Memorias de un motorista de Franco

Comitiva franquista.

Comitiva franquista.

[Los hechos, situaciones, diálogos, nombres y datos que pautan esta recreación son estrictamente históricos. He podido contrastar personalmente la veracidad de las dos anécdotas relatadas con los descendientes de sus respectivos protagonistas: Alberto Ruiz-Gallardón y Rubén Amón. El resto, obviamente, pertenece al ámbito de la ficción. Quiero dejar claro que durante la escritura de este reportaje no ha corrido peligro la vida de ningún dictador]

Anoche no pude pegar ojo por culpa de Luis Miguel. Luis Miguel Dominguín, el torero. El Número Uno, vamos, según se ha proclamado él mismo. El maestro se ha comprado una moto de gran cilindrada, como se suele decir, y anoche decidió que todo el vecindario de la plaza de Santa Ana tenía derecho a gozar del privilegio de oír el rugido de su motor entre las diez de la noche y la una de la mañana. ¡BRRRUMMM! ¡BRRRRRUUUMMMMM! Y risotadas de su cuadrilla, y cabriolas, y venga a probar el acelerador. El torero estrenando su moto como un adolescente en pico de celo, que quizá es lo que son los toreros eternamente. Y así estuvo hasta que mi vecino Ronquillo, ilustre aficionado de Las Ventas pero amante igualmente del descanso nocturno, salió al balcón y gritó:

–¡Luis Miguel, menos ruido con la moto y más cargar la suerte!

Se hizo el silencio en la plaza. Luego se oyó una blasfemia, un último acelerón y por último el ruido de la moto se perdió por la calle del Príncipe, llevando encima al Número Uno camino de plazas menos desaprensivas.

Yo de motos sé algo. Me han gustado siempre y por eso creí que era buena idea aceptar el puesto de motorista en El Pardo. Ya imaginan ustedes a lo que me dedico: llevo cartas que salen del mismo despacho del Caudillo. Cartas que obran un cambio asombroso en el rostro de sus destinatarios. Yo los veo cómo empalidecen todos ya desde el momento en que me ven aparecer. Cómo un atisbo de esperanza se resiste a morir en sus ojos cuando me preguntan si vengo de El Pardo. Cómo se derrumban definitivamente cuando les digo que sí.

Al jefe le gusta que las órdenes se hagan efectivas a la mayor celeridad. Un dictador cuyas órdenes no se cumplen de inmediato ni es dictador ni es nada. Él personalmente no se considera un dictador, sino más bien el caudillo de España por la gracia de Dios, pero para el caso es lo mismo. Le gusta que se le obedezca, y que se le obedezca ya. Incluso que se le obedezca ayer. Si quiere que un subsecretario, un secretario a secas o todo un ministro cesen en sus respectivos cargos, quiere que su decisión de destituirlos coincida casi en el tiempo con el conocimiento de esa decisión por parte del interesado. Y solo hay una manera de lograr con mediana eficacia esa coincidencia, o al menos de acortar la distancia temporal entre la voluntad de Franco y la cara de sorpresa del desdichado: usar un motorista.

–Mi general, ¿acaso no se fía del servicio de Correos?

–No, mire, ese es el canal convencional: el que utiliza un empresario mediano o incluso un sindicalista vertical. Pero comunicar ceses por vía de motorista, eso en España solo lo hago yo. Y todo el mundo lo sabe, que es lo que me importa.

Yo supongo que cuando alguien acaudilla un país debe cuidar las formas. En el aparcamiento de El Pardo lucen los dos modelos más emblemáticos del parque de motocicletas del Estado. Están las Harley-Davidson del amigo americano, perfectamente alineadas y pulidas, a la espera de la próxima misión de protocolo. Y está luego mi herramienta de trabajo: la temida Sanglas modelo 400T de cuatro tiempos y motor de 423 centímetros cúbicos. Es una máquina magnífica que hacen en una planta de Barcelona desde 1956; para que luego digan que los catalanes no son afectos al Régimen.

