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Libres e Iguales: una crónica

España bien vale una insolación.

España bien vale una insolación.

Recibí generosamente un mail de parte de Arcadi Espada invitándome a participar de la puesta de largo de la plataforma Libres e Iguales. Habría un briefing en Lhardy con prensa, seguido de almuerzo y posterior lectura del manifiesto a la puerta del Congreso.

De la iniciativa ya había tenido alguna noticia por David Gistau, que asitió a la cena fundacional. Me extrañaba que hubiera tardado tanto en crearse algo así, de hecho. Don Mariano lo ha fiado todo al tancredismo y ya parece evidente que la estrategia no funcionará. «Ellos esperan que Madrid responda para alimentar su victimismo. Sin adversario se cuecen en su propio jugo y nace la división en sus filas. Rajoy no olvida que Aznar fue una fábrica de independentistas». Todos estos mantras que oímos son un bullshit, que diría nuestro convocante, y permiten al monocultivo ideológico nacionalista seguir expandiéndose sin encontrar otra resistencia que la seca apelación a la ley. Ninguna ruptura de naturaleza irracionalista se ha frenado apelando al orden legal, señores; si acaso, así es como se provoca: respondiendo al borracho que haga el favor de no hacer ruido, que los niños están acostados.

Los niños, efectivamente, están acostados. Me decía Jacobo Elosua que Libres e Iguales debe combatir la etiqueta de «élite intelectual» y abrazar la de ciudadanos, y yo pienso que ojalá, que ojalá España no hubiera inventado la santa siesta. La plataforma se funda para hablar, para crear un poco de debate cordial y hacer la pedagogía que no se hace, para tratar de despertar a la buena gente siempre huidiza ante problemas demasiado duros y cercanos, como dijo Fidalgo en la comida, a ver si hay suerte y toma conciencia de que la secesión de Cataluña constituiría la mayor catástrofe para la Península Ibérica desde la última guerra civil. Empobrecimiento general, fermento del odio casa por casa, actualización de los siniestros métodos de segregación social del siglo XX, lobos solitarios contestados por futivos montaraces y así. Todo para acabar remendando la brecha a la vuelta de dos generaciones envilecidas, exhaustas por la ruinosa aventura. Entretanto, España otra vez meca de exotismos y turistas de lo anacrónico.

Nuestro país tenía el récord mundial en pérdida histórica de trenes de progreso hasta 1978. Ahí se fastidió nuestra hegemonía de lo deprimente y cometimos la increíble fantochada de ingresar en un vestíbulo de modernidad, de prosperidad, de garantismo jurídico desde luego incompatibles con nuestra tradición. Pero aquí la tradición –y los fueros viejos– tiran mucho, normalmente por el lado equivocado, y ahora pretende retornarnos a la antesala de los Decretos de Nueva Planta, reinando Felipe V, el de la primera Diada. Ese sí es el statu quo fetén, el ser profundo de nuestra idiosincrasia. Y una romería a Montserrat para ambientar coherentemente la maniobra de retroceso.

Ya es hora de decir que el nacionalismo es la quintaesencia de lo reaccionario, decía Cayetana Álvarez de Toledo. Que la moderna idea de Europa se construyó precisamente contra los nacionalismos, apuntó, creo, Carlos Falcó. El economista vasco Felipe Serrano describió muy gráficamente cómo a medida que el Estado se retira, acosado por el nacionalismo, lo que va quedando es un páramo donde si acaso la oficina de correos erige un último vestigio más o menos poético de pertenencia a una comunidad de derechos democráticos. Y para entender cómo hemos llegado hasta aquí, Gabriel Tortella, de trayectoria inequívocamente izquierdista, dio en el clavo del pacto fáustico entre izquierda y nacionalismo por mor de un antifranquismo sentimental primero, y de la gobernabilidad a todo precio mediante apaños postelectorales contra natura, después. Lo cuenta muy bien hoy en una tribuna de El Mundo, y lo explicaba de forma antológica Félix Ovejero.

Almuerzo en Lhardy.

El briefing en Lhardy.

