España. Mi verdad

Morata confundiendo a Isco con Callejón en prueba de inequívoca camaradería.

Morata confundiendo a Isco con Callejón en prueba de inequívoca camaradería.

 [Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, el artículo que publiqué en La Gaceta el 3 de julio de 2012 bajo el título “España. Mi verdad”. La Selección acababa de ganar entonces su tercera Eurocopa aplastando a Italia en una comodísima final. Ayer, en otra comodísima final, la Selección sub 21 —nos negamos, claro, a transigir con el sonrojante apelativo de La Rojita, cuya mera pronunciación agita en su tumba al fantasma de sor María, hasta que termine incorporándose y dejándose caer por los alrededores de La Masía en busca de nuevos bebés que robar a las categorías inferiores del tiquitaca— ganó el Europeo celebrado en Tierra Santa, como santos son algunos porteros y ningún entrenador. Naturalmente nos alegramos de ambos triunfos, pero si en 2012 no creí inconveniente matizar con alguna reflexión esa parte grosera que alienta en toda euforia colectiva, ahora tampoco. Escucho los prontuarios de ética urgente que improvisan esta noche los locutores, releo el primero de los argumentos escritos hace un año y la verdad, no creo que el texto haya perdido toda su vigencia]

Pero claro que nos rompimos los hombros abrazándonos a cada gol de la Selección, señores, cómo no íbamos a hacerlo. Es España, después de todo, mis amigos y yo nacimos allí. Ahora bien. La hora de la victoria es muy traicionera, es resbaladiza y psicotrópica y calienta los hocicos y desata las lenguas con una eufórica facilidad de la que a menudo nos terminamos avergonzando. Por si esa vergüenza redentora no llegara, vamos a identificar modestamente los argumentos que deberían generarla sólo minutos después de concluido el atroz protagonismo de Reina.

—“Son un equipo de chicos normales. Buenísima gente. Sencillos y humildes”. Esto es una perversión lógica muy propia de un pueblo de moralistas. La excelencia profesional no sirve, debe revestirse de honorabilidad. No vale con jugar muy bien al fútbol, se tiene además que dar ejemplo a los niños. Yo no creo que los chicos de La Roja sean sencillos, sino simples, que es lo que son los futbolistas en general. Pinchan el bendito perreo de Pitbull en el bus, no las dodecafonías de Schönberg, y leen el Marca, no la Ética de Spinoza. Son humildes si entendemos por humildad la de Clooney cuando al acercarse a la valla en Cannes le roza la mano a una groupie sin calzarse antes unos guantes de látex. Son gente simple pero excepcionalmente habilidosa, y eso debería bastarnos. Que no nos baste prueba el arraigo de lo religioso en el sapiens sapiens y los siniestros taquillazos que cosecha la Marvel.

—“Pan y circo. Con la que está cayendo. Nos distraen con una pelota pero mañana el paro seguirá igual”. Esto no es demagogia, es oligofrenia. Hemisferios cerebrales dotados con cicatería de tendero de posguerra. Lo carnavalesco, lo que Bajtín definió como subversión folclórica del orden establecido es el fundamento mismo de la civilización. Un pueblo que celebra la eficiencia acaba poniendo Europa perdida de checas y campos de concentración. Un hombre que se arroja al botellón cuando baja la prima de riesgo está a punto de romper en Breivik. Los concejales de festejos en este país lo saben bien: se puede vivir sin Estado de Bienestar, pero no sin Sanfermines.

— “Cuando la final de la Eurocopa terminó, los incendios de Valencia todavía estaban allí”. Es una variante de lo anterior que debemos a Ignacio Escolar, el Gramsci de Torresandino. Intolerable ver a Rajoy en Kiev en vez de en Andilla o Cortes de Pallás. Soplando.

—“Los políticos deberían aprender de La Roja. En especial de la sensatez de Del Bosque”. No nos volvamos locos. Los políticos deberían aprender de los buenos políticos, no de sanos muchachos que le dan gloriosamente a la pelota y que, salvo Xabi Alonso, responden con un conmovedor “no entiendo de esas cosas” cuando les preguntan por el rescate. Del Bosque es un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, el que recibe no uno ni cinco talentos sino dos –y al menos saca otros dos–, pero no multiplica panes ni peces, que es lo que se le exige al refundador del euro.

—“Los jugadores, que ya son indecentemente ricos, deberían devolver la prima, con la que está cayendo”. Y los propietarios no deberían escriturar sus casas por encima de su valor, ni los tertulianos prodigarse en cenas de gañote. Y así.

— “La Selección simboliza el triunfo de la unidad en la diversidad”. La Selección simboliza el triunfo, a secas. El picapleitos de Los Simpsons, Lionel Hutz, imagina un mundo sin abogados –un corro multirracial entrelazándose bajo el arco iris– y de inmediato le sacude el espinazo un escalofrío como nos lo sacude a nosotros. En ese vestuario no son todos amigos ni falta que hace. Algunos ni se tienen por españoles, aunque se silencie para que el venero periodístico del Whatsapp no se seque. Unidad, la justa para pasar y recibir pases. Y bien está.

— “Celebremos la victoria”. No sería estrictamente preceptivo celebrar las victorias de ese modo obvio, organizado y mostrenco que postula autobús, fuente y un micro en manos de Reina. La alegría si no es espontánea suele ser desviación de fondos reservados. Por otro lado, celebrar victorias incurre en el pleonasmo. En lo vulgar. Lo distinguido sería celebrar las derrotas y encerrarse voluptuosamente en casa cuando lo ganamos todo aparatosamente.

Ninguno de estos ratoneros mantras en circulación resulta inesperado. España es la nación más vieja de Europa, se dice, y será verdad. Por eso mismo es tan predecible y por eso mismo es una nación tan cansada, piel de toro amenazada de cuarteamiento donde marca Abel y critica Caín, y esto es lo que más nos gusta de ella, porque disfrutamos dos veces.

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