan intenso». Y se quedaba tan flamenco.

Lo último de Monedero, al parecer secretado en el curso de un aquelarre peronista –Dios los cría y no los abandona, porque desde Tierno sabemos que Dios nunca abandona a un buen marxista–, es que los países del sur de Europa deberían salir del euro para acuñar moneda propia y que Podemos atraviesa de momento una fase de «leninismo amable». Lo de la moneda me sigue pareciendo un exceso capitalista, pudiendo remontarse a la edad roussoniana en que trocábamos un cerdo por veinte gallinas. En cuanto al leninismo amable, no se me ocurre oxímoron más sonoro, salvo quizá «fiscalidad convergente».

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7 agosto, 2014 · 12:45