Los que nunca secundamos los juegos de manos de Iván Redondo tenemos el derecho a compadecerlo que no asiste a su descabezado séquito. Esa corte de políticos, empresarios y periodistas es corresponsable de su ruina, pero roto el hechizo del poder los cortesanos corren a borrar su número y a sustituirlo por el de Félix Bolaños. A rey muerto, rey puesto. Así funciona esto desde los godos, que dicen que ya no se estudian, y donde no hay memoria todo es novedad.
No extraña la dolorosa similitud que guardan las notas de suicidio de Stefan Zweig y de Reinaldo Arenas. Su dolor se parece porque nazismo y comunismo, culpables de sus respectivos exilios, comparten una acreditada aptitud para infligir sufrimiento a los hombres libres. Escribe el austriaco, víctima de Hitler: «Mi fuerza se ha gastado al cabo de años de andanzas sin hogar. Prefiero poner fin a mi vida erguido como un hombre cuyo trabajo cultural fue su felicidad más pura y cuya libertad personal fue su más preciada posesión. Saludo a mis amigos. Ojalá vivan para ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes que ellos». Y escribe el cubano, víctima de Castro: «Pongo fin a mi vida voluntariamente porque no puedo seguir trabajando. Al pueblo cubano le exhorto a que siga luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy». Zweig se tomó un frasco de veronal. Arenas, cuya homosexualidad acreció la saña de sus perseguidores -autores del lema que campeó en los campos de reeducación comunista para «maricones»: El trabajo os hará hombres- empujó con whisky un cóctel de pastillas.
Todos los españoles se han pronunciado ya sobre el sábado de cuchillos largos de Sánchez menos los separatistas, que gustan de opinar y saben tanto de cainismo como cualquier español. Se mantienen sospechosamente callados mientras calibran el efecto del pendulazo monclovita sobre sus intereses. «¿Por qué Iceta no ha cobrado el protagonismo que nos prometían? ¿Qué significa que una manchega de Page sea la nueva portavoz del Gobierno? ¿Se habrá dado cuenta Pedro de que a él también le estábamos tomando el pelo? ¿De que no tenemos intención de elegir entre su financiación y nuestra república, pudiendo tener las dos?»
Un hombre entra en el baño de un club de carretera de Puerto Hurraco con la camisa empapada en sangre familiar. A los pocos minutos sale vestido de traje y corbata, comparece ante las cámaras con su mejor sonrisa y confía en que nadie se fije en los restos de ADN ajeno que se le han quedado bajo las uñas. También Tony Soprano termina estrangulando a su sobrino, su mejor sicario, pero al contemplar esa escena nadie puede dudar de que lo sentía. No es el caso de nuestro hombre.
Todos los hombres desean por naturaleza saber, pero algunos hombres lo desean más que otros. Antonio Escohotado Espinosa acaba de cumplir 80 años y su cuerpo es una pavesa consumida por el afán de conocer el aire, el fuego, el agua y la tierra. Su voz ronca pero dulce emerge de los escombros de un siniestro generacional donde se estrellaron todos los buscadores de paraísos artificiales; todos menos él. Al notario de sus penúltimos días, el camarada Colmenero, le asegura que es un chalao que es consciente de serlo. Y la conciencia de la locura es lo que distingue al pirado del filósofo.
Luis Enrique coronó su personaje cuando decidió no convocar a ningún jugador del Madrid por primera vez en la historia de la Selección, pero ha terminado copiando la trayectoria del equipo blanco en competición europea: alcanzó (de blanco) las semifinales de la Eurocopa como los de Zidane se plantaron inopinadamente en las de Champions. Ambas plantillas se reivindicaron contra el juicio de los expertos: Zidane estirando la veteranía y Luis Enrique explotando la juventud.
Solo hay una impaciencia más cruel que la de quien espera ser nombrado ministro: la de quien espera dejar de serlo. Imaginen la zozobra que estos días recorre ese séquito tumultuario que es el gabinete de Sánchez, donde hay tantas mujeres como hombres y como opiniones acerca de lo que es una mujer. Imaginen ustedes la febril actividad en los grupos de whatsapps de los podemios menguantes, de los podemios del encaste IU, del encaste IU que hace ojitos a Errejón, de los socialdemócratas inexistentes, de los machacas de Ferraz, de los socialistas amoratados indistinguibles de los podemios, de los técnicos que piden perdón por serlo, del astronauta con su tripulación y de don Castells, que es un grupo en sí mismo, un puchero que mezcla nostalgias contraculturales, rencor hacia los alumnos aplicados y soberanismo de Albacete.
El idiota de la polis era el ciudadano que no participaba en política por desinterés, por incompetencia o por la necesidad de ganarse la vida. Idiota, literalmente, en griego significa particular, propio, privado. El paso de los siglos confirió a la idiotez el matiz peyorativo que hoy mantiene: se concluyó que alguien incapaz de involucrarse en los asuntos públicos tenía que ser un necio. Pasó el tiempo, se derramó una cantidad oceánica de sangre y finalmente se inventó la democracia liberal y la economía de mercado, lo que permitió que el número de sanos idiotas se disparara: el personal podía dedicarse a los negocios con la tranquilidad de que sus representantes electos defenderían sus intereses. Fue el gran momento de la idiotez occidental: la izquierda invitaba al pelotazo y la derecha a lo sumo se quejaba de intrusismo. Años dorados.