La verdad es que el almuerzo fue una delicia, tanto por el tumbet y el solomillo como por la compañía. Una de esas escasísimas ocasiones en que, te sienten donde te sienten, tienes conversación interesante a tu lado. Eso, sospecho, pasa solamente un puñado de veces en la vida. Yo tenía a Teo León Gross a mi izquierda, a Laura Fàbregas a mi derecha y enfrente a Jon Juaristi, Joaquín Leguina, Jorge Martínez Reverte y Andrés Trapiello, seguidos de Felipe Serrano y José María Fidalgo. Leguina es un caudal de anécdotas contadas con un jovial casticismo ya perdido. Juaristi posee una memoria prodigiosa y llena el personaje del sabio divertido, con un punto de descuido muy gracioso. Y así podríamos hablar de todos. Uno desea volver a coincidir con ellos pronto.

A los postres habló Trapiello para decir que toda su vida ha militado en bandos perdedores y que está perfectamente acostumbrado, y que los allí presentes componían en el fondo un plantel de solitarios pero que él se conformaba con fracasar en semejante compañía. No le faltaba razón, aunque Arcadi se mostraba más optimista que eso. Luego, ya frente al Congreso siguiendo el plan escenográfico diseñado por Boadella, hicieron acto de presencia Hermann Tertsch, Carlos Herrera y Mario Vargas Llosa, entre otros. Cayetana leyó el manifiesto, luego posamos para la foto y marchó cada cual a su casa a lavar la camisa empapada en sudor.

Mentiría si dijese que creo ciegamente en el efecto mágico de los manifiestos, y desde luego uno no es nadie para dar lecciones ni abajofirmar nada más allá que un post. Pero mentiría mucho más si no confesase el orgullo de aparecer entre estas cabezas que rehabilitan con naturalidad y buen humor la denostada condición del intelectual. Es sorprendentemente fácil perderse en matices justificatorios, tres pies de gato y tuits de moralidad superior y comodidad mediopensionista. Ahora bien: si cada quien, en su insignificancia, puede hacer algo en una hora ciertamente dramática para el país, creo que llegará un día en que no se perdonará no haberlo hecho a la vista de los posibles acontecimientos.

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Auge y caída del mítico ‘Pablemos’

Para qué los hechos si tenemos los iconos.

Para qué los hechos si tenemos los iconos.

Asisto al proceso de mitificación de Iglesias Turrión con un asomo de ternura en mis ojos viejóvenes que tienen muy manida la consabida historia, la misma esperanzada irrupción, la misma apoteosis popular, el mismo inevitable hundimiento. Tenemos el recuerdo ya de la caída de Podemos, de la decepción de su candorosa militancia, de la traición de su cúpula ensoberbecida, de las memorias melancólicas escritas por su fundador en un chalé de Torrelodones, recordando –nevada ya la melena– el día glorioso en que el presidente de la Eurocámara le mandó callar con la barata excusa de que había agotado su turno de intervención.

De Prometeo a Espartaco, de Moisés a Bolívar, de Robin Hood al Che, de Danton a Trotsky, de José Antonio Primo de Rivera a Beppe Grillo, el bucle revolucionario se anuda y se desata con la incurable nostalgia que el pueblo siente por los héroes y los santos, nostalgia que en tiempos aconfesionales y pacifistas solo puede repetirse como farsa. El canon de este antiguo mito, sin embargo, lo va calcando nuestro entrañable Pablemos con ayuda de sus hábiles rapsodas y el empuje decisivo de la dramática circunstancia. Están presentes todos los elementos del movimiento mesiánico: identificación de un enemigo exterior (la casta), denuncia de una campaña contrarrevolucionaria (la prensa del Sistema), avistamiento de la tierra prometida (la paguita general), el culto a la personalidad del líder (ejem). Ya circulan pegatinas con la icónica coleta, aunque todavía queda trecho para que le veamos a él (¿Él?), a Juan Carlos Monedero y a Iñigo Errejón ocupando los tres vanos solemnes de la Puerta de Alcalá. Como entonces.

