Un Madrid bajo anestesia

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El hambre sin las ganas de comer.

Nunca me he sentido tan identificado con Sergio Ramos como cuando lo vi chorreando sangre por la nariz el sábado. Y no por una noción camachista del pundonor que ya no se lleva ni en la Brigada Paracaidista, sino porque la semana pasada a mí también me partieron el tabique, solo que no fue el central Lucas Hernández en el Wanda Metropolitano, sino el otorrino González en la Fundación Jiménez Díaz. Digamos que me aplicaron el 155 a un cartílago que nació desviado como la conciencia de un supremacista.

Se me aducirá que el parangón es inmerecido, porque lo de Ramos cursó sin anestesia. Pero he aprendido que quizá la anestesia no sea un invento tan ventajoso como nos lo pintan los narcotraficantes y las multinacionales farmacéuticas. Hoy mantengo que la anestesia agrava el dolor posterior a la intervención, porque este sobreviene en forma traicionera, justo cuando creemos que vamos a seguir sin sentir nada el resto de nuestra vida. Uno puede afrontar el dolor con lucidez, pero no puede preparar ninguna estrategia frente a la anestesia, que primero te engaña, luego te aturde y por último te abandona en el momento más cruel.

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21 noviembre, 2017 · 11:04

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