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Rajoy ya nota el calor

Con el índice nombra barones, con el pulgar recupera la economía.

Con el índice nombra barones, con el pulgar recupera la economía.

Para ser ese país demoscópicamente harto de políticos y periodistas, el jaleo como de primer día de rebajas que se monta en el Congreso por el debate del estado de la nación está de lo más conseguido. ¿No sería una teatralización para afianzar el crédito dañado del sistema parlamentario? En vano busqué entre el gentío la barba de Garci o las gafas endiabladas de Évole. Pero lo cierto es que si las elecciones son la fiesta de la democracia, el patio de las Cortes se antojaba a mediodía un after-hours con derecho de admisión reservadísimo. Desde luego disimulamos bastante bien la famosa desafección hacia la política.

Un reportero logra acomodar el culo en la tribuna de prensa solo después de soportar la cola de acreditaciones, persuadir al departamento de prensa de que no trabaja para Manikkalingam, acreditar un buen juego de codos con los colegas para avanzar por los pasillos abarrotados, pasar el escáner de rayos X y probablemente otro de rayos UVA, reptar bajo la alambrada de espino y dirigir una caída de ojos reverencial a don Jesús Posada. Superados todos los filtros, accede uno al hemiciclo en el momento justo en que Mariano Rajoy está constatando que se ha invertido la dirección de la economía nacional.

Rajoy venía al debate a señalarse la espalda, porque un año después puede presentar datos para ello. Repasaba el jardín en que estamos metidos como el jardinero al final del invierno, cauto ante los restos del granizo pero optimista por la llegada de la primavera. Exponía con cuidado cada brote verde y depositaba luego la maceta en el suelo matizando que con cinco millones y medio de parados aún es pronto para decretar una semana de circo, naumaquia, cuentacuentos y juegos florales. Pero vamos, que el orgullo se le escapaba por las cinchas del traje. En la tribuna de invitados, un cortejo de barones o alfiles varios no tan pendientes de reparar en el jefe como de que el jefe reparara en ellos: Pío, Rudi, Monago, Fabra, Pedro Sanz, Herrera, los de Ceuta y Melilla e incluso Cospedal, que estaba tan guapa que no me atreví a saludarla en el patio y cuyo broche lila emitía destellos cegadores cada vez que Rubalcaba la llamaba cacique durante su réplica vespertina. Por la mañana, sin embargo, la oposición escuchó a Rajoy sin patalear, como si de verdad rigiera un protocolo diferente al de las sesiones de control de los miércoles. Esa formalidad duraría poco, como veremos ahora.

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26 febrero, 2014 · 0:01

De la oratoria a la neurastenia

Castelar nos habla en gesto arrebatado desde la glorieta de la Castellana.

Castelar nos habla en gesto arrebatado desde la glorieta de la Castellana.

Don José Echegaray, Nobel español y comediógrafo feble, no solo acredita el menos merecido de los grandes galardones hasta el cuarto Balón de Oro de Leo Messi. También entró en la Real Academia cinco años tarde por culpa de don Emilio Castelar, el mayor orador que ha dado la política española. Era tan buen orador que no sabía escribir sus discursos y por eso tardó cinco años en tener lista la pieza de bienvenida a Echegaray.

El propio Castelar había tardado otros nueve años en presentar el discurso de entrada cuando su insigne culo resultó bendecido con un sillón en la RAE. Los estatutos académicos obligan a leer un texto preparado con antelación, pero Castelar no había escrito un solo discurso en su vida y prefería demorar su ingreso en la Casa de los inmortales antes que coger una pluma. “Toda la prensa –cuenta don Gregorio Salvador, filólogo ilustre y también académico– comentó si, en razón de la personalidad del gran tribuno, no hubiese sido posible y, en cualquier caso, preferible olvidar por una vez lo establecido y permitirle que hablara en lugar de leer, porque en esto último no era ni sombra de lo que era al hablar”. La rectísima RAE no lo vio posible ni preferible y Castelar, al fin, escribió.

Por cierto que a otro gaditano ilustre, José María Pemán, le pasaba un poco lo mismo. Cuando le tocó a Eugenio D’Ors pronunciar su discurso de entrada en la Española, Pemán, que era quien debía darle la réplica, no llevó nada escrito: prefirió clavar la vista en unos papeles en blanco posados sobre el atril y fingir que leía un discurso que en realidad estaba improvisando.

