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Libres e Iguales: una crónica

España bien vale una insolación.

España bien vale una insolación.

Recibí generosamente un mail de parte de Arcadi Espada invitándome a participar de la puesta de largo de la plataforma Libres e Iguales. Habría un briefing en Lhardy con prensa, seguido de almuerzo y posterior lectura del manifiesto a la puerta del Congreso.

De la iniciativa ya había tenido alguna noticia por David Gistau, que asitió a la cena fundacional. Me extrañaba que hubiera tardado tanto en crearse algo así, de hecho. Don Mariano lo ha fiado todo al tancredismo y ya parece evidente que la estrategia no funcionará. «Ellos esperan que Madrid responda para alimentar su victimismo. Sin adversario se cuecen en su propio jugo y nace la división en sus filas. Rajoy no olvida que Aznar fue una fábrica de independentistas». Todos estos mantras que oímos son un bullshit, que diría nuestro convocante, y permiten al monocultivo ideológico nacionalista seguir expandiéndose sin encontrar otra resistencia que la seca apelación a la ley. Ninguna ruptura de naturaleza irracionalista se ha frenado apelando al orden legal, señores; si acaso, así es como se provoca: respondiendo al borracho que haga el favor de no hacer ruido, que los niños están acostados.

Los niños, efectivamente, están acostados. Me decía Jacobo Elosua que Libres e Iguales debe combatir la etiqueta de «élite intelectual» y abrazar la de ciudadanos, y yo pienso que ojalá, que ojalá España no hubiera inventado la santa siesta. La plataforma se funda para hablar, para crear un poco de debate cordial y hacer la pedagogía que no se hace, para tratar de despertar a la buena gente siempre huidiza ante problemas demasiado duros y cercanos, como dijo Fidalgo en la comida, a ver si hay suerte y toma conciencia de que la secesión de Cataluña constituiría la mayor catástrofe para la Península Ibérica desde la última guerra civil. Empobrecimiento general, fermento del odio casa por casa, actualización de los siniestros métodos de segregación social del siglo XX, lobos solitarios contestados por futivos montaraces y así. Todo para acabar remendando la brecha a la vuelta de dos generaciones envilecidas, exhaustas por la ruinosa aventura. Entretanto, España otra vez meca de exotismos y turistas de lo anacrónico.

Nuestro país tenía el récord mundial en pérdida histórica de trenes de progreso hasta 1978. Ahí se fastidió nuestra hegemonía de lo deprimente y cometimos la increíble fantochada de ingresar en un vestíbulo de modernidad, de prosperidad, de garantismo jurídico desde luego incompatibles con nuestra tradición. Pero aquí la tradición –y los fueros viejos– tiran mucho, normalmente por el lado equivocado, y ahora pretende retornarnos a la antesala de los Decretos de Nueva Planta, reinando Felipe V, el de la primera Diada. Ese sí es el statu quo fetén, el ser profundo de nuestra idiosincrasia. Y una romería a Montserrat para ambientar coherentemente la maniobra de retroceso.

Ya es hora de decir que el nacionalismo es la quintaesencia de lo reaccionario, decía Cayetana Álvarez de Toledo. Que la moderna idea de Europa se construyó precisamente contra los nacionalismos, apuntó, creo, Carlos Falcó. El economista vasco Felipe Serrano describió muy gráficamente cómo a medida que el Estado se retira, acosado por el nacionalismo, lo que va quedando es un páramo donde si acaso la oficina de correos erige un último vestigio más o menos poético de pertenencia a una comunidad de derechos democráticos. Y para entender cómo hemos llegado hasta aquí, Gabriel Tortella, de trayectoria inequívocamente izquierdista, dio en el clavo del pacto fáustico entre izquierda y nacionalismo por mor de un antifranquismo sentimental primero, y de la gobernabilidad a todo precio mediante apaños postelectorales contra natura, después. Lo cuenta muy bien hoy en una tribuna de El Mundo, y lo explicaba de forma antológica Félix Ovejero.

Almuerzo en Lhardy.

El briefing en Lhardy.