Ahora bien. La Sanglas 400 es la montura de un jinete apocalíptico en las pobres mentes que ocupan los cargos de la Administración. Yo no sé cuántos viajes portadores de la muerte laboral habré hecho desde que acepté el trabajo, que incluye el uniforme negro o caqui, las gafas de mosca mutante y el casco con orejeras. Al principio me divertía ser la viva imagen del respeto, por no decir del acojone. El suave rugido de la Sanglas, que tanto me relajaba, suena en los oídos de los tristes apesebrados de organigrama como el coro arcangélico que anuncia el Juicio Final. Qué quieren ustedes: uno no puede reprimir cierto gozo al ver a tanto enchufado perdiendo su sinecura, que a saber las flexiones que tuvo que hacer para conseguirla. Pero con la repetición de la escena uno primero se habitúa, después se empacha y por último empieza a concebir lástima del prójimo. El Caudillo tiene razón: no hay nada peor que meterse en política. En la política se pasa uno el día temiendo que lo echen a la calle por una ventolera del superior. Es humillante, coño. No sé cómo pueden vivir los ministros bajo esa tensión permanente. ¡Hasta Manuel Fraga acusó el golpe! Un compañero se negó al servicio pretextando indisposición cuando conoció el nombre del destinatario y me tocó a mí ese viaje. ¿El león de Villalba? Vamos, vamos: se puso blanco como todos los demás, cerró la puerta con la suavidad de un sonámbulo y al mes estaba de embajador en Londres.

Voy notando que este oficio me desgasta. Mi mujer dice que me deje de melindres, que en una dictadura el mío siempre es un puesto con demanda asegurada y que, si no lo hago, lo hará otro. ¡Para ella, que no ve las caras descompuestas de esos infelices, es muy fácil decirlo! A mí la moto siempre me hizo sentirme libre, no conozco nada que genere más eficazmente ese sentimiento que una moto. Pero hay días en que uno pediría un poquito más de humanidad por parte del jefe.

La moto Sanglas, mensajera del miedo.

La moto Sanglas, mensajera del miedo.

Recuerdo ahora una anécdota de 1956, el año precisamente en que empezó a fabricarse en cadena la Sanglas 400. Ese fue el año en que a una cuerda de intelectuales especialmente inquietos –cuando el Caudillo oye hablar de la palabra “intelectual” se lleva la mano al brazo incorrupto de Santa Teresa– les dio por fundar un sindicato alternativo. O sea, un sindicato, de verdad: comunista, vamos. A quién se le ocurre. Detrás de la broma estaba una selección de lo mejor de cada casa: marxismo, socialismo, falangismo rebotado, comunismo ortodoxo y monarquismo recalcitrante. O sea, Ramón Tamames, Enrique Múgica, Dionisio Ridruejo, Javier Pradera y José María Ruiz Gallardón. ¡Y ante eso Franco qué va a hacer, claro!, dice mi señora. No tuvo más remedio que ordenar la inmediata encarcelación de los cuatro: los apresaron en la misma casa donde celebraban la conspiración, que resultó ser la de Ruiz Gallardón, y se los llevaron a Carabanchel.

La cosa fue que la familia de este último sindicalista estaba convencida de tener algún ascendiente sobre el Caudillo. La verdad es que algún motivo tenía para creer semejante extravagancia. Yo leo los periódicos. El padre de José María Ruiz Gallardón había sido Víctor Ruiz Albéniz, médico y periodista de sonoro seudónimo: Tebib Arrumi, que en árabe significa médico cristiano. A Franco le gustaron las resonancias épicas de sus crónicas cuando fue corresponsal de guerra durante la carnicería del Rif y lo fichó de cronista orgánico. Solo por eso su esposa Julia, confundiendo las cosas como solo las madres pueden hacerlo, se presentó en El Pardo para pedir la liberación de su hijo en nombre de la intachable adicción al Régimen de los Ruiz. Por casualidad salía yo del despacho de recoger una de esas cartas y pude oír la conversación:

–Le juro que es un chico estupendo, Excelencia; no pinta nada en la cárcel.

–¿Y cómo está usted, doña Julia? ¡Tiene un aspecto soberbio!

–Si es que además no ha hecho nada malo. Al pobre mío lo lían esos intelectuales con los que va…

–Un aspecto magnífico, de verdad. ¡No habrá hecho usted un pacto con el diablo, doña Julia!

–Le digo que lo pasa muy mal, que la cárcel no es lugar para mi José María. ¡Ni siquiera puede jugar al ajedrez!

–¿Cómo? Eso sí que no. A ver usted, ordenanza: llame al motorista que acaba de salir y que le lleve a la cárcel de Carabanchel un ajedrez al preso Ruiz Gallardón…

Di un respingo hacia atrás para que el ordenanza no me pillara poniendo la oreja. Me tocó acercarme a un bazar, comprar un sencillo ajedrez de madera con el exiguo presupuesto que me confiaron a tal efecto y conducir la moto hasta la cárcel de Carabanchel para entregarle el ajedrez al pobre sindicalista, que se me quedó mirando cómo diciendo: ¿Esto es una broma?