Hoy el nombre de Castelar, liberal de Cádiz que llegó a presidente de la I República, apenas evoca el perpetuo embotellamiento de una glorieta de la Castellana. Pero si uno lee sus intervenciones parlamentarias descubre, bajo el follaje retórico y la consabida pesadez decimonónica, un cerebro prodigiosamente dotado para la sintaxis de ideas y oraciones, un dominio clásico del ritmo y la variación, una cultura vasta que armoniza con el giro improvisado, una interpretación fogosa y persuasiva; un hijo digno, en suma, de la estirpe de Demóstenes y Cicerón, de Disraeli y Churchill, de Lincoln y Mirabeau.

Hubo un tiempo en que la política fomentaba la oratoria. En que aferrarse al folio desde la tribuna del Congreso acarreaba un timbre de desdoro. El prestigio político de un aspirante –a alcalde, a diputado, a presidente– caminaba de la mano de su capacidad oratoria, promesa de aceptación en las urnas. Y si algún ambicioso llegaba a amasar poder sin pasar por el examen de la dialéctica, la anomalía se registraba mediante la concesiva de rigor: “Pese a no ser un gran orador, recabó el apoyo del partido”. Hoy la declamación política sin chuleta ha quedado restringida a los mítines de campaña, y así se dice en ellos lo que se dice. Y a veces vale más que lo que pone en la chuleta.

Uno tiene la suerte o la desgracia de ser cronista parlamentario y ha oído muy pocas intervenciones pasables en la Carrera de San Jerónimo en los tres últimos años. Se han pronunciado, sí, frases efectistas, párrafos incluso de hilada elocuencia; y hay señorías que se defienden con nota en la réplica y la contrarréplica, que son las suertes parlamentarias que exigen del orador algún talento propio, pues no cabe la lectura. En la tarea de replicar hay que decir que el presidente Rajoy es de los mejores, y esto lo digo como técnico de la palabra, al margen de ideologías. Es difícil despertarle, cierto; pero cuando un opositor lo consigue, el gallego sabe cómo ridiculizarle con poca piedad. A su estilo susurrante tampoco es malo Rubalcaba, cuya gestualidad profesoral y falso tartamudeo imitan descaradamente Eduardo Madina y algunos otros cachorros del PSOE. Elena Valenciano puede ser una pegadora notable en cuestiones de feminismo, ganando convicción y rabia según se acerque su reivindicación al tono carmesí del ideario. Wert y Gallardón tienen lecturas como para ensamblar sin papel una cita pertinente en un discurso articulado, y Sáenz de Santamaría es muy capaz de replicar con mordacidad sin caer en la frontalidad insidiosa de Rosa Díez. Duran Lleida me parece el mayor caradura de la democracia, pero si un tema le interesa sabe expresarlo con decoro, aunque personalmente suelo aprovechar sus intervenciones para salir a fumar. Recuerdo por último, y que Dios me perdone, a un portavoz de Amaiur, Iñaki Antigüedad, que celebró el retorno a las Cortes de su infame formación con un discurso potente, bien armado dentro de la paranoia criminosa en la que chapotean; creo que su locuacidad asustó a sus propios correligionarios, pues le echaron enseguida y pusieron a un cabrero en su lugar, supongo que para ganar coherencia entre su fondo y su forma.

Y sin embargo ninguno de ellos resiste la comparación no ya con los portavoces de la época de Castelar, sino con los propios actores de la Transición. Desde Felipe y Guerra hasta Blas Piñar, desde Leopoldo Calvo-Sotelo hasta Adolfo Suárez –que no había leído un libro en su vida pero dominaba la pausa dramática–, desde Tierno Galván hasta Miquel Roca: cualquiera de ellos en su mejor forma dejaría con la palabra en la boca a cualquier diputadito con cuenta en Twitter muy seguida. La deriva estrictamente verbal que va de José Antonio a Carlos Floriano produce escalofríos. El nivel discursivo que hoy impera, y que algunos han bautizado como politiqués, ya estaba prefigurado por Wenceslao Fernández Flórez en una de sus crónicas parlamentarias de 1916:

«El señor Allende tiene, además, esa funesta costumbre de los oradores nada fáciles que les obliga a repetir tres o cuatro veces el mismo concepto.

El señor Allende dice:

–Es evidente, es innegable, es positivo, es público…

Y se queda una instante como buscando algo más en el fondo de su cerebro.

–Es notorio… –agrega, después de esa labor de rebusca laboriosa.

Si se pudiesen podar, como se poda un árbol, los discursos del ex ministro, apenas se aprovecharían cincuenta palabras. Es como si en ese árbol un hacha fuese echando abajo las ramas frondosas, y más ramas, y luego la acorchada corteza, y después la madera dañada, y los nudos, y la médula blanda e inservible… Y del corpulento ejemplar, tan solo un aguzado palillo para los dientes.

