Archivo mensual: abril 2015

Protocolo contra el tedio

Sánchez cabreando a Montoro.

Sánchez cabreando a Montoro.

Seis horas de debate pedían a gritos la ruptura del protocolo, pero ayer en el Congreso nadie se atrevió a saltar sobre la tablet de Celia Villalobos como le sucedió en Berlín a Mario Draghi. Por cierto que la iconoclastia ya no es lo que era: los antisistema protestan con confeti y los republicanos regalan a su enemigo, con ademán de tímida disculpa, una serie de televisión.

Lo más parecido a un estallido social que tenemos aquí es lo que hay entre Rosa Díez e Irene Lozano, que cuando una se sienta en el escaño la otra sale del Hemiciclo, y cuando no hay más remedio que coincidir -al fin y al cabo integran el mismo grupo parlamentario-, se coloca entre ambas Gorriarán a modo de cortafuegos.

Otro duelo divertido enfrentaba a Coscubiela (ICV) con Rafael Hernando (PP), donde el primero ejercía de Savonarola acusando a todos los diputados del PP de ser evasores fiscales, y el segundo pedía las sales para no desmayarse de purita indignación. La coartada argumental del día la brindaba la última desfachatez de Rato, que sirvió a Pedro Sánchez para pedir la dimisión de Montoro desde la tribuna de oradores.

Hace bien Sánchez en pedir dimisiones con su voz bien temperada; no porque nadie del Gobierno o de su partido la vaya a escuchar, sino principalmente para oírla él mismo y convencerse de que sigue siendo el jefe del PSOE y sigue estando a favor del aborto. En el escaño le sorprendí el gesto de voltear el móvil cuando recibía un whatsapp, como si temiera que fuera de Rubalcaba, que no es la legítima. Su pregunta sobre política educativa iba dirigida a Rajoy, pero se permitió una colleja retórica a Wert que hizo blanco: «El señor Wert me llamó apóstol de la equidad, lo cual demuestra la manía que tienen ustedes por introducir la religión en el debate educativo…».

Se escucharon risitas incluso en la bancada azul. Pero don Mariano no se dejó impresionar y replicó que en España no ha funcionado más legislación educativa que la socialista, con los resultados desnudados por Pisa, que achacó al inmovilismo de la izquierda, para quien todo mal proviene del conservadurismo de la derecha. Si la educación en España no avanza es porque ni siquiera hay consenso sobre si se mueve o no; o sea, como en tiempos de Galileo.

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Master Chof

Bale creando un héroe.

Bale creando un héroe.

Vestía Simeone de negro riguroso en recuerdo de Günter Grass, pero antes de que se cumpliera el cuarto de hora ya había empapado en sudor la camisa a fuerza de brazadas enérgicas, que es su forma de reclamar intensidad en el césped o invocar respaldo en la grada. ¿Qué pasaba para que el Calderón necesitase de estímulo contra el Madrid? Pues que el Madrid olvidaba las demasiadas cuitas de los últimos derbis y se plantaba en el Manzanares como antaño: con el estandarte SPQR del campeón de Europa. Aleluya: presión alta, concentración defensiva, control del balón que reduce al córner fortuito y al remate lejano la mejor ocasión del rival. Al descanso los de Ancelotti solo habían suspendido una asignatura, precisamente la troncal: la pegada. Cada vez que Bale falla un mano a mano se funde un neón en Times Square. Oblak, justo es decirlo, se doctoró en la parada a bote pronto: anoche parecía capaz de despejar un balón de rugby, un dron, una intención de voto.

El Atleti no quiso o no supo plantear un partido premoderno de esos suyos en los que el balón parece cuadrado a fuerza de no rodar, aunque Mandzukic hizo cuatro faltas en ocho minutos, lo que ha de merecer algún reconocimiento. Lo que mereció en realidad fue un codazo cortante de Ramos al inicio de la segunda mitad que lo desquició, como siempre nos desquicia un poco la vista de la propia sangre. Al croata lo tuvieron que recomponer en banda como al San Juanito de Miguel Ángel. Pero hay que decir que no fue un partido violento. Pese al altísimo ritmo, se apreciaba en los jugadores un metafísico sentido del tiempo: quedan 90, no nos volvamos locos. Exceso de tacticismo que lastró la amenidad de la segunda parte. Más de uno se puso a pensar en Master Chef.