La verdad es que el almuerzo fue una delicia, tanto por el tumbet y el solomillo como por la compañía. Una de esas escasísimas ocasiones en que, te sienten donde te sienten, tienes conversación interesante a tu lado. Eso, sospecho, pasa solamente un puñado de veces en la vida. Yo tenía a Teo León Gross a mi izquierda, a Laura Fàbregas a mi derecha y enfrente a Jon Juaristi, Joaquín Leguina, Jorge Martínez Reverte y Andrés Trapiello, seguidos de Felipe Serrano y José María Fidalgo. Leguina es un caudal de anécdotas contadas con un jovial casticismo ya perdido. Juaristi posee una memoria prodigiosa y llena el personaje del sabio divertido, con un punto de descuido muy gracioso. Y así podríamos hablar de todos. Uno desea volver a coincidir con ellos pronto.

A los postres habló Trapiello para decir que toda su vida ha militado en bandos perdedores y que está perfectamente acostumbrado, y que los allí presentes componían en el fondo un plantel de solitarios pero que él se conformaba con fracasar en semejante compañía. No le faltaba razón, aunque Arcadi se mostraba más optimista que eso. Luego, ya frente al Congreso siguiendo el plan escenográfico diseñado por Boadella, hicieron acto de presencia Hermann Tertsch, Carlos Herrera y Mario Vargas Llosa, entre otros. Cayetana leyó el manifiesto, luego posamos para la foto y marchó cada cual a su casa a lavar la camisa empapada en sudor.

Mentiría si dijese que creo ciegamente en el efecto mágico de los manifiestos, y desde luego uno no es nadie para dar lecciones ni abajofirmar nada más allá que un post. Pero mentiría mucho más si no confesase el orgullo de aparecer entre estas cabezas que rehabilitan con naturalidad y buen humor la denostada condición del intelectual. Es sorprendentemente fácil perderse en matices justificatorios, tres pies de gato y tuits de moralidad superior y comodidad mediopensionista. Ahora bien: si cada quien, en su insignificancia, puede hacer algo en una hora ciertamente dramática para el país, creo que llegará un día en que no se perdonará no haberlo hecho a la vista de los posibles acontecimientos.

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A Muñoz no le gusta Ruano

Escribe hoy Antonio Muñoz-Molina, de la Real Academia Española, un artículo de fondo en El País en el que se pregunta y no se explica el «sostenido prestigio» de César González-Ruano como modelo de columnistas. Es uno de esos artículos tórpidos y contraproducentes que contribuyen a afianzar el nombre que tratan de combatir. Uno no dedica largos artículos a renegar de un nombre que no pesa y a Muñoz Molina le pesa una fascinación ya confesada que los ruanistas entendemos perfectamente, aunque la sobrellevamos sin tanto trauma y con desprejuiciada gratitud hacia el maestro. Porque el magisterio de Ruano, quien no fue admitido en la Academia durante el franquismo, incluso es reconocido desde el titular por Muñoz Molina, quien ha sido admitido como académico durante la democracia.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio es hoy el escritor de referencia de la literatura española engagée –incluso, con Javier Marías, de la literatura española a secas–, y sus artículos de fondo aúpan a un Catón de Jaén sobre el púlpito seguro, paternal, del democratismo impecable. Puede que sea un novelista irregular pero se toma su trabajo en serio. Demasiado en serio en ocasiones. Fruto de ese tremendo compromiso con la salud moral del cuerpo sociológico nació su ensayo Todo lo que era sólido, por ejemplo, que contiene no pocos aciertos analíticos, quizá por la cercanía de los hechos diagnosticados, a la manera de los economistas que profetizan brillantemente el pasado. No es talento común, de todas formas. Pero cuando se abre el foco, cuando se enjuicia severamente el siglo XX desde la atalaya vip del inocuo siglo XXI, es fácil incurrir en indignaciones gratuitas, hasta que no quede sin rasgar una sola vestidura.