El señor Allende apela siempre también a las frases hechas y busca el apoyo patriarcal de los refranes. Él os dirá que a la tercera va la vencida, y que para muestra basta un botón, y que no las hagas y no las temas. Y después se quedará tan orgulloso, como si hubiese descubierto el Mediterráneo.

El señor Allende ha hecho perder mucho tiempo a España y ha sido causa de que muchos taquígrafos y periodistas que han tenido que tomar sus discursos falleciesen de neurastenia. Los gobiernos deben preocuparse de esta cuestión. Debe haber un español heroico bien retribuido, que se encargue de leer a solas los discursos del señor Allende y condensarlos en las líneas precisas.

El infeliz no tendría una vida muy larga, pero la patria sabría recompensar su arrojo».

La oratoria ha entrado en decadencia en España, y sus políticos no son desde luego ajenos al hundimiento, como tampoco la industria del teletipo. La neurastenia es general y nos tiene al borde del fallecimiento. Pero en este artículo, y como conocedor de primera mano de la retórica política, yo encuentro que han caído mucho más bajo la oratoria empresarial y aún la oratoria periodística: esos locutores que se han creído que por avillanar el lenguaje, por hablar “como la calle”, comunican mejor. ¿Alguien se explica cómo Juan Rosell ha podido llegar a presidir la patronal hablando como habla? Entiendo que la afasia patética de Ferran Adrià no le impida cocinar, pero ¿a qué oscura virtud deben tantos tertulianos de dicción pedregosa y mente escolar su micrófono y su silla? Hay gurús que escriben libros sobre cómo aprender a hablar en público y que van por las empresas dando charlas de formación durante las cuales comprimen en frases de galleta china conectadas por flechitas de Power Point los viejos esquemas de Quintiliano. Hay truquitos de asesor de imagen para que un candidato no haga el gesto feo que le resta simpatía en directo. Pero lo cierto es que no hay más atajos para alcanzar el dominio de la palabra que la lectura, la memoria y el ejercicio.

Compruebo además que nuestros políticos hablan peor cuanto más jóvenes son. Esta observación vincularía la ineptitud expresiva con el fracaso de la educación en España y el auge de lo audiovisual, como no podía ser de otra manera. En los próximos años no creo que surja en España un Matteo Renzi, quien no ha heredado tampoco la puesta en escena de Mussolini que sedujo a Ruano y a Pla –por no hablar de la elocutio volcánica de Hitler que enamoró a Heidegger y al último salchichero del país–, pero sí ha ganado debates sin mirar un papel y sabe al menos cómo apoyar despreocupadamente el codo en un ambón.

En todo caso, la oratoria como vehículo para la persuasión social no puede morir. Dicen que la democracia y las redes sociales han desprestigiado la propia idea de púlpito, pero no es cierto: más bien ha multiplicado y empequeñecido los púlpitos: un hombre, un púlpito. Ahora, en cuanto aparece un talento y se sube a lo alto de un buen púlpito, todo el mundo deja lo que está haciendo y le presta atención. Lo que faltan son púlpitos resonantes de verdad. Nadie puede desvincular el éxito en ventas de Apple del carisma derrochado por Steve Jobs en sus míticas presentaciones de aparatitos. Ni tampoco habría sido posible la creación de la marca Obama sin su reconocida (y trabajada) facundia. El hombre ambicioso que en un mundo global tenga una idea y cultive la elocuencia necesaria para comunicarla, partirá con la ventaja decisiva que le falta al hombre de labia embotada, por preparado que esté en lo suyo. En la sociedad de la información cada vez hay menos profesiones que puedan permitirse el lujo de la inexpresividad. Quizá la excepción más flagrante a esa norma se llame Messi.

(Publicado en Suma Cultural, 22 de febrero de 2014)

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Cita en Zugarramurdi

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Amèlie Nothomb ha señalado que la Inquisición constituyó un hito progresista, pues antes de ella a las brujas se las quemaba sin proceso previo. Algo es algo. En ese sentido, las sesiones de control al Gobierno de los miércoles escenifican el mismo avance instituido por Torquemada, si bien en la hoguera democrática arden más bien las vanidades que desinhibidas señoras de Zugarramurdi. Son fuegos fatuos sin la espectacularidad del alarido poseso –como mucho el abucheo de bancada– y con las cenizas de cada ministro fénix puntualmente regeneradas para la pira de la semana que viene.

