El prestigio mediático de la violencia

Quién nos iba a decir que la revolución saltaría en Burgos y por un bulevar de más. La yesca hace mucho que está repartida y la pérdida de plazas de aparcamiento es una chispa tan inflamable como cualquier otra. Tampoco sorprende el entusiasmo mediático ante el guevarismo comprado en los chinos, surja en la Puerta del Sol en el barrio de Gamonal, pues permite a los redactores maduros reblandecer idealismos costrosos al tiempo que ofrece baratas prácticas de corresponsal de guerra al becario primermundista.

Uno fue un adolescente anómalo que ni militó en Ultra Sur, ni se peleó por un estilo musical, ni sintió que el mundo estaba mal hecho o que la democracia real necesitaba de su compromiso. Yo entre los 15 y los 21 básicamente leía libros consignados en el canon occidental de Harold Bloom, el póster de mi pared era de Beethoven –hay que joderse– y mis fantasías se movían entre los laberintos de Borges y la vecina pija de la parada del autobús. Luego todo fue a peor y en el colmo de la frivolidad me hice periodista. Mi prematura senectud me salvó de perder el tiempo en cualquier forma de gregarismo que me admitiera como socio, pero no soy ajeno al romanticismo de la ideología en acción porque me lo encuentro todos los días en el tratamiento que el periodismo regala a hechos heroicos como la quema de contenedores o el derrocamiento épico de mobiliario urbano. Ese enternecedor recurso (de amparo) al santo contexto que cursa más o menos con “los vecinos están hartos” si admiramos el coraje burgalés o con “la realidad social de Euskadi ha cambiado” si jaleamos la impunidad de los perdonavidas de pipa y boina.

No vamos a descubrir ahora el prestigio intelectual de la violencia, historia del mundo desde que el primer hechicero justificó las ganas del irascible jefe de su tribu de invadir la aldea vecina. Este primitivo mecanismo luego ha conocido picos de sofisticación gracias a la Revolución Francesa o a la bulliciosa prole de Lenin, pero en esencia es lo mismo: la fuerza de la razón dura exactamente lo que tarda el ideólogo al mando en temer que otro le quite el puesto, momento en que se pasa a la divertida fase de las purgas encadenadas. Y ojo, que prestigiadores de la violencia los ha tenido la izquierda por ortodoxia y la derecha por afición. Dice el gran columnista mexicano Ibargüengoitia que todos convenimos con Juárez en que la paz es el respeto al derecho ajeno, pero nadie se pone de acuerdo en qué sea lo ajeno.

Lo que no admite duda es que la violencia es eficaz, también en democracia. Sin ETA quizá los vascos no habrían conservado sus privilegios fiscales y hoy seguramente no estarían a la cabeza del Estado en renta per cápita y tasa de empleo. Yo no digo que no haya que defender tus fueros, dejados en la noche de los tiempos por el Olentzero al pie del árbol de Guernica, pero tengo claro que no a hostias o no mientras duren las hostias. La violencia también les ha funcionado a los burgaleses, que han logrado del alcalde la paralización de la obra indeseada. Y no entro ahora en que la obra sea o no indeseable: desde luego, algo tienen que hacer los concejales de urbanismo mientras se infla de nuevo la burbuja, y un carril bici es una coartada bella y saludable para seguir pedaleando en la cinta rumbosa de las comisiones.

Al parecer en Gamonal la violencia mayormente la han puesto los profesionales del guevarismo flauta que según Interior forman grupos itinerantes, como la troupe de un circo en el que ellos mismos hacen de panteras famélicas: su oficio es rastrear altercados barriales que puedan convertir en una continuación nihilista de Sierra Maestra. Pues bien, no son pocos los medios nostálgicos del siglo XX a los que se les escapa aún una mirada simpática hacia estos idealistas, parteros del progreso cuando no sencillamente huérfanos de un Sistema impío. En un excelente documental dirigido por el gallego Manuel Fernández-Valdés, titulado significativamente “Fraga y Fidel sin embargo”, queda retratada con aséptica elocuencia la humana facilidad con que la historia cede a la campechanía, el déspota al icono, la sigla a la transversalidad del mero poder, la solidaridad de especie a la exaltación del terruño, la coherencia al esnobismo y en definitiva la ética crítica a la estética folclórica. El santo contexto que todo lo disculpa.

La violencia funciona en general cuando tiene detrás a un número representativo de cómplices o de tontos útiles, sea en la barricada o en la columna de progreso. Enfrente, Arcadi Espada escribía el otro día una frase terrible a cuenta de los 100.000 de la manifa proetarra en Bilbao: “Ahora sabemos que era un infamia acusarlos de cobardes cuando, en la plena actividad etarra, solo cuatro frágiles desairados salían a la calle a recordar a las víctimas del terrorismo y a acompañar a sus huérfanos. La violencia lleva dos años acabada y aún es el momento de que decenas de miles de personas recorran alguna calle vasca con esos propósitos. No, no era miedo. Aunque es cierto que ahora en la paz exhiben con más rotundo esplendor lo que son”.