Los argumentos por los que jamás ningún columnista español –mucho menos los jóvenes, generación preparada y demócrata– debiera seguir citando a Ruano son tan conocidos que parece que todavía no nos hemos levantado del Café Teide o del Comercial y seguimos cuchicheando sobre los veladores cada vez que don César aparece por la puerta y se acerca a la barra a pedir recado de escribir. La oportunidad la brinda ahora la reciente publicación de El marqués y la esvástica, el reportaje revelador pero fallido con el que Plàcid García-Planas y Rosa Sala se propusieron tasar el grado de colaboracionismo nazi de Ruano en el París ocupado. Reconocen no haberlo logrado aunque aportan las actas de una de tantas sentencias sumarísimas que dictaron contra Ruano los aliados una vez liberada Francia por «inteligencia con el enemigo». Con toda la ecuanimidad de la que fui capaz reseñé esa obra en El Cultural, señalando aciertos y errores, y durante el proceso mantuve una grata correspondencia con los autores, que no me dejarán mentir. Más tarde, durante cierta mañana lisboeta del pasado mayo, tuve ocasión de charlar sobre el libro con Miguel Pardeza, experto ruanólogo, y ambos convinimos en la sorpresa que nos causaba esta repentina campaña contra un autor que, por lo demás, pervive exclusivamente por el aprecio cimarrón, irreprimible, de sus duraderos lectores, pues no ha gozado de reediciones, simposios, ni chiringuitos subvencionados como tantos otros del bando correcto de las armas y las letras. Antes al contrario: bastó El marqués y la esvástica para que la Fundación Mapfre retirara de inmediato el nombre vil a uno de los premios más prestigiosos del articulismo patrio. El mismo, por cierto, que Muñoz Molina ganó en 2003 y cuyo importe no ha devuelto todavía, en coherente corolario a su furor moral.

Nuestro académico reconoce que a un escritor no debemos medirlo por su talla moral, pero después de decirlo se apresura a hacerlo. Yo entiendo que desde Platón se haya vuelto muy difícil para la mente humana separar la ética de la estética, al hombre de la obra, pero hay que intentarlo. ¿Dejaremos de ver las películas de Woody Allen si las denuncias de acoso a su propia hija se revelaran ciertas? Al fin y al cabo Thomas Mann confesaba que se había enamorado de su hijo de 14 años al verle en bañador, pero luego no fue a su entierro. Kingsley Amis sólo se interesó de verdad por su hijo Martin cuando detectó en él a un competidor literario, como contaba Luis Alemany en una magnífica pieza de El Mundo en la que también hablaba de César Vallejo y los abortos inducidos de su mujer, Georgette. O de Pablo Neruda, quien sobre su fervor estalinista se desentendió de su única hija, enferma de hidrocefalia y perdida en la Holanda nazi. O de Octavio Paz, que se esforzó en no darse por enterado de que a su hija la violaba uno de sus tíos maternos. Los escritores –los artistas en general– integran frecuentemente una raza de hijos de puta, no lo vamos a descubrir ahora. Y viceversa: con los buenos sentimientos de Coelho no es que se haga precisamente buena literatura, según sentenció Gide. El de Úbeda cita a Céline, Drieu La Rochelle o al Nobel noruego Hamsun (¿por qué no remontarse a Quevedo, acreditado antisemita, o a Garcilaso, intolerable belicista?) e intenta puerilmente trazar una línea roja entre su filofascismo y el de Ruano con el argumento de que los tres primeros actuaban por convicción mientras que Ruano lo hacía por pícara venalidad. Que el gran articulista madrileño era un monstruo de vanidad y nada le importaba fuera de sí mismo no pienso rebatirlo; sin esa patología, por lo demás extensible a tanto escritor sin su prodigioso talento natural, quizá no hubiera cristalizado un estilo tan propio, tan «modélico», por citar a don Antonio. Como ya escribí, mucho menos peligroso es un mercenario vanidoso que un fanático de la idea, porque al primero lo podemos desactivar con dinero.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