Este cronista tiene la incómoda impresión de que los verdaderos incendios se declaran en todas partes menos en el Congreso: en Suiza a cuenta de la cuenta de Granados, censor del fraude fiscal en mil tertulias; en Ceuta, a propósito del muro de las lamentaciones negras; en Andalucía, al hilo del hilo telefónico entre Moreno Bonilla y Dolores de Cospedal, apagado o fuera de cobertura en este momento; o en el Canal de Panamá, o en la Extremadura del extremoduro Monago, o en los Madriles revueltos de Espe, o en Kiev, o en Venezuela o qué sé yo. En cualquier sitio menos en el hemiciclo soberano.

La voluntariosa Soraya Rodríguez trata de paliar esta dislocación de la noticia concentrando en su pregunta semanal todos los asuntos de actualidad que pueden dañar al Gobierno. La rea de su torquemadismo sumario es tocaya, paisana y compañera de insti: Soraya Sáenz de Santamaría. Entre ambas se entabla una sorayomaquia más pirotécnica que combustible, prendida en la mañana de hoy por una traca compuesta de los siguientes petardos:

1) Molinos o gigantes. Acusación de pucherazo electoral por la voluntad autonómica de recortar el parlamento manchego en 15 diputados.
2) Gürtel. Analogía abrupta entre la trama corrupta y la mentada reforma estatutaria: «es la misma filosofía: sobres de más y escaños de menos» (sic);
3) Elegía ceutí. Se pide la dimisión del delegado del Gobierno y se formula una amenaza escalofriante: si Interior no entrega al Parlamento en 24 horas las cintas con las cinco horas de grabación de los hechos del Estrecho, este grupo parlamentario registrará ip-so fac-to una petición de demanda de amago de comisión de investigación. Ojito.
4) «¡Y además no fue penalti!», completó oficiosamente Gistau desde la tribuna de prensa.

La vicepresidenta se puso en pie, se arremangó mientras Posada trataba de apagar las teas recién encendidas y contestó solo al primer punto, que era el previsto en el orden del día. Dijo que recortar el número de diputados obedece a una demanda de ajuste que está en la calle hace tiempo. Se entiende la pataleta con que la Cámara recogió este pretexto de ahorro: no se mete uno a estudiar oposiciones si baja la tasa de reposición, y no se mete uno a medrar en un partido si le achican la boca del embudo que traga torrentes de ambición y escupe chupitos de escaños.

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19 febrero, 2014 · 19:10

Pasión bíblica y aborto pasionario

De entre los muchos tipos de democracia que existen, la parlamentaria no es de las que menos me gustan. Ciertamente no es tan eficaz como la democracia gamonalera, pero a cambio es más aseada y se pasa menos frío ejerciéndola. Uno ocupa su sitio en la tribuna de prensa y contempla a los diputaos, que dice Rajoy, y puede entretener el fárrago de 16 folios que ocupó su balance del Consejo Europeo decidiendo qué señoría le representa mejor.

¿Quizá Rosa Díez, cruzada de piernas en su escaño, los tacones color cereza apuntando peligrosamente a la escalera? ¿Y aquellas diputadas populares del fondo que han pasado las navidades consumidas en la impaciencia de pasear el nuevo modelito por la sede de la soberanía nacional? Desde luego no nos representa el montaraz jersey de cuello vuelto de Errekondo, como tampoco la maraña húmeda que corona el cráneo de aquella otra diputada de Esquerra. ¿Qué puede haber de monárquico en un secador? Luego pasa lo que pasa, que el hemiciclo era hoy un mar de gripe A agitado por olas de pañuelos blancos, sonoros, sacudidos violentamente por las narices congestionadas de nuestros representantes. Y uno, que arrastra un catarro reglamentario, se siente al fin perfectamente representado por los mocos de sus señorías. «¡La democracia gripada!», me señaló un ágil tuitero.

El parón navideño y la envidia del relumbrón de que ha gozado la democracia real en Burgos preparaban el desquite de los portavoces, quienes no ahorraron ni un minuto de intervención al sufrido reporterismo. Fue servido sin pausas un engrudo retórico que se extendió uniformemente desde la nueve hasta las tres. Ahí queríamos ver nosotros al llorado Leguineche. Se oyó a Rajoy insistir en que los eurolíderes reunidos en Bruselas le ven mejor color a la orina del enfermo. Se oyó a Sánchez Llibre mentar a Schumann y a continuación oponer al tabarrón catalán «la política con mayúsculas» –qué será eso de la política con mayúsculas: ¿una teocracia?– para acabar quejándose de los procedimientos de limpieza de los cuarteles. Sic.

