Kalashnikov y la culpa placebo

Y Mijaíl soltó su fusil.

Y Mijaíl soltó su fusil.

Un día de verano de 1865 el químico Alfred Bernhard Nobel descubrió la forma de estabilizar la nitroglicerina. De amaestrar las explosiones. Se tomó el empeño como algo personal, porque el año anterior su hermano Emil había volado por los aires experimentando con aquel líquido diabólico en la fábrica familiar. Alfred halló el modo de convertir la nitroglicerina en pasta transportable y de detonarla a voluntad. Y sobre todo, a distancia. Llamó a su creación dinamita, y la noticia de la patente –si me permiten el juego– corrió como la pólvora por toda Europa, haciendo a su creador inmensamente rico y llevándolo a fundar laboratorios de explosivos por medio mundo del mismo modo que en el siglo XVI una detonación espiritual había llevado a Santa Teresa a recorrer España fundando conventos.

Pero la dinamita no solo revolucionó la minería, sino también, como era de esperar conociendo al ser humano, la entrañable práctica de la guerra. Los ejércitos se aplicaron con lujuria al desarrollo de un nuevo armamento que permitía multiplicar exponencialmente el daño deseado al enemigo. Alfred Nobel, que era un hombre culto y un poeta frustrado, envejeció contemplando el uso letal que los hombres hacían de su invento, de manera que al sentir la ronda de la parca agarró un pedazo de papel, redactó su testamento y en él consignó su arrepentimiento como deben hacerlo los multimillonarios: destinando el grueso de su colosal fortuna al mecenazgo a través de unos premios que cada año distinguieran a los mejores exponentes humanos de la ciencia, la literatura y la diplomacia. Si su talento apadrinó la destrucción, su apellido patrocinaría la excelencia.

Medio siglo después, Julius Robert Oppenheimer dirigió con tanta brillantez el proyecto Manhattan que acabó ofreciendo al hombre la realización de un viejo sueño: el poder absoluto que da la aniquilación garantizada. Oppenheimer no era tonto y sabía lo que hacía: lo que aparecería sobre su mesa de operaciones si continuaba esforzándose en el parto. Pero se consolaba pensando que, conociendo al hombre, el engendro frankensteiniano –o einsteiniano a secas, en este caso– vería la luz de todos modos, y que lo mejor para la humanidad era que al incorporarse en la camilla la criatura llamara papá a los buenos y no a los nazis. Los buenos, sin embargo, acabaron subiendo a Frankenstein a un avión y soltándolo sobre Hiroshima y Nagasaki.

Al comprobar lo que pasó después, la piel de 140.000 humanos a un millón de grados centígrados, algunos de los participantes de la misión invocaron la razón patriótica o el deber marcial y nunca declararon problemas para dormir. Así Paul Tibbets, piloto del Enola Gay, considerado un héroe nacional a todo lo largo de su tranquila vida posterior; o el tripulante Theodore van Kirk, quien sigue vivo y orgulloso. La dermatología es disciplina procelosa y hay pieles más duras que otras, ya se sabe. Otros, sin embargo, consagraron el resto de su existencia a concienciar al mundo contra la proliferación nuclear, como el propio Oppenheimer, que le dijo a la cara al presidente Truman que sus manos estaban manchadas de sangre. Claude Robert Eateherly, otro de los pilotos de la flota atómica, perdió el juicio y acabó recluido en un manicomio. Y el sacerdote que bendijo las bombas, George Zabelka, decidió partir de misionero a Japón tras la guerra y en 1984 peregrinó desde Tokio a Hiroshima para pedir perdón a los hibakushas, los supervivientes japoneses de las bombas.

Por los años en que Oppenheimer se afanaba en fisionar el núcleo de un átomo, un soldado ruso con talento para la ingeniería fue herido en el frente y destinado al taller con el encargo de diseñar un fusil de asalto de fuego rápido, material resistente, funcionalidad todoterreno, manejo sencillo y mecánica a prueba de atascos. En 1947 lo tenía terminado. Aquel soldado se llamaba Mijaíl Kalashnikov y decidió llamar a su criatura AK-47, acrónimo de Avtomat Kaláshnikov, modelo 1947. Acababa de nacer la herramienta favorita del ideal revolucionario, ese que llama lucha al ajuste de cuentas y emancipación al revanchismo. Son incontables las personas que en el siglo XX y lo que llevamos de XXI han caído bajo las balas escupidas con inmaculada eficiencia por el AK-47. Con 100 millones de ejemplares vendidos es el arma más utilizada del mundo, de África a Oriente Medio, de la selva tropical a las malas calles del este de Europa, y ha matado a bastante más gente que el invento de Oppenheimer, el cual a cambio las mata sin dolor: por evaporación instantánea.

Mijaíl Kalashnikov murió el pasado 23 de diciembre. Esta semana la BBC informó en exclusiva de la carta que la vieja gloria soviética, que había declarado su orgullo ante el hecho de que el AK-47 llegara a ser identificado con la causa abstracta de la libertad, envió a la Iglesia Ortodoxa Rusa para manifestar un íntimo sufrimiento moral: “Mi dolor espiritual es insoportable. Sigo haciéndome la misma pregunta sin resolución: si mirifle le quitó la vida a personas, ¿podría ser que yo sea culpable de esas muertes, aun cuandofueran enemigos?”. Llevaba la misiva una temblorosa firma manuscrita. Un portavoz del patriarca Cirilo I ha tratado de calmar póstumamente la desazón de Kalashnikov enfatizando que cuando las armas sirven para defender la patria, la Iglesia Ortodoxa apoya a quienes las crearon. Para esa respuesta, que ya le había dado el Partido en forma de consecutivas condecoraciones, un hombre atormentado por el remordimiento no toma la pluma.

En su momento, el escritor Ian McEwan, autor de Expiación, no quiso alinearse con la crítica estándar al belicismo de la era Bush. Cuando un periodista le preguntó escandalizado que dónde estaba su pacifismo, ese que todo intelectual digno de tal nombre debe promover, el novelista británico contestó: “Yo sería pacifista si todo el mundo fuera pacifista”. Todo inventor de armas se consuela pensando que las hace para defender la civilización, para combatir la barbarie, para repeler el ataque y no para iniciarlo. Y lo cierto es que tiene razón, porque la libertad no es una realidad hegemónica sobre la tierra emergida, por desgracia. Con cualquier catecismo en la mano, ni a Nobel, ni a Oppenheimer, ni a Kalashnikov pueden imputárseles los crímenes perpetrados con sus inventos porque el pecado no está en el objeto sino en su uso. ¿Acaso no hizo progresar a la industria la dinamita, no llevó luz a los pueblos la energía nuclear, no disuadió al asesino el soldado de un país democrático bien equipado con su fusil?

Y sin embargo, en la contrición final de los tres inventores no hay nada superfluo. La facilidad con la que el intelectual, el hombre teórico, ha justificado la violencia por causas políticas se estrella contra el desasosiego irreductible del hombre práctico que diseñó las armas empleadas en el nombre de heroicas empresas. Nobel buscó la redención en el fomento del conocimiento y el arte; Oppenheimer se refugió en el activismo pacifista para calmar su conciencia; Kalashnikov pidió amparo a la religión.

Yo observo en estos tres remordimientos una expiación manifiesta a una acusación no formulada. Como se siente culpable el padre al que le sale un hijo traficante. Y puede que sea la peor de las culpas, la culpa placebo, porque todos te dicen que no eres responsable y te hurtan así el primer paso en el camino de tu curación.

(Publicado en Suma Cultural, 18 de enero de 2014)

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