Iglesias cultiva pose como si Korda anduviera al acecho con la cámara siempre preparada. Yo me imagino a Pablemos masticando con rictus dickensiano un sándwich de salami en un bar de Bruselas, temeroso de ser fotografiado junto a una ración de gambas plancha, símbolo burguesón y quizá también afrenta a los marineros sin convenio colectivo. Su autoconsciencia actoral es extraordinaria. No sonríe jamás. No se permite la ironía si no es contra la casta, supongo que porque habrá visto La vida de Brian y sospecha del poder disolvente de la parodia cuando se vierte sobre los fanatismos más sagrados. Con Podemos hemos pasado del abuso campechano del cuñadismo a la cofradía del ceño fruncido, esa tabarrera perpetua de cigarras éticas que acecha, si se nos escapa una risa extemporánea, para avergonzarnos desde Cuatro o desde La Sexta: “¿Cómo te atreves a reír, con todos estos subsaharianos prendidos a la valla de Melilla?”

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4 julio, 2014 · 10:39

Si es Congreso, no es noticia

Margallo al quite por si Mariano se deja algo.

Margallo al quite por si Mariano se deja algo.

Volvió hoy el hemiciclo a ser la entrañable salita de la soberanía nacional, con su media entrada de diputados sesteantes, su docena de cronistas familiares y su anodina ración de parlamentarismo ajeno tanto al paso grave de la historia como al vuelo histérico de la noticia. Porque la noticia, una vez más, volaba lejos del Congreso hacia la Andalucía del sindicalismo trincón, la Bruselas dimisionaria de Maleni y Meyer, la Palma del juez motorista Castro –¡cómo disfrutaría llevando en moto su imputación al otro palacio de El Pardo!–, la Barcelona de la eterna niña Matute. De todas partes manaban la leche y la miel del interés mediático menos de las bancadas de sus señorías. Pero así son los regímenes parlamentarios, queridos niños.

El balonmano fue un día importante en las escaletas. Al famoso Urdangarin quiso robarle foco su compañero de selección Errekondo (Amaiur), quien a las nueve de la mañana se irguió en el escaño, acomodó la diestra majamente en la cintura, carraspeó mientras llegaba la musa vasca de la oratoria y abrió fuego dialéctico con el siguiente acta de defunción (en la retórica amaiurense se cumple lo de Camba: toda pompa es pompa fúnebre):

–Este Estado tiene una asignatura pendiente: la democracia.

La carcajada que se desató a continuación tuvo el efecto perverso de inspirarnos compasión por el tribal balonmanista. No entendemos cómo le deja su grupo hacer esos papelones si no es por algún tipo de venganza, un castigo por irse un día de la herriko sin pagar los zuritos, qué sé yo. Errekondo aguantó la mofa general y siguió titubeante, hilvanando disparates sobre la falta de reconocimiento a ese pueblo vasco que se encadena jubilosamente desde Durango a Pamplona, y coronó la gesta ya con un hilo de voz: “Este Borbón, como el anterior, y su Gobierno, como los anteriores, son el sustento aún de los principios del régimen franquista”. No creo yo que a Franco le pusieran las perdices como a Rajoy estos balones templaditos:

–Gracias a que estamos en democracia usted puede estar ahí diciendo esas cosas. Pero ustedes sí tienen alguna asignatura pendiente: pedir la disolución de ETA y pedir perdón por lo que han hecho durante años. Mientras no lo hagan, ni usted ni su grupo están en condiciones de dar lecciones de nada a nadie.

Fin de la cita. Aitor Esteban (PNV) se levantó rápido quizá para aliviar el trago a su montaraz paisano e inquirió al presidente sobre cierto paquete de inversiones ya negociado que la recesión demoró, con el correspondiente perjuicio de los vascos y las vascas. Don Mariano tiró de galleguidad: “Este es un tema complejo, ha habido que adoptar medidas difíciles, es un tema que ya veremos…”