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22 enero, 2014 · 19:50

El prestigio mediático de la violencia

Quién nos iba a decir que la revolución saltaría en Burgos y por un bulevar de más. La yesca hace mucho que está repartida y la pérdida de plazas de aparcamiento es una chispa tan inflamable como cualquier otra. Tampoco sorprende el entusiasmo mediático ante el guevarismo comprado en los chinos, surja en la Puerta del Sol en el barrio de Gamonal, pues permite a los redactores maduros reblandecer idealismos costrosos al tiempo que ofrece baratas prácticas de corresponsal de guerra al becario primermundista.

Uno fue un adolescente anómalo que ni militó en Ultra Sur, ni se peleó por un estilo musical, ni sintió que el mundo estaba mal hecho o que la democracia real necesitaba de su compromiso. Yo entre los 15 y los 21 básicamente leía libros consignados en el canon occidental de Harold Bloom, el póster de mi pared era de Beethoven –hay que joderse– y mis fantasías se movían entre los laberintos de Borges y la vecina pija de la parada del autobús. Luego todo fue a peor y en el colmo de la frivolidad me hice periodista. Mi prematura senectud me salvó de perder el tiempo en cualquier forma de gregarismo que me admitiera como socio, pero no soy ajeno al romanticismo de la ideología en acción porque me lo encuentro todos los días en el tratamiento que el periodismo regala a hechos heroicos como la quema de contenedores o el derrocamiento épico de mobiliario urbano. Ese enternecedor recurso (de amparo) al santo contexto que cursa más o menos con “los vecinos están hartos” si admiramos el coraje burgalés o con “la realidad social de Euskadi ha cambiado” si jaleamos la impunidad de los perdonavidas de pipa y boina.

No vamos a descubrir ahora el prestigio intelectual de la violencia, historia del mundo desde que el primer hechicero justificó las ganas del irascible jefe de su tribu de invadir la aldea vecina. Este primitivo mecanismo luego ha conocido picos de sofisticación gracias a la Revolución Francesa o a la bulliciosa prole de Lenin, pero en esencia es lo mismo: la fuerza de la razón dura exactamente lo que tarda el ideólogo al mando en temer que otro le quite el puesto, momento en que se pasa a la divertida fase de las purgas encadenadas. Y ojo, que prestigiadores de la violencia los ha tenido la izquierda por ortodoxia y la derecha por afición. Dice el gran columnista mexicano Ibargüengoitia que todos convenimos con Juárez en que la paz es el respeto al derecho ajeno, pero nadie se pone de acuerdo en qué sea lo ajeno.

Lo que no admite duda es que la violencia es eficaz, también en democracia. Sin ETA quizá los vascos no habrían conservado sus privilegios fiscales y hoy seguramente no estarían a la cabeza del Estado en renta per cápita y tasa de empleo. Yo no digo que no haya que defender tus fueros, dejados en la noche de los tiempos por el Olentzero al pie del árbol de Guernica, pero tengo claro que no a hostias o no mientras duren las hostias. La violencia también les ha funcionado a los burgaleses, que han logrado del alcalde la paralización de la obra indeseada. Y no entro ahora en que la obra sea o no indeseable: desde luego, algo tienen que hacer los concejales de urbanismo mientras se infla de nuevo la burbuja, y un carril bici es una coartada bella y saludable para seguir pedaleando en la cinta rumbosa de las comisiones.

Al parecer en Gamonal la violencia mayormente la han puesto los profesionales del guevarismo flauta que según Interior forman grupos itinerantes, como la troupe de un circo en el que ellos mismos hacen de panteras famélicas: su oficio es rastrear altercados barriales que puedan convertir en una continuación nihilista de Sierra Maestra. Pues bien, no son pocos los medios nostálgicos del siglo XX a los que se les escapa aún una mirada simpática hacia estos idealistas, parteros del progreso cuando no sencillamente huérfanos de un Sistema impío. En un excelente documental dirigido por el gallego Manuel Fernández-Valdés, titulado significativamente “Fraga y Fidel sin embargo”, queda retratada con aséptica elocuencia la humana facilidad con que la historia cede a la campechanía, el déspota al icono, la sigla a la transversalidad del mero poder, la solidaridad de especie a la exaltación del terruño, la coherencia al esnobismo y en definitiva la ética crítica a la estética folclórica. El santo contexto que todo lo disculpa.

La violencia funciona en general cuando tiene detrás a un número representativo de cómplices o de tontos útiles, sea en la barricada o en la columna de progreso. Enfrente, Arcadi Espada escribía el otro día una frase terrible a cuenta de los 100.000 de la manifa proetarra en Bilbao: “Ahora sabemos que era un infamia acusarlos de cobardes cuando, en la plena actividad etarra, solo cuatro frágiles desairados salían a la calle a recordar a las víctimas del terrorismo y a acompañar a sus huérfanos. La violencia lleva dos años acabada y aún es el momento de que decenas de miles de personas recorran alguna calle vasca con esos propósitos. No, no era miedo. Aunque es cierto que ahora en la paz exhiben con más rotundo esplendor lo que son”.