La verdad es que me fui de allí con mal sabor de boca. Después de aquello el recluso aún cumplió dos semanas más de encarcelamiento hasta completar el mes reglamentario. Cuando salió se llevó el tablero a la misma casa familiar donde había sido detenido. Calculo que allí debe de seguir para que sus hijos al jugar guarden memoria de la magnanimidad del jefe del Estado.

No sé si contar esto pero, total, tampoco tengo pensado ser escritor cuando me jubile. Me gusta escribir pero ya publicar me parece que es arriesgarse para nada. Ocurre que los españoles están acostumbrados a ver a Franco en el asiento del Rolls o en la cubierta del Azor. Pero lo cierto es que al jefe lo que le gustaba de verdad eran las motos. Lo contaré para que se vea bien lo que digo.

Homenaje a Santiago Amón en el Ayuntamiento de Madrid.

Homenaje a Santiago Amón en el Ayuntamiento de Madrid, siendo alcalde Ruiz-Gallardón.

Hubo otro intelectual díscolo llamado Santiago Amón que descubrió el secreto un día que el séquito del jefe bajaba por la Gran Vía, cortada para la ocasión. Como de costumbre, Franco había seleccionado personalmente a su doble para que acompañara a Carmen en el interior del Rolls, mientras él mismo iba unos metros por delante de mí, ataviado como un motorista más, abriendo la comitiva en una gozosa Harley. Por entonces había muchos rumores de atentado y se decidió que esta estrategia era la más segura para la integridad física del jefe si atacaban el coche. Por entonces yo no me había especializado aún en las cartas, así que también operaba en servicios de seguridad y protocolo. Todos los motoristas estábamos en el secreto y convenientemente amenazados bajo pena de muerte. A doña Carmen, por su parte, aquello no le parecía del todo bien, pero su marido la tranquilizaba encareciéndole el blindaje británico del Rolls. Yo personalmente sospecho que Franco no temía ningún atentado; que lo que le apetecía era montar en moto porque dentro del coche se aburría como una ostra. Y con doña Carmen al lado no les quiero contar. De hecho el doble estaba muy bien pagado, y yo creo que no tanto por la eventualidad de tener que morir en lugar del Caudillo sino por tener que soportar un rato a su parienta. En eso el jefe es como todos los demás.

El caso es que nos detuvimos en un semáforo ya junto a la Cibeles y mi insigne antecesor en la comitiva echó la pata al suelo a la altura de un joven que se le quedó mirando con ojos escrutadores. Y que al final no pudo resistirse y habló:

–Oiga, usted es Franco.

–Lo soy. Pero no se le ocurra decirlo por ahí porque se le cae el pelo.

Aquel joven era el tal Amón que, para más inri, era miembro junto con Fernando Sánchez-Dragó y Paco Rabal de una célula del PCE financiada directamente por Moscú. A su regreso a El Pardo el jefe ordenó investigar al impertinente, pero resultó que Amón no constituía ninguna amenaza: el CESID comprobó (sin necesidad de mucha pesquisa) que la célula de Amón se fundía los fondos moscovitas en restaurantes, copas y otras jaranas. Era lo más inteligente que podía hacer: si llega a informar a sus superiores de que tuvo delante a un jefe de Estado fascista y no hizo otra cosa que preguntarle, habría sido él quien hubiera corrido riesgo físico. De hecho lo acabaron expulsando del Partido en 1960 por “indisciplina intelectual”. Ante tales evidencias me da por pensar que los españoles se toman tan poco en serio el nacionalcatolicismo como el antifranquismo.

Ahora el Caudillo ya no puede mear sin asistente: como para montar en moto. Yo apuraré en mi puesto hasta la jubilación, qué remedio. De lo contrario, además de buscar trabajo a mi edad tendría que separarme de mi mujer. En vez de eso este sábado subimos a la sierra con Ronquillo y su señora a hacer un picnic, y nosotros vamos en mi moto. Lo de usar la moto oficial para excursiones privadas es un gentil privilegio que concede el cuerpo de motoristas a los veteranos.

Yo no sé cómo juzgará la historia al jefe. Es un hombre que se va a morir habiendo cumplido su santa voluntad durante la mayor parte de su vida, y eso es algo que no puede decir cualquiera, me temo. Y además se sirvió de las motos para hacerla cumplir. Yo sospecho, de hecho, que en la historia de este pueblo quedaremos los motoristas de El Pardo como la imagen más viva de un poder que circula a sus anchas… y por un solo sentido.

El Pardo, Madrid, enero de 1975.

Aquí, el número cinco de Pont Grup Magazine en todo su esplendor.

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