Le tocó el turno a Rubalcaba. Atesoramos ahora cada discurso de don Alfredo como si de abrazos entre Del Bosque e Iniesta se tratara: nunca sabes si habrá otro. Rubal –siempre al grano– preguntó por los objetivos de la reforma fiscal. Rajoy contestó a su nuevo mejor amigo que dinamizar la economía, hacer un sistema tributario más equitativo, luchar contra el fraude… salir de la crisis, copón. El todavía portavoz socialista le hizo entonces unas objeciones muy sensatas: cuando Bruselas constate que la recaudación baja en 7.000 millones –cantidad que se quedará intolerablemente en los bolsillos de la gente– pedirá nuevos recortes que deberán asumir las comunidades autónomas en sus partidas sociales más sensibles, como siempre en este día de la marmota del déficit y la troika (“El déficit y la troika” es el nuevo “Caperucita y el lobo”, y Draghi el nuevo Grimm). Nosotros, prometió con ternura Rubalcaba, haremos una propuesta para que paguen más las grandes fortunas y menos las clases medias. A buenas horas macho, le respondió don Mariano. Ya podían haberlo hecho cuando gobernaban. Nos critican si subimos impuestos, nos critican si los bajamos. Damos ventajas a familias numerosas, a personas con discapacidad… ¿Qué más quieren? ¿Que metamos a Luis Suárez en el Tribunal de Cuentas?

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Cortesía de los compañeros de Periodista Digital.

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25 junio, 2014 · 18:36

Cuando despertó, la monarquía todavía estaba allí

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

En el Día Mundial del Cáncer de Próstata del año del Señor de 2014, las Cortes españolas ratificaron la voluntad de Juan Carlos I de abdicar la Corona, uso transitivo de un verbo cuya mera pronunciación ha caído sobre el corral de gritos de la opinión nacional como el nombre de Jehová entre las barbudas de La vida de Brian.

En la tribuna, dos barbas en absoluto postizas tejiendo una fronda bipartidista –constitucionalista– bastante menos rala de lo que se vende: 299 síes sociopopulares de 341 votos emitidos, más el apoyo testimonial de UPyD, UPN y Foro Asturias. Todos los demás se abstuvieron (CiU y PNV) o votaron en contra con lujo de pretextos publicitarios: el tétrico abandono del hemiciclo, ikurriña en mano, por parte de la aldea amaiurense; la traviesa reverencia de Tardà a la bancada popular tras su reivindicación de la “república catalana”; o el borborigmo de la Chamosa, que votó sí y añadió, para excusarse: “¡Que se jubile ya!”. En la reiteración del sintagmita-pretexto en que los muchachos de Lara y Llamazares amparaban su no –“¡Por más democracia, no!–, nosotros advertíamos una cierta vergüenza de inadaptado, una manera de explicarse a sí mismos la contradicción entre las prerrogativas del escaño y la monarquía parlamentaria que se las proporcionó. Vote usted no y vaya en paz, oiga, que esto no es la II República para temer represalias. Eché de menos que algún constitucionalista en la sala diese a los jacobinos la única réplica posible en su turno, la única verdad de facto: “Por más democracia, sí”. Tan solo el popular José Albendea, taurinamente, echó la pata adelante y gritó: “Sí, ¡viva el Rey!”

Rajoy y Rubalcaba opusieron a la fiebre papanatas del republicanismo retórico sendos discursos de una gravedad inequívoca, autoconsciente, trascendental, de los cuales –como Vallejo– tenemos ya el recuerdo al contemplar de reojo el burbujeo de la sopa frentepopulista. Veremos, que el Sistema es un hígado inescrupuloso capaz de deglutir melenas bolivarianas y expeler disciplina de partido con dieta de comedor. Por fortuna.

–No estamos para modificar los hechos sino para subrayarlos, para aplicar la Constitución en un marco de normalidad y naturalidad propias de una democracia madura (sic), ratificar la voluntad del Rey y cumplir el mandato de la soberanía nacional, expresado en 1978 y también en 2014 –advertía don Mariano, como si en las tertulias de la tele se atendiese al Derecho.