En los momentos del artículo en que Muñoz Molina no está abroncando a Ruano por mala persona, se vuelve sobre su escritura y lucha contra ese objeto de su fascinación inalcanzable, insistiendo una y otra vez en que la prosa de Ruano no amerita otro valor que una retórica vacía, fascistona, campanuda y falsa; razones todas ellas que, de ser ciertas, habrían dado ya con los delicados huesos de Ruano en el olvido. Como eso no sucede, la intelligentsia se cabrea. Pero de prosa retórica, hinchada y hueca nada de nada, don Antonio. Ha leído usted poco (o mal) a Ruano, aunque sí lo suficiente para acusar la admiración que reprime y combate como infección vergonzante. Yo desafío a cualquier lector a que tome los artículos costumbristas de Ruano de los años cincuenta o sesenta y juzgue si no pulsan la pura realidad con mucho más calado –por no hablar de la elegancia– que la plaga de analistas políticos que trajo la partitocracia, altavoces de sigla de ortopédica sintaxis. Sobre todo, emplazo al lector a que lea Mi medio siglo se confiesa a medias y busque ahí un ápice del engolamiento que infesta, qué diría yo, por ejemplo Beltenebros.

Confesaré, porque esto es España y me conozco el paño bobo, que no soy un fascista. Aunque ese es un título que siempre te adjudican los demás para apearte, por ejemplo, de una tertulia. Yo, aunque lector de Ruano (al que sin complejos asocié a mi tribuna en Zoom News) soy demócrata sin aspavientos. Lo son también Raúl del Pozo o Antonio Lucas, quienes no tuercen tampoco precisamente por el fascismo pero escribieron hace no mucho sendas columnas en defensa no del hombre, sino de la obra, como ha de ser. Hace cuatro años tuve el honor de ser el destinatario de un artículo que publicó Ignacio Ruiz Quintano en ABC en torno a la misma recurrente polémica que nos ocupa. Yo creo que bastaría con que Muñoz dijera que no le gusta Ruano –aunque le gusta más de lo que desearía–, o que nos advirtiera de que lo leyéramos pero no tratáramos de imitarlo en casa, sin tener que verse obligado a prescribirnos lo que conviene al bien de nuestra democrática alma.

Quizá no sea prudente por mi parte escribir este post, siendo uno lo que es y don Antonio tan importante. Pero de Ruano aprendí también que de vez en cuando hay que escribir lo que a uno le dé la real gana.

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Breaking tertuliano

En El Chiringuito, anoche. Ahí creo que estaba defendiendo a Benzema.

En El Chiringuito, anoche. Ahí creo que estaba defendiendo a Benzema.

Siempre me gustaron la política y el fútbol, y fui -lo confieso- un devorador de tertulias mediáticas desde la adolescencia, en radio o en tele, que estas vinieron después, para quedarse. También veía las de cine de Garci y las de libros de Dragó en madrugadas absurdas de universitario ocioso, deliciosamente especulativas. Pero sobre todo seguía los programas de discusión política. Yo estudiaba las estrategias de los tertulianos, desenmascaraba sus quiebros demagógicos, me entrenaba en su falsa modestia o captatio benevolentiae, admiraba su rara brillantez o me espantaba más a menudo de su creciente simpleza, su coloquialismo puro. Luego me desencanté de esas lizas mediocres y vacié sobre la clase tertuliana algunos frascos de mi mejor acritud. Pero en el fondo yo era un tertuliano sin tertulia y algunos amigos me lo decían, y yo les decía que quizá mi entusiasmo opinativo se pasaba como el arroz de las treintañeras.

Haciendo mi once titular del Madrid en El Chiringuito, anoche.

Haciendo mi once titular del Real Madrid como un chiringuitero más.