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Felipe hipotiza

Misa laica.

Misa laica.

Un día le pidieron al presidente Felipe González que avanzase unas previsiones. La respuesta le salió directa a los anales del valdanismo político:

– Yo no hipotizo sobre futuribles.

Se cuenta que en ese preciso momento los huesos de Cervantes se revolvieron en su tumba y quedaron definitivamente mezclados con alitas de pollo. Pero ha pasado el tiempo, y últimamente González no se dedica a otra cosa que a hipotizar sobre futuribles monclovitas tan hechos y derechos como Susana Díaz y Pedro Sánchez, incluso cuando hipotizar sobre uno comporta dejar de hipotizar sobre la otra, o viceversa. No contento con eso ni con la amistad de Slim, el ex presidente se atreve a hipotizar sobre la aznaridad de Pablo Iglesias, quien a su vez hipotiza sobre la aznaridad de Felipe, lo cual refleja un estado resueltamente hipotético de la política española, tan alejada de la normalidad ontológica que reivindica don Mariano.

Dos días después de confesar que no votó a Sánchez en las primarias, pero que le apoya a rabiar por el momento, los politólogos continúan trazando desesperados el croquis del poder oficioso en el PSOE, que tiene más jefes que una Pyme con ínfulas y más psicofonías que unas ruinas templarias. Al apergaminado mapa socialista le van brotando engranajes y ruedecillas como en la cabecera de Juego de Tronos, y aún hay que añadirle el islote ZP, que conecta con el peñón Bono por el istmo de Desembarco en Podemos; los afluentes guadianescos de Rubalcaba, que aparecen y desaparecen al compás de las decisiones de Sánchez; y por último la ría Chacón, que solo irrumpe tierra adentro si se produce el hundimiento del litoral. Nunca botín tan exiguo mantuvo tan ocupados a tantos.

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Aquel peregrino blanco, en el 92.48

Escena de cama de nuestras vidas.

Escena de cama de nuestras vidas.

En la primavera de 2014 se registró una falla tectónica con epicentro en la ciudad de Madrid. El continente entero se achicó y los escasos 500 metros de asfalto que separan Neptuno de Cibeles crecieron hasta atravesar el planeta fútbol como un nuevo meridiano. A las tradicionales playas de Valencia, Andalucía y Cantabria, el incorregible centralismo madrileño sumaba un cuarto punto cardinal para satisfacer sus ansias de expansión: Lisboa.

La UEFA había elegido el Estadio da Luz como sede para la final de la Champions League 2013-2014, y el viejo poblachón manchego decidió -con esa displicente chulería con que ha conquistado imperios o subsecretarías- que no dejaría pasar la oportunidad. Mayo le dio a Madrid lo que en septiembre le había robado Tokio. Y aunque Ana Botella habría preferido los Juegos, seguramente su marido hoy aplaude que las cosas se dieran como al fin se dieron, a juzgar por el abrazo en el que se fundió con Florentino Pérez cuando Gareth Bale aún descendía del escabel galáctico al que se había encaramado para colocar el 2-1 en el marcador. Algunos quisieron ver en la celebración entre Aznar y Florentino la apoteosis icónica de la casta; los madridistas, en cambio, no vimos otra cosa que la chepa sudorosa del amigo o del anónimo con la que andábamos ocupados en ese momento, como intentando traspasarla. En el sexo y en el fútbol se dan los entusiasmos más violentos, pero ninguno tanto como el que desató Sergio Ramos en el minuto 92, segundo 48 -otros, los impacientes, dicen que 45-, latitud fondo sur. Uno estuvo allí y toda su vida exhibirá con orgullo las secuelas emocionales de aquellos moratones.

Debemos a Camus la idea de que Europa, escarmentado de dos guerras mundiales, inventó el fútbol para poder agredirse sin destruirse. España también en esto se mostró diferente, pues su especialidad, de Napoleón en adelante, es más bien la guerra civil. Fiel a esta entrañable tradición fratricida, la capital de España eligió librar contra sí misma la guerra europea anual por el botín de la orejona, enfrentando al Real Madrid, que miraba febril hacia la Décima, con el Atlético de Madrid, que soñaba marcialmente su Primera. Y siguiendo el curso del Tajo se puso en camino del frente, petando la carretera de Extremadura de banderas rojas y blancas como un atrezzo tan castizo como universal. La zarzuela definitiva que ofrecer al mundo.