Pero el presidente no se iba a limitar en un día como hoy al recitado administrativo y a la grisura tecnocrática, sino que quiso rendir balance lírico del reinado: “Sería necesario estar ciego de obstinación para no reconocer los méritos que ha cosechado el Rey que ahora nos deja”; “hábil piloto”, “impecable ejecutor” y otros cariños no por manidos menos ajustados. Ponderó la transformación formidable que ha experimentado el país durante los últimos 40 años. Señaló que ningún español, por primera vez en siglos, presencia la sucesión de la Jefatura del Estado de forma traumática. Y recordó una y otra vez que debatir la forma del Estado no estaba en el orden del día. Quia, reglamentos, minucias aburridas de registrador cenizo. El bar tricolor no se lo iban a cerrar hoy a Izquierda Plural y otras periferias levantiscas, que por algo cuentan más por su voz que por su voto.

Rubalcaba, devenido socialista de guardia en servicios póstumos al Estado, desgranó en su intervención una pedagogía elemental de teoría política para aquellos entre los suyos que le quieran oír, que no son muchos:

–¿Podría esta Cámara no votar esta ley? No. ¿Podría esta Cámara votar no a esta ley? Eso sería tanto como obligar al Rey a seguir reinando contra su voluntad. No votamos hoy la sucesión: eso ya lo hicimos en 1978 –aquí me faltó un aplauso de su bancada, y eso que soy del 82–. En España hay un rey pero no somos súbditos, sino ciudadanos de los cuales emana la legitimidad del rey. Los socialistas hoy votaremos sí porque, sin ocultar nuestra preferencia republicana, sabemos mantener nuestros acuerdos.

Si no llega a conceder la preferencia republicana, allí mismo recibe un zapatazo de Madina, punta de lanza de ese adanismo sonrojante que todo lo va copando. (Por cierto que este cronista cede a los expertos forenses de la Complutense la distinción entre tres neocadáveres ideológicos de la efebocracia insurgente: ¿en qué se distinguen Edu Madina, Alberto Garzón y Pablo Iglesias? Si los tres se fusionaran en un mismo cuerpo de pelo rojo, tipo Goku, ¿verdad que el rechazo orgánico quedaría clínicamente descartado?)

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11 junio, 2014 · 17:12

El último monárquico de mi generación

Abdicación de un Rey.

Abdicación de un Rey.

No sé si seré el último monárquico de mi generación, pues nací –perdonadme– en 1982 y pertenezco por tanto a la camada de cachorros mejor parida del Sistema, crecida en tal prosperidad que la Historia le ha permitido aburrirse y andar ahora pidiendo revoluciones más o menos estéticas para recorrer con alguna emoción cada domingo por la tarde. Mi padre es monárquico por lecturas y mi madre republicana por temperamento, pero sobre mi educación yo soy monárquico por pura metafísica, como Dalí. La monarquía es una idea hermosamente anacrónica y sorprendentemente funcional que defiendo y defenderé como todas las cosas irracionales, que son aquellas que están precisamente necesitadas de defensa. Aunque la decadencia intelectual de mi país va exigiendo, orwellianamente, el enojoso recuerdo de lo obvio.

Obvio es que toda monarquía parlamentaria encierra un oxímoron, que a los reyes no se les vota y que su pervivencia consagra un privilegio. Obvio es que los miembros de una Casa Real del siglo XXI no se ganan el jornal arando campos ni comandando a los ejércitos en singular batalla, sino que pastan en el Presupuesto como el último concejal de Bildu o como el gabinete de prensa de cualquier Instituto Cervantes. La democracia tributaria tienes estos gajes, que uno no sabe qué vicios del último descastado subviene con sus impuestos, pero los de la Zarzuela los conoce todos, y al menos allí un Rey pidió perdón por cazar elefantes cuando en todo caso debiera haberlo pedido por cazar ratones. Obvio es que las monarquías europeas encabezan todos los índices de prosperidad del primer mundo, y nadie le va a dar lecciones de democracia a Inglaterra, cuyo genio asombroso volvió compatibles la decapitación de un rey antes que nadie y la patente mundial del parlamentarismo. Obvio es que las repúblicas cuestan también dinero, que los aspirantes a presidente republicano saldrían de alguna facción cainita de la partitocracia –topando con la desafección de la contraria– y que ante un jefe de Estado llamado Felipe González no se pondrían los jeques tan ceremoniosos como ante un rey. Obvio, en fin, es que la monarquía instaura el poder simbólico de una familia no sometida a la fiscalización de las urnas, y obvio es que esa es precisamente su ventaja, su garantía de estabilidad, su premisa de abnegación, su tarea sin jefe ni vacación posibles, cumpliendo agendas diplomáticas que suscitarían las protestas de cualquier alto directivo y renunciando prácticamente a la vida privada. En un tiempo en que se apela al pueblo para votar a la puta televisiva que se echa de una isla, es bueno que coloquemos alguna institución a salvo del escrutinio bajo y tornadizo de medios, partidos y plebe. Obvio es que España cuando no ha sido reino ha solido ser caos, que a veces es ambas cosas al tiempo y que discutir ahora la jefatura del Estado son ganas de degenerar hacia cuatro o cinco ruinosas repúblicas ibéricas en menos de un lustro.

