Archivo diario: 14 noviembre, 2018

Cicerona Calvo

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Oradores con cara de oradores.

El sanchismo es un abuso gradual de la paciencia que primero nos polariza para luego domesticarnos. Cada día estira un poquito más las costuras del traje del 78 para desfigurarlo sin romperlo aparentemente. Se trata de que los publicistas del rey desnudo puedan seguir diciendo que vamos vestidos de constitucionalistas, aunque en realidad ya no nos reconozca ni la madre que nos parió hace ahora 40 años, cuando el nacionalismo era un invitado más del juego y no el croupier que amenaza con volcar la mesa. Una moción de censura pactada con los autores políticos de una rebelión, la colonización hortera de cada nómina pública por el rasero del sectarismo, el aislamiento del Monarca constitucional, la mofa cínica del propio listón ético proclamado por un antiguo avatar de Pedro Sánchez, la asunción de la demagogia económica bolivariana en un plan de Presupuestos, el pasteleo zafio para acomodar las togas a los tiempos políticos… El pedrisco sanchista va cayendo semana tras semana sobre el sembrado institucional hasta que lo aceptemos como una maldición cósmica, inexorable.

Ahora bien. Algunos estrechos todavía no hemos dilatado el esfínter lo suficiente como para cumplir con el papel que se nos pide en esta sauna. Que Carmen Calvo, una catedrática de Cabra que confunde el latín con los dibujos animados, se compare con Cicerón es demasiado. Nadie como Calvo ilustra el atrevimiento de la ignorancia, pero si se atreve a tanto quizá no sea solo por la ridícula soberbia que le afeó Melisa Rodríguez, sino porque la oposición no se le está oponiendo como debería. Hablo con unos y con otros, charlo con compañeros que cubren PP y la impresión es unánime: el casadismo no cuaja. Bien por la corrupción del pasado, bien por la bisoñez del presente, el primer partido de España está trazando una deriva errática que desmiente su aún poderosa representación. Y eso no se soluciona con intervenciones altisonantes muy subidas de adjetivo. ¿De qué sirve que Emilio del Río -buen latinista, por cierto- cargue contra los infames manejos en la Abogacía del Estado de Dolores Delgado si su compañero Rafael Catalá acaba de blanquearla repartiéndose con ella los vocales del CGPJ? ¿Qué hacía Catalá con una corbata fucsia si debía llevarla negra por el luto debido a la decencia de su sigla? ¿Puede convencernos el PP de que no ha cedido la hegemonía judicial al PSOE a cambio de un control de daños en sus casos de corrupción, empezando por la protección pactada para un Mariano Rajoy que ha perdido el aforamiento?

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14 noviembre, 2018 · 14:04

Operación Salomón

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Robin Hood.

De vez en cuando conviene decirle la verdad a la gente, y perdonen ustedes este arranque populista impropio de mí. Pero hoy pujaré por una plaza mediática en la petada convocatoria nacional de tribunos de la plebe. Porque la monumental farsa que empezó con unos ropones lavando en público sus sucias puñetas y acaba con un decretazo sanchista -es decir, sin escrúpulos- en el BOE merece que alguien la desnude, al menos por la vergüenza que puedan pasar, si es que la tienen.

La crisis de las hipotecas no la han resuelto ni la banca ni los jueces ni los diputados de Gobierno o de oposición ni nuestro Kennedy comprado en los chinos, sino una tácita concertación de las voluntades e intereses de todos ellos en las tres semanas que duró la insólita prórroga de la decisión final. Cuando Carlos Lesmes, el abad del convento que decidió cargarse dentro, salió después de poner el huevo de la discordia y emplazó a los diputados -“Las Cortes tienen una magnífica ocasión para clarificar el asunto”-, quedó clara al fin no solo la doctrina hipotecaria del Supremo sino el salomónico enjuague que la había parido. Una típica operación de Estado made in lo peor del 78 por el cual los tres poderes se distribuyen las responsabilidades bajo la atenta mirada del cuarto, que no es la prensa -ay de mí- sino la banca. El Judicial le saca al Ejecutivo las castañas tributarias del fuego electoral a cambio de que el Ejecutivo obligue al Legislativo a convalidar un decreto desinflamatorio que con una mano aparta la retroactividad de las pesadillas bancarias y con la otra relaja el ceño de la gente, oportunamente fruncido por Podemos, que no es sino otro poder del Estado: comparte con la Liga la función vital del desahogo popular. Los bancos recobran la salud bursátil, los tribunales esquivan la amenaza de colapso, los barones siguen repartiendo viruta preelectoral y el presidente se hace un selfi con arco y calzas verdes en el bosque de Sherwood. Todos contentos.

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14 noviembre, 2018 · 11:50