De pronto me vi trabajando en un grupo con radio y tele. Creo que la primera tertulia televisiva en la que participé fue Dando Caña de Intereconomía hacia el 2010, más o menos, con Javier Algarra. Yo era redactor y columnista de La Gaceta, donde frecuentemente escribía ya contra los tertulianos, pero las sinergías allí digamos que, si no obligatorias, eran rigurosamente aconsejables. Por ese mismo mecanismo empecé en tertulias radiofónicas como El color de la tarde de María José Bosch o tiempo después La espuela con Dávila en Radio Inter. Después vendría la Real Madrid TV de Alcaide y Muñoz, de Alfonso Villar y David Álvarez y tantos amigos, y también algunas noches en El Contrapunto de Telemadrid con José Antonio Ovies. Una incursión en el primer Jugones de La Sexta, el de Esteva y Rincón, que se cayó enseguida. Luego me llamaron de Radio Nacional de España para la tertulia de 24 Horas, la de la noche, con Miguel Ángel Domínguez. Y ayer lunes 30 de junio de 2014 todos los astros del cielo dialéctico se alinearon para que yo madrugara en Las Mañanas de Radio Nacional con Alfredo Menéndez, siguiera por Rojo y Negro en Radio 4G -el espacio vespertino de Periodista Digital, presentado por Alfonso Rojo– y al final de la tarde me llamaran del equipo de Josep Pedrerol para debutar en El Chiringuito de La Sexta. Me acosté con un agudo dolor de cabeza ubicado en el lóbulo frontal, pero había sido un día divertido.

En 'Rojo y Negro' de Radio 4G, ayer por la tarde.

En ‘Rojo y Negro’ de Radio 4G, ayer por la tarde.

El español, que aún mide el éxito por minutos de televisión, debe de creer que me va fenomenal y que gano ingentes sumas de dinero. La realidad es mucho menos glamurosa, pero desde el hidalgo del Lazarillo sabemos que lo que importa es aparentar a la espera del contrato verdadero, que diría Anson.

La tertulia es un género contingente y necesario a la vez. Allí uno crece en humildad, pues mal que bien siempre acaban llegando insultos entrañables de la audiencia tuitera, y también gana en compañerismo corporativo, conociendo a viejos periodistas con mucha mili y a algunos otros con mucho morro. En términos epistemológicos, la tertulia es perfectamente contingente; en términos financieros, absolutamente necesaria para el bolsillo del periodista posindustrial y precarizado.

Yo, en mi disparatado quijotismo, espero seguir rompiendo a tertuliano en lo venidero, y juro tratar de esforzarme para serle grato al oyente o al telespectador, e incluso para exponerle algún argumento que pueda ser de su provecho o que cuestione alguno de sus prejuicios, e incluso de los míos. No hay que esperar mucho más de un tertuliano, pero tampoco nada menos.

Ahora tengo que irme: acaban de llamarme de Telemadrid.

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Paraíso inhabitado, de Matute

Ana María Matute, de niña.

Ana María Matute, de niña.

[Ha muerto una gran escritora, y el mundo literario, tan cicatero con ella durante los duros inicios, se ha volcado merecidamente en su honor de su primera memoria a la última. De lo que yo tengo leído de Ana María Matute, que no es casi todo ni mucho menos, hay cosas que me gustan bastante y otras muy poco. Perdonadme si desafino del coro, pero no conservo más texto sobre ella que la reseña de Paraíso inhabitado, su última novela, que me encargaron en enero de 2009. Honradamente me pareció una parodia ya de sí misma. Esto es lo que escribí]