Monárquico no es cortesano. Los monárquicos –hará falta recordarlo, claro– perdonamos corinnas pero no urdangarismos porque manchan de negro y no de rosa la institución que querríamos ver resplandeciente. No han de confundirnos a los monárquicos con los cortesanos, que sería como confundir a los ensayistas con los tertulianos, al boxeo con el Pressing Catch y al noble escalafón de los bufones con los payasos de la tele. El monárquico suele ser pobre y crítico; el cortesano, melifluo e interesado. El monárquico tiene un ideal, un único ideal en pie entre los embates groseros de la mesocracia, dos si es del Real Madrid. Y nada más.

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2 junio, 2014 · 18:59

Una patria de azúcar

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

Pocas veces habrá levantado tanta expectación una comedia con final anunciado. Por eso me había prometido levantarme de la tribuna de prensa a las 17.14 exactamente, en correspondencia poética a la pretensión independentista. Y fue en ese preciso momento cuando Mariano Rajoy, que se encontraba a mitad de su discurso de réplica a los tres comisionados del Parlament, advirtió:

–Y aquí, señorías, podría acabar mi intervención. Pero como les he dicho al principio, quiero ir más allá…

Habría sido ese un gran final, ceñido a la simbología cronológica que propone el nacionalismo, dejar que el discurso muriera tras cumplir su propósito vehicular: repetir que la purita ley impide, aquí y en la China popular, que la parte decida por el todo. Pero ya que había accedido a hablar, con lo que le cuesta eso, el presidente Rajoy quiso añadir consideraciones históricas, económicas, sociales e incluso afectivas sobre su imposibilidad de concebir España sin Cataluña y Cataluña sin España… y sin Europa.

En el hemiciclo no cabía un alma. A mi lado en la tribuna de prensa comparecía una delegación de diputados venidos de Cataluña sin necesidad de escolta para apoyar a su equipo pese a que el partido ya se había jugado: en concreto en 1978. Cuando el 90,4% de los catalanes votó a favor de la Constitución en su más genuino ejercicio de autodeterminación, según hizo notar Rajoy. Tomó primero la palabra Jordi Turull (¿Tururull?), que fue el más moderado de la terna dentro del disparate general que se oficiaba esta tarde en la sede de la soberanía española. Turull quiso cargarse de legitimidad apelando a los 103 de 135 escaños que obtuvo el proyecto suicida en noviembre de 2012, y evocando después el viscoso concepto de democracia popular: las masas diadas y su festivo juego floral. Cataluña, dijo, es un pueblo que siempre ha querido gobernarse a sí mismo, que siempre se ha sentido una nación, una de las más antiguas del mundo según Pablo Casals –y Pep Guardiola–, que nunca se ha resignado y que ahora contempla cómo una sensación de fatiga mutua se ha instalado definitivamente en Barcelona y en Madrid. Esto último, la fatiga que nos provoca a todos el Tabarrón Catalán, fue la primera verdad de su intervención, quizá la única. Luego Turull destapó el tarro de la esencia argumental que traía la terna o troika secesionista a la Carrera de San Jerónimo: el almíbar. La identidad como encarnizamiento sentimental. La vuelta rousseauniana a la aldea. El complejo de concejal perpetuo.