No, no era miedo. No salían porque estaban de acuerdo con las nucas astilladas si eran de español. Una notable fracción de vascos ha apoyado, apoya y apoyará a ETA siempre, y por eso ETA dura y dura. Un par de cientos de miles de paseantes de por allí son zombis morales mezclados entre personas. Conviene decirlo para rendir justo tributo a la vida y milagros de los vascos normales. Conviene decir también que no hay izquierdista español que no ría privadamente el salto de altura de Carrero Blanco. Y sus hijos que se jodan, por nacer de fascista.

El intelectual normalmente admira los huevos del hombre de acción porque no los tiene y por eso se dedica a opinar. El hombre de acción admira correlativamente la formación y la labia del teórico, y por eso trata de emularle en discursos absurdos: inacabables oratorias castristas u ortopédicos comunicados batasunos. Juntos forman una sociedad bien avenida capaz de lo mejor y, con la historia del siglo XX en la mano, notoriamente de lo peor. Luego está lo que los antiguos llamaban la burguesía, cuya forma de estar en el mundo merece de Chaves Nogales esta dolorosa disección:

“Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profunda, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante cuarenta y ocho horas. Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física. La independencia de la patria, los derechos del hombre, los destinos de la civilización, son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones que no tienen ningún sentido frente al hecho cierto, tangible, irritante, de que al salir del trabajo no se pueda tomar el aperitivo o de que haya que perder una hora haciendo cola ante la puerta de una panadería o de que el tráfico rodado no esté cuidadosamente regulado en las encrucijadas por los agentes de la autoridad. El automovilista que se ve obligado a permanecer quince minutos inmovilizado  entre cuatro filas de autos por un embotellamiento adquiere inmediatamente la convicción de que el Estado que le gobierna ha fracasado en su función esencial, y en ese momento no le importa lo más mínimo su significación ideológica ni su destino histórico; lo que quiere, nerviosamente, angustiosamente, es que las ruedas de su auto puedan seguir rodando”.

Así que no por casualidad los riots de Burgos los han empezado automovilistas temerosos de quedarse sin plaza. Una sociedad lanar como la descrita por Chaves nos da rabia y tuvo su castigo en forma de bigotito. Un periodismo que habla del estallido social con la excitación con que el adolescente anuncia su inminente visita a un prostíbulo cubano nos da la misma rabia o más.

Más que cuándo rebelarse, importa siempre cómo y por qué. Para el rey inglés, Washington era otro terrorista independentista, pero luchaba en campo abierto y tenía un proyecto mejor de sociedad que la sumisión a Inglaterra. Probablemente no hay tarea más difícil para el derecho internacional que redefinir las bases objetivas del casus belli, de la lícita rebelión, de la guerra justa. Que se lo digan a los sirios a la espera del Tío Sam. Pero está claro que ni el País Vasco es la celda de Madiba ni Cataluña la India de Gandhi: más bien representan el caso insólito de dos metrópolis socioeconómicas que desean separarse de su colonia, como observó Wenceslao Fernández Flórez. La violencia sindical contra las fuerzas del patrón en los telares de Manchester posiblemente estaría justificada; el asalto al Mercadona de Sánchez Gordillo pide sanción ejemplar primero y todos los monólogos que queramos después. Y en Gamonal los destrozos los deben pagar los causantes o sus padres, y no los burgaleses que encima votaron a otro candidato.

Me ha quedado un poco largo el artículo para que valga por todos los gilipollas que siguen fantaseando con el estallido social a ver si pillan cacho en el río revuelto o si les sale más nerudiana la columna, género que se vuelve peligrosamente costumbrista con las salidas de las crisis.

(Publicado en Zoom News, 16 de enero de 2014)

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17 enero, 2014 · 15:42

La felicidad de las glándulas felices

Mente colmena, pensamiento navarro.

Mente colmena, pensamiento navarro.

Nos gusta el Rally Dakar porque los participantes luchan solos contra el desierto acogidos a su privado sentido de la orientación, aconsejados meramente por su máquina. Hay una soledad productiva en el Dakar que nos agiganta a sus corredores. Nos gusta también el fútbol, que es el rey de los deportes colectivos, pero si bien se mira el gol suele nacer del alarde de una habilidad individual, y como mínimo del de la suma de ellas. Lo colectivo puro, la masa uniforme, cuando existe únicamente da pavor. “En toda emoción colectiva veo algo indigno”, confesó el aristocrático Borges en la antípoda exacta de Maradona y lo maradoniano, quien de todos modos fue un gran individualista.

