El último negroni con David Gistau me lo tomé en Kiev la mañana de la final de la Champions en la que el Real Madrid tumbaría al Liverpool. El paseo por la capital de Ucrania con Jabois y Gabriela desembocó calculadamente en un bar donde al fin pudimos evitar que David siguiera humillándonos con su conocimiento de la historia ucraniana. Uno se preguntaba de dónde había sacado el tiempo para leer tanto, ver tanto cine, formar una familia numerosa y boxear puntualmente tres días por semana, además de cumplir con la radio y con el periódico.
Doña Carmen Calvo compró la semana pasada el voto de don Íñigo Errejón a cambio de 50 millones para estudiar la implantación de la semana de cuatro días laborables. ¿Por qué 50 millones exactamente? Si se trata de transformar a los españoles en daneses, pocos millones me parecen; y si se trata de sumar a Errejón al excitante ejercicio del capitalismo de amiguetes con cargo al contribuyente, me parecen demasiados.
Por la mañana Sánchez alabó el sentido de Estado de Abascaly por la tarde caía la bomba B sobre el marianismo: B de Bárcenas y de caja B. Como el mundo no deja de girar, es posible que a los votantes más tiernos de Vox el apellido Bárcenas los conduzca antes al cantante de Taburete que a un tesorero. Quizá son los mismos que aplaudieron la censura de Santi contra el Gobierno socialcomunista y aplauden también que el día del decretazo de los fondos europeos Santi se convirtiera en tesorero del Gobierno socialcomunista, todo ello sin dejarse un ápice de patriotismo por el camino.
San Valentín es un proxeneta centroafricano comparado con la clase de amor ciego que vincula a Vox con sus bases, razón de que Abascal no necesite trabajar en el Parlamento para mantener la llama viva. Cualquier decisión aleatoria o garrafal será saludada como una nueva jugada maestra, al más puro estilo raholo. Este entusiasmo invariable me recuerda al epitafio sulfúrico que Gore Vidal vertió sobre la tumba de Truman Capote: «Con su muerte, Capote imprime un interesante giro a su carrera». Claro que a Vidal lo movía la maldad y al voxero a menudo la candidez, que tiene menos disculpa.
Pocos días después del referéndum ilegal del 1 de octubre, Lionel Messi perpetraba el acto legal más gravoso de la historia del deporte. Ocurrió en noviembre de 2017. Ajeno al ruido exterior, atento solo al universo de su bolsillo escrutado por Hacienda, el genio lacónico fijó sus condiciones a tal altura que la solvencia del teórico equipo de sus amores tuvo que escapar por la azotea. Y no ha regresado.
Los dramaturgos antiguos miraban a los hombres de rodillas, e imaginaron héroes trágicos. Los modernos se atrevieron a mirarlos de frente, e inventaron el realismo de las grandes novelas decimonónicas. Pero yo soy Valle-Inclán, dijo Valle-Inclán: los miro desde el cielo, en visión cenital, y todos me parecen ridículos. Así alumbró el esperpento, género español por antonomasia, y así hemos de mirar el teatro absurdo de la política contemporánea siguiendo a Madariaga, para quien los españoles adoptan ante el rumbo de su Estado la posición de espectador y comentarista, a diferencia de los ingleses, que prefieren participar activamente en la representación.
Contra la pandemia lo importante es participar, vino a decir Sánchez antes de despachar al bueno de SalvadorIlla a Cataluña para formar un tripartito o liderar la oposición, ya veremos. Según Sánchez al soldado Illa lo define una palabra, «respeto», lo que significa que la cuarentena de Iván Ivánovich ha obligado a su jefe, ayuno de referencias, a plagiar a la UEFA: Illa, dorsal 80.000 (muertos), RESPECT. Y a jugar, que ya no hay más elecciones hasta las andaluzas. Salgan ahí fuera y diviértanse.
Recordemos una vez más que no fue Aznar sino Rubalcaba quien acuñó la metáfora del monstruo de Frankenstein para describir el sanchismo, ese payaso de Micolor pasado por Stephen King, con sus extremidades extremistas cosidas precariamente con el hilo de la ambición y el pespunte del sectarismo. De la criatura de Mary Shelley lo primero que llama la atención es el aspecto, lógicamente, pero la importancia de esa novela nunca radicó en su propuesta estética sino en su advertencia ética. Los comentaristas se limitan a citar el símil monstruoso para denunciar la composición antisistema de la mayoría de Gobierno, pero su aberrante costura solo es la premisa, el planteamiento de la alegoría. Lo revelador ocurre en el nudo, fase en la que ya está enredada la coalición de Sánchez e Iglesias: el momento en que la criatura se alza contra su creador. Y aún falta el desenlace.
Nadie sabría decir en qué momento alcanzamoslos españoles la inmunidad de rebaño, pero hace tiempo que vemos pasar los escándalos como las vacas el tren. Recuerdo los escándalos del PP de Rajoy, que fueron plurales y bochornosos, y recuerdo que todavía nos encolerizaban, que los medios no hablaban de otra cosa y que mandaban a sus reporteros a los domicilios de los políticos escandalosos. Recuerdo a Rita Barberá muriendo imputada en un hotel que debería haberse llamado Hotel Chelsea.