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Breve entrevista en Bernabéu Digital sobre el derbi.

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Rea RAE

Campaña romaní.

Campaña romaní.

Con motivo del Día Internacional del Pueblo Gitano celebrado el 8 de abril, Carolina Fernández, subdirectora general de incidencia y defensa de derechos de la Fundación Secretariado Gitano -qué lejos de esta burocracia identitaria quedan, ay, los Camborios, Torres y Heredia del Romancero-, reclamó a la Real Academia Española que suprimiese la acepción trapacero de la entrada ‘gitano’ del Diccionario. Objetivo, en apariencia modesto, de la campaña ‘Yo no soy trapacero’ que, haciendo el inevitable uso publicitario de unos niños tan gitanos como inocentes, halló eco en los principales periódicos y telediarios del país.

Prendida y hallada culpable ante el sanedrín de la corrección, la rea RAE balbuceó una defensa:

-El lexicógrafo hace un ejercicio de veracidad: refleja usos lingüísticos efectivos, pero no incita a nadie a ninguna descalificación ni presta aquiescencia.

No quedó convencida Fernández, que anima a la RAE a traicionar su misión -total, ya claudicó el Día del Síndrome de Down- porque «el lenguaje no es inocente». Y claro que no lo es. Ni dejará de serlo porque proscribamos del Diccionario los conceptos feos. ¡Ah, qué fácil sería entonces gobernar! ¡Qué dulce la vida en los patios de colegio y en las selvas de Kenia! Bastaría un solo ministerio orwelliano que decretase solemnemente la expulsión de todo término indeseable de su comunidad hablante: los filólogos vestiríamos de policías, los políticos ocuparían un sillón en la RAE a la vez que su escaño en el Congreso y reinaría la armonía en un mundo hecho de Paz, Amor, Prosperidad, Unión, Progreso y Democracia, por citar un eufemismo de moda. Solo que al día siguiente los niños en los patios seguirán llamándose gitano, o subnormal, o maricón. Palabras desde luego muy precisas, nada inocentes, que se pronuncian porque sirven perfectamente a la única ley que rige el lenguaje: la de la utilidad para nombrar lo que tenemos en mente. El problema no está en los significantes que registra el Diccionario, sino en los significados que contiene el cerebro. Mientras subsista el deseo de insultar -y todo apunta a que la especie ‘sapiens’ no se privará próximamente de semejante placer-, el humano encontrará las palabras, oficiales o no, para hacerlo. También para elogiar, y aun con la misma palabra con que ofende, pues la sexta acepción de la voz ‘gitano’ reza: «Que tiene gracia y arte para ganarse las voluntades de otros».

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Un corderito para Rajoy

Comandante del ejército más poderoso de Europa, y quinto del mundo.

Comandante del ejército más poderoso de Europa, y quinto del mundo.

Ese corderito huérfano al que David Cameron sienta en su regazo tory para darle el biberón. Para besarle en el hociquillo, incluso, una vez alcanzado un punto insoportable de ternura sobre las pajas de este belén laico donde solo falta una urna en funciones de pesebre. Luego el World Press Photo se lo llevará cualquier drama bélico de innegable lacrimogenia, pero el día que al fotoperiodismo le interese el retrato visceral de la política primermundista deberá premiar cosas como este navideño retozo de Norit en los brazos de un premier británico. Porque uno puede relanzar la economía de su país, y crear empleo, y superar un referéndum secesionista; pero tarde o temprano deberá posar amamantando a un cordero blanco para optar a mantenerse en el poder. Son las premisas de la democracia Facebook, qué le vamos a hacer, don Mariano. Usted se niega a acatarlas, pero luego no pregunte por qué no le votan esos ingratos de ahí fuera.