No, no era miedo. No salían porque estaban de acuerdo con las nucas astilladas si eran de español. Una notable fracción de vascos ha apoyado, apoya y apoyará a ETA siempre, y por eso ETA dura y dura. Un par de cientos de miles de paseantes de por allí son zombis morales mezclados entre personas. Conviene decirlo para rendir justo tributo a la vida y milagros de los vascos normales. Conviene decir también que no hay izquierdista español que no ría privadamente el salto de altura de Carrero Blanco. Y sus hijos que se jodan, por nacer de fascista.

El intelectual normalmente admira los huevos del hombre de acción porque no los tiene y por eso se dedica a opinar. El hombre de acción admira correlativamente la formación y la labia del teórico, y por eso trata de emularle en discursos absurdos: inacabables oratorias castristas u ortopédicos comunicados batasunos. Juntos forman una sociedad bien avenida capaz de lo mejor y, con la historia del siglo XX en la mano, notoriamente de lo peor. Luego está lo que los antiguos llamaban la burguesía, cuya forma de estar en el mundo merece de Chaves Nogales esta dolorosa disección:

“Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profunda, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante cuarenta y ocho horas. Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física. La independencia de la patria, los derechos del hombre, los destinos de la civilización, son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones que no tienen ningún sentido frente al hecho cierto, tangible, irritante, de que al salir del trabajo no se pueda tomar el aperitivo o de que haya que perder una hora haciendo cola ante la puerta de una panadería o de que el tráfico rodado no esté cuidadosamente regulado en las encrucijadas por los agentes de la autoridad. El automovilista que se ve obligado a permanecer quince minutos inmovilizado  entre cuatro filas de autos por un embotellamiento adquiere inmediatamente la convicción de que el Estado que le gobierna ha fracasado en su función esencial, y en ese momento no le importa lo más mínimo su significación ideológica ni su destino histórico; lo que quiere, nerviosamente, angustiosamente, es que las ruedas de su auto puedan seguir rodando”.

Así que no por casualidad los riots de Burgos los han empezado automovilistas temerosos de quedarse sin plaza. Una sociedad lanar como la descrita por Chaves nos da rabia y tuvo su castigo en forma de bigotito. Un periodismo que habla del estallido social con la excitación con que el adolescente anuncia su inminente visita a un prostíbulo cubano nos da la misma rabia o más.

Más que cuándo rebelarse, importa siempre cómo y por qué. Para el rey inglés, Washington era otro terrorista independentista, pero luchaba en campo abierto y tenía un proyecto mejor de sociedad que la sumisión a Inglaterra. Probablemente no hay tarea más difícil para el derecho internacional que redefinir las bases objetivas del casus belli, de la lícita rebelión, de la guerra justa. Que se lo digan a los sirios a la espera del Tío Sam. Pero está claro que ni el País Vasco es la celda de Madiba ni Cataluña la India de Gandhi: más bien representan el caso insólito de dos metrópolis socioeconómicas que desean separarse de su colonia, como observó Wenceslao Fernández Flórez. La violencia sindical contra las fuerzas del patrón en los telares de Manchester posiblemente estaría justificada; el asalto al Mercadona de Sánchez Gordillo pide sanción ejemplar primero y todos los monólogos que queramos después. Y en Gamonal los destrozos los deben pagar los causantes o sus padres, y no los burgaleses que encima votaron a otro candidato.

Me ha quedado un poco largo el artículo para que valga por todos los gilipollas que siguen fantaseando con el estallido social a ver si pillan cacho en el río revuelto o si les sale más nerudiana la columna, género que se vuelve peligrosamente costumbrista con las salidas de las crisis.

(Publicado en Zoom News, 16 de enero de 2014)

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2 comentarios

17 enero, 2014 · 15:42

2 Respuestas a “El prestigio mediático de la violencia

  1. angolomolo

    He llegado aquí a través de otra pagina web. No conocía (o no era consciente) escritos previos del autor. Sencillamente: IMPRESIONANTE. Es uno de los mejores análisis y síntesis que he leído, refleja con claridad y rotundidad lo que muchos (algunos) pensamos. Mi enhorabuena

  2. Chester_sin_filtro

    Lo mismo digo. Y añado: Sr. Bustos, si sigue usted explicandose tan bien, no llegará nunca a nada, qhe el establishment no está para tanta lucidez.

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