Ahora el deporte se ha contagiado de los modos y el lenguaje de la empresa, y la empresa de los modos y el lenguaje del deporte, así que todo son objetivos, metas, reuniones estratégicas, trabajo en equipo, uno para todos, todos para uno, futbolines en la planta de la cafetería, excursiones al paintball para canalizar estrés y desvelo paternalista de los jefes por el fomento de “entornos dinámicos de trabajo”, agárrame esos pavos que se escapan del corral. Venimos repitiendo en estos textos que la principal nota definitoria de la sociedad primermundista es el infantilismo, que tiene que ver con la proliferación de boutiques y la ausencia de guerras civiles o mundiales. Ahora un hombre entrado en la cuarentena puede llegar a gerente de equipo en la planta treinta y cuatro de la Torre Picasso y conservar intacto el precinto de su voluntad madura, congelada la crisálida de su personalidad, inexplorado el umbral vertiginoso de las decisiones grandes.

Todo ha de hacerse en equipo desde la guardería, y a los padres del niño que no “socializa” se les asusta con pronósticos terribles de marginalidad y precrimen. Pero la prensa inca de la sociedad acabará puliendo al chaval de sus aristas más originales hasta que quepa en la horma, no se preocupen ustedes.

El proceso lo resume con desoladora lucidez George Orwell, que algo sabía de rebeldías individuales frente a la amenaza de la uniformidad: “La gran masa de seres humanos no es en grado extremo egoísta. Después de los treinta años abandonan la ambición individual; de hecho, en muchos casos abandonan incluso el sentido de ser individuales, y viven más bien para otros o simplemente existen sofocados por un trabajo vil”. El ser para la muerte de Heidegger se traduce en realidad por ser para la nómina, y eso en el mejor de los casos, preferiblemente fuera de España.

Ustedes habrán padecido la moda posmoderna, sonrosada, de la reunión imprescindible. Antes las reuniones eran excepcionales, y Rajoy acierta al darle este carácter de improbabilidad a las urgencias reunionistas de Artur Mas: para recitar la ley no se reúne uno. Ahora todo el mundo quiere que nos reunamos y que trabajemos en equipo y que nos equivoquemos en equipo, precisamente para que la culpa quede perfectamente diluida y Wall Street vuelva a mugir bajo el mismo entusiasmo inoculado por los viejos operadores impunes que encuentran amparo en la planta de arriba –porque arriba siempre hay otra planta­–, y a veces en la de al lado.

Yo no concibo que se pueda alumbrar una buena idea en común. En común se pueden mejorar las ideas ya nacidas, eso sí; pero las reuniones generalmente solo son excusas perfectas para no ponerse al teléfono del amigo cargante o de la esposa enojada. Las ideas brotan de una semilla plantada inadvertidamente, y más tarde de una mente sola y violentamente reconcentrada como los bebés son extraídos de un útero sanguinolento.

Cuando una madre da a luz, siente primero el amor físico a la criatura que lleva meses esperando, pero después experimenta un orgullo materno singular, absolutamente intransferible: “Yo he traído a esta criatura al mundo”. Es un orgullo de autor cuyo mérito más hondo permanecerá siempre vedado al padre.

Cuando un hombre alumbra una buena idea, un libro novedoso, una línea de negocio prometedora, suele quedar agradecido o bien a las musas o bien a su talento si es tan arrogante como para reconocerlo; y a continuación, de su propia maravilla ante lo parido extraerá las fuerzas necesarias para realizar el proyecto, allegarle los recursos, vigilar su sano desarrollo. Nadie se aplica a la idea de otro como a la suya propia. Este es el secreto de los emprendedores exitosos y no se precisan charlas de coaching para desvelarlo.

Una sociedad que estimula el comunitarismo melifluo como medio de producción extiende dos lacras: niega la satisfacción que regala el acto creador (y lastra en consecuencia la concreción de su alcance) y escamotea toda responsabilidad en el hipotético fracaso. El hombre reunido, el hombre amarrado a la galera aparentemente acolchada de la reunión, es un eunuco al que se le ha privado del placer de crear y del valor necesario para sobreponerse al fracaso, porque ese fracaso –como ese premio– quedará socializado, arraigará fuera de su conciencia, que le rebotará el eco de su vacío por las noches. Porque por las noches uno no tiene más remedio que reunirse con su conciencia sin pretextar una llamada a reunión de la secretaria. Por las noches estamos solos. A no ser que nos estemos acostando con la secretaria, obviamente.