Si yo fuera Arriola u otro rasputín orgánico cualquiera imprimiría la foto del pastorcillo Cameron y la llevaría hoy a la Junta Directiva del PP para dejársela a Rajoy encima de la mesa. Señor presidente. A ver cómo le explico. Cameron no es más progresista que usted, ni menos conservador. Reivindica para sí la condición de «razonable» como usted la de «previsible», no se le conocen aficiones estrafalarias como el veganismo o la teodicea e incluso sale a correr por Hyde Park como usted practica el senderismo en Pontevedra. Ahora bien. Sabe que no ganará si no se muestra medianamente humano. Consiente debates abiertos y entrevistas duras. Y si tiene que hacerse una foto con un corderito huérfano, se calza las botas de aparcero y se reboza en esencia de establo hasta arrancarle una lágrima a la mujer de un estibador de Liverpool.

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¡Haz reír, haz reír!

Portada del libro.

Portada del libro.

“Mi muerte es un asesinato colectivo”, dejó escrito Jardiel, comida ya su garganta por el cáncer, su bolsillo por las deudas y su ánimo por el entrañable cainismo español: a un lado el sectarismo de la izquierda, que ni hoy le ha perdonado su alineamiento claro con el franquismo, y al otro la mojigatería de la derecha, que receló siempre de la amoralidad de sus personajes y del ateísmo de su autor. Ya se sabe que en la España del XX los vencedores de la guerra perdieron los manuales de literatura; pero Jardiel Poncela resiste desde las tablas que reponen sin pausa sus demandadas comedias y desde el merecido medallón de piedra del Teatro Español -junto a Lorca, Benavente o Valle-, y sabe al fin que ha vencido.

Por la necesidad de reivindicar el talento del mayor comediógrafo español del siglo pasado entendemos la resuelta devoción con que el periodista Víctor Olmos afronta la peripecia vital de su biografiado, sin ocultar la elasticidad de su moral privada pero justificando siempre al hombre por sus obras. Como la mayoría de sus contemporáneos en la república de las letras, Jardiel fue misógino humorístico, antisemita retórico y franquista por mero “antiizquierdismo de las izquierdas españolas”: era un burgués liberal que como tantos se refugió en el Movimiento cuando los milicianos le requisaron el Ford V8 que tantas cuartillas de escritura de café le había costado; años después La Codorniz le volvería a embargar el mismo coche por faltar a sus compromisos editoriales.

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Nueve aleluyas

Resurrecto.

Resurrecto.

De buena mañana las mocitas madrileñas acudieron al sepulcro de puntos en el que los comentarios postclásico habían depositado a su equipo, pero se encontraron con que la piedra que lo sellaba había sido removida. Y un ángel con la cara de James les anunció: «No busquéis entre los muertos al que vive: hay Liga. Id y predicadlo a la afición».

La santa pegada que agonizó en el Camp Nou resucitó en todo su esplendor frente al Granada un Domingo de Resurrección según el calendario litúrgico, que al Madrid empieza a coincidirle con el calendario liguero, como debe ser. Al Granada los locutores lo llaman conjunto nazarí, pero mejor sería decir nazareno penitente, pues le tocó recorrer un vía crucis de nueve goles como nueve estaciones. Y deberíamos sujetar ya esta hemorragia metafórica. O no.

Lo cierto es que el visitante se plantó en el Bernabéu con defensa adelantada y filas prietas, negando al Madrid la bendición del espacio. Fueron minutos ilusorios en que Kroos o Ramos probaban con cambios de juego a desordenar la hermandad costalera de Abel, que terminó pasando las de Caín. La disciplina duró lo que tardó Bale en echarle fe y trazar una escora cubista para inaugurar la pascua. Luego metió Cristiano un hat-trick en ocho minutos mientras las campanas de la capital repicaban a vivo, a vivísimo. CR volvió a poner a currar a los mineros de la estadística con un repóquer insensato que lo distancia otra vez de Messi y restaura su fútbol predatorio, ese don de la ubicuidad que es privativo de los cuerpos milagrosos. «La mejor manera de hacer vivir a un dios es pintar a un hombre», escribió un crítico al ver el retrato que Bonnat le había hecho a Victor Hugo. A Cristiano lo coge Antonio López ahora y hay que criogenizarle como a Walt Disney antes de que abocete la suela de las botas.

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