Archivo mensual: enero 2019

Camisetas blancas, chalecos amarillos

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Héroes cansados.

A un equipo que no se respeta a sí mismo le termina perdiendo el respeto hasta la tecnología. Eso le ocurre al Madrid, por más que el aficionado sienta la tentación de buscar consuelo en el más justificado de los ataques al VAR. El error en el penalti a Vinicius -¿germen de Robinho, Savio o Romario?- es peor que un escándalo: es prevaricación. Pero aunque el Madrid hubiera empatado el partido, condenar al madridista a no subestimar los empates es mucha condena cuando se viene de ganar cuatro Champions en cinco años. O quizá esta saciedad de gloria explique precisamente la agonía de sentido del juego y de sentido de la vergüenza que vemos jornada tras jornada. Son camisetas blancas pero parecen chalecos amarillos protestando sin jefes ni programa contra el orden y la razón.

Señalar un culpable individual de un problema complejo es una ordinariez propia de vagos mentales y de populistas, valga la redundancia. Errores hay muchos, desde la planificación de la plantilla a las decisiones de Lopetegui pasando por el caciquismo de los mandamases del vestuario o la degeneración de jóvenes geniales en viejos abúlicos: Isco y Asensio pugnan por el papel protagonista en la segunda parte de Benjamin Button. Solari solo es culpable de aceptar un reto envenenado sin la colaboración de demasiados de sus jugadores, que asumen su autoridad pero no la respetan.

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8 enero, 2019 · 10:37

Jinetes del cromosoma Y

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Vuelve el hombre.

La irrupción de Vox dibuja un pentapartidismo cuyo centro geométrico y político ocupa Cs, en buena medida gracias a los ataques simétricos de sus rivales: dos por la izquierda y dos por la derecha. A Rivera le ataca el PP por los votos que robó a Rajoy, el PSOE por los que roba a Sánchez, Podemos por paranoia anticapi y Vox por una entrañable mezcla de paranoia masónica y rencor práctico, pues Cs impide que Casado se diluya en el abrazo del oso de Abascal. Rivera tiene hoy la ocasión de demostrar dos de sus frases favoritas: que a la idea insólita de un centro español le ha llegado su momento y que a la política se viene llorado de casa.

La violencia de género se ha convertido en caballo de batalla -nunca mejor dicho- de Abascal para hacerse valer en el cambio andaluz. Está bien elegido porque encarna la mayor guerra cultural de nuestro tiempo, y ya se sabe que la primera víctima de la guerra -y el último verdugo del populista- es la verdad. Es tan cierto que Cs criticó la asimetría penal por machismo como que se cayó rápido de ese caballo pardo -hace cuatro años ya- y ha trabajado decididamente en favor del Pacto de Estado, aprobándolo por cierto con un voto particular que exigía el carácter finalista de todas las subvenciones. Este giro que en realidad reclama el nombre de madurez sirve a la acusación de veletismo pero también a la reconciliación con el arte de lo posible ajeno a fanáticos de nicho: la pureza ideológica solo se la puede permitir el irrelevante, el comentarista, el trol. Cuando Vox se presenta como partido de principios inmutables y refugio de hombres maltratados se condena a la marginalidad o a la traición, porque tendrá que retratarse votando medidas de apoyo a la mujer: si las rechaza conservará el fervor minoritario de su votante macho más movilizado al precio de no participar en cambios legislativos reales. Abascal siempre puede asumir la legislación feminista y abrirse a negociar una ley complementaria de violencia intrafamiliar, pero entonces estaría sumando con Rivera y no chocando con él, que es lo que le da fama. Al tradicionalismo el pacto no le sienta tan bien como al liberalismo.

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6 enero, 2019 · 18:37