“El de la Torre de Marfil vive, pero se asoma a las posadas, sin contagiarse por eso con las doctrinas que desvirtúan al hombre enrolándole en la gritería del bajo carnaval”, dice Ramón con ese estilo milagroso suyo hecho de fogonazos de magnesio. Y continúa: “Lo gregario mata, atrofia el sentido supervital, la sensibilidad de vivir, la felicidad de las glándulas felices, la única riqueza auténtica que es la del perfil propio, lo único que merece pasar por la miseria con tal de conservarlo”.

Pobre pero a solas, dirá el honrado de nuestro tiempo. O si alumbra la idea dirá rico y feliz, pero feliz por la felicidad de nuestras glándulas felices, que no pueden ser trasplantadas sin acusar rechazo.

(Publicado en Suma Cultural, 4 de enero de 2014)

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Ya es Navidad en la Copa del Rey

¿Se dice Xátiva o Játiva? Aquí no queremos faltar a nadie y menos en el puente de la Constitución. Queremos mostrar como mínimo el mismo respeto escrupuloso por las minorías del fútbol que acreditó Ancelotti viajando a la comarca de los naranjos con impecable terno y pulquérrimo corte de pelo. Así engalanado no se le deberían negar a don Carlo miramientos con la Copa. Por lo demás, con Cristiano sancionado en aquella noche de Walpurgis de Clos, míster Ancelotti sacó a los canteránidas como pedían la prensa y la ocasión, y los canteránidas no respondieron como exigían su orgullo y nuestra vergüenza.

Debimos adivinarlo todo desde el sentido minuto de silencio por Madiba, cuya memoria es capaz de neutralizar incluso la rivalidad más deportiva. Hagan la prueba en casa: en mitad de una discusión con su santa deslicen Mandela y todo pitote quedará piadosamente amortizado, efecto que no lográbamos con Manolo Escobar, vaya usted a saber por qué.

El césped del campo del Xátiva es artificial como el de la liga de medios en Canal (Maracanal para los asiduos), y comparecía oscuro como la cúpula de la Agencia Tributaria por efecto de esas insidiosas briznas de caucho negro con que vamos regando el piso de casa al quitarnos las botas. Por supuesto, eran titulares Jesé y Morata, dos nombres que en boca de contertulio no pueden ir separados, igual que Rosa Díez y Albert Rivera.

Había en el partido un aire tan obvio de amateurismo que suponemos se estarían licuando de gozo los genuinos amantes del fútbol, esos que trascendieron la categoría de juego hace mucho manteniéndose a la vez supersticiosamente lejos de la noción de espectáculo, a resultas de lo cual enjuician la competición en función perpetua del nivel de renta de los contendientes. Esta visión economicista, marxiana, es la que les llevará a aplaudir secretamente el empate del Madrid con el Xátiva como un triunfo de la lucha de clases hacia su equiparación. Bueno, eso y el antimadridismo.

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8 diciembre, 2013 · 13:50

Madrid, rompeolas de todas las basuras

La Justicia en España no es ningún cachondeo sino un salón victoriano de caballeros que ponderan las virtudes del garantismo entre chupada y chupada a la pipa de ébano. Solo así se explica la premura exquisita en la aplicación del enjuague estrasburgués a los Dexter de la boina o la generosidad franciscana con el jefe de máquinas y el capitán del Prestige, que no en vano atiende por Apostolos. Tanto gritar nunca mais para acabar así y con Rajoy remontando en las encuestas. A veces, por debilidad, se deja uno llevar por esas gotas de sangre jacobina, pero en la calle y en el Twitter te engordan tanto la expectativa que la decepción termina resultando indefectible.

De todos modos, ahora que parecen sellados del todo los hilillos del caso Prestige en Galicia podría ser buen momento para retomar la protesta higiénica en Madrid, que no tendrá mar pero nada en chapapote. La mierda empieza a superar tal nivel que en National Geographic ya se plantean redimensionar la Meseta Central y elevarla a la categoría de cordillera. Entretanto, Ana Botella culpa a los líos privados que se traen concesionarias y sindicalistas, que han hecho de Madrid el teatro público de su agria polémica salarial. Botella, por lo menos, no se ha ido a Lisboa, algo es algo, pero modestamente opinamos que podría hacer más. Incluso podría aprovechar para irse a su casa.

Si usted quiere un aumento o pretende contener la rebaja salarial decretada por su jefe no se va a la Cibeles y defeca en la corona de la diosa. Pero eso es porque usted no tiene la suerte de pertenecer al gremio de los barrenderos sindicados, los cuales configuran el verdadero pilar de la democracia y no el periodismo, que de hecho esparce más que recoge.

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14 noviembre, 2013 · 11:55