Paraíso inhabitado
Ana María Matute
Destino. Barcelona (2008). 400 páginas

La última entrega de la octogenaria Ana María Matute (Barcelona, 1925), la más laureada de las escritoras españolas, consiste en una rememoración de la infancia de la que no sabemos la proporción exacta de autobiografía, aunque se antoja mucha. Esto no debiera importar, salvo en el caso de que la novela imite demasiado el género de memorias. El libro cuenta en primera persona apenas dos o tres años de la infancia de la protagonista narradora, Adriana, que “nació cuando sus padres ya no se querían” y se refugia en la fantasía libresca, en la compañía de las chicas del servicio y en el amor de trágico fin que experimenta por un vecinito del bloque. Si fuéramos comunistas, diríamos que esta obra despide un denso tufo burgués, y nos preguntaríamos qué interés puede tener la infancia y el primer amor idílico de una niña enclaustrada en su piso con tres criadas (nada menos), adonde no llegan apenas ecos de la dramática –esto sí– situación social que acompañó los estertores de la Segunda República. Como no somos comunistas, diremos simplemente que Matute tiene todo el derecho artístico a escoger el escapismo como tema… pero no a escapar de la evolución de su propia disciplina, la novela. Delibes ha contado historias parecidas en el ámbito rural, pero con mucho mayor calado dramático e innovación técnica; Capote es un genio del punto de vista infantil, porque acredita el encanto de una mirada original. Matute, en nuestra humilde opinión, adolece de abierta cursilería en algunos pasajes, abusa de los diminutivos y de un pueril simbolismo –el Unicornio por la inocencia, los Gigantes por los adultos– y peca de imprecisión constante: “sentí algo que”, “percibí como si”, “no sé por qué pero intuí que”. Una novela, y más con las expectativas que genera su autora, debe responder a un propósito más rico que el de una exposición personal de recuerdos melancólicos. O al menos, debe justificarlos por un arduo conflicto argumental, una prosa de poderosos recursos –aunque la autora conserva su estilo preciso y ordenado– o una penetración psicológica sobresaliente.

Se ha saludado esta obra –por ser de quien es– como una obra maestra; lo sería si se tratase de aplicar la fórmula proustiana al mundo interior de una niña española de preguerra, no de seducir al lector del siglo XXI.

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Mi Banville

Banville, gran estirpe literaria de Irlanda.

Banville, gran estirpe literaria de Irlanda.

[La concesión del Príncipe de Asturias de las Letras a John Banville me invita a recuperar una reseña de la que se considera su obra maestra, El mar. La escribí en octubre de 2006. Por entonces yo trabajaba como crítico literario de la agencia Aceprensa, que en 2002 me había fichado con 19 años, edad imborrable en que vi por primera vez mi nombre impreso en una publicación. Releyendo la reseña, creo que no he cambiado mi opinión sobre el gran prosista irlandés, más allá de algún exceso de ortodoxia fruto de un candor juvenil. La ofrezco a continuación por si fuera de interés.]

El mar
John Banville
Anagrama. Barcelona (2006). 219 págs. T.o.: The Sea. Trad.: Damián Alou.

 John Banville (Irlanda, 1945) pasa por ser uno de los más grandes estilistas contemporáneos en lengua inglesa. Su obra ha merecido elogios de autores como Magris o Steiner, y eso es toda una garantía. Con El mar ha ganado el Premio Man Booker 2005, uno más para su colección de galardones. Lo único malo de Banville es, justamente, no ser aclamado como un gran novelista, sino como un gran prosista, que lo es.

El mar es una novela proustiana en procedimiento y temática: Max, el protagonista-narrador, que acaba de sufrir la pérdida de su mujer Anna, se retira a una pensión de un pueblo costero donde pasó un inolvidable verano adolescente para buscar el consuelo de la memoria. Allí, veraneando con sus padres, conoció a la familia Grace –madre, padre, hijos y niñera– y recorrió todas los típicas estaciones de la iniciación amorosa. El relato avanza en primera persona alternando tres tiempos narrativos: el pasado remoto de aquel verano iniciático; el pasado reciente de la convivencia con su esposa y posterior agonía; y el presente de su estancia meditativa en la casa junto a la casera –que resulta ser la niñera de los Grace– y un estrafalario coronel que se revelará lleno de humanidad. Las transiciones entre una materia y otra son constantes y suaves, en analogía simbólica con el movimiento marino, lo que es una muestra más de la sabiduría narrativa de Banville, quien emplea así el mismo recurso de identidad escritura-naturaleza que ya utilizara Virginia Woolf en Las olas. Banville sin embargo es un decidido posmoderno: lo que en la inglesa era una poética de los sentidos, para él es un círculo que se perpetúa en los laberintos del nihilismo. De nuevo tenemos un protagonista derrotado por la vida, sin creencias ni certezas, que cuenta su mera perplejidad existencial. Sin embargo, en los arrebatos en que deplora la pérdida del amor de su esposa –su único medio de conocerse y realizarse a sí mismo– vislumbramos una posibilidad de redención, de sentido vital, a través del amor, lo mismo que en su amistad final con el coronel, que le salvará la vida cuando menos atención esperaba de él, y también en el rescate que le sobrevendrá por parte de su olvidada hija.