–Queremos mejorar porque amamos a este pueblo, y lo amamos porque es el nuestro. No desistiremos. El pueblo de Cataluña no se ha metido en un callejón sin salida sino en un camino sin retorno. La historia nos ha convocado a todos. ¡Desde el Parlament seremos dignos del mandato de nuestro pueblo!

Y gran aplauso a mi derecha de la delegación de les Corts. Jesús Posada reconvino su efusividad y les avisó de que en la tribuna de invitados no está permitido ni mostrar las tetas ni ofrendar otros testimonios de aprobación o descontento. Me fijé en una diputada con amago de llanto en el lacrimal que se frotó los ojos, emocionada. He ahí el hueso pálido, la víscera más bien, de todo este pifostio insensato, fenomenal farsa, anacronismo mareante. La misma lógica del cortatroncos que le oí al speaker de un campeonato de aizkolaris celebrado en el Arenal de Bilbao durante un Aste Nagusia:

–¡Tenemos que defender estos deportes! ¿Por qué? ¡Porque son nuestros!

Pero oiga, en Europa nadie compite cortando troncos ya. ¡Da igual, es nuestro! Y en este plan. Españoleo eterno con más franjas rojigualdas, nada más. Romanticismo tardío, pulsión decimonónica que no cesa, vigencia antiilustrada de las doctrinas del señor Herder que llevaron a Europa al desastre. Y junto al sentimentalismo grosero, sus primos hermanos: el moralismo, el paternalismo, la fabulación retrospectiva, el mesianismo comprado en los chinos que te vende a Gandhi y te da a Quico Homs, acodado sobre el reloj parlamentario. Nosotros, diputados del Parlament, peregrinamos limpiamente a la Meseta esteparia para ilustraros, para desasnaros un poco y podaros la lana facha de la dehesa, para iniciaros en esto de la democracia, que parece mentira, Señor, dame paciencia, seny mediterráneo. Y no es que las actuales bancadas de PP y PSOE reúnan muchas más lecturas que los rupturistas, pero al menos poseen mayor sentido del ridículo, ese que Pla siempre ponderó en la raza catalana y que parece haber naufragado entre pícaros y milhombres. Hoy, los sedicentes representantes de la vieja y admirable Cataluña han degenerado en pueriles Hansel y Gretel que aspiran a vivir en su patria de caramelo, que la cimientan sobre bases cariadas y que la defienden con fundamentos dialécticos nubosos y suaves como algodón rosa de verbena.

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9 abril, 2014 · 10:00

Dejad algo de Suárez para nosotros

Pudo prometer y prometió.

Pudo prometer y prometió.

Yo, perdonadme, nací en 1982 y todo mi vínculo con Adolfo Suárez se reduce a mis libros de historia de España, mi fidelidad a la imprescindible serie documental de Victoria Prego y un padre que votó a la UCD, aunque ahora dice que se arrepiente. Avanzo estas cosas para que quede claro el lejano ángulo del salón desde el que observo el retrato del prócer ido, colgante ya del muro de la eternidad, pinacoteca de la historia, galería de padres de la patria. Puedo prometer y prometo que escribo en consecuencia desde la resuelta falta de conocimiento personal, desde la limpia ausencia de testimonio coetáneo, desde la exclusiva impresión –si aún resulta perceptible– de su huella sobre la memoria cívica de mi generación, que es a la que corresponderá poco a poco asumir la dirección de este país, si es que nos dejan. Porque sí, caballeros: el tiempo pasa y ahora nos toca a nosotros.