Es revelador que todos los elogios de la crítica se circunscriban a su magnífico estilo, que sin duda lo merece: elegancia con llaneza, precisión implacable en las descripciones, originalidad y sorpresa en las metáforas… un verdadero estilista, sí. Es cierto que Banville no tiene una propuesta de valores demasiado sólidos. En algunas partes de la novela se deja llevar por el sensualismo tópico adolescente y la misma tópica animadversión a la oscurísima y represora educación católica recibida, aunque es demasiado sutil para cargar la mano en ninguno de los dos casos. Puede decirse, pese a todo y en resumen, que ha escrito una de sus novelas más esperanzadoras, pues en su feliz final deja entrever, a faltar de otras cosas, la perenne necesidad humana de un afecto generoso. Y con un gran prosa.

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IRQ entrevistado

Con Iñaki, en el boxeo.

Con Iñaki, en el boxeo.

Enlazo, con mi gratitud por sus cariñosas palabras a partir del 27:50, la entrevista que Antonio Chinchetru le hace a Ignacio Ruiz Quintano, maestro mío y amigo. Y el número uno de esto.

El primer y quizá único escritor de periódicos al que deseé conocer. Y lo logré.

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Lluvia en las gradas

¿Por qué me pitáis?

¿Por qué me pitáis?

Sabemos que las metáforas las carga el diablo, pero resulta difícil no advertir en la lluvia que empapó el partido contra el Rayo algo más que agua precipitándose tras un proceso de condensación atmosférica. Aunque se ganó por paliza, en el Bernabéu parecía caer sobre los jugadores cierta melancolía apresurada, cierto derrotismo prematuro que nos enfada.

El público es soberano, y puede descargar sus pitos y sus quejas sobre el equipo cuando lo estime oportuno, pero eso no nos impide señalar que demasiadas veces el público del Bernabéu pasa de soberano a despótico, de cargarse de razón a guiarse por el capricho o el despecho de marquesa, de conducir el calor que la plantilla necesita a evacuar el frío del descontento a la primera de cambio, tras 30 partidos consecutivos sin perder.

Se han vertido ríos de cháchara en los bares de Chamartín sobre qué va antes, el apoyo o la petición de cuentas, sobre si la afición madridista existe para que la diviertan los señores del calzón corto o si los señores del calzón corto han de jugar siempre con el respaldo de su hinchada. Lo sensato es que ambos estamentos, jugadores y afición, se alimenten mutuamente, y como buenos matrimonios se alienten y perdonen también.

Me perdonaréis el tono moralizante, pues no soy argentino como para andar mezclando fútbol y metafísica, pero es que los pitos al equipo del sábado me irritaron. Era obvio que el vestuario estaba tocado, que las derrotas ante Barça y Sevilla habían hecho daño, que lo último que necesitaban los jugadores era añadir a la frustración de las últimas derrotas la reprimenda de los de casa. Comprendemos que el malestar se vaya condensando en nubes situadas en el ceño del aficionado, pero pedimos humildemente que se queden en el ceño y no baje a los labios. Ya habrá tiempo para pedir cuentas, y desde luego este no es el momento.

Es en cambio el momento de dejar el señoritismo en el sofá y acudir al campo a apoyar a un equipo que pelea por las tres competiciones desde el primer año de un proyecto nuevo. Porque si no, luego en Cibeles uno corre el peligro de sentirse un poco Judas.

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Debate postclásico

El cartel.

El cartel.

Los amigos de Periodista Digital tuvieron a bien invitarme a participar este lunes con (que no contra) Lobo Carrasco en un debate Madrid-Barça, él representando al culé, yo representando al merengue. Lo que más me costó de debatir con Lobo, dentro del probo espíritu de concordia que presidió nuestro coloquio, es susatrer la mirada al dibujo hipnótico que emanaba de la camisa florida de Lobo.

 

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25 marzo, 2014 · 12:12