¿Y qué interés puede tener lo que sobre Suárez opine un debutante en la treintena que ni estuvo allí, ni de la Transición escribió un mal teletipo, y ni siquiera oyó zumbar las balas sobre su democrática cabeza un excitante 23 de febrero que los ancianos del lugar recuerdan con puntualidad de club de veteranos de Omaha? Se lo preguntarán despectivamente los tertulianos de la Santa Transición, todos ellos en activo, todos ellos eternamente hegemónicos, todos ellos dispuestos a morir con la voz en el micrófono y la pluma en la columna como si ello entrañara alguna gloria y no el dudoso mérito de obstruir la reposición generacional del periodismo español, descarrilada de la ley de vida por la tormenta perfecta, el sabotaje conjunto en el que conspiran crisis económica, debacle industrial, rigidez sindical, cobardía empresarial y cainismo profesional. En su epicentro boquea mi generación cuando va y se le muere Suárez, el hombre que citó a Machado ante nuestros padres el día de junio de 1976 en el que ofició el bautismo de los partidos políticos: «Está el hoy abierto al mañana. / Mañana, al infinito. / Hombres de España: ni el pasado ha muerto / ni está el mañana / ni el ayer escrito».

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24 marzo, 2014 · 14:45

Las naturalezas muertas de Mariano Rajoy

Nacionalismo catalán, según Eddie Hopper. Artur Mas va de rojo.

Nacionalismo catalán, según Eddie Hopper. Artur Mas va de rojo.

Si la legalidad internacional ha ingresado en el dominio del oxímoron con las últimas travesuras de Putin por el Mar Muerto, las travesuras de ERC-CiU por la parte noroccidental del Mar Mediterráneo pretenden extender el manto pardo de la paradoja a la legalidad nacional. El diputado Alfred Bosch, afectado por una ptosis palpebral que no creemos a salvo de ciertas metáforas, tomó el primero la palabra esta mañana en el Congreso y le espetó a Mariano Rajoy Brey, presidente del Gobierno de España según todas las disposiciones vigentes:

–¿En qué se basa usted para asegurar que impedirá la votación del 9 de noviembre?

Pues en la ley, claro, contestó Rajoy. El otro soñaba que le dijese los tanques, a poder ser con rancho de paella para todos y el clan Tejero al megáfono, pero don Mariano es el donjuán de los silencios políticos, aquel por quien se inventó la expresión de matar callando. Entonces, Bosch, desde la ranura visual que le está permitida, volvió a la carga en procaz mixtura de lírica y amenaza, de Lorca a Corleone en un abrir y cerrar de ojos (y disculpen la maldad):

–Verde que te quiero verde. Ponga el semáforo en verde, que lo tiene siempre en rojo y encima va empujando. Haga una propuesta. En Cataluña hay millones de personas esperando, y si no cambia el semáforo puede provocar un accidente. Nosotros siempre cruzamos en verde, pero si el semáforo no cambia ya encontraremos un paso de cebra.

Así hablaba el bravo Bosch, de tremolante penacho. Rajoy, conductor de pueblos, ni siquiera se dignó a dirigirle la “mirada torva” con que Homero suele anticipar una resuelta paliza. Clavó la vista en el folio y leyó su respuesta con desgana oceánica, escuchando el gozoso crepitar del jarro frío sobre la brasa insurgente, también llamada Tabarrón Catalán (¡TC!):

–Usted pretende saltarse la Constitución, y eso sí que es un semáforo en rojo. Yo quiero que sigamos juntos, compartiendo la misma historia como venimos haciendo desde hace siglos. Y no quiero una Cataluña empobrecida y fuera de Europa. No se lo merece. Ni siquiera se lo merece usted –apostilló, en postrera concesión a la tribuna.

La mujer de Hopper lamentaba la oscuridad creadora en la que su marido se abismaba de pronto, rachas desoladas de mutismo y cavilación. “A veces hablar con Eddie era como tirar una piedra a un pozo”. Rajoy no sabe pintar noctámbulos acodados en barras melancólicas, pero solo en un tosco sentido real. En el plano figurado, en cambio, ya empezamos a vislumbrar el mentón de Artur Mas en el ángulo del lienzo que ocupa la mujer de rojo, alma embarrancada por la desatención, solitaria y rebelde porque el mundo la ha hecho así, porque nadie la ha tratado con amor. ¿Es Cataluña la naturaleza muerta de Rajoy? ¿No suena el nacionalismo como una eterna viuda quejumbrosa?

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19 marzo, 2014 · 19:17